DIARIO DE UNA BANDERA
SEGUNDA PARTE.- El Territorio de Melilla.
Consideraciones generales
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Llevamos
un mes de paz en el campamento de Dríus; las empresas guerreras parecen
suspendidas y nuestro sueño de ir sobre Alhucemas y dar digno remate a
la acción militar, se aleja indefinidamente. Acción
política, empleo de los grandes caídes, protectorado civil y ejército
colonial. Sobre esto giran en la actualidad todos los comentarios. Un
apasionamiento grande ha llevado al ánimo de los españoles que la política
ha estado ausente en nuestra acción africana; y olvidando tal vez
demasiado la psicología de los cabileños, han hecho creer al pueblo
que la labor política nos ha de dar el territorio pacificado. En
Marruecos, en todas las épocas, la labor política y militar han ido
emparejadas y no ha sido la ausencia de la primera lo que nos llevó,
como alguien cree, al desastre de julio. Si hubo algún error o
desacierto en la labor de policía, no es justo atribuir a ello las
causas del desastre; examinemos nuestras conciencias, miremos nuestras
virtudes aletargadas y encontraremos la crisis de ideales que convirtió
en derrota lo que debió haber sido pequeño revés. España
necesita, y necesita pronto, dominar la costa, establecerse en ella y
dar al mundo la sensación de que las calas y ensenadas marroquíes han
dejado de ser nido de piratas y que en ellos los faros de civilización
marcan la ruta a los navegantes. Mientras
tengamos enfrente contingentes armados; mientras Beniurriaguel no sea
sometido, el problema de Marruecos ha de seguir en pie. De
Beniaurriaguel salió el levantamiento de julio, a ellos pertenecían
los guerreros que levantaron Gomara y sitiaron a Magán; y en Miskrela y
los Peñones existen sobradas pruebas de su rebeldía. Alhucemas
es el foco de la rebelión antiespañola, es el camino a Fez, la salida
corta al Mediterráneo, y allí está la clave de muchas propagandas que
terminarán el día que sentemos el pie en aquella costa. La
organización militar del Protectorado y la creación de las unidades
coloniales son problemas muy complejos y dignos de mayor estudio, en el
que la calidad y no el número de tropas han de dar la solución al
problema. Para
organizar ese ejército, base legionarios o base regulares, hace falta
que los banderines enganchen voluntarios, que las leyes que se dicten
beneficien al voluntario y que en la vida militar encuentren los
soldados los periódicos descansos y el relativo bienestar de las tropas
coloniales. Su
calidad no depende sólo de la materia prima. El soldado voluntario es
como todos los soldados y lo que mejora su calidad es la elección de
cuadros, el poder llevar a ellos una oficialidad entusiasta y valerosa
que les eduque en un credo de ideales, que no ha de sostenerse con unos
puñados de pesetas. Es necesario el estímulo, que los oficiales se
especialicen en la guerra, que conozcan al enemigo y que no sueñen con
el momento de regresar a la Península, cumplida su forzosa estancia. Sólo
el premio justo puede en esta época de positivismo conservar en África
los cuadros de oficiales apropiados para las unidades de choque. En la
organización militar del Protectorado, el empleo de las modernas armas
automáticas con la organización de batallones de ametralladoras y
fusiles ametralladores, permitirán en el porvenir la reducción de las
numerosas guarniciones de posiciones y los servicios de
aprovisionamiento. Lo que unido a las modernas unidades de tanques, ha
de ser la más firme base para la reducción de nuestros efectivos. Relatadas
las operaciones, no he de dejar de hacer unos comentarios a esta clase
de guerra, pues si en algún capítulo señalo defectos, no ha sido el
deseo de crítica el que dictó mis palabras, sino por el contrario, el
explicar los medios con que pueden corregirse. Todos los
que hemos servido en fuerzas indígenas conocemos la frase tan frecuente
en esta guerra entre los moros: TENIENTE FULANO NO SABER MANERA; quieren
decir con esto, que no tiene todavía la malicia de la guerra y hace la
aplicación rígida de los reglamentos, sin amoldarlos a la índole
especial del combate. En esta
campaña hemos visto frecuentemente los casos en que por NO SABER MANERA
(emplearemos la frase), se acrecentó el número de bajas. El
combate en Marruecos se caracteriza por no presentarse el enemigo en los
avances en una situación decidida y franca; los moros no aparecen al
descubierto y hacen del terreno un aprovechamiento ideal. Si se avanza,
generalmente retroceden combatiendo; y si las tropas se estabilizan, se
aproximan por las barrancadas y zona desenfilada y pronto existen un sin
número de tiradores que aprovechan los momentos propicios para causar
numerosas bajas. Si a esos
tiradores oponéis las rígidas secciones en guerrilla de nuestros
reglamentos, aumentarán vuestros heridos. Esto sólo lo evita el
oficial obligando a su tropa, al estabilizarse, a hacer un perfecto
aprovechamiento del terreno, formando con las piedras pequeños
parapetos, que más tarde han de resguardarse de los fuegos enemigos,
sin colocar más hombres que los necesarios para la acción,
permaneciendo detrás, a cubierto y todo lo próximo que sea posible, el
resto de la unidad, despiertos y prevenidos para contrarrestar, caso
preciso, cualquier reacción enemiga. Al subir
a las lomas y en los avances, ocurre frecuentemente ver aparecer unos
enormes guerrillones sobre las crestas. El enemigo hace unos disparos y
ocasiona las consiguientes bajas; por esto hay que enseñar al soldado a
subir a las crestas con precaución y gateando, si así conviniese, los
