Cuatro Visiones sobre un personaje:

Juan Pablo II

La Tercera

El objetivo común de derrotar al comunismo de Europa del Este

Un actor clave de la Guerra Fría:

 La "santa alianza" con Reagan

Fecha edición: 03-04-2005

Un actor clave de la Guerra Fría: La "santa alianza" con Reagan Obsesionado por la actriz Jodie Foster, John Hinckley Jr. decidió llamar su atención con un gesto a lo grande. El 30 de marzo de 1981, en medio de un gentío, esperó que el entonces Presidente norteamericano Ronald Reagan saliera del Washington Hilton Hotel para atacarlo, justo en el momento en que ascendía a su automóvil. En tres segundos disparó seis balazos contra la ex estrella de Hollywood, que había asumido el poder sólo 69 días antes. Juan Pablo II no tardó en enviarle un telegrama expresando su satisfacción porque el atentado no le hubiera costado la vida. Paradójicamente, el 13 de mayo era Reagan el que enviaba un mensaje similar al Vaticano, horas después de que el Papa fuera baleado en la Plaza de San Pedro por el joven turco Alí Agca.

El Pontífice habría considerado estos ataques como una señal. Según el periodista Carl Bernstein, autor de una biografía de Juan Pablo II junto al vaticanista italiano Marco Politi (Su Santidad, 1996), el Papa -acostumbrado a interpretar la historia y la política evangélicamente- creía que ambos habían sido salvados por Dios y que tenían un papel en los cambios del mundo comunista.

A principios de los '90, incluso se llegó a hablar de una "santa alianza" entre Juan Pablo II y Reagan contra el comunismo, cuestión que el Vaticano siempre negó. Más allá de la existencia de un acuerdo formal, el hecho es que compartían ciertas convicciones y cooperaron.

La CIA en el Vaticano

Considerados por muchos hasta hoy como artífices de la caída de la Cortina de Hierro, tanto Reagan como el Papa tuvieron una temprana aproximación al comunismo. El veterano actor figuró como un destacado partidario de la campaña de persecución de comunistas impulsada por el senador republicano Joseph McCarthy en los '50. Karol Wojtyla, en tanto, tras formarse como sacerdote en la clandestinidad bajo la ocupación nazi en su Polonia natal, enfrentó al régimen comunista en su país. Como arzobispo y cardenal, no perdía oportunidad en sus sermones para exigir más libertad a las autoridades.

Ambos compartían, además, el ser carismáticos y tener una línea conservadora -eran férreos opositores al aborto, por ejemplo- y según William Clark, asesor de Seguridad Nacional de la administración Reagan, sentían que debían cumplir una tarea: "El Papa y el Presidente se sentían determinados a una misión espiritual, a un rol especial en el plan divino. Y eran profundamente devotos".

En octubre de 1978, Wojtyla alcanzó el mayor cargo de la Iglesia Católica. Dos años después, en enero de 1980, Reagan se puso a la cabeza de la máxima potencia mundial frente a la URSS -a la que llegó a calificar como el "imperio del mal"-, cuyo liderazgo en el bloque comunista comenzaba a resquebrajarse.

Pese a que no existían relaciones diplomáticas entre Washington y el Vaticano -una disposición de la Constitución de EE.UU. prohibía los lazos con estados religiosos-, Reagan definió como uno de sus objetivos el acercarse al Papa, consciente de que su postura frente a Moscú lo convertía en un perfecto aliado en medio del tenso clima de la Guerra Fría. Un informe de la CIA de 1978 ya evaluaba que la elección de Wojtyla haría aún más difícil para la URSS contener la inclinación de los polacos a Occidente y contribuiría a un aumento del nacionalismo en el este de Europa.

