Esta güebb tiene música..."Claro de Luna" de Debussy

MIGUEL HERNÁNDEZ

MIGUEL HERNÁNDEZ

Nació en Orihuela (Alicante, ESPAÑA ESPAÑA) en 1910, de familia muy humilde a la que tuvo que ayudar desde chico. Fue pastor hasta los once años. No pudo seguir estudios, pero su ansia de saber le llevó a amplias lecturas. Su vocación poética es temprana.

En Orihuela, participa en la tertulia literaria de Ramón Sijé y conoce a la que habría de ser su mujer.

Tras un primer intento fallido, se traslada en 1934 a Madrid donde publica en revistas como Cruz y raya, pronto será admirado.

La amistad con Pablo Neruda será decisiva para su evolución ideológica hacia posturas revolucionarias. Al estallar la guerra, se alista como voluntario del lado republicano en el 5º regimiento.

Se casó en 1937.

Tristes son sus últimos años: su primer hijo muere; su segundo hijo nace cuando la guerra toca a su fin. Pero el poeta es encarcelado y morirá tuberculoso en la cárcel de Alicante a los treinta y dos años (1942).

Dotado de cualidades excepcionales, supo aunar -como Lorca- las raíces populares y las técnicas cultas, el arranque elemental y el arte exigente. Su estilo alcanza acentos inconfundibles. Ante todo, impresiona su tono vigoroso, humanísimo, que parece brotar directamente del corazón. Pero esa desbordante inspiración se envasa en formas rigurosas (sonetos, sobre todo), huyendo de la facilidad. De ahí el peculiar equilibrio entre emoción y densidad expresiva.

Su asombrosa capacidad creadora se manifiesta especialmente en sus personales metáforas.

Tras unos poemas adolescentes, el poeta siente una necesidad de disciplina formal. Ello y la moda gongorina dan Perito en lunas (1933), libro de 42 octavas reales que describen objetos humildes pero con audaces y barrocas metáforas.

En la misma etapa compone otros poemas de lenguaje más suelto y cordial, como el espléndido Silbo de afirmación en la aldea, en que contrapone la vida del campo a la de la gran ciudad.

En 1934 comienza una serie de sonetos que desembocarán en su obra maestra, publicada en 1936: El rayo que no cesa.

El centro del libro es el amor, vivido con un vitalismo trágico: sus grandiosas ansias vitales chocan contra las barreras que se le oponen (convencionalismo del noviazgo aldeano, moral estrecha, etc.). De ese choque surge la pena, "rayo" que se clava incesante en el corazón.

El libro se compone principalmente de sonetos que, con su forma rigurosa, favorecen la citada síntesis -ya perfecta- entre desbordamiento emocional y concentración verbal. Y el dominio de Miguel Hernández es tal, que su riguroso "trabajo" queda oculto y el lector recibe plenamente la fuerza y el calor de la palabra. Aquí está su estilo en plena madurez.

Aparte los sonetos amorosos, se alza en el libro la grandiosa Elegía a Ramón Sijé, una de las elegías más impresionantes de la lírica.

Tras su obra maestra, escribe diversos poemas en los que oscila entre el tono de El rayo y la influencia del Surrealismo (así, en dos hermosas elegías a Aleixandre y Neruda). Pero las circunstancias le llevarán por otro camino.

Durante la guerra, Miguel Hernández -como Alberti y otros- pone su poesía al servicio de la lucha. Por eso, adopta un lenguaje más directo, al alcance de todos, aunque tenga que reducir su exigencia estética.

En 1937 aparece Viento del pueblo, en el que hay cantos épicos, poesía de combate, como el brioso romance inicial que le da título. Destacan poemas de tema social como "El sudor", "Aceituneros" o, sobre todo "El niño yuntero".

Su libro siguiente, El hombre acecha (1939), sigue en esa línea, pero con dolorosos acentos por la tragedia de la guerra.

