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Madrugada
de Esperanza. 1.994 Pero,
aquel amanecer, volvió,
de nuevo, a creer, al
contemplar en su puerta Jesús
con la Cruz a cuestas: su
Cristo del Gran Poder. (De
una leyenda de esta Imagen) Todo parecía ir bien. Iban quedando atrás los años duros. Se pagaron, poco a poco, eso sí, las trampas. El campo, ruinoso al principio, fue haciéndose menos duro y más rentable. Con sus fincas y, entre las que tenía arrendadas y otras que hacía en labores, trabajo no faltaba, no, aunque se le iba viendo el rendimiento. Había podido comprar un buen tractor y equiparlo de aperos. Y un día que lo liaron, se metió en un cochecito nuevo. Alberto se sentía satisfecho. Si no le faltaban salud y trabajo, podría terminar la casa que estaba soñando para sus hijos. Recordaba aquella primera casa, con su María, aún joven, con toda la ilusión de recién casados. Una casa de alquiler, tan pequeña que casi no podían revolverse. Luego fue, poco a poco, levantando la suya: con una cochera hermosa, donde entrasen todos los cacharros: el cochecito, el nuevo tractor, remolques, aperos... Habían previsto hacer dos pisitos para sus hijos, tras terminar el suyo. Pero la tarea se iba poniendo cuesta arriba. Los chicos habían empezado a estudiar y eso costaba dinero. En fin, todo se haría, pero más despacio. Porque los estudios de Miguel y Ángeles se habían convertido en algo muy importante. La escuela y el instituto no se dieron mal y permitían albergar esperanzas en la Universidad. Miguel andaba ya por tercero de Medicina y Ángeles estaba a punto de convertirse en maestra. A lo largo del año y, sobre todo, en Semana Santa, Alberto visitaba y acompañaba a su Nazareno. Y le contaba sus líos, su trabajo y la marcha de los estudios de sus hijos. Y le daba gracias si las cosas marchaban bien. Y pedía fuerzas y ayuda si algo se atrancaba. ¡Con qué emoción y con qué cariño recorría las calles del pueblo en cada madrugá, acompañando a Jesús sufriente, y sintiendo el orgullo y la esperanza de que su devoción no moriría con él porque, nazareno y nazarena, Miguel y Ángeles no habían dejado de acompañarle en la fila desde que eran muy chiquitines! ¡Cómo recordaba haber terminado alguna procesión con uno de aquellos minúsculos nazarenitos en brazos, dormido sobre su hombro, mientras el otro, de su mano, se restregaba los ojos de sueño y de cansancio! Un día, un Viernes Santo, al terminar la madrugá, se le acercaron tres jóvenes nazarenos. Dos eran sus hijos. El tercero -la tercera- era una chica. Papá, te presento a Raquel. Es mi novia. Así, sin más trámite. Alberto se sintió viejo y esperanzado. Los brotes seguían creciendo. Pronto se convertirían en ramas y darían su fruto. Porque, otra noche, Ángeles llevó a casa a Rafael. Quería salir con ella y que sus padres lo supiesen. Como debe ser, como antiguamente, pensaban Alberto y María, recordando esa misma escena hacía ya muchos años. Y contemplando con ternura el mal rato que pasaban los dos tórtolos, sobre todo él. En fin, todo el engranaje de la vida seguía girando. Tenía que ser así. Habría que darse prisa y acabar los pisitos. Tuvo que ser la moto. La puñetera moto, maldita sea su alma. El compañero, al que no ocurrió nada, dijo que había arena en la carretera. ¿Qué más da? El caso es que Miguel quedó sobre el asfalto, inmóvil, vivo, sí, pero con alguna vértebra destrozada. Comenzó para Alberto y María un largo peregrinar por clínicas, médicos y hospitales. Aquí, un poco de