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Nuestro tiempo descubrió el turismo del sol. Pero el cultural es de todos tiempo. Los griegos visitaban las pirámides y los templos persas. Y los egipcios admiraban la obra de Fidias in situ. Obligados a viajar a la Meca, no pocos musulmanes siguieron más allá. En los relatos de sus viajes describen las costumbres de pueblos perdidos, ubicados en un mundo que desapareció, como los monumentos y paisajes que describen, pues de pocos quedan huellas. El turismo cristiano, como el del Islam, tuvo por origen la peregrinación religiosa. Yendo a visitar a la Virgen o al santo, se veían y aprendían muchas cosas más. La primera guía del viajero de que se tiene noticia, estuvo destinada a los que peregrinaban a Santiago. Entre curiosidades religiosas de incluían noticias y particularidades, sobre las reliquias de la antigüedad y el modo de vida de las gentes. Después siguieron muchas más. La que nos ocupa, aparecida por primera vez en 1706, obra de español que publicó en los Paises Bajos, nos informa de que nuestra ciudades aun conservaron murallas y fortalezas medievales, revelando que el cirio de 1992 no era necesario, para que Sevilla fuese universalmente conocida, ni se esperó a que Washington Irving se alojase en la Alhambra, en el siglo XIX, para que el palacio de los últimos monarcas musulmanes de la Península fuese apreciado, visitado y cuidado. Ya se sabía entonces que la estúpida modernidad arquitectónica que nos deslumbra, no podía atraer un real del exterior, porque lo mismo y en mejor, lo tenían igual o mejor que en cualquier parte. Lo nuevo y vulgar, como nuestro romántico, se hará viejo. Pero no antiguo.