Esta güebb tiene música..."Claro de Luna" de Debussy

Benito Pérez GALDÓS

Benito Pérez GALDÓS

Nació en Las Palmas de Gran Canaria (ESPAÑA ESPAÑA) en 1843.

Fue a estudiar Derecho en Madrid en 1862, ciudad de la que habría de ser el más ávido y profundo observador.

Lee con voracidad a los novelistas del Realismo europeo, aunque su mayor devoción va hacia Cervantes.

Desde muy pronto, su vida fue un escribir sin descanso, ya que con la publicación de su primera novela, La Fontana de Oro (escrita en 1867, impresa en 1870), inició una ininterrumpida y copiosa producción literaria.

Venerado primero, fue discutido después.

Miembro de la Real Academia de la Lengua, sus últimos años fueron tristes: pierde la vista, conoce la penuria económica, sus enemigos impiden que se le otorgue el Premio Nobel...

Murió en Madrid, el 4 de enero de 1920.

Ideológicamente, se adscribió primero al liberalismo progresista; más tarde adoptó posiciones más avanzadas y se proclamó republicano y vecino a los socialistas. Pero esta evolución fue acompañada de un espíritu cada vez más tolerante.

Su producción es ingente.

Escribió más de veinte obras dramáticas -estimables por su temática-. Algunas de ellas son adaptaciones de novelas suyas (Realidad, Doña Perfecta...). Importante fue Electra, famosa porque su estreno en 1901 provocó una auténtica batalla política entre liberales y tradicionalistas.

El teatro de Galdós se apoya en los siguientes móviles: el amor, la libertad, la justicia y el trabajo. Estos temas, expresados a menudo en forma simbólica, nos recuerdan a Ibsen y Tolstoi.

No se puede negar que en Galdós existía una gran capacidad teatral, como lo demuestra el conflicto dramático de su narrativa ya que si en algo hay que centrar la atención es en la obra narrativa galdosiana (¡más de un centenar de títulos!).

En ella, se distinguen dos líneas paralelas: los Episodios Nacionales y las novelas largas, con diversas etapas.

Los Episodios Nacionales constituyen un ambicioso proyecto: ofrecer una visión novelada del siglo XIX. Son cinco series; cada una consta de diez novelas de media extensión (salvo la última, interrumpida, que sólo tiene seis).

Las dos primeras (escritas entre 1873 y 1879) abarcan la guerra de la Independencia y el reinado de Fernando VII. A ella pertenecen los episodios más famosos: "Trafalgar", "El dos de mayo", "Zaragoza"...

Las series restantes (escritas mucho más tarde, de 1898 a 1912) llegan hasta la Restauración, pasando por la guerra Carlista, los vaivenes del reinado de Isabel II, etc.

Debe destacarse la creciente postura crítica del autor ante la intransigencia española o la ineficacia política.

Con los Episodios, creó Galdós un nuevo tipo de novela histórica, muy distinta de la romántica, por el esfuerzo de documentación y el propósito de objetividad. Añádase a ello el admirable equilibrio entre el aliento colectivo y las peripecias individuales, es decir, entre lo épico-histórico y lo novelesco.

En los años 70, a la vez que los primeros Episodios, Galdós publica varias novelas (Doña Perfecta, Gloria, etc.) que responden a su obsesión por los enfrentamientos ideológicos. En ellas suelen oponerse protagonistas de espíritu abierto y personajes de estrecha mentalidad tradicionalista. El propósito de atacar la intransigencia y el fanatismo es tan visible en estas obras, que las convierte en "novelas de tesis" algo primarias.

Las novelas españolas contemporáneas, así llamó Galdós a las veinticuatro novelas que publicó a partir de 1880. Estamos ante uno de los grandes monumentos de la novela mundial. Es un impresionante fresco del Madrid y de la España del momento: miles de páginas por las que desfilan todos los tipos sociales y todos los ambientes. Y en las que se entrecruzan todos los sentimientos, desde los más puros y nobles a los más mezquinos y perversos.