Reagan eligió a dos fervientes católicos de su administración para establecer vínculos con la Santa Sede: el titular de la CIA, William Casey, y el ex subdirector de esa entidad y embajador ante Naciones Unidas, Vernon Walters (ver recuadro). En Washington, el nuncio Pío Laghi solía tomar capuchinos con Casey y Clark, mientras la Casa Blanca enviaba a Juan Pablo II continuos informes privados sobre situaciones políticas, militares y diplomáticas en todo el mundo. El políglota Walters, que conversaba con el Pontífice en italiano, incluso llevó al Vaticano detallados mapas satelitales de la URSS y Europa del Este con la ubicación de tropas y lanzadores nucleares.

Acción en Polonia

Según Carl Bernstein, no había nada de conspirador en la relación del Papa y la gestión republicana de Reagan, ni Juan Pablo II era un subordinado de la CIA. Pero sí había una alianza para buscar políticas convergentes e intercambiar inteligencia. "Tenían objetivos comunes, especialmente en Polonia, para apoyar al sindicato Solidaridad", dijo el periodista en una entrevista en 1996, en la que también aseguró que ambos estaban comprometidos en llevar al pluralismo "a países católicos dominados por oligarquías -como Brasil, Argentina, Chile, Nicaragua y Filipinas-, pero de una manera que evitara el riesgo de que el comunismo tomara el poder".

En medio de las huelgas que amenazaban con desestabilizar al régimen comunista de Varsovia, Washington y el Vaticano ejercieron una fuerte presión diplomática para convencer a los líderes del Kremlin de que se abstuvieran de invadir Polonia, tal como lo habían hecho en Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968) para frenar los movimientos reformistas.

Distintos investigadores coinciden en que la CIA aportó fondos a Solidaridad.

Cuando Reagan visitó al Papa el 27 de junio de 1982 -en un encuentro que pavimentó el establecimiento de lazos diplomáticos dos años más tarde- también planteó el tema de Polonia. Según el fallecido biógrafo papal Tad Sculz, ofreció al Vaticano "colaboración" financiera y de inteligencia para respaldar las actividades clandestinas de Solidaridad. Personas familiarizadas con el diálogo aseguran que el Pontífice agradeció cortésmente, pero respondió que la Santa Sede no tenía necesidad de esa clase de "cooperación", porque tenía sus propios canales para ayudar a la causa polaca.


Perfil de un personaje histórico


El último domingo de Wojtyla

Después de gozar de una salud legendaria, el Papa se fue apagando en un largo calvario. Pero ya de niño supo que la vida puede ser muy dura. Un retrato.

 

Pablo Azocar

Nación Domingo 

Ocurrió el último domingo de marzo. El Papa asomó en el ventanal de su escritorio para dirigirse a los miles de fieles que, como tantas otras veces, aguardaban en las afueras de la Santa Sede para oír sus palabras. La imagen resultó desgarradora. Con el mal de Parkinson acorralándolo como una cuenta regresiva, con obstrucciones en las vías respiratorias y con espasmos en la laringe, se le crispó la expresión, sacudió la cabeza de un lado a otro, miró al cielo como invocando algo, apretó los ojos y torció la quijada con un rictus desesperado. Pero no. No pudo hablar. Dos brazos anónimos lo retiraron y se cerraron las cortinas.

Se había terminado la función.

La muerte más anunciada de la historia se inició hace 24 años, cuando Karol Wojtyla fue alcanzado por una bala disparada por el terrorista turco Mehmet Alí Agca en el corazón de la Plaza de San Pedro. Desde entonces el mundo entero fue asistiendo a una muerte a cuentagotas, una muerte que le fue pisando los talones con cruel obstinación, en vivo y en directo, ante el asombro del mundo y el pavor de los fieles.

