DIARIO DE UNA BANDERA
PRIMERA PARTE .- El Territorio de Tetuán.
Operaciones en
Beni-Lait
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Cuando llegamos al campamento del
Zoco del Arba, reina gran animación; las cantinas Y establecimientos
inmediatos a la carretera se ven concurridísimos con la llegada de las
columnas, Los Regulares y policías se agrupan junto a los cafetines
moros, y los claros y laderas del campamento se ven interceptados por
carruajes y cañones de nuestra artillería. Interminable se hace nuestro paso
por enmedio de estas tropas, para llegar al pequeño y apartado
campamento de la Segunda Bandera, donde se reúne la Legión a las órdenes
de nuestro primer Jefe. El día 25 salimos, a las órdenes
del Teniente Coronel, formando parte de la columna Sanjurjo, a la
ocupación de Ait-el-Gaba. Seguimos con el puesto en el grueso de la
columna; nuestra esperanza de al ternar en las vanguardias se va viendo
defraudada y los oficiales marchan tristes y pensativos. Hemos educado a
nuestros soldados para ir en los puestos más peligrosos y para ello
también se reunió bajo estas banderas una oficialidad entusiasta y
decidida. Los soldados parecen participar de nuestra contrariedad y
silenciosos ascienden por las laderas de Beni-Lait, hasta entonces
refugio de los tiradores enemigos. Durante la marcha, y cuando
llegamos a una cumbre, nos asomamos a un collado; la presencia de unos
altos y bien colocados montones de piedras llama nuestra atención; un
soldado de Regulares, rezagado en la marcha, se acerca a colocar una
piedra sobre uno de ellos. La curiosidad me hace preguntarle. Son los
montones que forman los peregrinos de Muley Abd es-selam, cada vez que
en su camino distinguen el santuario sagrado. Este día aumentan de tamaño:
todos los Regulares han colocado su piedra. Durante la primera parte de la
operación seguimos formados en nuestro puesto, La caballería ha
coronado las alturas y con poca resistencia llegamos a la posición, Los
aeroplanos vuelan sobre nuestras cabezas bombardeando y una de sus
bombas cae a pocos metros de nuestras secciones sin hacerle daño. El
enemigo es poco numeroso y sólo la policía en el poblado y los
Regulares delante de la posición sostienen él combate. En enervante
espera, pasamos la mañana. Al mediodía nos destacan en ayuda
de la otra columna; cuando llegamos, el auxilio no es necesario, y al
regresar aquella noche al campamento, escuchamos la copla que la ironía
hace cantar a los soldados: ¿Quiénes son esos soldados de tan bonitos sombreros? El Tercio de Legionarios que llena sacos terreros... -Esto es
demasiado; para esto no hemos ve nido por segunda vez a Marruecos -dice
un oficial. Nadie está satisfecho; en el semblante de nuestro Jefe se
nota también gran contrariedad; aconseja templanza; ya llegará el día;
pero interiormente todos nos descorazonamos ¿Qué será de nuestro
Credo? El espíritu
del legionario no por esto decae; los soldados siguen, con su espíritu
de trabajo y sacrificio, llenando pacientes lo innumerables sacos
terreros. EL DIA
27, después de un día intermedio de descanso, sale la Legión con la
columna a la operación de Salah. Nuestro puesto no varía, conforme
pasan los días nuestra contrariedad es mayor, y en nuestras
conversaciones respetuosamente rogamos al General un puesto de honor, ir
algún día en la vanguardia. Aquella
tarde, y para la colocación de un blocao, el General me concede un
puesto más avanzado; pero para ir allí tengo que prometer no tener
bajas. Con esa promesa, me separo de mi Teniente Coronel y, haciendo
milagros, cruzamos la zona enfilada y nos unimos a los Regulares; el
enemigo es poco y nuestro apoyo no es preciso, pero nos dispararon unos
tiros y nos silbaron unas balas. EN LA
OPERACION de Muñoz Crespo, llevada a cabo el día 29, parece variar la
suerte de la Legión. Marchamos en nuestro puesto de la columna, cuando
una reacción de las gentes del Sucan nos obliga a intervenir en el
combate y, mientras en las alturas de la izquierda la segunda compañía
tiene a raya al enemigo, avanza la primera en el frente rechazando a los
harqueños, y consiguiendo retirar los policías caídos en la ladera.
Varios soldados caen heridos, con el heroico capitán de la primera
compañía don Pablo Arredondo. Los balazos que, atravesando sus
piernas, parecen no tener gravedad, le retienen al año sin curarse; no
quiere retirarse, pero sus piernas no le tienen en pie y casi a la
fuerza se echa en la camilla. El fuego
sigue intenso durante todo el día y la Legión va alcanzando su nombre.
En Buharratz, aquella misma tarde, escribe la tercera Bandera una de las
páginas gloriosas de la Legión. Es ya de
noche cuando nos retiramos. A nuestro paso tropezamos varias camillas;
una de ellas descansa en tierra, y en ella vemos al joven teniente García
y García de la Torre, del grupo de Regulares. Este pobre chico, herido
en el vientre, se ha caído dos veces de la artola, matándose el mulo
que lo conducía, y le llevan ahora en la camilla dos moros pequeños y
poco resistentes que se cansan de su pesada carga. Nos paramos a su
lado; el teniente coronel González Tablas, allí presente, le dirige
palabras de consuelo: -No es
nada, adelante; dentro de un mes está usted paseando con el Aguayabo. -Yo no
veré más al Aguayabo; el mulo me ha tirado dos veces; mi herida es
mortal, pero no importa -dice el muchacho con su sonrisa triste. Le
animamos un poco y encargamos de su conducción a cuatro legionarios
fuertes; un sargento con otros ocho escoltan al herido, y en las sombras
de la noche vemos perderse la camilla con la preciosa carga. Hacia el
fondo del valle las hogueras de los poblados en llamas alumbran nuestro
camino y bajando la interminable cuesta, al recordar al héroe que
marcha en la camilla, pensamos en el dolor del Aguayabo que le espera. |