DIARIO DE UNA BANDERA
PRIMERA PARTE .- El Territorio de Tetuán.
Seis meses en Uad-Lau
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Antes de amanecer han salido los
Regulares; la Bandera queda guarneciendo el puesto días antes ocupado
por un tabor y dos compañías de infantería. El campo está en
aparente paz y podrán completar su instrucción nuestros soldados. En contados días, al descuido en
limpieza de los indígenas, sustituye una era de policía; el zoco de
cafetines y sus mugrientas tiendas se aleja a retaguardia, y las
explanadas y calles del campamento brillan bajo el sol. La limpieza y
policía es la característica de los campamentos legionarios. La posición se encuentra situada a
dos kilómetros de la playa, sobre una pequeña altura que avanza en el
valle, en cuyo fondo corren las plateadas aguas del Lau; al sur, los
montes de Gomara cierran el horizonte con su negro macizo; al oeste,
entre las cresterías de la sierra de Beni Hassan, blanquea la cumbre
elevada del famoso Kelti, y, cerrando el valle, como guardián de la
puerta del desfiladero a Xauen, en una pequeña colina, se distinguen
las tiendas de campaña de un campamento español. Hacia la playa, las
verdes manchas de las chumberas que rodean los aduares ponen una nota de
color en la monotonía de las tierras labradas, pero las cruza un
estrecho camino que muere en la costa junto al bosque de olivos del
cementerio moro. El campamento es un conjunto de
pequeñas y ruinosas edificaciones morunas, antigua residencia de la
mehalla del Raisuni, en medio de las cuales se alza coquetona y blanca
la casa oficina de la policía; a su inmediación, unos pequeños
barracones sirven de alojamiento a los moros, y entre las edificaciones
se levantan las tiendas de los legionarios. A retaguardia del campamento
se encuentran diseminados el hospitalillo, cuadras, parque de
Intendencia y estación radiográfica. Este es el primer campamento de la
Legión y en él se han de preparar para la guerra los legionarios de la
primera Bandera. LA VIDA EN Uad-Lau es de gran
actividad; la proximidad del río permite que después del desayuno
atiendan los soldados a su limpieza. Momentos después comienza la vida
militar en la explanada principal, dirigidos por un capitán, los
legionarios, en mangas de camisa, efectúan sus ejercicios gimnásticos,
que terminan con juegos de Asport@. En la instrucción, los ejercicios
de combate son muy frecuentes, y en ellos, las explicaciones teóricas
se unen a la práctica del ejercicio. Después de un descanso bien
ganado, da comienzo la diaria instrucción teórica; es breve; en ella
se cultiva el credo legionario, y los oficiales se extreman en ir
formando la moral de sus soldados. Los capitanes y oficiales veteranos
explican la guerra como la practicaron en Marruecos; los jóvenes
reemplazan la experiencia de sus superiores con el recuerdo de sus
cursos académicos y, poco a poco, en aquella agrupación de hombres, se
van forjando y disciplinando los nuevos soldados. El tiro es objeto de atención
preferente con él se procura encariñar al legionario y se celebran
concursos con premios en metálico a los mejores tiradores. En el
concurso de campeonato, un suizo y un español se disputan el primer
puesto; el español pierde un tiro y queda el suizo campeón. La tarde es igualmente absorbida
por la instrucción o el tiro; y al toque de oración, cuando muere la
vida militar, empieza la de los legionarios en las cantinas y cafetines;
a esta hora los Capitanes son solicitados para firmar vales para vino;
el exceso de borracheras hizo que en estos primeros meses hubiese que
limitar este consumo. La vida militar de los Oficiales no
acaba aquí; la administración de las unidades requiere tiempo y como
las prácticas militares ocupan el día, durante la noche trabaja el
Capitán, ayudado por sus oficiales o reparte los haberes a la tropa. Algunos días, a estas horas de la
noche, se reúnen los Oficiales y se ofrecen esas sencillas
explicaciones sobre la guerra de Marruecos y la adaptación a ella de
nuestros reglamentos, dictando normas para las prácticas de días
sucesivos; pero se acaba pronto; otro día se seguirá, que bien
merecido tienen el descanso LA NOCHE NO es para todos de reposo
en la campaña, la tropa que descansa tiene que atender a su seguridad y
la compañía nombrada de servicio reparte sus puestos avanzados, y las
patrullas recorren el campamento, donde de tarde en tarde se escucha el
(alto! de los centinelas. El servicio de noche se hace a punta de lanza;
nadie duerme, y un oficial, constantemente levantado y fuera de su
alojamiento, recorre los puestos y cumple su servicio. Esta es la vida
virtuosa y activa de los oficiales de la Legión. CON EL DOMINGO llega el descanso de
la semana. Es ya muy tarde cuando la primera corneta rompe el silencio,
y en este día sólo por la tarde los juegos y el Asport@ animan el campamento; se establecen pequeños premios y hay
luchas, boxeo, Afoot-ball@ etc. Otros oficiales pasean a caballo o se
organizan fantásticas cacerías de perros en las que se va dando cuenta
de los muchísimos perros salvajes que invaden el campamento. EL JUEGO ESTA prohibido en la Legión.