A partir de ese día ya nunca cesaron los partes médicos ni los rumores, especulaciones y desmentidos sobre su salud. Primero fue un citomegalovirus que contrajo en ese mismo año 1981, producto de una transfusión de sangre de una de las varias operaciones que le salvaron in extremis la vida. En Chile, cinco años después, tuvo misteriosos vahídos que una doctora le mejoró con papayas. En 1992 le extirparon del colon un tumor del tamaño de una naranja. Un año más tarde fue operado tras caer de una tarima y fracturarse el hombro. A los seis meses, en abril de 1994, resbaló al salir de la tina, se fracturó el fémur, los doctores le colocaron una prótesis en la cadera y con irritación debió aceptar uno de los escasos emblemas pontificales que se había negado a utilizar: un báculo.

¡Ayúdenme!

La escalada fue feroz. En diciembre del 95 se desmayó en plena bendición Urbi et Orbi, debido a una infección estomacal. Un año después descubrieron que tenía apendicitis y le extrajeron ese órgano. En junio de 1999 debieron aplicarle tres puntos en la sien después de que se desplomara en la Nunciatura de Varsovia. En enero de 2001 le descubrieron el humillante Parkinson, cuyos síntomas venían desde hacía cinco años, y seis meses después un periodista advirtió que tenía paralizada la parte derecha de la cara. En marzo de 2002 fue el turno de una artrosis en la rodilla derecha, que le impidió realizar a pie el Vía Crucis a lo largo de Roma. En septiembre de 2003 debió renunciar por primera vez en su vida a presidir una audiencia general, lo que, según el parte médico, se debió a “un problema intestinal”, y en agosto de 2004 las cámaras lo sorprendieron en plena crisis respiratoria y arrojando en polaco una imploración sobrecogedora: -¡Ayúdenme!

El colofón vino este año y se inició en febrero, cuando fue internado en la Clínica Gemelli, ya en la recta final de su calvario, oficiando misa sentado, llevado en un sillón móvil para alcanzar el altar y alzando cálices expresamente diseñados con titanio para que fueran más livianos.

¿Qué pensó, qué sintió el atleta de Dios al verse allí, dolorido, encorvado, aferrado a la cruz procesional? ¿Qué veía en su propio rostro estragado cuando se miraba al espejo por la mañana? Cómo saberlo. Pero la travesía debe de haber sido dura para un hombre que hasta los 60 años exhibió una salud de ribetes casi legendarios, que adoraba el aire libre y el trekking en la montaña, un Papa guapo al que se podía ver con sweters y zapatillas, que practicaba el esquí, el canoísmo, la natación e incluso el fútbol. “Máxima movilidad física, mínima movilidad doctrinal”, ironizó alguien, cuando todavía se le veía rozagante y parecía un toro inagotable que estaba contribuyendo a hacer saltar el tablero geopolítico del planeta, muro de Berlín incluido.

Nacido en 1920 en el seno de una familia obrera, en Wadowice, cerca de Cracovia -pujante centro industrial al norte de Polonia-, Wojtyla supo de los rigores del destino desde muy joven. Su madre murió dando a luz una niña cuando él tenía 9 años. Poco después falleció su único hermano, Edmundo, que era médico y fue contagiado de escarlatina por uno de sus pacientes. Y la orfandad se tornó definitiva cuando una noche de 1941 encontró muerto a su padre, un ex oficial del ejército austro-húngaro. Karol tenía 21 años y arreciaba la Segunda Guerra Mundial. “Al morir mi padre, poco a poco fui tomando conciencia de mi verdadero camino, vi claramente qué era lo que debía abandonar y el objetivo que debía alcanzar sin una mirada atrás: sería sacerdote”, evocó, en conversación con André Frossard.

 Teatro de la palabra

Bajo la ocupación nazi, con el fin de evitar la deportación a Alemania, abandonó los estudios de filología y buscó trabajo como obrero en una cantera de piedra, en la fábrica química Solvay. Por esa misma época, en la clandestinidad, se inició en el “teatro de la palabra viva”, que consistía en la recitación de textos poéticos; allí, probablemente, se gestó el actor, el orador proverbial que acabaría siendo, apoyado en un carisma aplastante, en la tenacidad, en la vehemencia con que planteaba sus ideas.