Por último, en la cárcel compone buena parte del Cancionero y romancero de ausencias (1938-41), sin duda su segunda cima poética. En él, Miguel Hernández depura de nuevo su expresión, inspirándose en las más sobrias formas de la lírica popular. Así, alcanza sus momentos de máxima desnudez, que hace más conmovedor aquello de que nos habla: las consecuencias de la guerra, su situación de prisionero y, sobre todo, el amor a la esposa y al hijo (amor frustrado ahora por la separación). Este último aspecto tiene como pieza clave las Nanas de la cebolla, que no pueden leerse sin estremecimiento.

De su etapa teatral, a su primera época corresponde un hermoso auto sacramental, Quién te ha visto y quién te ve (1934). Posteriores son, entre otras, El labrador de más aire (1937), drama social con ecos de Lope, o su Teatro en la guerra (varias piezas cortas). El teatro de Miguel Hernández es interesante, sobre todo, por la gallardía de sus versos.

Miguel Hernández representa mejor que nadie el giro que lleva de la poesía pura a una palabra arrebatadamente humana y a una apertura a lo social. Es un puente sin par entre la generación del 27 y los poetas de posguerra. Su influencia será decisiva. Hoy es ya un clásico y su voz sigue conquistando a los jóvenes desde la primera lectura.

En rigor, Miguel Hernández pertenece, por edad, a la llamada "generación del 36". Sin embargo, su trayectoria y sus relaciones con poetas como Lorca, Alberti o Aleixandre lo sitúan entre ellos como "hermano menor". Dámaso Alonso lo llamó "genial epígono" de la generación del 27.

 

-El rayo que no cesa (1936)-

"Elegía a Ramón Sijé"

                        En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo

                        Ramón Sijé, con quien tanto quería.

        Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,

compañero del alma, tan temprano.

        Alimentando lluvias, caracolas

y órganos mi dolor sin instrumento,

a las desalentadas amapolas

        daré tu corazón por alimento.

Tanto dolor se agrupa en mi costado,

que por doler me duele hasta el aliento.

        Un manotazo duro, un golpe helado,

un hachazo invisible y homicida,

un empujón brutal te ha derribado.

    No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida.

        Ando sobre rastrojos de difuntos,

y sin calor de nadie y sin consuelo

voy de mi corazón a mis asuntos.

        Temprano levantó la muerte el vuelo,

temprano madrugó la madrugada,

temprano estás rodando por el suelo.

        No perdono a la muerte enamorada,

no perdono a la vida desatenta,

no perdono a la tierra ni a la nada.

        En mis manos levanto una tormenta

de piedras, rayos y hachas estridentes

sedienta de catástrofes y hambrienta.

        Quiero escarbar la tierra con los dientes,

quiero apartar la tierra parte a parte

a dentelladas secas y calientes.

        Quiero minar la tierra hasta encontrarte

y besarte la noble calavera

y desamordazarte y regresarte.

        Volverás a mi huerto y a mi higuera;

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera

        de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas

de los enamorados labradores.

        Alegrarás la sombra de mis cejas,

y tu sangre se irán a cada lado

disputando tu novia y las abejas.

        Tu corazón, ya terciopelo ajado,

llama a un campo de almendras espumosas

mi avariciosa voz de enamorado.

        A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

-El rayo que no cesa (1936)-

        No me conformo, no: me desespero

como si fuera un huracán de lava

en el presidio de una almendra esclava

o en el penal colgante de un jilguero.

        Besarte fue besar un avispero

que me clava al tormento y me desclava

y cava un hoyo fúnebre y lo cava

dentro del corazón donde me muero.

        No me conformo, no; ya es tanto y tanto

idolatrar la imagen de tu beso

y perseguir el curso de tu aroma.

        Un enterrado vivo por el llanto,

una revolución dentro de un hueso,

un rayo soy sujeto a una redoma.

-El rayo que no cesa (1936)-

        Umbrío por la pena, casi bruno,

porque la pena tizna cuando estalla,

donde yo no me hallo no se halla

hombre más apenado que ninguno.

        Sobre la pena duermo solo y uno,

pena es mi paz y pena mi batalla,

perro que ni me deja ni se calla,

siempre a su dueño fiel, pero importuno.

        Cardos y penas llevo por corona,

cardos y penas siembran sus leopardos

y no me dejan bueno hueso alguno.

