Historia de Los Juegos Olímpicos

Sydney 2000

Los Juegos de Sydney cerraron una época que empezó en 1980 con la elección de Juan Antonio Samaranch como presidente del Comité Olímpico Internacional (COI). Los de la ciudad australiana fueron sus últimos Juegos después de 20 años, además de la culminación de un sueño: crear los mayores Juegos Olímpicos de la Historia, con el mayor número de países representados y los más rentables.

A Sydney acudieron 11.147 atletas, de los que el 38% fueron mujeres (un éxito sin precedentes en el deporte femenino), que llegaron en representación de 199 países. El programa incluyó un total de 28 deportes y 197 pruebas que se desarrollaron en 36 sedes distintas. Los periodistas acreditados fueron un total de 21.046 y el presupuesto para la organización de los últimos juegos del siglo XX fue de 1.170 millones de dólares (325.000 millones de pesetas). El comité organizador destacó a 2.500 efectivos y el número de voluntarios fue espectacular: unos 50.000. Alrededor de 700.000 personas llegaron a la ciudad olímpica y la audiencia televisiva superó los 3.700 millones de telespectadores.

Pero a estas escalofriantes cifras, que dan una idea del gigantismo que en Sydney cobraron los Juegos Olímpicos, se sumó la entrada de un universo hasta ese momento desconocido: Internet, un medio a través del cual se informaron millones de personas de todo el mundo sobre la marcha de la competiciones.

Estos datos confirmaron, tal y como el presidente del COI señaló en su discurso de clausura el 30 de septiembre, que se trataron de los más grandes Juegos Olímpicos de la Historia. También puso de manifiesto su exquisita organización, la afluencia de público en cada acontecimiento deportivo y los récords que se batieron en numerosas categorías deportivas, que superaron a los conseguidos en Atlanta 96.

El sueño de muchos deportes es llegar a convertirse en olímpicos y en esta edición lo consiguió el triatlón. En realidad no se trata de un deporte en sí mismo, sino de la mezcla de tres: natación (1.500 metros) ciclismo (40 kilómetros) y carrera (10.000 metros), un más difícil todavía que en algunos países como España sólo cuenta con un puñado de aficionados, sin apenas repercusión pública y sin dinero. En otras naciones, como por ejemplo Australia, Estados Unidos, Reino Unido o Sudáfrica, los triatletas son populares y se preparan a conciencia con la compra de cámaras hiperbóricas para simular las condiciones de presión atmosférica y la falta de oxígeno que se dan en altura y así estimular la producción de glóbulos rojos.

Como no podía ser menos y tal y como declaró el presidente del comité organizador, Michael Knight, los atletas fueron los verdaderos protagonistas, y esas dos semanas de competiciones les pertenecieron por entero. Dejando a un lado el medallero en el que volvió a reinar Estados Unidos con un total 97 medallas (39 de ellas de oro), destacaron algunos nombres propios que volvieron a escribir una página en la historia de los Juegos Olímpicos.

Marion Jones fue la reina indiscutible de la velocidad. Fue la única atleta en la historia que había ganado hasta este ese momento cinco medallas en una Olimpiada (tres de oro y dos de bronce). El metal más preciado se lo colgó gracias a sus carreras de 100 m, 200 m y 4x400 m, y se tuvo que conformar con el bronce en 4x100 m y en el salto de longitud, que ganó la alemana Heike Dreschler. Su compatriota, el hombre más veloz del mundo, Maurice Greene, volvió a dejar claro que los 100 metros lisos son su territorio, donde conquistó su primer oro. El segundo metal dorado le llegó en los 4x100 m, donde Estados Unidos recuperó lo más alto de podio tras haber quedado segundos en los Juegos Olímpicos de Atlanta, por detrás de Canadá. Si Greene reinó en los 100 m lisos, Michael Johnson demostró que lo suyo eran los 400 m, distancia en la que consiguió, a sus 33 años, el oro en la participación individual y en la carrera de relevos 4x400 m.

Los anfitriones también vivieron momentos de gloria. Uno de ellos se lo sirvió su atleta aborigen Cathy Freeman, la misma que días antes había encendido el pebetero olímpico. Consiguió el oro en una vertiginosa carrera de 400 m, tras la cual tuvo que dar una vuelta de honor por el estadio ante un público enfervorizado.

Su compatriota Ian Thorpe, con 17 años consiguió en la piscina olímpica tres medallas de oro y dos de plata y se apuntó un récord del mundo en los 400 m libres. Aquella jornada fue gloriosa para la natación mundial, pues a la hazaña de Thorpe se unieron otros cuatro récord del mundo: Michael Klim (Australia) en los 100 m libres, el equipo australiano masculino en los 4x100 m libres, Yana Klochkova (Ucrania) en los 400 m estilos y el equipo femenino de Estados Unidos en el relevo 4x100 libres.

La aureola de éxito de Thorpe se vio enturbiada por un duelo histórico en la piscina olímpica, en la que el australiano se enfrentó al holandés Van den Hoogenband, todo un ídolo en su país, en la carrera de 200 m libres. Acabó imponiéndose el holandés que consiguió una medalla de oro que todos los pronósticos, a la vista de los tiempos en las carreras anteriores, aseguraban al australiano. De cualquier forma, los dos nadadores ofrecieron uno de los duelos más bellos e interesantes de la Olimpiada. Van den Hoogenband se colgó además otro oro en los 100 m libres y batió el récord del mundo en esa distancia con 47,84. Su brazada permitió además a Holanda hacerse con el bronce en los 4x200 m.

El país de los tulipanes recibió una doble alegría en este deporte. La nadadora holandesa Inge de Brujin consiguió tres medallas de oro y tres récord mundiales. En los 100 m libres bajó la, hasta ese momento, infranqueable barrera de los 54 segundos, al hacerlo en 53,77. Al igual que su compatriota Van den Hoogenband, se entrena en el club PSV Eindhoven, conocido por su equipo de fútbol, y juntos lograron cinco medallas de oro y una de bronce, además de cuatro récords del mundo. Estos triunfos no los libraron de la acusación de un supuesto dopaje, dada la espectacular progresión, sobre todo de la nadadora holandesa, en los dos años anteriores.

La sorpresa de los Juegos llegó también de Holanda. Fue la ciclista Leontien Zijlaard, que llegó a Sydney tras un largo periodo desaparecida después de ganar el mundial de carretera en Oslo, en 1994. Sus resultados fueron espectaculares y consiguió un oro y una plata en pista (persecución y puntuación) y dos oros más en las pruebas de carretera en línea y en la contrarreloj.

Tampoco decepcionaron los valores seguros, como fue el caso del mejor fondista de la historia, el etíope Haile Gebreselassie, que repitió triunfo en los 10.000 metros, una carrera que no pierde desde 1993.

Otra veterana, la regatista Birgit Fischer alcanzó, a sus 38 años, un lugar destacado en la historia de los Juegos Olímpicos, al sumar, con sus dos oros en Sydney, 10 medallas olímpicas en su carrera deportiva, superando los nueve oros de leyendas como Paavo Nurmi, Mark Spitz o Carl Lewis. La alemana Fischer se colgó el preciado metal en las pruebas K-2 (piragua de dos palistas) y K-4 (con cuatro).