Y ya nada lo detuvo. En 1942 ingresó al seminario clandestino de Cracovia, en 1946 fue ordenado sacerdote, en 1951 se inició como profesor de Ética y Teología en la Universidad Católica de Lublin, en 1958 fue consagrado obispo por el Papa Pío XII, en 1964 lo nombraron obispo auxiliar de la diócesis de Cracovia y en 1967 fue erigido cardenal, en una época decisiva para la Iglesia polaca, cuando la sede apostólica puso en práctica la llamada Ostpolitik, que dio inicio al deshielo entre la Iglesia y el Estado comunista.

El día en que el humo blanco del Vaticano trajo la noticia de que un polaco había sido nombrado Papa después de 455 años de pontífices italianos -16 de octubre de 1978-, Wojtyla estaba en la montaña, dicen que bajando por un rápido arriba de una canoa, lo que lo obligó a salir de noche a la carretera y hacer dedo a un camionero para llegar atrasado al cónclave. Nadie imaginó que sería uno de los papados (casi 27 años) más largos de la historia.

Todo desde entonces fue grandioso, operático, con masas de gente que se clavaban durante horas en las veredas, aguardándolo como al Mesías, y lloraban sólo con verlo pasar. Juan Pablo II viajó más de un millón 300 mil kilómetros -27 veces la vuelta al mundo- y visitó 134 países, desde la selva amazónica hasta las Islas Salomón. Promulgó 108 documentos oficiales (14 encíclicas, 13 exhortaciones apostólicas, 11 constituciones pontificiales, 42 cartas apostólicas y 28 motu proprio), proclamó a más de mil beatos -más que todos los existentes con anterioridad- y canonizó a centenares de santos. Publicó libros de ensayo, poesía y obras teatrales -una de las cuales, Hermano de nuestro Dios, fue llevada al cine por Krzysztof Zanussi-, dio conferencias de prensa arriba de aviones y añadió cinco misterios al rosario.

Fue el primer Papa en visitar un país bajo un régimen comunista (Polonia, 1979), el primero en entrar a una sinagoga y en orar en una mezquita, y el primero en asistir a un concierto de rock (Bob Dylan, 1997). Se convirtió en el personaje más célebre del mundo, manejó como nadie antes los recursos de la televisión, difundió homilías por Internet, realizó la misa más multitudinaria de la historia ante cinco millones de personas (Manila, 1995), editó sus discursos en CDs, pidió perdón por inquisiciones y pecados cometidos por la Iglesia a lo largo de la historia, detuvo una guerra entre Chile y Argentina y se convirtió en el primer pontífice superventas literario: su libro de reflexiones autobiográficas Cruzando el umbral de la esperanza fue traducido a 22 idiomas y vendió más de 10 millones de copias.

Fajador nato, agudo estratega, vio arreciar las críticas y la controversia cuando salió sonriente al balcón de La Moneda al lado de Pinochet en 1987. También cuando en 1998 intercambió confesiones y escapularios con el otro gran histrión del siglo XX, Fidel Castro. Y más que nunca cuando llegaba a África, donde aloja el 60 por ciento de los 40 millones de enfermos de sida que hay en el mundo, y proclamaba la prohibición absoluta de utilizar cualquier tipo de condón. El filósofo español Fernando Savater lo fustigó: “En su apoyo a una política de natalidad a ultranza en países subdesarrollados, el rol del Vaticano es netamente criminal. Condenar los anticonceptivos o los preservativos en países que no tienen una estructura educativa, donde la mujer no tiene una educación que la capacite para regularse por sí misma, es criminal”.