        No podrá con la pena mi persona

rodeada de penas y de cardos:

¡cuánto penar para morirse uno!

        Como el toro he nacido para el luto

y el dolor, como el toro estoy marcado

por un hierro infernal en el costado

y por varón en la ingle con un fruto.

        Como el toro lo encuentra diminuto

todo mi corazón desmesurado,

y del rostro del beso enamorado,

como el toro a tu amor se lo disputo.

        Como el toro me crezco en el castigo,

la lengua en corazón tengo bañada

y llevo al cuello un vendaval sonoro.

        Como el toro te sigo y te persigo,

y dejas mi deseo en una espada,

como el toro burlado, como el toro.

"Madre España"

        Abrazado a tu cuerpo como el tronco a su tierra,

con todas las raíces y todos los corajes,

¿quién me separará, me arrancará de ti,

madre?

        Abrazado a tu vientre, ¿quién me lo quitará,

si su fondo titánico da principio a mi carne?

¡Abrazado a tu vientre, que es mi perpetua casa,

¡nadie!

        Madre: abismo de siempre, tierra de siempre: entrañas

donde desembocando se unen todas las sangres:

donde todos los huesos caídos se levantan:

madre.

        Decir madre, es decir tierra que me ha parido;

es decir a los muertos: hermanos, levantarse;

es sentir en la boca y escuchar bajo el suelo

sangre.

        La otra madre es un puente, nada más, de tus ríos.

Es otro pecho, es una burbuja de tus mares.

Tú eres la madre entera con todo tu infinito,

madre.

        Tierra: tierra en la boca y en el alma y en todo.

Tierra que voy comiendo, que al fin ha de tragarme.

Con más fuerza que antes volverás a parirme,

madre.

    Cuando sobre tu cuerpo sea una leve huella,

volverás a parirme con más fuerza que antes.

Cuando un hijo es un hijo, vive y muere gritando:

¡Madre!

        Hermanos: defendamos su vientre acometido,

hacia donde los grajos crecen de todas partes,

pues, para que las malas alas vuelen, aún quedan

aires.

        Echad a las orillas de vuestro corazón

el sentimiento en límites, los efectos parciales.

Son pequeñas historias al lado de ella, siempre

grande.

        Una fotografía y un pedazo de tierra,

una carta y un monte son a veces iguales.

Hoy eres tú la hierba que crece sobre todo,

madre.

        Familia de esta tierra que nos funde en la luz,

los más oscuros muertos pugnan por levantarse,

fundirse con nosotros y salvar la primera

madre.

        España, piedra estoica que se abrió en dos pedazos

de dolor y de piedra profunda para darme:

no me separarán de tus altas entrañas,

madre.

        Además de morir por ti, pido una cosa:

que la mujer y el hijo que tengo, cuando pasen,

vayan hasta el rincón que habite de tu vientre,

madre.

        EL AMOR ascendía entre nosotros

como la luna entre las dos palmeras

que nunca se abrazaron.

        El íntimo rumor de los dos cuerpos

hacia el arrullo un oleaje trajo,

pero la ronca voz fue atenazada,

fueron pétreos los labios.

        El ansia de ceñir movió la carne,

esclareció los huesos inflamados,

pero los brazos al querer tenderse

murieron en los brazos.

        Pasó el amor, la luna, entre nosotros

y devoró los cuerpos solitarios.

Y somos dos fantasmas que se buscan

y se encuentran lejanos.

        Una interior cadena de suspiros

al cuello llevo crudamente echada,

y en cada ojo, en cada mano, en cada

labio dos riendas fuertes como tiros.

        Cuando a la soledad de estos retiros

vengo a olvidar tu ausencia inolvidada,

por menos de un poquito, que es por nada,

vuelven mis pensamientos a sus giros.

        Alrededor de ti, muerto de pena,

como pájaros negros los extiendo

y en tu memoria pacen poco a poco.

        Y angustiado desato la cadena,

y la voz de las riendas desoyendo,

por el campo del llanto me desboco.

"Me sobra el corazón"

        Hoy estoy sin saber yo no sé cómo,

hoy estoy para penas solamente,

hoy no tengo amistad,

hoy sólo tengo ansias

de arrancarme de cuajo el corazón

y ponerlo debajo de un zapato.

