|
|
|
La producción en la mujer Isabel Édenburg UNA HOLOGRAFIA EN MOVIMIENTO Desde los orígenes del tiempo social la mujer estaría preparada para producir según el modelo que marcan las formas hendidas y cavernosas del útero. Las paredes circulares de formas convexas-cóncovas e irregulares darían cuenta de los modos de producción femenina concluyentes en la maternidad y el hogar. Alrededor del fuego y el caldero, el tejido, la laboriosidad, se tejen vínculos y se constituyen psiquismos. El cuidado de los hijos, la mirada puesta en el hombre, la sexualidad dentro de los límites del matrimonio, configuran el circuito ancestral La Familia. Pensar una figura uterina con curvas y aristas virtuales equivale a agregar una dimensión alejada de los intereses originales circulares cerrados. Imagino formas desprendidas del órgano específico con líneas discontínuas en movimiento. Estaríamos abarcando así una jerarquía de mayor nivel de simbolización y una apertura mayor que lo prescripto para lo puramente familiar. La introducción de la mujer en la producción social y en lo social mediatizado provoca una nueva concepción cultural. Sin embargo, un deliberado prejuicio social y la cadena clásica de identificaciones podrían condenar esta visión geometrizante, colocándola en los ríspidos caminos de la culpa. Así, una holografía del útero que recorra las formas originales y agregue juegos luminosos posibles, correspondería a nuevas maneras de concebir la femeneidad. Tal vez sea ésta una figura desfigurada; otra desviación de su condición originaria. Dónde irían a parar así las sagradas causas primarias, lo constitutivo del ser y lo específicamente femenino? Este órgano carnal y oculto, ídolo de la anidación, la primera cuna del incipiente bebé, habitáculo redondo y tierno, generador de vida y máximo símbolo de amparo, qué lugar ocupa en el imaginario social? Cuando dibujamos una matriz como juego imaginativo de figuras y formas diferente al dibujo que sigue la anatomía y la fisiología, estamos pudiendo pensar en la mujer como productora social. Así concebida, sería, toda ella, cada mujer, como un útero con cualidad de extenderse hacia lo virtual. Dotada de poder productivo y de una gran capacidad de albergar y dar vida a proyectos en el tiempo, así también como gestionar cuestiones y dar paso a lo incipiente. El pasaje imaginario a la figura de la matriz como un haz de luces en movimiento, intenta simbolizar las innumerables vueltas en el camino de las realizaciones. Despegadas éstas de la "causa originaria", elevadas a funciones de mayor complejidad, sin perder, por ello cualidad femenina. Produciendo inscripciones y dejando marcas a las que, todavía, no estamos preparadas para comprender, quizás, y por momentos solo provoquen perplejidad. Aún cuando este proceso ya está en plena marcha, pesisten figuras cerradas que insisten en pedir un tributo más para los templos de los mandatos parentales y culturales. La geometrización de la figura clásica propone un juego de imágenes tridimensionales de correspondencia isomórfica con la producción femenina en niveles superiores de realización. Cuidando las características de género y las formas fundantes de la mujer, iría dándose un interjuego de inclusiones con más lugares de despliegue. Las implicancias psíquicas de este recorrido son múltiples. Es insoslayable el trabajo de elaboración de duelo por desprendimientos, pérdidas de objeto y cambios en las posiciones subjetivas. Los sentimientos de culpa por ataque a objetos preciados y miedos imaginarios frente a cambios temidos y deseados. Nuevas discriminaciones internas y sustituciones de objeto son algunos trabajos de elaboración inevitables en el camino de crecimiento personal. Rumbos difíciles donde la pasión no encuentra fácilmente un lugar. El vínculo con el hombre entra en una etapa de cuestionamiento. La relación demanda-satisfacción desencuadrada de sistemas rígidos y preconcebidos es tema de actualización constante. El diálogo se extiende y amplía su cauce. Esa así, que la pareja que evidencia los nuevos alineamientos de género afronta un desafío. Uno de ellos es el nuevo modo de compartir la materno-paternidad. En la mujer constituye, sin lugar a dudas, una plenitud muy especial. Dar a luz un hijo es un acontecimiento biopsíquico y social de alta intensidad donde