Los oficiales dan en ello ejemplo saludable y sólo en algún rincón de
las barrancadas, próximas al campamento, un pequeño corro de soldados
denuncia la presencia de alguna timba, que pronto es disuelta; estas
faltas en la Legión se evitan pero no se castigan. La prohibición del
juego hace que los oficiales se extremen en buscar distracción para el
soldado, y los Amatchs@ de boxeo y los saltos y concursos se
generalizan. Entre los boxeadores ocupa un buen
lugar el descuidado William Brown, negro norteamericano, que ya es
conocido por sus puños en los poblados cercanos; en sus paseos, los
primeros días, los indígenas le creían moro, pero él, haciendo uso
de su práctica en el boxeo, les hacía ver su origen norteamericano; su
abandono en el vestir es característico y nadie conoce a William más
que sucio y derrotado. EL CAMPAMENTO va tomando su aspecto
legionario; el ingenioso austríaco Werner ha construido para el
edificio más alto una curiosa veleta que representa a un oficial
saludando. El viento la mueve, y cada vez que ésta recorre cinco
metros, levanta y baja el sable el fantástico muñeco. Los naturales se
paran al paso y miran curiosos la veleta, y los soldados, burlones, les
imitan: )tu visor muñico estar diablo? Gamoneda, el notable clown AKuku@
de los circos españoles, entretiene a los otros con sus chistes y
ocurrencias. Un legionario, en los descansos,
ofrece cinco duros al que le venza en lucha; otro, desafía en
ejercicios de fuerza a distintos compañeros, y los días transcurren
lentos y tranquilos. UN PEQUEÑO barco hace la travesía
a Ceuta y es el portador del convoy y del correo; sus visitas se ven
limitadas por los constantes temporales y la falta de embarcadero; su
llegada lleva de paseo hacia la playa a muchos soldados; una veintena de
hombres se desnuda para efectuar las faenas de la descarga; el oleaje
les moja hasta la mitad del pecho; pero, incansables, siguen su tarea
durante varias horas. La llegada del cartero con los
encargos ha llevado también hacia la playa a muchos oficiales; allí
les reparten la esperada correspondencia y sentados sobre la arena,
leyendo sus cartas, sienten pasar esos momentos de melancolía que
engendra el recuerdo. OTRO DÍA, la presencia de un cañonero
embarga la atención del campamento. Las rayas blancas de la chimenea
nos dicen que es nuestro barco, así llamamos al cañonero Bonifaz que,
mandado por el culto y experto capitán de fragata don Juan Cervera,
vigila esta costa. El día es espléndido. )Se decidirán a
visitarnos?... Al saludo e invitación hecha por
nuestra estación radiográfica, responde el barco con otro saludo; el
comandante y varios oficiales bajarán a visitarnos. Cuando llegamos a la playa, se
acerca a la orilla la canoa del Comandante; desembarcan a hombros de los
marineros y juntos emprendemos a caballo el camino del campamento. En la explanada principal esperan
formados los legionarios, que son revistados por nuestros visitantes;
después de la revista, la Bandera efectúa algunas evoluciones; las
ametralladoras, con rapidez y precisión, ejecutan un breve ejercicio de
tiro y, rotas las filas, vuelve el campamento a su vida ordinaria. Recorremos la posición y, después
de enseñarles lo poco que el campamento tiene, nos hacen el honor de
acompañarnos a la mesa. Los momentos transcurren para nosotros tan
agradables que con sentimiento vemos llegar la hora de su marcha.