 

        Hoy reverdece aquella espina seca,

hoy es día de llantos en mi reino,

hoy descarga en mi pecho el desaliento

plomo desalentado.

 

        No puedo con mi estrella.

Y me busco la muerte por las manos

mirando con cariño las navajas,

y recuerdo aquel hacha compañera,

y pienso en los más altos campanarios

para un salto mortal serenamente.

 

        Si no fuera ¿por qué?... no sé por qué,

mi corazón escribiría una postrera carta,

una carta que llevo ahí metida,

haría un tintero de mi corazón,

una fuente de sílabas, de adioses y regalos,

y ahí te quedas, al mundo le diría.

 

        Yo nacía en mala luna.

Tengo la pena de una sola pena

que vale más que toda la alegría.

 

        Un amor me ha dejado con los brazos caídos

y no puedo tenderlos hacia más.

¿No veis mi boca qué desengañada,

qué inconformes mis ojos?

 

        Cuanto más me contemplo más me aflijo:

cortar este dolor ¿con qué tijeras?

 

        Ayer, mañana, hoy

padeciendo por todo

mi corazón, pecera melancólica,

penal de ruiseñores moribundos.

 

        Me sobra corazón.

 

        Hoy descorazonarme,

yo el más corazonado de los hombres,

y por el más, también el más amargo.

 

        No sé por qué, no sé por qué ni cómo

me perdono la vida cada día.

"No salieron jamás"

No salieron jamás

del vergel del abrazo,

y ante el rojo rosal

de los besos rodaron.

 

Huracanes quisieron

con rencor separarlos.

Y las hachas tajantes.

Y los rígidos rayos.

 

Aumentaron la tierra

de las pálidas manos.

Precipicios midieron

por el viento impulsados

entre bocas deshechas.

Recorrieron naufragios

cada vez más profundos,

en sus cuerpos, sus brazos.

Perseguidos, hundidos

por un gran desamparo

de recuerdos y lunas,

de noviembres y marzos,

aventados se vieron:

pero siempre abrazados.

-Viento del pueblo (1937)-

"El sudor"

En el mar halla el agua su paraíso ansiado

y el sudor su horizonte, su fragor, su plumaje.

El sudor es un árbol desbordante y salado,

un voraz oleaje.

 

Llega desde la edad del mundo más remota

a ofrecer a la tierra su copa sacudida,

a sustentar la sed y la sal gota a gota,

a iluminar la vida.

 

Hijo del movimiento, primo del sol, hermano

de la lágrima, deja rodando por las eras,

del abril al octubre, del invierno al verano,

áureas enredaderas.

 

Cuando los campesinos van por la madrugada

a favor de la esteva removiendo el reposo,

se visten una blusa silenciosa y dorada

de sudor silencioso.

 

Vestidura de oro de los trabajadores,

adorno de las manos como de las pupilas.

Por la atmósfera esparce sus fecundos olores

una lluvia de axilas.

 

El sabor de la tierra se enriquece y madura:

caen los copos del llanto laborioso y oliente,

maná de los varones y de la agricultura,

bebida de mi frente.

 

Los que no habéis sudado jamás, los que andáis yertos

en el ocio sin brazos, sin música, sin poros,

no usaréis la corona de los poros abiertos

ni el poder de los toros.

 

Viviréis maloliendo, moriréis apagados:

la encendida hermosura reside en los talones

de los cuerpos que mueven sus miembros trabajados

como constelaciones.

 

Entregad al trabajo, compañeros, las frentes:

que el sudor, con su espada de sabrosos cristales,

con sus lentos diluvios, os hará transparentes,

venturosos, iguales.

        Fuera menos penado, si no fuera

nardo tu tez para mi vista, nardo,

cardo tu piel para mi tacto, cardo,

tuera tu voz para mi oído, tuera.

        Tuera es tu voz para mi oído, tuera,

y ardo en tu voz y en tu alrededor ardo,

y tardo a arder lo que a ofrecerte tardo

miera, mi voz para la tuya, miera.