Seguramente, Karol Wojtyla no pensó en esto ese domingo de marzo, cuando debió ser arrancado del ventanal pontificio sin poder articular palabra, y en el Vaticano ya había tristeza y aires de cónclave y de conspiración. O sí. Tal vez pensó en eso y muchas otras cosas. A lo mejor pensó en su padre. O se le vino a la mente la imagen de un río torrencial, bajando en canoa. O acaso tuvo miedo, o le dijo algo a Dios. LND


Balance y proyección del gobierno de Karol Wojtyla sobre el catolicismo


La restauración que vino del frío

El éxito de este pontificado oculta flancos internos de problemas postergados y de hondos quiebres dentro de las comunidades cristianas. Construido, según sus críticos, sobre un autoritarismo anacrónico y un peligroso monolitismo doctrinal, la desaparición del líder carismático va a destapar seguramente muchas crisis.
 

Rafael Otano

Nacion Domingo 

Contra lo que en estos días expresan públicamente muchos personajes a través de los medios de comunicación, la muerte de Juan Pablo II no causa un dolor tan generalizado en el mundo católico. Núcleos resistenciales de teólogos, líderes laicos, sacerdotes y monjas, además de anónimos cristianos de base, anhelan desde hace tiempo un cambio sustancial del rumbo impuesto por el Vaticano. No pocos obispos han mostrado también sotto voce su molestia con la línea pastoral y doctrinaria de Karol Wojtyla y del que ha sido su círculo más íntimo.

Existe en todos estos grupos preocupación e incluso impaciencia. Este prolongadísimo papado tan fecundo en canonizaciones, en kilométricos viajes apostólicos, en ceremonias masivas y algo operáticas, sufre de profundas debilidades. Se ha construido, según sus críticos, sobre un autoritarismo anacrónico y sobre un peligroso monolitismo doctrinal.

Juan Pablo II gozó evidentemente de una enorme popularidad a escala mundial. Ningún líder moderno ha poseído ni de lejos su don de entusiasmar a multitudes tan heterogéneas. Fue una celebridad que garantizó siempre adhesión y espectáculo. Pero este éxito público oculta flancos internos de problemas postergados y de hondos quiebres dentro de las comunidades cristianas. La desaparición del líder carismático va a destapar seguramente muchas crisis. Eso está en la conciencia del establishment católico, aunque, en una institución tan jerárquica, la compleja situación no se reconozca públicamente.

 Nuevo Pentecostés

El pontificado de Karol Wojtyla hay que considerarlo a la luz del gran acontecimiento eclesial del siglo XX: el Concilio Vaticano II. Aquel nuevo Pentecostés, como fue llamado, reunió a más de dos mil trescientos obispos que deliberaron con inédita libertad de expresión sobre los temas religiosos y profanos más conflictivos de su tiempo. Fueron cuatro intensas (a veces dramáticas) sesiones celebradas entre octubre de 1962 y diciembre de 1965, que marcaron un antes y un después en la vida y en el talante de la Iglesia Católica.

Los últimos concilios (el de Trento, en el siglo XVI, y el Vaticano I, en el XIX) se realizaron a la defensiva. Así, el de Trento supuso una gran operación teológica y política para neutralizar la rebelión protestante que había prendido en el norte de Europa. El Vaticano I, por su parte, tuvo como objetivo principal la condenación de las distintas expresiones y consecuencias del liberalismo y laicismo decimonónicos.

Sin embargo, el Vaticano II, convocado sorpresivamente por Juan XXIII, pretendió de modo proactivo el aggiornamento de la Iglesia, su apertura a una modernidad que era apreciada serenamente en sus logros y fracasos. Fue un concilio sin anatemas, más pastoral que dogmático, más propositivo que impositivo, que logró un amplio consenso de los participantes. Con todo, sus resultados fueron asumidos como una severa derrota por una parte importante de la Curia romana y por el ala más conservadora del Episcopado. Este núcleo, con tradición ampliamente conspirativa, se quedó esperando una segunda vuelta en este drama de ideas, creencias y pasiones.