esperanza. Caras serias por allá. Viajes de ida y de regreso, con ilusiones de curación para su hijo, o lágrimas en los ojos, lágrimas de desánimo o de desesperación. Y visitas al Nazareno: Señor, no por mí, es por mi hijo. Y por esa chica que lo ama. Jesús mío, cúramelo. Así, ¿cuántas veces? Tetrapléjico. A Alberto y María se les hundió el mundo. Porque ya les habían explicado que aquella siniestra palabra, que condenaba a su hijo a la inmovilidad de la camilla, tenía un segundo y más terrible aspecto: Sin remedio. Hasta la muerte. Se perdieron los estudios, junto con la esperanza. La casa parecía una tumba. Los amigos y los compañeros que, al principio, no dejaban de aparecer, fueron espaciando las visitas conforme empezó el nuevo curso. Los únicos jóvenes que quedaron fueron Rafael y Raquel, que no faltaba un solo día. Acompañaba a su novio, le pasaba las páginas del libro que leyese en ese momento, hablaba con él y hasta ayudaba a María a cambiar de postura y asear a Miguel. Éste parecía animoso, pero el paso de los días iba dibujando surcos en su frente y un rictus de amargura en su boca. Y alguna vez sorprendió a su hijo llorando, aunque él tratase de convencerle de que sólo se trataba de una pequeña irritación de los ojos... No cesaron las visitas al Nazareno. Pero cada vez con menos ganas, con menos esperanza. Y debió ser una tarde de otoño en la que a Alberto, recordando al sufriente que tenía en casa, se le rompió algo por dentro, volvió la espalda a la capilla del Nazareno y abandonó deprisa la Parroquia. Al salir, se cruzó con unos amigos de la Cofradía que, con el Hermano Mayor, habían formado corro en la puerta de la iglesia. No saludó a nadie. -¡Eh! ¿Así se pasa? Hombre, Alberto, ya no conoces ni a los amigos. -la voz del Hermano Mayor había sonado alta, pero amigable y conciliadora- Anda, ven y cuéntanos, ¿cómo sigue tu hijo? ¿Y tú? -¿Para qué quieres que te lo cuente, -la voz de Alberto destilaba amargura y desesperación- si lo sabes de sobra? Sin remedio. Y yo, ¿qué quieres? Sin remedio también. Harto de médicos, harto de vida, harto de rezar y de pedirle ayuda al Nazareno ¿para qué? ¿Para ver a mi hijo morir poco a poco o para morirme yo -¡ojalá!- antes que él? ¡Maldita sea, y vaya mano que me ha echado Nuestro Padre Jesús! Algún hermano trató de calmar la situación: -Alberto, para. Estás muy desesperado y no piensas lo que dices. Por favor, no mezcles... -Sí mezclo. Claro que tengo que mezclar. Que han sido muchas madrugás y muchas visitas -Alberto se había ido poniendo cada vez más nervioso-. Y mira ahora: nos deja a mi hijo y a mí abandonaos como perros... ¡...dita sea...! -No digas esas cosas. Ten fe... -las palabras del Hermano Mayor tampoco pudieron serenar la tormenta que había estallado en el alma de Alberto. -¡Eso es lo que tenía hasta hace poco, fe, pero ya la he perdido! ¡Se ve que tanta madrugá y tanta visita me la han ido gastando! Pero, mira, me alegro de que estés presente, Hermano Mayor, para que oigas lo que voy a prometer: No volveré a ver al Nazareno... -¡Alberto, por favor...! -Déjame: No volveré a acompañarlo en procesión, ni a visitarlo en su capilla, ni a mirarlo de lejos siquiera, hasta que Él se digne visitarme en mi casa, acompañar a mi hijo, y compruebe por Sí mismo que no le he estado mintiendo y... -a Alberto empezó a quebrársele la voz- bueno, adiós... -Adiós. Si el Hermano Mayor y los amigos creyeron que aquello había sido un arranque de Alberto, se equivocaban. Ni las visitas a su