La mirada de Galdós sigue siendo la de un espíritu crítico, pero las "tesis" han dejado paso a un análisis más profundo y más abierto, con un fondo de enorme comprensión.

Algunas de las cimas de este magno mundo novelístico: La desheredada (1881), con cierta influencia naturalista; Tormento y La de Bringas (1884), en que alternan dramáticos conflictos, ambiciones ridículas, hipocresías, etc.; Miau (1888), en torno a un "cesante", o funcionario que ha perdido su empleo y su familia. Pero la joya de este conjunto es Fortunata y Jacinta (1886-1887); en ella, no se sabe qué admirar más, si las inolvidables figuras que le dan título, la rica galería de personajes secundarios, la sucesión de episodios o el amplio panorama social que los enmarca. Es la obra maestra de Galdós y una de las más altas cumbres de la novela española (en su tiempo, sólo La Regenta, de Clarín, se le puede comparar).

En los años 90 se percibe una inclinación de Galdós hacia los problemas espirituales. Así, Nazarín (1895) presenta a un sacerdote cuya pureza evangélica es incomprendida; y Misericordia (1897), otra de sus obras maestras.

El realismo de Galdós es el de gama más amplia entre los cultivadores de esta tendencia, pues atiende tanto a lo ambiental como a lo psicológico. Evoca los ambientes más diversos -calles, interiores, etcétera- con un relieve imborrable. Y sus personajes poseen una verdad que sólo puede conferir una honda comprensión del corazón humano.

Aunque el autor parte de una observación y hasta de una documentación rigurosa, el encanto de sus novelas reside en la sensación de espontaneidad y viveza del relato o de las descripciones.

Espontáneo y vivo es también su estilo, rico en registros, pero con preferencia por lo conversacional y con personales notas de humor. No ha faltado quien hable de descuido y hasta de ramplonería, pero es una prosa de gran expresividad, ágil y dotada de un gran poder de sugerir.

La fama de Galdós ha ido en aumento. Es reveladora la abundancia de obras suyas que se han llevado al cine (algunas por el gran Luis Buñuel) o a la televisión. Así ha vuelto Galdós a encontrarse con el fervor popular.

A la vez, abundantes y sólidos estudios lo sitúan, tras Cervantes, en la mayor altura de la novela.

Y aunque Galdós es esencialmente novelista, no debe olvidarse que escribió también obras dramáticas que están en consonancia con sus últimas novelas de tipo idealista.

Galdós, tras el precedente dudoso de Fernán Caballero, debe ser considerado como el verdadero creador de lo que se entiende por realismo moderno en la novela española. A pesar de ser más joven que los otros novelistas de su generación, su primera novela, La Fontana de Oro, de tema histórico, pero de técnica enteramente realista, antecede en varios años a las novelas largas de Pereda, Alarcón y Valera. Fue el primero en asimilar la lección de Balzac y de Dickens, al par que supo dar sentido nuevo al retorno hacia el antiguo realismo español, apropiándose lo substancial y rehuyendo la trampa de la imitación externa, cuyo resultado fue en muchos casos un falso casticismo arcaizante. Absorbió también mejor que ningún otro novelista las posibilidades del costumbrismo -Larra y Mesonero- integrando la descripción de costumbres en la estructura de la novela.

La precedencia de Galdós no es solamente cronológica. Su superioridad en relación con los otros novelistas se afirma cada día con mayor certidumbre y hoy la crítica le conceptúa entre los más grandes novelistas.

El autor de Fortunata y Jacinta aprendió en Cervantes mucho de su visión literaria del mundo. Es Galdós, más que un gran artista de la forma, un creador de genio capaz de reproducir por medio de la palabra la realidad total de una época, dando vida, al hacerlo, a infinitos seres de ficción en quienes se hermanan verdad y arte, idea y sentimiento, los problemas permanentes del hombre y los problemas concretos de su país y de su tiempo. Por esta capacidad creadora es Galdós comparado en calidad con los gigantes de la novela europea del siglo pasado: Balzac, Dickens, Tolstoi, Dostoyevsky.