(Alegran tanto las visitas en estos campamentos apartados! A pie emprendemos el regreso de la
playa; visitamos el bosque sagrado del cementerio moro y nos despedimos
de los marinos que con su visita han roto la monotonía de nuestro
campamento. LA VIDA EN Uad-Lau tiene pocas
distracciones, y sólo en los paseos hacia la playa, la presencia,
alrededor de los pozos, de las moras de los poblados, pone una nota
alegre en la calma de la tarde. Los legionarios toman estos lugares como
paseo favorito, y al caer el día son muchos los que se encaminan hacia
la costa donde la vista se recrea con la presencia de moritas jóvenes
que, ante la aparición de algún moro, aparentan huir como pajarillos
asustados por la presencia del cristiano; algunos decididos las cortejan
y los añosos olivos del bosque sagrado han sido muchas veces mudos
testigos de la galantería legionaria. LAS RIÑAS no existen y los que
pretenden reñir son separados por sus compañeros y llevados a
presencia del oficial, que, entregándoles los guantes de boxeo, les
permite que diriman sus querellas entre las bromas de los camaradas,
desahogados los nervios y reconociendo su falta, acaban dándose la mano
y, amigos, se separan. LAS NOCHES SON tranquilas. Una de
ellas, el sonido de un disparo se siente en dirección al servicio. Nos
dirigimos a visitar los puestos y nos detiene un Ahalt qen vife@,
con marcado acento alemán; es el viejo cabo Gustavo Hort (antiguo
suboficial bávaro) el que nos recibe. Nos indica que fue del puesto
inmediato de donde partió el disparo y al separarnos del veterano,
sentimos, como los soldados de su escuadra, gran simpatía por el fiel
cabo Gustavo, que un día de caffard desapareció del campamento. Nadie
creyó en su deserción, (era tan buen soldado! Llegamos al puesto del disparo. El
cabo explica cómo el centinela, medroso, disparó su arma, creyendo ver
algo, y para que el caso no se repita se le ordena dejar el fusil y que,
armado de machete, lleve a la orilla del río un pequeño cajón, que
recogerá la descubierta al día siguiente. En la oscuridad de la noche vemos
perderse la sombra del centinela; más tarde, el ruido de un disparo en
dirección al río pone al puesto en marcha hacia allí, A los pocos
pasos aparece el soldado que, libre del peso, regresa a seguir su
servicio. Al día siguiente, el cajón estaba en la orilla del río. El día de Nochebuena se celebró
con espléndida cena por los legionarios; el vino corre y, entre cantos
y alegrías, pasan hermanados la fiesta de Pascua. Los alemanes han pedido autorización
para reunirse, y un árbol de Noel, con sus múltiples luces, señala el
sitio de su fiesta. Los oficiales les colgamos de las ramas botellas de
cerveza alemana y ellos, afectuosos, nos brindan con canciones de su país,
y al entonar su canción de guerra, las frentes se entristecen y vemos
llorar los ojos de un viejo veterano. La fiesta dura hasta el amanecer en
que el campamento quedó en calma; ha corrido el vino y ni un solo
incidente se registra. Los legionarios, para beber, no necesitan receta. LA NOTICIA DE que en Gomara se
concentra fuerte harca para atacar nuestras posiciones, hace aumentar
las defensas del campamento; se colocan alambradas en los puestos
avanzados y las prevenciones para el caso de ataque se multiplican.
Nadie ha de disparar sus armas en el interior del campamento, las
unidades marcharán en silencio por el camino más corto a su puesto en
combate, las ametralladoras quedan apuntadas durante la noche, los vados
del río son vigilados con pequeños puestos de policía; pero los
entusiasmos bélicos de nuestros soldados se ven esta vez defraudados;
no somos atacados, que de haberlo sido, empeñada y gloriosa había de
ser la empresa de defender este extenso y abierto campamento (a 45 kilómetros
de la Plaza) del ataque de la harca numerosa que anunciaban. Hay que
esperar otra ocasión; ya nos llegará el día. UN SUCESO desgraciado llena de
dolor nuestro campamento. Unos soldados legionarios conducen a un moro
ligeramente herido en la cabeza. En su oficina, tendido en tierra, yace
gravemente herido el bravo teniente de policía. Un soldado indígena
había disparado su arma sobre el oficial, causándole heridas gravísimas
y dándose a la fuga. Dos legionarios que trabajaban en una obra
inmediata, sin más arma que el palustre, le persiguen en su huida y, no
obstante hacerles el indígena varios disparos, le alcanzan y derriban
después de golpearle en la cabeza. Al día siguiente es castigada la
cobarde traición y legionarios y policías desfilan marciales ante él
cadáver del moro asesino. Una noche de dolor pasó por el campamento
con la pérdida del teniente Malagón, excelso militar bondadoso y
justo. Unos días más tarde, otro
legionario, Marcelino Maquivar, salva de la muerte en el río, con
exposición de su vida, a dos moras enemigas que arrastraba la
corriente. UNA PEQUEÑA agresión alarma en la
noche el campamento. A los primeros disparos nos arrojamos de la cama y
sale hacia los puestos la sección de retén; se repiten los disparos, y
una nueva sección va a rodear la barrancada. Al dirigirnos a los
puestos avanzados oímos una voz que pide una camilla; en la agresión
ha habido algún herido. Subiendo al puesto, encontramos a un joven
legionario que yace tendido en tierra; está herido en una pierna y otra
bala enemiga le ha destrozado la mano. Estaba arrestado y marchaba
acompañando a la patrulla que llevaba el café a los puestos de
servicio, cuando se vieron sorprendidos por las descargas enemigas. Se
arrojaron al suelo rechazando la agresión y en la oscuridad de la noche
dispararon sus fusiles sobre los fogonazos enemigos, al parecer sin
resultado. Las secciones regresaron al
amanecer sin haber encontrado a nadie. El herido fue trasladado al
hospitalillo donde, después de una dolorosa cura, preguntaba preocupado
si su comandante le perdonaría por encontrarse arrestado. A su lado permanece el viejo cabo
practicante Monsieur Colbert: ACugagás -le dice- le comandant a donné
son pardón@, y con amorosa solicitud le cuida como a un hijo. Este es
el viejo Colbert, uno de los más extravagantes tipos legionarios.
