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Estadio del espejo
El
estadio del espejo en la teoría psicoanalítica y sus proyecciones
en el tratamiento psicoterapéutico.
Estela Bachrach
Durante mi trabajo
terapéutico con niños, adultos y familias observé
el hecho de que la presencia del terapeuta es, en si misma, desencadenante
de acontecimientos y vivencias que responden a una etapa temprana en
la relación del niño con su madre.
Conceptos teóricos que describen estados tempranos del desarrollo
emocional, donde el bebé necesita la presencia de la madre o
de otro, podrían explicar la expresión de este fenómeno
en la experiencia transferencial del tratamiento analítico.
El concepto de "estadio del espejo" podría allanar
el camino a la comprensión de este evento.
Citaré en orden cronológico a tres autores que se refirieron
a este concepto: Jacques Lacan, Donald W. Winnicott y Heinz Kohut, y
luego ilustraré con ejemplos clínicos.
Jacques Lacan, en
1949 en un congreso internacional de psicoanálisis presentó
su trabajo sobre el estadio del espejo, refiriéndose al estadio
del bebé de 6-18 meses que descubre con admiración su
imagen en el espejo. La imagen especular es asumida jubilosamente por
un ser que se halla todavía en la impotencia motriz y la dependencia
de la lactancia que caracteriza al niño en esta edad.
Es la matriz simbólica en la que el yo se precipita en forma
primordial, antes de objetivarse en la dialéctica de la identificación
con el otro y antes de que el lenguaje le restituya en lo universal
su función de sujeto.
Lacan tomó la concepción de Balwin quién afirmó
que el ser humano no nació lo suficientemente desarrollado y
maduro fisiológicamente; por lo tanto, cuando el bebé
observa su imagen en el espejo éste le da la sensación
de completud a pesar de que todavía no posee una percepción
integrada de si mismo. Entonces, el bebé, según Lacan,
refiere esta imagen reflejada a un otro.
A partir del estadio del espejo desarrolla Lacan el concepto de imaginario.
Lo imaginario está basado en la identificación con un
otro, y estas identificaciones conducen a la formación del yo.
El estadio del espejo le dio a Lacan diferentes ideas como que el ser
humano percibe con ambivalencia el otro quien por un lado se le parece
y toma su lugar, se parecen por el juego de las identificaciones y por
otro lado son diferentes porque son dos imágenes distintas. Tal
proceso ocurre en el estadio del espejo.
En la misma época que Lacan se refiere al estadios del espejo
y al espacio imaginario, en EEUU Hartman, Krees y Lowenstein tomando
la tópica de Freud: del ello yo y super-yo (1920) otorgan al
yo un lugar central en la personalidad.
Según esta teoría del yo, éste posee la función
de síntesis y su fortalecimiento puede conducir al paciente a
un nivel óptimo de funcionamiento y a un grado mayor de juicio
de realidad.
Para Lacan, por el contrario, el yo es una organización no de
funciones, sino un conjunto de desordenadas identificaciones. Por lo
tanto en el proceso analítico podemos observar que el paciente
manifiesta a menudo identificaciones imaginarias.
Winnicott, en el
libro "Realidad y juego", se refiere a la función de
la cara de la madre como espejo (1967). Reconoce la influencia en él
de Lacan sobre el estadio del espejo, pero afirma que su enfoque es
diferente del de Lacan. Él se refiere a niños que ven,
aunque considera que los que no ven perciben el rostro a través
de otros sentidos. No obstante, para Winnicott, cuando el niño
observa la cara de su madre siente si ella lo ve, lo mira, se conecta
con él. Especialmente en la lactancia el niño no mira
el pecho sino mira a los ojos de la madre. Los cambios emocionales de
la madre se reflejan en su rostro y el bebé los percibe. Si el
estado afectivo de la madre altera la relación con el bebé,
esto influye en cómo el bebé se percibe a sí mismo.
En estos casos, si el rostro de la madre refleja inquietud, falta de
contacto con el bebé, éste siente amenaza por el caos
y la frustración. Si la madre no reacciona a la mirada del bebé,
la madre deja de ser espejo y se transforma en algo que se mira y no
algo dentro del cual se mira. Siguiendo esta línea de pensamiento,
Winnicott interpreta el mirarse en el espejo de la niña adolescente,
como el estar mirándose en la cara de la madre que está
en constante relación con ella.