El modelo polaco

En 1849 el poeta romántico polaco Juliusz Slowacky aventuró la profecía de que en el siglo XX ocuparía la sede episcopal de Roma un Papa eslavo. Entonces las reformas que los diplomáticos y asustadizos italianos no se habían atrevido a enfrentar en la Iglesia, las efectuaría el enviado divino que llegaría desde el Este. La Iglesia de Polonia calza muy bien con este esquema mesiánico. Históricamente ha sido el alma del heroísmo patriótico en su lucha por resguardar una nacionalidad laminada entre potencias que intentaban absorberla. Karol Wojtyla tuvo que sufrir precisamente en los primeros años de su vida nada menos que la invasión nazi y posteriormente la instalación del régimen comunista. Estas dos pruebas extremas marcaron su religiosidad radical y combativa. Desde entonces él no perteneció al universo cultural de las dudas, sino al de las certezas. Reclamaba para la Iglesia Católica no el diálogo, sino el magisterio de la verdad. Y, desde luego, consideraba la disciplina y la unidad de los católicos como elementos esenciales en los sucesivos apocalipsis que le había tocado vivir y los que vendrían por delante.

Los cardenales del conclave de 1978 no sospechaban seguramente el calibre del personaje que instalaban en el Vaticano. Sabían que era un buen teólogo, un obispo profundamente espiritual, un notable educador de jóvenes, un jerarca con capacidad de manejo político en las situaciones más inconfortables. Pero el personaje era aún mucho más que todo esto.

Los palacios apostólicos sintieron prontamente la acción del vendaval Wojtyla. Un vendaval que no ha cesado durante sus más de 26 años de pontificado. Él terminó definitivamente con el espíritu hamletiano que había sido la herencia del atormentado Pablo VI. Su asertivo y confesional saludo “alabado sea Jesucristo”, su canto atronador a través de cualquier micrófono, su cuerpo atlético al servicio de una Iglesia militante constituían elementos de un nuevo-viejo espíritu católico que había tenido muy poca presencia en Roma: el espíritu dinámico y misional de la religiosidad polaca.

 Cierto olor a inquisición

Los grupos más conservadores no se podían creer el regalo que les había llovido desde Cracovia. Este Papa joven y carismático, que sintonizaba con muchas de sus inquietudes y sus ideales, les ofrecía la oportunidad histórica de la revancha. Era el momento de domesticar el Concilio Vaticano II, de hacer de él, como se dijo, una “lectura ordenada”. En los años setenta habían proliferado las rebeliones, las propuestas temerarias, la permisividad moral, la indisciplina generalizada, incluso al interior de las facultades de teología, de los seminarios y de los conventos. El modelo polaco exigía poner coto a todos estos desórdenes.

Desde luego, se inició un sucesivo hostigamiento de las voces más díscolas. Varios de los grandes teólogos de la época del concilio, aquellos que habían asesorado a Juan XXIII y Pablo VI y que habían hecho furor entre los clérigos y los intelectuales católicos, sintieron cierto olor a inquisición. Hans Küng fue expulsado de su cátedra de la Facultad Católica de Tubinga, a Johannes Baptist Metz se le impidió el ejercicio en la Universidad de Múnich, Eduard Schillebeeckx fue sometido al escrutinio vaticano, lo mismo que algunos teólogos latinoamericanos de la liberación, como Leonardo Boff y Gustavo Gutiérrez. Se apuntaba a los pesos pesados para desalentar a sus epígonos. El gran teólogo jesuita Karl Rahner estaba indignado: “Estamos viviendo un invierno en la Iglesia”, declaró. En el orden doctrinal, una de las obsesiones de Juan Pablo II fue la moral sexual y matrimonial. La oposición radical a los preservativos, la condena de la homosexualidad, la negación de la eucaristía a los cónyuges separados, el rechazo al divorcio, el repudio de las técnicas de contracepción (las llamadas no naturales), todos son pleitos morales modernos que no soportan tan fácilmente un trámite condenatorio. El tenaz Karol Wojtyla lo intentó ante una feligresía cada vez más renuente a que se invada la libertad de su intimidad y de su lecho.

