EL TIMO DE LA REFORMA ESTUDIANTIL

    Recuerdo aquélla frase que a menudo repetía mi primer maestro: "El infierno está empedrado de buenas intenciones", y añadía, "que nunca llegaron a realizarse". No sé si lo de infierno sería muy exagerado, pero por lo que se refiere al resto de la frase viene como anillo al dedo a esto de la Reforma de la Enseñanza.

Que son buenas las intenciones pretendidas por la Reforma del Sistema Educativo, no creo que nadie lo discuta, pero que la práctica está demostrando todo lo contrario, tampoco. Timo, es la palabra que me viene a la cabeza cuando analizo lo que, con carácter general, está sucediendo.

Timo y timados se sienten aquellos alumnos que al cumplir los catorce años pensaban que por fin acabaría el "calvario" de las asistencias a las aulas, sin tener que soportar dos largos años más de "rollos" de padres y profesores que insisten en algo que a ellos ni les apetece ni quieren, mostrando su malestar, en la mayoría de los casos, con actitudes y comportamientos que crean un ambiente poco adecuado para el aprendizaje, por llamarle de alguna manera algo suave.

Timados se deben sentir aquellos otros que desde la familia o por ellos mismos, en tanto que hijos de obreros, ven en el estudio una forma de promoción social, ahora alterada por la bajada de los niveles en las materias o por el ambiente nada adecuado en las aulas fruto de la nueva situación.

  Timados también los alumnos porque se les ha vendido el producto con esto de la ESO, diciéndoles que de manera más temprana podrían orientar su futuro al escoger parte de las materias (créditos variables), cuando sabemos que ni por la infraestructura de los centros ni por plantillas de profesores esto puede ser llevado a la práctica.

   Timados nos sentimos los enseñantes (sobre todo de secundaria) en tanto que aquella formación específica como especialistas de cualquier materia, de poco sirve, al tener que atender los problemas generados por la nueva situación creada por la Reforma. Por decreto nos hemos convertido en psicólogos, asistentes sociales, padres, guardias jurados, etc., aunque la sociedad siempre nos exigirá resultados de nuestro verdadero cometido sin tener en cuenta cuáles son las condiciones en las que hemos de desarrollar nuestro trabajo.

Ha de sabese que el reciclaje que ha recibido el profesorado pensando en los nuevos alumnos, nuevos programas, nueva problemática... se redujo a un miserable y acelerado cursillo tendente más a vendernos las excelencias de la Reforma (que nadie ve por ningún lado) al tiempo que nos familiarizaba con el rimbombante nuevo vocabulario con el que ahora designamos a aquello que muchas ya hacíamos.

  Timados deberíamos sentirnos todos por la Administración que desvía cada vez más dinero de la enseñanza pública a la privada, ésa que sin escrúpulos selecciona a los alumnos para su admisión manteniendo así el prestigio y la calidad de la enseñanza que imparten. Al mismo tiempo a la enseñanza pública se le regatean recursos (ahora más necesarios que nunca) que conducirá sino se remedia, a la pérdida de calidad y competencia n otros tiempos alcanzados. Esta nueva enseñanza es la que les espera a los hijos de las "clases populares" que por razones socioeconómicas no tendrán acceso a la privada de calidad y en consecuencia tendrán que competir en el futuro en situación de desventaja.

Por estas y otras razones y por más que busco, no encuentro los motivos que llevan a algunos para aplicar el término "progresista" a la Reforma.

¡Animo, que esto sólo acaba de empezar!

                                        José Manuel Márquez, revista Geneciba, nº 2, febrero de 1999