casa y a su hijo de casi todos los cofrades, ni las largas conversaciones con Hermano Mayor, párroco y amigos consiguieron apartarle de su absurda determinación. Y es que Alberto era cabezón como él solo. Llegó la Primavera y la Semana Santa. Y, al salir el Nazareno de madrugá, la pregunta por Alberto era común. Su hija Ángeles, Rafael y Raquel caminaban en la fila y María, su esposa, detrás de Jesús como tantos años. Pero Alberto se quedó en casa. Levantado, sin poder dormir, entrando y saliendo del dormitorio, donde le esperaba, colgada, la túnica que María, por si acaso, le había dejado preparada. Y, a las preguntas de su hijo, contestó que no había ido a la procesión porque se encontraba mal... Y se encontraba así, claro. Pero no mal del cuerpo, sino del alma. La recogida de la procesión fue triste para muchos. Y a algunos nazarenos se les adivinaban, tras el antifaz, los ojos enrojecidos y llorosos... Pasó otro año. La determinación de Alberto seguía en pie, pero las presiones para que la dejara fueron aflojando. Unos porque creían que era inútil, que habían dado con un cabezota de una vez -y razón no les faltaba- y otros, porque pensaban que el tiempo lo iría suavizando todo y preferían esperar. El Jueves Santo por la tarde, Raquel -¡qué heroísmo el de aquella muchacha!- y Rafael se presentaron con sus túnicas. Habían decidido salir todos juntos de la casa, a ver si así lo animaban... Pero se fueron solos. Aquel tozudo Alberto no dio su brazo a torcer y, por segunda vez, se quedaba la túnica colgada... Y, de nuevo, paseos, nervios y tristeza. Y mentiras a su hijo. La misma de siempre. Quizá no salgan, buscaba calmarse Alberto. En la información del tiempo habían anunciado chaparrones y, al asomarse al balcón, se lo confirmaban unos gruesos nubarrones allá, en el horizonte. Si no saliesen, ya no me sentiría tan mal, trataba de consolarse. Pero la madrugá se había puesto en marcha. Lo anunciaba el lejano eco de los tambores. Se van a mojar...pensó. Pero a él parecía darle igual. No daría su brazo a torcer. Había prometido una cosa y, por mucho que le pesara, lo cumpliría hasta donde fuera preciso. ¡Pues bueno era él! Entró al cuarto de estar, cerró el balcón y se dejó caer en uno de los sillones. Debió quedarse dormido y lo despertaron, sobresaltado, unos tambores que sonaban muy próximos. ¡Pero era imposible! ¡La madrugá no pasaba por su calle! Salió al balcón. La procesión se encontraba justo debajo. Un grupo de nazarenos conversaba a la puerta de su casa. Al verle, uno de ellos se quitó el caperuz. Era el Hermano Mayor. -¡Alberto, menos mal que estás levantado! ¡Venga, hombre, que nos mojamos! Ya han empezado a caer gotas y es en tu cochera en la que mejor entran las imágenes. Por eso nos hemos desviado... Alberto no debió escuchar las últimas palabras. Volaba escaleras abajo. En un santiamén se abrieron las puertas y, con ayuda de los cofrades, tractor, cochecito y todo lo trasladable salieron a la calle. La banda tocaba la Marcha cuando Nuestro Padre Jesús Nazareno encontraba refugio en aquella casa, aunque siempre había sido suya. Suya y del cabezón de Alberto, que ahora no se separaba del trono, aunque tampoco miraba hacia arriba. Pero no ya porque continuase con su tozudez, no. Ahora sentía vergüenza. Las imágenes habían ido entrando en el refugio y los hermanos se habían repartido en los huecos entre ellas y en las casas vecinas. Fuera, llovía ya a cantarillos. Sintió la presión de una mano en su brazo y una voz cariñosa y