Winnicott traslada esta etapa al encuadre analítico, y considera
a éste no sólo como el lugar de interpretaciones inteligentes,
sino como el encuadre que permite a largo plazo devolver al paciente
lo que el mismo trajo a las sesiones. De la misma manera toda la familia
se transforma en el espejo para el individuo y le permite llegar a un
desarrollo normal de la personalidad.
Me referiré
a los aportes de Kohut quien en su libro de 1971 "Análisis
del self" hace referencia al tema central de las clases de transferencia
en la personalidad narcisista. Describe la personalidad narcisista como
personalidad en la cual prevalece un trastorno del self (sí mismo)
y de los objetos primarios con catexis libidinal narcisista, sin separación
marcada entre el self y los objetos. Las personalidades narcisistas
tienen un self cohesivo, en comparación a sujetos psicóticos
o borderline (fronterizos) y son capaces de hacer una transferencia
narcisista cohesiva y estable que les permite una reactivación
terapéutica de las estructuras primarias sin peligro de fragmentación.
Para Kohut el trastorno primario de narcisismo como resultado de un
cuidado defectuoso por parte de la madre, lleva al niño al desarrollo
de un self grandioso como un intento de perfección. El bebé
intenta entregar este self grandioso a un objeto parental ideal.
En el contexto transferencial Kohut habla de dos clases de transferencia:
1. La ideal que se relaciona con un movimiento terapéutico de
la imagen parental ideal y está basada en la etapa del desarrollo
en la cual el bebé siente y percibe a su madre como omnipotente
y facilitándole vivenciar un "well being".
2. La transferencia en el espejo. Es lo que llama "mirroring",
y describe 3 niveles.
a) Mirroring primitivo: unión con el objeto a través de
una prolongación del self grandioso. El terapeuta es introyectado
como objeto físico diferenciado pero psicológicamente
unido a parte de su self. El paciente espera tener un control total
sobre el terapeuta, siente que tiene derecho sobre el tiempo libre del
terapeuta, siente enojo hacia el terapeuta que dedica su tiempo a otros
pacientes.
b) Transferencia del alter-ego: hay un nivel de diferenciación
a pesar que siente que él y su terapeuta son iguales.
c) "Mirroring transference in the narrow sense". El paciente
reconoce la separación pero exige la participación de
éste con su self grandioso. El terapeuta es el reflejo de éste
self, y toda falla es sentida por el paciente como una fractura narcisística.
Pasaré a
ejemplificar con tres casos de tratamiento psicoterapéutico el
reflejo de esta etapa en la transferencia. Utilizaré seudónimos
por razones de ética profesional.
Primer caso: Ana,
una joven de 28 años, llegó a tratamiento a causa de un
estado ambivalente respecto de su pareja. Ana desarrolló a lo
largo del tiempo dificultades en el funcionamiento laboral, con cambiantes
estados emocionales y con un bagaje de heridas narcisísticas
a lo largo de su vida.
La traté durante dos años, dos veces por semana.
La psicoterapia fue dinámica. En su transcurso se focalizó
en la dificultad de Ana de separarse de esta relación, a la cual,
como solía decirlo, necesitaba "como una droga". La
causa de esta gran dependencia tenía sus raíces en la
gran carencia afectiva y de protección dentro del marco familiar.
Su madre era una mujer que sufría de depresiones, ataques de
impulsividad y enfermedades psicosomáticas. Su padre sufría
de invalidez parcial, por haber sido herido en su trabajo en el ejército.
Los hermanos mayores se ocupaban de ayudar física y económicamente
a los padres, sin prestar atención a las demandas emocionales
de Ana. Ana buscó salir de la casa, vivía con su pareja
o alternativamente (y esto durante el tratamiento) alquilaba una casa.
Buscaba alejarse de la familia. Ana de niña buscó la protección
en la familia de su íntima amiga y fantaseaba pertenecer a ella.
No pocas veces se sentaba en la puerta de su casa y soñaba ser
otra niña y vivir en otra familia. Había una señora
voluntaria que apoyaba a la familia y especialmente Ana se relacionaba
y conversaba mucho con ella. En su fantasía era una madre sustituta.
