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Cielo
nublado...
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EL
8 de abril del 2005 esperábamos un suceso trascendental
en la astronomía cubana: un eclipse parcial de Sol. Nos
preparamos para realizar una actividad por todo lo grande, con
una observación pública en el malecón habanero
(actividad que estamos acostumbrados a realizar en todas las
grandes ocasiones). El máximo del evento sería
sobre las 7 de la tarde.
Notificamos
a varios periodistas, aficionados, profesionales y divulgamos
la actividad por radio y televisión, incluyendo la
colaboración que nos prestó amablemente Mara
Roque, en su espacio "Señales" de la revista
"Buenos Días". Incluso, contábamos
con la visita a nuestro país de Julián Huertas,
un aficionado español miembro de la Asociación
Astronómica de Madrid, quien nos había traído
filtro solar para poder observarlo, y quien se sumaría
a nuestra observación. Así que solo nos faltaba
preparar las condiciones para la "expedición",
nombre que doy a estas ocasiones. Verán el porqué...
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Pero
que trabajo costó una imagen!!!
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En
primer lugar, mover un telescopio aquí es como mover
un elefante en el polo. Esto a pesar de que es sólo
un pequeño instrumento de 114 milímetros de
diámetro, pero, claro está, incluyendo su montura
y accesorios. Así que me dispuse a moverlo en... lo
que podía: el transporte público. Yo vivo a
unos 14 kilómetros de la ciudad, y los taxis particulares
ni siquiera entran allí.
Por lo tanto, a cargar con todo al hombro (cosa que hago cada
vez que hay una observación) y a caminar unos dos kilómetros
hasta la primera parada del ómnibus, para poder coger
un asiento.
Aquí
debo hacer un alto, para reconocer el sacrificio a que sometí
a mi novia, quien me ayudó a cargar EL CONTRAPESO del
instrumento, que era lo único pequeño que ella
podía llevar. Ahhh..., se me olvidaba una cosa, ese
mismo día era el de mi cumpleaños número
36, así que lo celebraría observando el eclipse
(y cargando con el telescopio).
Pero,
oh Ley de Murphy, a la una de la tarde, mientras estaba en
casa de un amigo del grupo mirando el mapa del tiempo, porque
se veían un grupo importante de nublados en nuestra
ciudad, comenzó a llover. Y de ahí en adelante
fue una odisea.
No
mencionaré los trabajos que pasé para llegar
desde mi casa hasta el Vedado. Solo les diré que después
de coger un ómnibus, con telescopio, trípode,
contrapeso, novia y paraguas incluido, tuve que echar mano
de un bicitaxi (ingeniosa mezcla de bicicleta con hombre pedaleante
que cobra 20 pesos).
Así
y todo, llegué bajo un aguacero discreto y ya en horario
en que estaba avanzando el eclipse. Pero por supuesto, con
el cielo totalmente nublado.
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Y
la segunda... y más ninguna.
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En
el lugar acordado, conocido como "La Punta", frente
a la entrada de la Bahía de la Habana, nos encontramos
con un amigo fotógrafo que había escuchado la
convocatoria por radio, pero ni rastros de Eladio (uno de
los miembros del grupo que había quedado en ir) y mucho
menos de Julián, el español que había
venido a ver el eclipse. En vistas de la cosa, nos dispusimos
a esperar a ver si al menos se veía por un momento
el Sol, pero eso sí, debajo del paraguas porque continuaba
lloviznando.
Por
fin, un poco después de las 7 de la tarde, logramos
ver, por unos cinco minutos, la imagen del Sol mordida por
el disco lunar. Aprovechamos e hicimos un par de fotos, que
se incluyen en este artículo, en mi caso con una cámara
digital. Terminado el evento, nos despedimos y comenzamos
el regreso a nuestra casa. Sin embargo, esto que parecía
el final, era solo el principio.
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Después
del eclipse, comenzó a despejar, que gracioso,
verdad?
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Tuvimos
que caminar (recuerden que iba mi novia conmigo, y cargando
EL CONTRAPESO del telescopio) casi tres kilómetros
para llegar a la parada de la ruta 190, a eso de las 8 de
la noche. Marcamos y esperamos. Transcurrida una hora y algo
más, pasó por fin una guagua, pero se formó
tal molotera (esta palabra viene de molote, un montón
de personas unidas y en desorden total, que generalmente persiguen
un fin común, en este caso, subir al ómnibus)
que fue imposible subir, y mucho menos con la carga que llevaba
acuestas. De todas formas, aunque hubiéramos subido
tendríamos que haber hecho el viaje de pie (unos 45
a 50 minutos) con toda la carga encima. Decidí esperar
el próximo, aunque no se sabía a qué
hora iba a pasar.
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El
"equipo" perseverante.
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Para
no hacer más largo el cuento, el otro ómnibus
pasó a las 11 y 35 minutos de la noche, el cual logramos
montar con cierta dificultad por el alboroto reinante. Llegamos
a mi casa casi a la una de la mañana, y como decimos
en Cuba: "hechos leña"...
Este
es el relato breve, pero real y completo, de esa observación
de un eclipse el día de mi cumpleaños...
Nota:
después conocí que a Julian un taxista lo había
llevado equivocadamente al otro lado de la bahía...
desde allí observó el eclipse, o lo que pudo
verse de él... y mi amigo Eladio lo vió caminando
por el Malecón, pues no se encontró con nosotros...
cosas de la vida.
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