Paralelamente a esta preocupación por el sexo y con relación a ella, se encuentra la reafirmación del celibato obligatorio para los sacerdotes, la prohibición de la ordenación de las mujeres, la declaración de sospecha en los foros internacionales respecto de los temas referidos a ética sexual. El viejo dualismo neoplatónico y agustiniano sigue operando y una comunidad de célibes intenta dogmatizar condenatoriamente sobre el sexo y sus aledaños.

 Los neoapostólicos atacan

Han sido los llamados movimientos neoapostólicos los instrumentos que usó el Papa en su tarea de disciplinar a una Iglesia que no se somete tan fácilmente ante las múltiples amenazas para esta o la otra vida. El Opus Dei, los Legionarios de Cristo, Comunión y Liberación, por poner algunos ejemplos, fueron la niña de los ojos del pontífice polaco. Especialmente la Obra de Josemaría Escrivá de Balaguer jugó un papel fundamental en la viabilidad económica e intelectual del proyecto Wojtyla. Han sido, por otra parte, los grandes beneficiarios en la restauración de la Iglesia que promovió Juan Pablo II.

El Opus Dei, que tuvo que sufrir lo suyo con los papas Juan XXIII y, sobre todo, con Pablo VI, se sintió ampliamente reivindicado. Contra el parecer de los obispos e incluso de la Curia romana, obtuvo del Papa el estatuto de prelatura personal para la institución y la canonización de su fundador. Esto les ha dado una enorme autonomía dentro de la institución eclesiástica y hace que sus miembros dependan directamente del Papa, saltándose cualquier mediación de jerarquía local.

La gran perdedora en todo este escenario ha sido la Compañía de Jesús. Víctima de un verdadero golpe de Estado eclesiástico, Juan Pablo II la intervino, porque no se fiaba de su perfil demasiado fronterizo con los problemas de la pobreza, de la política y de la moral moderna. Nuevas asociaciones más obsecuentes y más conservadoras se han ganado el aprecio de Roma en un momento en que se apostó por la seguridad y por la disciplina.

Un personaje esencial en el pontificado de Juan Pablo II: el cardenal Ratzinger. Él fue el cerebro de la restauración wojtyliana. Siendo un importante teólogo, metió en cintura a sus colegas. Él invirtió el optimismo y la confianza en el mundo moderno del Concilio Vaticano II y volvió a la visión reactiva. Incluso, en una increíble vuelta de tuerca, se atrevió a agitar la figura que parecía un tanto jubilada del mismísimo diablo. LND


Un Papa incómodo

No se puede creer en serio lo que proclamó Karol Wojtyla sin sentirse incómodo en este mundo. Como, sin duda, se sintió él.