Al lado de la mayoría de los escritores de su tiempo, ministros, académicos, hombres de éxito social y político, Galdós parece un hombre sin biografía: no es más que un escritor dedicado día tras día durante más de cincuenta años a observar la realidad española y a llevar el fruto de sus observaciones a las páginas de su novela. Por la identificación con el mundo que cada uno de ellos pinta, podría compararse a Galdós con Pereda, aunque no quepa concebir dos personalidades y dos mundos más distintos. Pereda vive inmerso en el ambiente tradicional de su montaña y parece un hidalgo más de los que él pinta en sus novelas. Don Benito -así se llamaba siempre a Galdós-, descuidado en el vestir, humilde en la apariencia, callado en el trato social, podría haber pasado por uno de esos empleados o comerciantes modestos que tanto abundan en su obra. Se cree que la fecha y lugar de su nacimiento pueden aclarar, en parte, no su genialidad artística, cuya razón es siempre inexplicable, pero sí su actitud ante la realidad española, tema de su novela. Nace en 1843, diecinueve años después que Valera y diez después que Alarcón y Pereda. Ello significa que Galdós, a diferencia de los otros novelistas, no sufrió en sus años formativos la influencia directa del romanticismo, lo cual explica, por un lado, su falta de tradicionalismo, su objetividad frente al pasado y frente a lo local y, por otro, que su arte, salvo en algunas novelas de la primera serie de los Episodios y en algunas páginas de Marianela, esté libre casi por entero de sentimentalismo romántico, no de otros elementos del romanticismo que pasan a formar parte integrante del espíritu posterior: arte, filosofía, vida.

El hecho de nacer en Canarias, fuera de la Península, isla sin tradición, en el camino del Nuevo Mundo, y de haber pasado luego casi toda su vida en Madrid, podría explicar su comprensión de una España total, no vinculada a ningún paisaje determinado, y, como consecuencia de ello, su desapasionada posición ante las cosas que tan hondamente dividían a los españoles peninsulares.

Vivió una existencia normal, sin relieve ni alteraciones: unos años de estudios, que abandona; otros, de periodista; el resto, consagrado a su obra de novelista en forma casi profesional. Amores con que entretener su celibato, participación, sin brillo, en la vida política -fue diputado varias veces- y en su vejez, tras el estreno de Electra, se le tomó como bandera de combate con una cierta inhibición por su parte; varios viajes al extranjero, para alejarse, sin duda, de la vida que como artista le absorbía y recobrar la perspectiva: vejez -ya ciego- triste y con apuros económicos. Conoció la gloria literaria, pero no sin regateos, fuera por partidismo, fuera porque la nueva generación, de la que era maestro, quiso negársela. Tanto su vida como su obra dejan la impresión de un espíritu sereno. Pero así como la crítica ha tardado en descubrir la complejidad de su novela bajo las apariencias del pretendido realismo, es posible que algún biógrafo penetrante descubra un día que bajo la superficie del hombre normal y silencioso había en Galdós un espíritu atormentado, turbado, inquieto, como dijo él alguna vez: "siempre he visto mis convicciones obscurecidas en alguna parte por sombras que venían no sé de dónde". Berkowitz -hasta ahora su mejor biógrafo- ha hablado, con dureza y sin calar muy hondo, de hábitos patológicos. No es posible que el creador de un mundo tan rico en humanidad, de tantos seres, muchos de ellos anormales, fuese simplemente el señor normal y un poco gris -sin problemas- que parece a primera vista. Su serenidad, como la de Cervantes -a quien también en esto se parece- era de orden intelectual, artístico y conseguida nadie sabe a costa de qué luchas, esfuerzos y angustias interiores.

 

 

La turba siempre es valiente en presencia de los ídolos indefensos, para quienes ha sonado la hora de la caída. Tienen éstos en contra suya la fatalidad de verse abandonados de improviso por los amigos tibios, por los servidores asalariados y hasta por los que todo lo deben al infeliz que cae.

 

 

-Misericordia (fragm. Capítulo 6)-

--Dios es bueno.

