El Abstraccionismo o Pintura Abstracta

             El Impresionismo de finales del XIX, el viraje de Cézanne, Gauguin y Van Gogh, las corrientes primeras de los dos decenios del XX (Fauvismo, Cubismo, Futurismo, Pintura Metafísica, Expresionismo, Dadaísmo), crean, inevitablemente, un ambiente de «confusionismo» y de «ensayo». En este ámbito pictórico va a surgir una corriente que pretende la innovación radical y definitiva de la pintura... Esta corriente es la llamada Abstracción o Abstraccionismo, ya formada en 1920, con amplia repercusión en los decenios siguientes y con un resurgimiento a partir de 1945.

            El pintor abstracto no se preocupa en absoluto por el tema. Su obsesión es lo intelectual; entiende que los pintores de las corrientes anteriores son «sólo pintores» y que entienden bien no ser otra cosa que pintores». Los abstraccionistas serán profetas, «anunciadores y basadores de esta nueva transformación a la que hay que conducir al arte».

            Pero, no obstante con los visos de novedad radical con que surge la pintura Abstracta, hemos de observar que más que «estallido», el Abstraccionismo es el resultado de una tendencia a resumir y sintetizar que comienza a finales del XIX («Noche estrellada», de Van Gogh) y que se continúa, casi imperceptiblemente, pero siempre presente, a través del Fauvismo (simplificación del tema), Cubismo (aumenta la sintetización temática) y Futurismo (despreocupación total del tema y búsqueda de su enfoque dinámico)...

            Así pues, nos encontramos ante un movimiento que ya se iba apuntando desde finales del siglo anterior; que busca la renovación absoluta de la pintura; que pretende que el hombre mismo se transforme; y que fue denominado «Abstracto» de la manera más infundada y absurda, dado que es una pintura que, precisamente, contiene concreciones evidentísimas (sus temas son rotundos: manchas, formas geométricas, puntos, rayas, etc., que podrán gustar o no, pero cuya presencia es rotunda y nada abstracta). Del mismo modo, llamarlo «no figurativo» o «anti-figurativo» resultaría de similar improcedencia, porque el hecho de no encontrar figuras animales, humanas o vegetales no significa la ausencia de un punto, de una línea, etc.

            Este movimiento, que centra su cuartel general en París, en Montparnasse, comienza presentando dos vertientes: una, cromática; otra, geométrica. La Abstracción cromática centra su interés en el color: obsesión por el color, plasmación de unos colores simplemente, o bien de un estado anímico del pintor a través de una serie de manchas de color que, a su vez, pretenden causar una impresión anímica (buena o mala, eso es igual) en el espectador. La Abstracción geométrica con, en principio, la misma pretensión que la cromática, centrará su interés en la geometría y el orden, es decir: en la plasmación de esos cromatismos dentro de una ordenación matemática.

            La Abstracción cromática tiene como padre al moscovita Vassily Kandinsky (1866-1944), quien él mismo nos cuenta el porqué de esta creación: «Una mañana, al entrar en mi estudio, advertí la presencia de un cuadro indeciblemente bello y que jamás creía haber visto antes. Me aproximé y vi que no era sino una de mis propias pinturas en el momento en que, recibiendo la luz del sol, se perdía la sustancia del asunto, en tanto los colores obtenían un brillo inédito». Comprendió entonces que el tema no era útil sino para perjudicar la correcta armonía cromática, con lo que decidió suprimirlo de su programa y dejar al color en libertad. (...)

            Otra gran figura de la Abstracción cromática fue Robert Delaunay, pintor cubista durante cierto tiempo y que pronto ingresa en el Abstraccionismo. Casado con Sonia Terk, ambos se dedicaron a la investigación del color y de la luz. Su obra es de un fuerte cromatismo, de gran luminosidad y se encuentra -es innegable- vinculada en algún sentido con el impresionismo.

            Pero si Kandinsky y Delaunay fueron los padres de la Abstracción cromática, Malevich y Mondrian lo fueron de la Abstracción geométrica.

            Casimir Malevich (1878-1935) fue influido, primeramente, por el Fauvismo y, tras un viaje a París, se pone a la cabeza del Cubismo ruso en 1912. Años después se lanza al empeño de alcanzar una pin­tura no objetiva, liberada de toda sensación asociativa. Denomina a su estilo «Suprematismo» por instaurar en él, según sus palabras, «la supremacía de la pura sensibilidad». «El suprematismo -escribe- comprime toda la pintura, reduciéndola a un cuadrado negro sobre tela blanca. No tuve que inventar nada. Lo que yo sentía en mí era la noche absoluta; en ella percibía la creación y le di el nombre de suprematismo. Su expresión es el plano negro en forma de cuadrado». Había nacido la Abstracción geométrica, que Mondrian conduciría a sus más altos exponentes.

            Piet Mondrian (1872-1944) había sido discípulo de Picasso y, tras el conocimiento de la obra de Malévich, adoptará una fórmula que seguirá toda su vida: compartimenta el cuadro en espacios rectangu­lares o cuadrangulares, separados por gruesas líneas negras de perfecta horizontalidad y verticalidad, y rellena los compartimentos con colores, generalmente simples y homogéneos. 

F.de Olaguer-Feliu.- Los grandes “ismos” pictóricos del s. XX.
Ed. Vicens-Vives. Págs.  35-37


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