        Zarza es tu mano si la tiento, zarza,

ola tu cuerpo si lo alcanzo, ola,

cerca una vez, pero un millar no cerca.

        Garza es mi pena, esbelta y negra garza,

sola como un suspiro y un ay, sola,

terca en su error y en su desgracia terca.

"Mi sangre es un camino"

        Me empuja a martillazos y a mordiscos,

me tira con bramidos y cordeles

del corazón, del pie, de los orígenes

me clava en la garganta garfios dulces,

erizo entre mis dedos y mis ojos,

enloquece mis uñas y mis párpados,

rodea mis palabras y mi alcoba

de hornos y herrerías,

la dirección altera de mi lengua,

y sembrando de cera su camino

hace que caiga torpe derretida.

 

        Mujer, mira una sangre,

mira una blusa de azafrán en celo,

mira un capote líquido ciñéndose en mis huesos

como descomunales serpientes que me oprimen

acarreando angustia por mis venas.

 

        Mira una fuente alzada de amorosos collares

y cencerros de voz atribulada

temblando de impaciencia por ocupar tu cuello,

un dictamen feroz, una sentencia,

una exigencia, una dolencia, un río

que por manifestarse se da contra las piedras,

y penden para siempre de mis

relicarios de sangre desgarrada.

 

        Mírala con sus chivos y sus toros suicidas

corneando cabestros y montañas,

rompiéndose los cuernos a topazos,

mordiéndose de rabia las orejas,

buscándose la muerte de la frente a la cola.

 

        Manejando mi sangre, enarbolando

revoluciones de carbón y yodo

agrupando hasta hacerse corazón,

herramientas de muerte, rayos, hachas,

y barrancos de espuma sin apoyo,

ando pidiendo un cuerpo que manchar.

 

        Hazte cargo, hazte cargo

de una ganadería de alacranes

tan rencorosamente enamorados,

de un castigo infinito que me parió y me agobia

como un jornal cobrado en triste plomo.

 

        La puerta de mi sangre está en la esquina

del hacha y de la piedra,

pero en ti está la entrada irremediable.

 

        Necesito extender este imperioso reino,

prolongar a mis padres hasta la eternidad,

y tiendo hacia ti un puente de arqueados corazones

que ya se corrompieron y que aún laten.

 

        No me pongas obstáculos que tengo que salvar,

no me siembres de cárceles,

no bastan cerraduras ni cementos,

no, a encadenar mi sangre de alquitrán inflamado

capaz de despertar calentura en la nieve.

 

        ¡Ay qué ganas de amarte contra un árbol,

ay qué afán de trillarte en una era,

ay qué dolor de verte por la espalda

y no verte la espalda contra el mundo!

 

        Mi sangre es un camino ante el crepúsculo

de apasionado barro y charcos vaporosos

que tiene que acabar en tus entrañas,

un depósito mágico de anillos

que ajustar a tu sangre,

un sembrado de lunas eclipsadas

que han de aumentar sus calabazas íntimas,

ahogadas en un vino con canas en los labios,

al pie de tu cintura al fin sonora.

 

        Guárdame de sus sombras que graznan fatalmente

girando en torno mío a picotazos,

girasoles de cuervos borrascosos.

No me consientas ir de sangre en sangre

como una bala loca,

no me dejes tronar solo y tendido.

 

        Pólvora venenosa propaganda,

ornado por los ojos de tristes pirotecnias,

panal horriblemente acribillado

con un mínimo rayo doliendo en cada poro,

gremio fosforescente de acechantes tarántulas

no me consientas ser. Atiende, atiende

a mi desesperado sonreír,

donde muerdo la hiel por sus raíces

por las lluviosas penas recorrido.

Recibe esta fortuna sedienta en tu boca

que para ti heredé de tanto padre.

Página principal...¿Te vienes conmigo a la página principal?...

BANDERA ESPAÑOLAESCUDO ESPAÑOLBANDERA ESPAÑOLA

Sin la patria el hombre es un punto perdido en los acontecimientos fortuitos del tiempo y del espacio.

Recomienda esta página a tus amigos y/o enemigosRecomienda esta página a tus amigos y/o enemigosRecomienda esta página a tus amigos y/o enemigos