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PAUSA
Mariposas volando en grandes manadas, a cientos a miles, como si fueran una eclosión de sueños perdidos.
Una de ellas, marrón, con dibujos negros y blancos, una de esas mariposas mutantes, voló ante su mirada color miel, miel espesa, imán para los insectos. Al mirar después dentro de sus ojos, ya no eran los mismos ...
Ya no era el mismo ... Media sonrisa, medio gesto de medio algo, media barbilla media nariz, pómulos a medias, dientes en medio, pestañas medianas. Todo mediano. Sin destacar pero destacando. Un atractivo indiscutible, rotundo, marcado por un caminar con peso propio, medio tocando la tierra, medio rozando el cielo con su pelo rubio, ni largo ni corto. Todo a medias, todo.
Hace cinco años que están aquí las mariposas, cinco años que han convertido nuestra tierra en un desierto, y no en un desierto cualquiera de arenas y dunas movedizas y espejismos de agua verde, no. Nuestra tierra ahora es un desierto a medias, porque lo más fuerte ha sobrevivido. Hay algunos árboles, hay unos cuantos ríos, hay algunas flores y algunos alimentos para nosotros, queda algo de oxígeno y algún que otro corazón que late pese a que la mayoría están secos, completamente huecos.
Pero eso es ahora, cuando ya han pasado cinco años desde que aquella mariposa voló delante de su mirada y él medio sonrió.
Le dije:
- Acaba de pasar una enorme mariposa delante de tus ojos y los ha cambiado.
Por un momento bajó la mirada y después se volvió de nuevo hacia mí diciendo:
- Esa mariposa se ha llevado en sus alas parte de mi alma como si fuese el polen de una flor.
- ¿Por qué hablas así?
- Porque es así, me ha dolido y he sentido frío y ya no puedo decirte lo que deseaba haberte dicho.
- ¿Y puedo saber qué era?
- Sí
- Bueno, dilo.
- Te iba a decir que te quería con toda mi alma.
- ¿Y ya no lo sientes?
- Siento frío, frío y miedo.
- Me voy entonces. Me voy.
Y me fui, y le abandoné allí, sentado en una silla, quieto, frágil como una hoja de otoño, con sus ojos color miel, distintos de antes.
Me estaba alejando cuando para algo me volví hacia atrás. Le rodeaban decenas de mariposas que volaban despacio a su alrededor y le rozaban con sus alas como si le estuvieran acariciando, y él permanecía en la misma silla, sin temblar siquiera, y las mariposas se comían su alma con cada roce de alas hasta que una, la más grande, posó su cuerpo blando, negro y velludo sobre la boca de él y sus alas se llenaron de una luz azul intenso.
Grité con toda mi voz:
- Te quiero, te quiero, te quiero ...
Y corrí hasta él, espantando a las mariposas, y le abracé. Estaba frío y hueco. Puse mi mano en su corazón, puse mi boca en la suya, pegué mis muslos a su vientre para llenarlo de mí. Pero no había nada, sólo desierto.
Fue la primera víctima, después hubo muchas, pero él fue la primera porque estaba tan lleno de vida, porque su alma tenía un gusto tan especial y porque sus ojos tenían el color miel, miel espesa, que es como un imán para los insectos.
Pero yo me he propuesto revivirle y él está empezando a cobrar vida y verdad en mí. Ahora yo soy quién sonríe a medias, mira a medias, yo tengo una mediana barbilla, una nariz media, todo mediano, todo ... Pero eso sí, camino con una rotunda decisión. Y no tengo alma. La he tirado a los perros, que la desgarraron ladrando. Se la he dado a ellos para que no me la quitasen las mariposas.
El deseo, de Adriana Davidova


 
 

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