DIARIO DE UNA BANDERA
PRIMERA PARTE .- El Territorio de Tetuán.
De Riffien a Uad-Lau
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El día 2 de noviembre llega al
campamento la orden de salida para Uad-Lau; el campamento hervía, la
noticia era comentada, todos se disponían a preparar su marcha. Se
entregan los equipos y los nuevos correajes *Mills+ de lona inglesa;
los oficiales les explican la manera de ajustarlos y atienden a los
mil preparativos de una tropa que, al moverse por vez primera,
verifican con aturdimiento. En la extensa explanada, al ruido
del trajineo, se mezclan las órdenes y voces de mando. La llegada del
nuevo ganado viene a aumentar el trabajo, se nombran los nuevos
acemileros, se recoge el material y ultiman las disposiciones para la
próxima partida. El toque de silencio no pone fin al
trabajo en esta noche; la luz de los faroles se ve ir y venir, y
mientras la tropa, rendida, se entrega al descanso, siguen los
oficiales y clases su tarea. Es ya muy tarde cuando el campamento
duerme. El amanecer del nuevo día coge a
los legionarios levantadosla Babel del campamento se pone en
movimiento, nadie está ocioso, todos trabajan para preparar la
salida; una caravana de moros sube la calle principal del campamento;
les conduce un oficial de policía; son los indígenas que han de
ayudar a llevar la impedimenta. Al toque de corneta forman las
unidades, llega la hora de partida y a los compases de las cornetas
desfilan los legionarios por la calle del poblado; detrás,
perezosamente, marchan los mulos de la impedimenta. La marcha se hace sin incidentes,
la tropa camina a buen paso, las canciones se elevan de entre las
filas y con los cantos regionales al ternan algunas de las canciones
legionarias, las canciones de los soldados, las que ellos mismos han
compuesto. El sol se pone cuando damos vista
al poblado del Rincón, término de la marcha. A la derecha de la
carretera, las lagunas del Sir relucen como un lado de plata bajo los
negros crestones de la sierra de Antera, y en la rinconada formada por
el cabo Negro, inmediatas a la playa, blanquean las casas del poblado
muerto, al reducir su guarnición se acabó el tráfico que a su calor
VIVIR y las cantinas, con sus grandes letreros, permanecen cerradas.
Este es el fin de muchos de los lugares donde se estabilizan las
columnas; a su abrigo se van formando pueblos que luego languidecen y
casi mueren al alejarse los soldados. Los cantos siguen y el estribillo
de la canción legionaria persiste en la columna: Legionario, legionario soy, Y mi niña, dice, cuando a verla voy, (Niño mío!, yo quiero ser la primera Que se abrace a la Bandera Ganada por la Legión... Sólo detrás, en la retaguardia, se escuchan los juramentos de los acemileros en lucha con los mulos. Varias cargas tiradas por tierra retienen a su inmediación a los soldados de la retaguardia con su oficial, servicio éste de lo más penoso en campaña; no ha de dejar nada tras de sí, debe entrar el último en el vivac. Así llega, ya entrada la noche, al campamento, en busca del merecido descanso, la sufrida sección de este servicio. AL DÍA SIGUIENTE se reanuda la
marcha a Tetuán. Raya el alba cuando se alinea, sobre la carretera
polvorienta, la Bandera con su impedimenta, y pronto se rompe la marcha
en dirección a Tetuán; a la salida del desfiladero el calor se hace
sentir, no obstante ser esta época la del clima más agradable en esta
zona, y los soldados recorren la recta carretera esperando dar vista a
la ciudad de las mezquitas. Las conversaciones se animan; un cabo,
antiguo oficial del Ejército, cuenta a otros sus operaciones en
aquellos campos; vivió en Tetuán donde tiene amigos y amigas y su
escuadra lo pasará bien; otro explica a los camaradas inmediatos la
situación, a la derecha, de la finca Ruiz Albert, donde se produjo la
agresión, comienzo de la campaña; un cabo habla de Alarcón y de la
descripción que hace de la ciudad, y todos esperan contemplar la paloma
dormida. Un grito de alegría parte de la
vanguardia, (Ya se ve Tetuán!, las siluetas de sus torres se dibujan en
el horizonte y el griterío recorre las filas; al final de las huertas,
majestuosa Y blanca, se alza la ciudad; la alcazaba destaca sus
murallones ocres sobre las albas casas y a su píe, como ropa tendida,