Carlos Peña González

El Mercurio

    ¿Qué puede decir alguien como yo de Juan Pablo II, este Papa casi nómade, carismático, conservador y porfiado? Sólo puedo acercarme a él a través de sus ideas y de sus acciones. Algunas fueron ambiguas. Otras parecen inconsistentes. Todas desafían a un mundo demasiado seguro de sí mismo.
    Rehabilitó a quienes la Iglesia alguna vez humilló; pero, al mismo tiempo, impidió a algunos de sus contemporáneos hacer tareas teológicas.
    Rehabilitó, por ejemplo, a Rosmini, cuya obra había sido alguna vez prohibida, por su audacia liberal, y lo citó incluso en Fides et Ratio; pero al mismo tiempo sancionó de maneras diversas a centenares de intelectuales y de teólogos, casi quinientos, que, como Rosmini en su hora, arriesgaron de buena fe el camino de la razón. Entre ellos, claro, algunos teólogos de la liberación que padecieron la mirada flamígera de Ratzinger.
    Fue también un crítico severo del capitalismo, y aunque algunos católicos no se enteraron, relativizó el derecho de propiedad sobre los medios de producción.
    En Laborem Excersens, por ejemplo, sugirió que los bienes de este mundo eran el fruto de una cooperación intergeneracional que obligaba a la solidaridad; abogó por formas de cogestión y defendió la vieja idea del salario familiar. En Sollicitudu rei socialis intercedió por acabar con la desigualdad y pidió a los cristianos desprenderse de todo lo superfluo. Imaginó el mundo, al parecer, como un gran taller de trabajo en el que cada uno sería un copropietario. Salvo, claro, las mujeres cuyo lugar natural sería el hogar.
    Ignoro si esos católicos que aspiran, con igual intensidad, a la vida eterna y al confort se tomaron alguna vez, entre compra y compra, el trabajo de leer esas encíclicas. Ignoro también de qué forma esos creyentes -que llorarán su muerte por estos días- y que creen a pie juntillas en los incentivos, el lucro, la empresa capitalista, la incorporación de la mujer al trabajo, las virtudes del consumo superfluo y los property rigths, se las arreglan con esas ideas.
    Es probable, sin embargo, que el mismo pensamiento de Juan Pablo II les brindara una salida. Ocurre que el Papa poseyó un cierto pesimismo histórico que le impedía cifrar demasiadas esperanzas en la justicia. La condición humana, pensó, está inevitablemente hecha de sombras y por eso, como en la parábola del hijo pródigo, sólo la compasión nos permitiría reconciliarnos con ella. Una cosa es la justicia; pero donde ella no alcanza, seamos comprensivos con el injusto y con las imperfecciones de este mundo.
    Desconfió también de la cultura moderna hasta casi la exageración, y no creo que la haya comprendido de veras.
    En su último libro, Memoria e Identidad, achaca al iluminismo un rosario de males (lo que no le impidió, en su visita a Francia, declarar la comunidad de propósitos con la Revolución Francesa). Todo habría comenzado con Descartes. Hasta entonces, sugirió el Papa, el mundo estaba organizado sobre la idea de un ser plenamente autosuficiente que era considerado el fundamento de todo. El cogito ergo sum supuso la ruptura, dijo, de ese modo de pensar, y de ahí en adelante todo se remitió a la conciencia. La idea de un mundo allí afuera, de un conjunto de seres a los que la conciencia humana debía someterse, se deterioró, y entonces el mal se hizo invisible y principió a cundir como si fuera una infección. ¿Habrían sido mejor las cosas si el realismo tomista no hubiera sido abandonado? Sin duda, pensó el Papa. El hombre, a solas con su conciencia, es incapaz de distinguir lo que es bueno de lo que es malo. "Si queremos hablar sensatamente del mal y del bien, hemos de volver, sugirió, a Santo Tomás de Aquino; es decir, a la filosofía del ser". Por eso antes, en Fides et ratio, insistió en que las verdades de la razón coincidían con las de la fe.
    No se trata, por supuesto, de defender aquí al iluminismo (sobra recordar que pensadores nada católicos lo habían ya sometido a una crítica harto más severa); pero toda esa explicación de los males contemporáneos parece confundir el plano de los conceptos con el de los hechos.
    Alentó, en fin, el diálogo entre las culturas; pero al mismo tiempo proclamó la universalidad de jure del cristianismo.
    Nada de eso, sin embargo, impide a un no creyente apreciar en Juan Pablo II a una de las figuras más relevantes de la política y la cultura contemporáneas. Alguien cuyo fervor y cuya intransigente fe debieran incomodar a quienes declaran seguirle y que hoy lo lloran. Después de todo, no se puede creer en serio lo que proclamó Karol Wojtyla sin sentirse incómodo en este mundo. Como, sin duda, se sintió él.


Actividad recomendada

* Después de leídos los cuatro artículos de los principales diarios capitalinos, escribe un ensayo (mínimo 15 líneas) respondiendo la pregunta inicial: Quién es el Papa J.P. II

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