Conoció a su novio después del servicio nacional en el
ejército. Ella lo necesitaba especialmente en las noches, describiéndolo
como un osito que le daba protección y cariño. No obstante,
el dilema estaba en que el era un joven sin grandes proyectos, de nivel
de estudios e intereses inferior al de ella, y no correspondía
a la pareja ideal que ella deseaba, y por otro lado él le prometía
estar siempre a su lado. Buscaba en forma constante ese alguien que
llenara el gran vacío y carencia narcisística del cual
su self fue marcado por la presencia de una madre emocionalmente inestable,
y la ausencia de un padre.
Llegando al final del tratamiento, Ana, a pesar de ser consciente de
sus dificultades, sentía no haber encontrado respuesta. Esperaba
del tratamiento y de mí "la respuesta", debatiéndose
en la búsqueda del objeto ideal, terapeuta ideal y pareja ideal.
Para esa época, además de haber cambiado de orientación
en el trabajo ya que adoptó distintas profesiones a lo largo
de la vida (maestra, profesora de gimnasia, computación) se conectó
con un grupo religioso y comenzó a estudiar estudios bíblicos.
Lentamente se volvió religiosa, teniendo introyectadas ya costumbres
religiosas de su casa, como comida kasher y respeto de las leyes sabáticas.
Conoció a un joven religioso ortodoxo y se casó. Para
entonces ya había interrumpido el tratamiento pero le fue importante
invitarme a su casamiento, porque el formar pareja y casarse era su
objetivo.
Este tratamiento me condujo como analista a preguntarme:
1) Si en la búsqueda constante de sí misma no habría
una expresión de lo que Lacan llamó identificación
imaginaria, lo cual se veía a través de los diferentes
cambios, a nivel laboral y a corto plazo uno de otro, como el paso de
la separación de su novio al volverse religiosa y rápidamente
casarse. Estos fueron intentos de identificación que revelaban
la búsqueda de ese rostro que le diera una imagen sostenedora
del yo, y la protegiera del caos.
2) El abandono del tratamiento y el paso a un encuadre protector en
los aspectos más amplios de su vida, con normas fijas, fue encontrar
respuestas inmediatas que era lo que ella demandaba en la transferencia.
Por lo tanto la paciente, frente a la frustración, recurre a
otros medios donde la fusión con el otro (padre ideal), responde
a sus demandas narcisísticas.
Segundo caso: Ben,
un niño de siete años, nació en pleno divorcio
de sus padres. Viene a la consulta por problemas de conducta y enuresis.
Cuando Ben nace, su madre, que estaba imbuida en los problemas del divorcio,
entra en depresión post-parto. Una gobernanta cuida de Ben durante
el día y por las noches el padre lo llevaba a su casa. A los
10 meses de edad, Ben comienza el jardín de infantes hasta las
4 de la tarde, y desde las 4 lo cuida una nurse y por las noches la
madre, que está ya reponiéndose de la depresión.
El padre lleva al niño con su hermanito a pasar el fin de semana
con él, y recibe ayuda de su prima.
Cuando Ben tiene 4 años su mamá conoce a su nueva pareja
y a los 6 años de Ben se mudan a otra ciudad; los componentes
de la familia son la madre de Ben, su hermana, el compañero de
la madre y su hijo.
Las dificultades de Ben comenzaron con el inicio de la escuela primaria
y se expresaron por actitudes impulsivas, fugas, agresión contra
los compañeros, actos de vandalismo, y la eneuresis que ya existía
se agravó.
En el encuadre de la psicoterapia Ben hablaba con voz de bebé
y exigía atención, cuidado y puesta de límites.
La psicoterapia fue de un año. Al comienzo Ben no me incluía
en sus juegos, jugaba solo, usaba la plasticola y plastilina, y dibujaba.
Luego me pedía que le ayudara a dibujar o le hiciera dibujos
para que él pintara.
Durante un largo período yo era la que me asombraba de sus logros
y festejaba sus triunfos, como por ejemplo cuando acertaba en el tiro
al blanco.