blanquean las sepulturas y azulejos de los cementerios. Las huertas de la vega han
recobrado su antigua paz; la guerra se ha alejado de aquellos lugares y
sus torres blancas y cerradas sirven de recreo a los ricos de la ciudad,
a cuyos muros nos aproximamos. En la Puerta de la Reina se detiene
la columna; ante nuestros ojos se presenta la parte más bella de la
huerta tetuaní, 1 as casitas blancas duermen entre el verde arbolado y
en el fondo del valle de Kitzan, sobre una pequeña colina de espesos
olivos, se levanta la torre del Morabo. Por esta puerta, entran en la
ciudad gentes del campo: moras sucias y desgreñadas, cargadas con haces
de leña; burros enanos que se tambalean con su pesada carga y moritos
chicos de caras sucias, que miran con curiosidad a los nuevos soldados,
-(Paisa, trai pirra! -es su saludo favorito, y algunos espléndidos
les arrojan alguna moneda que se disputan, mientras otros, más prácticos,
les contestan con dichos y bromas. Después de un pequeño alto,
desfilan por la plaza de España, ante nuestro general en jefe, los
legionarios; la gente se apiña a su paso. Y es ante el desfile de estos
recios soldados cuando se sienten las grandezas de la raza. A la caída de la tarde Y después
de un largo descanso, llega a las lomas de Beni-Madan la Bandera en
marcha. Una hora antes había salido la impedimenta con una sección de
protección y guías indígenas. El sol se pone cuando se trata de
establecer el vivac, pero los acemileros y moros no aparecen, se han
perdido de vista; sin duda, han tomado otro camino Y les habrá
sorprendido la caída de la tarde; se sube a las alturas, se mira el
horizonte, pero la noche va tendiendo su velo, las sombras se confunden,
el vivac se establece y el convoy no llega. Aunque la región está pacificada,
se hace necesario buscar la impedimenta, saber donde acampan, y varios
policías salen en busca de la unidad perdida. El alférez Montero manda el
convoy; son sus primeros pasos en África. La noche cierra y todos
pensamos en la papeleta del joven alférez perdido durante su primera
noche en los montes africanos. La ausencia del convoy nos priva de
los víveres e impedimenta, pero unos mulos que, rezagados en la marcha,
siguieron nuestro camino, nos permiten condimentar una sopa, y en el
poblado cercano se compra un toro para preparar un asado; esta es la
comida improvisada del soldado. Nuestro menú no tiene variación del
anterior y con la sopa tomamos unos trozos de solomillo asado que saben
a lamparilla de iglesia y que en aquellos momentos nos parecen sabrosísimos.
Al acostarnos aquella noche, sin
mantas, sobre la dura lona de las camillas, nos hacemos todos la misma
pregunta: )qué será del convoy? )qué hará Monterito? El galopar de unos caballos nos
despiertan; son los policías que salieron en busca del convoy; no han
encontrado nada, han recorrido los caminos, han gritado inútilmente.
Hay que esperar la mañana. EL TOQUE DE DIANA anima el
campamento, pero mucho tiempo antes se siente el pasear de los
legionarios. El frío les ha levantado del suelo. La ausencia de los
equipajes nos iguala en confort, y amanecemos sentados al lado de las
cocinas, esperando una sopa que la falta de café nos impone; y con esto
y una lata de mermelada encontrada en el morral de un asistente,
organizamos nuestro desayuno. Antes de emprender la marcha hacia
Misa, mandamos por nuestra derecha en busca del convoy, que se nos une
al poco tiempo. Llegan rotos y negros, como si hubiesen pasado la noche
entre carbón. Unos y otros se miran y ríen entre bromas y
chascarrillos. Hacemos un descanso en la marcha y
sentados en una choza de la playa Sla (cafetín de pescadores), el alférez
Montero nos refiere ante unos vasos de rico té su primer episodio de la
campaña. Les sorprendió la noche, los guías
les habían llevado por otro camino y al notar que el sol se ponía sin
ver venir a la columna, quiso Montero buscar un sitio a propósito para
el vivac, y en una calva del monte se estableció sin notar que ocupaba
una parcela quemada que fue lo que les tiznó cual carboneros. La noche
la pasaron en silencio profundo, temiendo ser sorprendidos; desconocían
la fidelidad de los moros de estos aduares y por esto callaron cuando se
oían llamar por los indígenas que pasaron a muy pocos pasos de ellos.