se conjugan dolor, placer, sentimientos muy profundos y reválida de vivencias anteriores; entrega afectiva y responsabilidad. Los hijos llenan un espacio real y virtual. Promueven un sentimiento de felicidad a compartir con el hombre en su propio proceso de asunción de la paternidad. Sin embargo, hay otros espacios de gestación y producción que se nutren de esta función anidante y portadora que pueden cerrar cerca o abrirse lejos y entramarse con mayor cantidad de elementos en el entorno comunitario. Si la mujer queda atrapada en el fuego y el caldero su mundo será circular y cerrado. Al abrir planos y generar espacios nutrirá sus propias fuentes y olvidará su "pecado original". Sujeta al útero rondará circularidades o habitará el vacío ante cualquier despegue o desprendimiento inesperado. Cumpliendo así el mandato bíblico de "sudor, lágrimas y dolor". Más, si nos atrevemos a meter curvas en rectas y rectas en curvas, podríamos derribar condicionamientos asfixiantes e iniciar búsquedas placenteras y fundadoras de productos en los planos de la solidaridad y la gestión social. Quizás, también, aprendamos las mujeres a tolerar mejor la finitud. Abierta la brecha entre mandato y deseo queda inscripta la fecunda orden de producir pero ahora, con cualidad terciaria. Producción de subjetividades nunca cerradas. Campo impreciso. Enlaces culturales, encadenamiento significativos, tramas múltiples. Juegos a veces imperdonables desde la maniatada precisión de lo prescripto. Aquí se fisura el precepto del concepto y la imagen rugosa y curva permite albergar otras imágenes posibles. Trazadas desde la capacidad de reflexionar, sentir, decidir, previa elaboración del trazo que va de lo preconcebido a lo posible a concebir. Las nuevas formas de producción de la mujer, en un mundo sesegado por el hombre, abren puertos de intercambio y lanzan nuevos barcos con productos elaborados con mayor fescura y libertad. Seguramente los nuevos alineamientos de género están sufriendo cambios, algunos de futuro impredecible. Estos nuevos ensambles son generosos en cuanto crean dispositivos diferentes para la comprensión de los temas del varón y la mujer. La holografía del útero como imagen paradigmática de la producción en movimiento de la mujer viene a simbolizr las innumerables posibilidades de expresión y acción en los distintos ámbitos de producción humana, como también, las múltiples miradas posibles sobre un mismo acontecimiento. Ciencia, arte, política, comunicación, tecnología, investigación, educación, salud. Encarando funciones, activas y directivas, sin apelar a conductas de imitación de modos típicos del género masculino ni de robar un lugar. Existe un modo específico fundante y una capacidad de desarrollo fecundo y perdurable en el desenvolvimiento de los roles de la mujer. Someterse al hombre o competir desde lugares masculinos es una opción propuesta desde una perspectiva machista inferiorizante. Los aspectos masculinos, derivados de identificaciones parciales con figuras de varones significativos, se pueden reconocer e integrar intentando un buen desarrollo del potencial humano con plenos derechos en el campo laboral y afectivo. La producción ligada a un útero virtual compone enlaces en nuevas vías de acceso al campo de lo simbólico y con posibilidad de constituir nuevos ligámenes significativos. Así entendida, excede la línea circular cerrada. Hay un trazo que hacer a cada paso y cortes que permitan elaborar las diferencias con las generaciones precedentes, buscando articulaciones posibles y reconociendo los propios deseos. Procurando discriminar individualidades, reconociendo entrecruzamientos de género que puedan producirse, aún, en la misma persona. Despliegue de lo cualitativo femenino, no precisamente como forma de sometimiento pasivo, ni en lo contrario ejerciendo un poder desmedido, sino como puesta en juego de cualidades crecientes, enfatizando el movimiento y lo que pugna por crecer y salir. Elaboraciones y exteriorizaciones que estén más allá de encasillamientos sustantivantes e intentos variados de definir una condición femenina. Cada cambio en la mirada sobre nosotras mismas, nos permitirá
recuperarnos en múltiples visiones posibles, ahondando en lo
nuestro, respetando la dignidad humana y la búsqueda de cada
ser. Isabel Edenburg, Tel Aviv 2002
|