Después de 6 meses de tratamiento pasamos a ser dos personas
y hubo comienzo de diálogo. Los tics y las acciones agresivas
disminuyeron en forma progresiva, expresaba deseos, frustraciones y
resentimientos. Apareció en su léxico la palabra "cacaklushka",
de la que yo debería discernir el significado; a veces la pronunciaba
después de su triunfo en el juego, y a veces después de
un fracaso. Me entregaba a través de esta palabra su mundo afectivo
para que se lo descifrara. La palabra le permitía expresar y
significar su deseo o su frustración limitándose en la
acción inmediata. Frente a su palabra, que era la consigna que
me daba, yo debía descifrar su demanda y encontrar la palabra
precisa para significar su estado emocional. Como lo explica Maud Manoni,
esa palabra precisa le va a facilitar al niño el dominio sobre
algo, pues él reclama el derecho de comprensión de lo
absurdo que le sucede.
En el caso de Ben, "cacaklushka" significaba estar enojado
cuando perdía en el juego, o lleno de júbilo cuando ganaba,
y buscaba que yo lo entendiera, lo aplaudiera y le diera la confirmación
de su derecho a competir y sentirse fuerte frente al "otro",
adulto.
Los síntomas iban en disminución al tiempo que se decodificaban
y los padres aprendían a entender a su hijo y a sus demandas.
Vimos en este ejemplo de caso clínico una vez más aspectos
claros del estadio del espejo en la transferencia según como
lo describe Winnicott, así como los conflictos del niño
en relación imaginaria con el otro, relación dual y narcisista
impregnada y marcada por carencia del cuidado materno (depresión
de la madre) o sus sustitutos no lo suficientemente estables (padre,
nurse, maestra jardinera, prima del padre). La ruptura de la unidad
familiar apenas él nace junto a la depresión materna hicieron
que Ben quisiera seguir siendo el bebé que a través de
sus conductas y actos de vandalismo pide a gritos que lo reconozcan,
que reconozcan su existencia como sujeto y al mismo tiempo lograba reactivar
a sus padres, a sus maestros y al terapeuta.
Tercer caso: el
último ejemplo que citaré en este contexto es un tratamiento
de madre e hijo realizado por mí junto a otra terapeuta bajo
mi supervisión. Se decidió hacerlo de esta manera porque
fracasó el intento de separarlos en un comienzo, cuando la madre
mostró dificultades para permitir esta separación. Se
trata de un niño de 9 años, de una familia de inmigrantes
rusos llegados a Israel cuando Gal tenía 3 años. El padre
del niño quedó en Rusia y la madre, su nuevo compañero
y el niño llegaron a Israel. La adaptación de los padres
al país fue muy difícil; Gal desde pequeño se quedaba
solo en la casa, cumpliendo tareas no de acuerdo a su edad, mientras
los padres salían a trabajar. Al mismo tiempo el niño
estaba enterado de todas las dificultades económicas, de las
cuentas a pagar. El padrastro de Gal, cuyo nombre era igual al del padre
biológico, solía castigarlo físicamente por su
mala conducta.
Los problemas de conducta y los ataques de furia, incluyendo fugas de
la escuela con actitudes peligrosas, subir a lugares altos amenazando
saltar de ellos, condujeron a una internación de 5 semanas en
un hospital de salud mental. La causa que estuvo tanto tiempo en el
hospital fue que no se le encontraba escuela apropiada.
Me referiré específicamente a la situación terapéutica
y el acontecer de la transferencia en espejo.
Madre y niño estaban muy unidos entre si y se comunicaban en
el idioma ruso. Nosotras, las terapeutas, observábamos y hablábamos
entre nosotras con el intento de entender lo que ocurría. Después
de cierto número de sesiones, madre e hijo desarrollaron confianza
y entendieron que no queríamos internar a Gal. Se estableció
la confianza necesaria para el desarrollo de transferencia en espejo.