(La montiru!, acemileros, creían entender. Por esto no durmieron
aquella noche. El camino que seguimos serpentea a
lo largo de la costa y después de remontar uno de los espolones de la
montaña, coronado con una torreta, damos vista a un reducido y
pintoresco vallecito rematado por extensa y tendida playa; en el centro
del valle se alza, en una pequeña colina, la casa oficina del puesto de
policía, y en la orilla del mar, cual delgadas piraguas, se mecen las
barcas de los pescadores al efectuar el tendido de las redes, que más
tarde retiran, en larga fila, una veintena de indígenas con paso rítmico.
En este valle y a la orilla del mar
establecemos nuestro campamento; el martilleo de los pequeños mazos
sobre los piquetes se hace sentir y, simétricas, se van alzando las
lonas kaki de las tiendas individuales; delante, en las tiendas de los
oficiales, ondean, con vivos colores, los banderines de las compañías.
El cielo está nublado, la tormenta
se avecina y en pocos minutos una lluvia torrencial hace correr a los
soldados a guarecerse bajo las lonas, otros, más prácticos, se
instalan en los cafetines morunos, que ganan en unas horas lo que no han
ganado en muchos meses. Allí sirven la pequeña sardina a la usanza del
país, que salan y asan sobre las brasas; sardinas que, con el consabido
té moruno, nos compensan de la vigilia de la noche anterior. La lluvia pasa pronto y los
legionarios empiezan los juegos. En la plaza corre el balón y, entre
bromas y canciones, pasa la tarde. El sol se pone, las cornetas rasgan
el espacio, suena la oración, los soldados, firmes, saludan en silencio
y en estos instantes de mudez y recogimiento parece que como un
torbellino recorre el pensamiento la ola del recuerdo. Al morir el día, el campamento
torna al descanso y en la noche fría y nublada sólo se siente el
chisporrotear de las hogueras y los pasos tranquilos de los centinelas. LA ULTIMA JORNADA se hace
penosísima; la lluvia sigue persistente, y el barro dificulta la marcha
de la Bandera por el pendiente y resbaladizo camino que, después de
cruzar grandes barrancadas, remonta los más altos espolones de la montaña.
En las inmediaciones de un bosquecillo encontramos dos moros armados;
saludan al paso; son una pareja de policías del aduar cercano; en otra
revuelta del camino, unos moritos chicos corren asustados hacia el
aduar, y recorriendo este apartado y pintoresco camino respiramos la paz
de esta comarca pacificada sin posiciones militares; y en la que se
desconoce la agresión. Remontando los últimos montes
damos vista al alegre valle del Lau, donde se asienta nuestro futuro
campamento; la presencia del mar alegra el paisaje, y libres de la
lluvia, descendemos por el pendiente y pedregoso camino de los aduares.
Hay trozos en que los peñascos, formando grandes escalones, hacen el
paso peligroso, pero nuestros caballos, entre equilibrios y resbalones,
llegan al fondo de la barrancada por donde hemos de seguir la marcha, A
derecha e izquierda, las laderas cubiertas del espeso bosque impiden
todo flanqueo y ofrecen el lugar más apropiado para la emboscada; a la
salida de esta larga cañada, el camino se ensancha siguiendo fácil
hasta el campamento. Unas descargas de los Regulares
anuncian la llegada, las cornetas baten marcha y, en correcta formación,
hacemos nuestra entrada; en la plazoleta nos esperan los oficiales, que
nos abrazan con el cariño de hermanos, hermandad que habíamos de
confirmar un día en el combate. Muchos de nuestros oficiales
reciben la visita y demostraciones de afecto de moros de Regulares y
policías que sirvieron a sus órdenes en época pasada, y tras los
interminables saludos, les van recordando los hechos de aquellos que
gloriosamente dieron su vida por España. Y entre el recuerdo de nuestra
campaña anterior y la solicitud y afecto de nuestros compañeros,
comienza alegre nuestra vida en Uad-Lau; mientras, en el pequeño zoco
del campamento, moros y legionarios fraternizan también bajo las pardas
lonas de los lóbregos cafetines morunos. |