últimos pasos, dispuesto siempre a tropezar al enemigo y evitar ser
sorprendido. El
oficial debe tener instruidas a sus escuadras y clases para que la sección
no forme un todo rígido y que si la loma es pequeña o existe una casa,
chumberas, etc., las escuadras exteriores rebasen por las laderas o por
los flancos el obstáculo a ocupar y de esta manera se evitarán
sorpresas. Esto que
aquí se indica deben practicarlo las compañías con sus secciones y el
batallón con sus compañías formando un conjunto flexible en que las
unidades o fracciones se apoyen o flanqueen. El
enemigo emplea en esta guerra mil procedimientos para ocasionar en
nuestras tropas efectos de sorpresa. Así se ve una loma ocupada por
numeroso enemigo, que éste abandona al parecer ante el fuego
preparatorio de nuestra artillería. Las
fuerzas avanzan a ocuparlo y en esos momentos en que el soldado se cree
libre de peligro, los harqueños, en oleadas, se presentan dando gritos
y aprovechan sabiamente la impresión causada. Contra
esto hay que prevenir constantemente a los soldados, volverlos
desconfiados y que si llega el caso, serenos, rechacen la agresión
convenciéndose de que los moros no llegan al arma blanca más que
cuando los soldados corren. Otra de
las modalidades se presenta en la ocupación de las crestas. En una
guerra regular, la colocación de las guerrillas en la cresta militar es
lo apropiado, pero en Marruecos hay que abandonar la mayoría de los
casos esta práctica y ocupar las crestas topográficas, colocando sólo
en la militar un pequeño número de soldados que vigilen el acceso a la
loma y el fondo de la barrancada, escogiendo para ello lugares a los
flancos o aquellos puntos en que el terreno permita llegar a cubierto. Esta
colocación de tropas, que contraría lo preceptuado, nos ofrece por la
índole del combate muchísimas ventajas, librándonos de los
inconvenientes que lleva aneja la ocupación de la cresta militar. En la
cresta topográfica las guerrillas encuentran abrigo de los fuegos
enemigos y el municionamiento y retirada de heridos no ocasiona ese sinnúmero
de bajas que lleva consigo el rebasar las crestas topográficas. En el
caso de ocupar la militar, los soldados estarán al descubierto, las
bajas aumentarían, la retirada de cada hombre costará las de otros
varios y en los momentos de la retirada es difícil el evitar que quede
abandonado algún soldado. El único
peligro aparente de este dispositivo es el caso de una reacción
enemiga, pero para evitarlo están esos soldados o escuadras adelantadas
en los sitios favorables y el buscar la observación sobre las laderas
por otra unidad inmediata que domine este terreno. Sin olvidar que la
reacción enemiga no es la característica general de los combates en
Marruecos, en los que la mayoría de las bajas son ocasionadas durante
las interminables esperas en tiroteo con el enemigo, mientras se
construyen las posiciones. Los
barrancos tienen también para este enemigo más importancia que las
lomas; constituyen excelentes caminos cubiertos para aproximarse y no
basta ocupar las lomas y vigilar las alturas vecinas; es imprescindible
vigilar las hondonadas a los flancos y retaguardia y adelantar por
ellos, si así conviniese, escuadras de seis u ocho hombres, que en la
hora de la retirada lo hacen a cubierto siguiendo el barranco. La
retirada es una de las maniobras que más se practica, y siendo estos
movimientos la piedra de toque de la moral de las tropas, todas las
precauciones han de ser pocas para llevarlas a feliz término. Esas
retiradas lentas, por escalones, tan frecuentes en nuestras escuelas prácticas,
en que los saltos se acomodan a las reglas de la guerra regular,
olvidando tal vez demasiado la realidad del combate, tienen que
desterrarse de nuestra campaña de Marruecos. El moro
aprovecha los momentos de la retirada para echarse encima, ganar la
cresta y sorprender con su fuego a la tropa en los momentos del
repliegue. En las retiradas, en que una fuerza se para a hacer un escalón,
recorrido el espacio que le dicen los reglamentos, si el enemigo ha
ganado la cresta, aumentará muchísimo el número de bajas, y si la
moral de las tropas no es excelente y la zona está muy enfilada, se
acaba abandonando los heridos y sembrando en ella el germen del
chaqueteo. Para
evitar esto, es conveniente que los saltos se ajusten a las condiciones
del terreno, teniendo establecidas previamente a retaguardia otras
unidades que protejan la retirada, que harán los soldados al paso
ligero y teniendo una señal convenida para volver a ocupar el puesto en
caso de que alguno caiga herido, estando siempre los sostenes dispuestos
para reaccionar en este sentido. La
situación a retaguardia de las ametralladoras, batiendo las crestas y
collados en que el enemigo hará su probable aparición, permitirá en
la mayoría de los casos, colocando en ellas un fuego de barraje,
retirarse sin ser hostilizado. Si el
enemigo está muy próximo y el terreno puede favorecer su avance,
entonces es preciso simular la retirada esperándole con serenidad que
llegue a pocos metros, hacerle unas descargas y aprovechar la segura
huida para desplegarse, en la seguridad que no se echará encima
nuevamente; pero para esto hace falta que la moral de las tropas sea muy
elevada. Todas
estas prácticas, el aprovechamiento del terreno disimulando la situación
de los tiradores, la ocupación de las crestas, las retiradas, etcétera,
esa malicia del combate, los moros la señalan con las palabras españolas
de saber manera, y es indispensable en esta guerra que todos aprendan a
saber manera.
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