--Conmigo no lo parece. No se cansa de darme golpes; me apalea, no me deja respirar. Tras un día malo viene otro peor. Pasan años aguardando el remedio, y no hay ilusión que no se me convierta en desengaño. Me canso de sufrir, me canso también de esperar. Mi esperanza es traidora, y como me engaña siempre, ya no quiero esperar cosas buenas, y las espero malas para que vengan... siquiera regulares.

--Pues yo que la señora -dijo Benina dándole al fuelle- tendría confianza en Dios, y estaría contenta... Ya ve que yo lo estoy... ¿No me ve? Yo siempre creo que cuando menos lo pensemos nos vendrá el golpe de suerte, y estaremos tan ricamente, acordándonos de estos días de apuros y desquitándonos de ellos con la gran vida que nos vamos a dar.

--Ya no aspiro a la buena vida, Nina -declaró casi llorando la señora-. Sólo aspiro al descanso.

--¿Quién piensa en la muerte? Eso, no; yo me encuentro muy a gusto en este mundo fandanguero, y hasta le tengo ley a los trabajillos que paso. Morirse, no.

--¿Te conformas con esta vida?

--Me conformo, porque no está en mi mano el darme otra. Venga todo antes que la muerte, y padezcamos con tal que no falte un pedazo de pan, y pueda uno comerse con dos salsas muy buenas: el hambre y la esperanza.

--¿Y soportas, además de la miseria, la vergüenza, tanta humillación, deber a todo el mundo, no pagar a nadie, vivir de mil enredos, trampas y embustes, no encontrar quien te fíe valor de dos reales, vernos perseguidos de tenderos y vendedores?

--¡Vaya si lo soporto!... Cada cual, en esta vida se defiendecomo puede. ¡Estaría bueno que nos dejáramos morir de hambre, estando las tiendas tan llenas de sustancia! Eso no. Dios no quiere que a nadie se le enfríe el cielo de la boca por no comer, y cuando no nos da dinero, un suponer, nos da la sutileza del caletre para inventar modos de allegar lo que hace falta sin robarlo... Eso no. Porque yo prometo pagar, y pagaré cuando lo tengamos. Ya saben que somos pobres..., que hay formalidad en casa, ya que no haigan otras cosas. ¡Estaría bueno que nos afligiéramos porque los tenderos no cobran estas miserias, sabiendo como sabemos que están ricos!...

--Es que tú no tienes vergüenza, Nina; quiero decir decoro, quiero decir dignidad.

--Yo no sé si tengo eso; pero tengo boca y estómago natural, y sé también que Dios me ha puesto en el mundo para que viva y no para que me deje morir de hambre. Los gorriones, un suponer, ¿tienen vergüenza? ¡Quiá!... Lo que tienen es pico... Y mirando las cosas como deben mirarse, yo digo que Dios no tan sólo ha criado la tierra y el mar, sino que son obra suya mismamente las tiendas de ultramarinos, el Banco de España, las casas donde vivimos y, pongo por caso, los puestos de verdura... Todo es de Dios.

--Y la moneda, la indecente moneda, ¿de quién es? -preguntó con lastimero acento la señora-. Contéstame.

--También es de Dios, porque Dios hizo el oro y la plata... Los billetes, no sé... Pero también, también.

--Lo que yo digo, Nina, es que las cosas son del que las tiene..., y las tiene todo el mundo menos nosotras... ¡Ea!, date prisa, que siento debilidad. ¿En dónde me pusiste las medicinas?... Ya; están sobre la cómoda. Tomaré una papeleta de salicilato antes de comer... ¡Ay, qué trabajo me dan estas piernas! En vez de llevarme ellas a mí, tengo yo que tirar de ellas. (Levantándose con gran esfuerzo.) Mejor andaría yo con muletas. ¿Pero has visto lo que hace Dios conmigo? ¡Si esto parece burla! Me ha enfermado de la vista, de las piernas, de la cabeza, de los riñones, de todo menos del estómago. Privándome de recursos, dispone que yo digiera como un buitre.