Cuenta fantásticas historias de su esplendor pasado y se llama a sí
mismo el Doctor Colbert, cuyo nombre explota para sus conquistas
amorosas. EN LOS PRIMEROS días de abril
empieza el bloqueo de Gomara. Se dice que se operará pronto pero, incrédulos,
a todos nos parece que tarda la hora de salir de Uad-Lau; estamos
cansados de la paz en que vivimos y la Bandera está perfectamente
instruida y en espera de que la empleen. Los legionarios sueñan con ir
a Xauen remontando el valle del Lau para unir la costa con la misteriosa
ciudad. Al campamento llega la noticia de
que el coronel Castro Girona vendrá pronto a Uad-Lau y, en espera del
avance que tarda, se nos hacen interminables los primeros días del mes
de abril. Por fin, el 16 se confirma la
noticia de la próxima expedición; al día siguiente ha de llegar una
numerosa columna para efectuar la proyectada operación sobre Gomara; en
ella van a tener un puesto los legionarios. Las compañías empiezan sus
preparativos para la próxima salida. Los seis meses de estancia en
Uad-Lau han acumulado una serie de elementos y material regimental, inútil
en el momento de la salida. Los carpinteros construyen embalajes, y
cajones para almacenar el material y los capitanes revistan las unidades
y elementos que han de tomar parte en la salida. El día 17, por la mañana,
desembarca en Uad Lau el coronel Castro Girona. Viene acompañado de su
Jefe de Estado Mayor y varios moros. Los jefes de todos los poblados
esperan en la playa y, a la llegada del coronel, unos le besan la mano y
otros la estrechan con muestras de respetuoso cariño; entre ellos se
encuentran varios jefes de los vecinos poblados de Gomara; el coronel
monta a caballo y, tras él, sube toda la comitiva. El campamento va revistiendo gran
animación. Al mediodía se espera la llegada del Teniente Coronel de la
Legión, que viene mandando la columna. Entra en la explanada un tabor
de Regulares seguido de su inexplicable impedimenta. Todos tienen señalado
su puesto para acampar y en una hora las blancas explanadas aparecen
ocupadas por las tiendas y el material. El movimiento dura hasta media
tarde, en que, instaladas ya las tropas, nos reunimos los oficiales a
cambiar impresiones. Allí se encuentra la oficialidad de los tabores de
Regulares de Tetuán y Ceuta, Mehalla Xerifiana, Cazadores, Artilleros y
Legión, todos los que van a constituir la nueva columna. En medio del campamento de la policía,
en una bonita tienda de campaña de construcción moruna rematada por
una reluciente bola, se encuentra el coronel Castro Girona, rodeado de
los notables de Gomara; los moros escuchan sus palabras como el credo de
los xerifes; el té corre y, en aquella pacífica reunión, se ocupa la
costa de Gomara. Esta noche el coronel nos recibe y
nos entera del objetivo de la operación. La punta de Targa, que tanto
tiempo hemos contemplado desde nuestro tranquilo campamento, va a ser
ocupada y en el vecino poblado de Kasares se colocará otro pequeño
campamento, )Habrá resistencia? Se confía que no. El ascendiente del
coronel Castro es muy grande entre los jefes de Gomara. Esta última noche duermen poco los
legionarios, la alegría reina y la invasión de los cantineros con sus
explosivas bombonas nos ocasiona abundantes borracheras. Hay que atajar
el mal: anochecido, se cierran las cantinas y se decomisa el
aguardiente; pero el campamento no descansa; mientras unos cantan, otros
sueñan en la nueva empresa con fantásticas hazañas. |