En forma espontánea contaban experiencias de la semana, tanto
de la familia como de la escuela. Surgió una relación
en la que cada uno de la diada exigía de cada terapeuta la atención
individual necesaria en forma indistinta. Durante este primer período
de la psicoterapia, cada uno estaba en contacto con uno de los miembros
en una zona distinta del consultorio, hasta que un momento se dio la
relación terapéutica con la diada madre-hijo juntos y
los cuatro éramos partícipes de una actividad lúdica
común. Gal y su madre cuidan y defienden el derecho de jugar
según las reglas y no permiten la equivocación. En este
proceso de los cuatro, dos terapeutas frente a la diada madre-hijo,
se revivía la atmósfera de atención y de contexto
emocional tal como el bebé lo requiere en la etapa de "mirroring".
Al comienzo Gal se enojaba si no recibía sólo él
esta atención, y no pocas veces expresaba frustración
y enojo a través de reacciones violentas. Buscaba por todos los
medios controlarnos. En esta etapa del "mirroring primitivo"
no había una diferenciación clara entre Gal y nosotras.
Para Gal era claro que haríamos lo que él quisiera hacer.
Pasaron 5 meses, reinaba en el ámbito terapéutico una
atmósfera de tranquilidad, de roles diferenciados, madre, hijo
y terapeutas. No obstante esta separación - diferenciación
era más física que emocional. A nivel emocional Gal esperaba
seguir siendo el que determina y elige el juego y controla. Había
una atmósfera de tranquilidad que permitía que surgieran
en forma verbal temas de contenido emocional, como la función
del padre adoptivo, melancolía y fantasía de reencuentro
con el padre biológico, deseos de la madre, del padre y del niño.
Por lo tanto el desarrollo del fenómeno de la transferencia alter-ego
aparecía claramente en el encuadre de esta relación igualitaria
terapeutas-madre-hijo. Al mismo tiempo facilitaba el movimiento de contenidos
transferenciales hacia nosotras como padres de esta diada - donde la
madre en su historia personal que había sufrido de grandes carencias
afectivas estaba tan necesitada de esta imagen especular como Gal. Nosotras
ambas terapeutas nos transformamos en la transferencia en la función
del rostro de la madre "como espejo", según lo describe
Winnicott.
Tanto madre como hijo crecieron en una atmósfera familiar de
carencias afectivas, donde los roles madre e hijo no eran tan diferenciados,
y no pocas veces Gal funcionaba como hijo parental (parental child)
y soporte de la madre.
Era evidente que la coalición madre-hijo se daba también
frente a la interacción con el padre adoptivo.
Estas necesidades narcisísticas de ambos se expresaban en la
transferencia y fueron elaborándose durante el tratamiento.
Existe un aspecto que no desarrolló aquí pero si se tuvo
en cuenta como elemento que aparece en la transferencia y es el hecho
de que se trata de una familia de inmigrantes y que el proceso de confianza
que es necesario para empezar una psicoterapia fue más lento.
Por un lado, las limitaciones del idioma, y por otro el encuentro de
dos culturas diferentes que se manifestaban en la relación terapéutica.
El evento de la internación de Gal fue un hecho traumático
también, que se agregó a la crisis de adaptación
al país. Por lo tanto, estos factores influyeron en la instauración
del mirroring en el proceso terapéutico y fortalecían
la necesidad de dependencia y de protección mutua entre madre
e hijo.
A lo largo de mi
experiencia clínica, especialmente con niños, he observado
que las disminución de los síntomas y los progresos a
nivel del funcionamiento yoico, suelen presentarse al comenzar el tratamiento.
Este hecho lo relaciono más con el acompañar y el estar
presente del terapeuta que con las interpretraciones emitidas. Es importante
otorgar a este primer proceso la atención y la importancia que
se merece.
Estos casos clínicos descriptos ponen en evidencia las amplias
proyecciones del estadio del espejo y sus vicisitudes en la labor clínica,
y al mismo tiempo ejemplifican el hecho de que la sola presencia del
terapeuta moviliza y evoca esta experiencia tan temprana.
Estela Bachrach, Kfar Saba, mayo 2002
Bibliografía:
D.W. Winnicott, 1971: Realidad y Juego. Editorial Gedisa SA, Barcelona,
España.
Heinz Kohut, 1971: Análisis del self. Amorroto Editores, BsAs
Jacques Lacan, 1966: Escritos. Siglo 21 Editores, Argentina - Colombia
Maud Manoni, 1967: El niño, la enfermedad y los otros, Cap. 1.
Ediciones Nueva Visión, BsAs.
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