--Lo mismo hace conmigo. Pero yo no lo llevo a mal, señora. ¡Bendito sea el Señor, que nos da el bien más grande de nuestros cuerpos: el hambre santísima!

 

 

-Episodios Nacionales-   "Zaragoza"

Es el número seis de los Episodios y cuenta el segundo sitio de Zaragoza por los franceses (de diciembre de 1808 a febrero de 1809). En el primer sitio, el verano anterior, las tropas napoleónicas habían tenido que retirarse. Ahora, su asedio será implacable. Los zaragozanos resistirán heroicamente los bombardeos, el hambre, la epidemia. Cincuenta mil de ellos mueren (las bajas francesas ascendieron a ocho mil). Al final, sucumben y sufren el saqueo y la feroz represión de los franceses.

Todo ello es contado con tanta exactitud histórica como brío narrativo por Galdós, que se sitúa en el punto de vista de Gabriel Aracil, el protagonista y testigo de los Episodios de esta serie. Y con los sucesos reales se entretejen, como ingrediente propiamente novelesco, los amores de dos jóvenes zaragozanos, Agustín y María.

He aquí un fragmento del capítulo X (la obra consta de treinta y uno). Un batallón de aragoneses resiste en una fortificación junto al Pilar. Hay hombres, chiquillos, mujeres; entre ellas, Manuela Sancho, una serrana de unos veinte años. Un día, las baterías francesas descargan toda su potencia de fuego y abren una brecha en la fortificación. La matanza ha sido terrible; la situación, crítica. Llega la noche... Véase el dinamismo, la fuerza y la emoción con que Galdós nos cuenta lo que sigue...

 

No interrumpió la noche el fuego, antes bien siguió con encarnizamiento en los dos puntos. Nosotros habíamos tenido buen número de muertos y muchos heridos. Éstos eran al punto recogidos y llevados a la ciudad por los frailes y las mujeres; pero aquéllos aún prestaban el último servicio con sus helados cuerpos, porque estoicamente los arrojábamos a la brecha abierta, que luego se acababa de tapar con sacos de lana y tierra.

Durante la noche no descansamos ni un solo momento, y la mañana del 11 nos vio poseídos del mismo frenesí, ya apuntando las piezas contra la trinchera enemiga, ya acribillando a fusilazos a los pelotones que venían a flanquearnos, sin abandonar ni un instante la operación de tapar la brecha, que de hora en hora iba agrandando su horroroso espacio vacío. Así nos sostuvimos toda la mañana, hasta el momento en que dieron el asalto a San José, ya convertido en un montón de ruinas y con gran parte de su guarnición muerta. Aglomerando contra los dos puntos numerosas fuerzas, mientras caían sobre el convento, dirigieron sobre nosotros un atrevido movimiento; y fue que, con objeto de hacer practicable la brecha que nos habían abierto, avanzaron por el camino de Torrero con dos cañones de batalla, protegidos por una columna de infantería.

En aquel instante nos consideramos perdidos: temblaron los endebles muros y los ladrillos mal pegados se desbarataban en mil pedazos. Acudimos a la brecha, que se abría y se abría cada vez más, y nos abrasaron con fuego espantoso, porque viendo que el reducto se deshacía pedazo a pedazo, cobraron ánimo, llegando al borde mismo del foso. Era una locura tratar de tapar aquel hueco formidable; y hacerlo a pecho descubierto era ofrecer víctimas sin fin al furioso enemigo. Abalanzáronse muchos con sacos de lana y paletadas de tierra, y más de la mitad quedaron yertos en el sitio. Cesó el fuego de cañón, porque ya parecía innecesario; hubo un momento de pánico indefinible; se nos caían los fusiles de las manos; nos vimos destrozados, deshechos, aniquilados por aquella lluvia de disparon que parecían incendiar el aire, y nos olvidamos del honor, de la muerte gloriosa, de la patria y de la Virgen del Pilar, cuyo nombre decoraba la puerta del baluarte inconquistable. La confusión más espantosa reinó en nuestras filas. Rebajado de improviso el nivel moral de nuestras almas, todos los que no habíamos caído, deseamos unánimemente la vida, y saltando por encima de los heridos y pisoteando los cadáveres huimos hacia el puente, abandonando aquel horrible sepulcro antes que se cerrara enterrándonos a todos.

En el puente nos agolpamos con pavor y desorden invencible. Nada hay más frenético que la cobardía: sus vilezas son tan vehementes como las sublimidades del valor. Los jefes nos gritaban: "Atrás, canallas. El reducto del Pilar no se rinde." Y al mismo tiempo sus sables azotaron de plano nuestras viles espaldas. Nos revolvimos en el puente sin poder avanzar, porque otras tropas venían a contenernos, y tropezamos unos con otros, confundiendo la furia de nuestro miedo con el ímpetu de su bravura.

--¡Atrás, canallas! -gritaban los jefes, abofeteándonos-. ¡A morir en la brecha!

El reducto estaba vacío: no había más que muertos y heridos. De repente vimos que entre el denso humo y el espeso polvo, y saltando sobre los exánimes cuerpos, y los montones de tierra, y las ruinas, y las cureñas rotas, y el material deshecho, avanzaba una figura impávida, pálida, grandiosa, imagen de la serenidad trágida; era una mujer que se había abierto paso entre nosotros, y penetrando en el recinto abandonado, marchaba majestuosa hasta la horrible brecha. Pirli, que yacía en el suelo, herido en una pierna, exclamó con terror:

--Manuela Sancho, ¿adónde vas?

Todo esto pasó en mucho menos tiempo del que empleo en contarlo. Tras de Manuela Sancho se lanzó uno, luego tres, luego muchos, y al fin todos los demás, azuzados por los jefes que, a sablazos, nos llevaron otra vez al puesto del deber. Ocurrió esta transformación portentosa por un simple impulso del corazón de cada uno, obedeciendo a sentimientos que se comunicaban a todos, sin que nadie supiera de qué misterioso foco procedían.

Ni sé por qué fuimos cobardes, ni sé por qué fuimos valientes unos cuantos segundos después. Lo que sé es que, movidos todos por una fuerza extraordinaria, poderosísima, sobrehumana, nos lanzamos a la brecha tras la heroica mujer, a punto que los franceses intentaban con escalas el asalto; y sin que tampoco sepa decir la causa, nos sentimos con centuplicadas fuerzas, y aplastamos, arrojándoles en lo profundo del foso, a aquellos hombres de algodón, que antes nos parecieron de acero. A tiros, a sablazos, con granadas de mano, a paletadas, a golpes, a bayonetazos; murieron muchos de los nuestros para servir de defensa a los demás con sus fríos cuerpos, defendimos el paso de la brecha, y los franceses se retiraron, dejando mucha gente al pie de la muralla. Volvieron a hacer fuego los cañones, y el reducto inconquistable no cayó el día 11 en poder de la Francia.

Cuando la tempestad de fuego se calmó, no nos conocíamos: estábamos transfigurados, y algo nuevo y desconocido palpitaba en lo íntimo de nuestras almas, dándonos una ferocidad inaudita. Al día siguiente decía Palafox con mucha elocuencia: "Las bombas, las granadas y las balas no mudan el color de nuestros semblantes, ni toda la Francia lo alteraría."

 

San José: un convento vecino.

Es increíble el detalle de esa barricada de cadáveres y terrible a su vez. Obsérvese también cómo va en aumento el interés del relato; las acciones se suceden con ritmo vibrante, con frases rápidas y escuetas. El desaliento y hasta el acceso de miedo es presentado con toda su verosimilitud humana. La aparición de la mujer que avanza entre el humo, las ruinas y los muertos compone una auténtica estampa épica. El mismo aliento épico (pero sin descuidar la verosimilitud) presidirá la reacción de los sitiados y el vibrante relato de la acción que sigue.

BANDERA ESPAÑOLAESCUDO ESPAÑOL BANDERA ESPAÑOLA

Sin la patria el hombre es un punto perdido en los acontecimientos fortuitos del tiempo y del espacio.

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