dolorida a la vez, sonó suavemente a su lado. Era María, su mujer: -Te has salido con la tuya. Al fin. Ahora, tendrás tú que acompañar al Nazareno hasta su Capilla. Anda, sube a ponerte la túnica... Desorientado y confuso, Alberto subió las escaleras. Iba a entrar a la habitación de Miguel, a contarle lo que pasaba, pues seguramente se habría despertado. Pero le detuvieron unas palabras. Su hijo conversaba con alguien. No quiso interrumpir, pero tampoco se resistió a la tentación de echar una ojeada. No se veía mucho. Sólo el brazo y la pierna de un nazareno -la túnica sí se percibía claramente- que estaba sentado de espaldas. La manga de la túnica dejaba a la vista sólo los dedos, pero algo sí le llamó la atención: el nazareno parecía ir descalzo... Algún amigo que habrá aprovechado la ocasión. No parecen horas, pero... Pensó Alberto. Y siguió hacia su dormitorio, en busca de la túnica que dejó María -¡bendita sea!- preparada por si acaso, como el año anterior. El murmullo de la conversación entre el nazareno y su hijo seguía llegando hasta él mientras se vestía la túnica. A duras penas se aguantó las ganas de asomarse al regresar por el pasillo, pero se había propuesto no mosconear en las relaciones de su hijo con sus amigos. En fin, volvió a bajar las escaleras y se colocó de nuevo tras el trono de Jesús. El chubasco hizo tregua y la procesión empezó a prepararse para regresar al templo. De nuevo se reorganizaron las filas, se sacaron las imágenes a la calle y, por el itinerario más corto, se inició la vuelta. Alberto, antes de salir de su casa, quitó el cartón al caperuz, en señal de penitencia, y se desprendió del calzado. María, siempre amorosa, lo recogió y lo guardó en una bolsa. Se lo llevaría para luego, al regreso. Y se puso a caminar unos pasos tras de su marido y del Nazareno. Los jóvenes y algún amigo más se quedaron recogiendo y cerraron la casa. Pronto les alcanzaron. Alberto caminaba con los ojos en el suelo, cuando notó a su lado una presencia. Levantó la mirada y se encontró con otro nazareno que, también sin levantar el caperuz y también descalzo, caminaba a su lado. En voz muy baja, escuchó su comentario: -Veo,
Alberto, que se han cumplido tus deseos. Afortunado tú, porque yo llevo
muchos, muchos años haciendo este camino sin pedirle nada a Dios, sino a
los hombres, y nunca consigo lo que pido: sigue habiendo guerras, odio,
egoismo, falta de solidaridad... -Vergüenza siento de decirlo, porque fue brutal lo que prometí -Alberto sentía una extraña calma-. Pero, de todas formas, todo no se ha cumplido. Ni el Nazareno ha visto a mi hijo ni, mucho menos, lo ha curado... -Alberto,
-aunque no pudo verla, sintió una mano sobre su hombro- ¿tú
eres Dios? -No... -nuestro hombre se sorprendió por la pregunta. -Entonces,
¿tú qué sabes? y... ¿cómo lo sabes? La comitiva llegaba a la puerta del templo. Tras el ritual de entrada a la iglesia, y de los abrazos de quienes se alegraron al verlo de nuevo, Alberto se sentó en un banco, dispuesto a calzarse los zapatos que María le había llevado. Mientras lo hacía, llegaron el Hermano Mayor y algunos costaleros: -¡Vaya, hombre, qué alegría! ¡Se ha hecho el duro, pero ha vuelto el hijo pródigo! -Por favor, no me lo recuerdes -bromeó Alberto-. Oye, tengo que preguntarte algo: ¿sabes quién puede ser el otro nazareno penitente que me ha acompañado? Me ha dicho cosas muy interesantes. Me gustaría hablar más con él. -Alberto, ¿estás de broma? -No, ¿por qué? -En el camino hacia la iglesia, nazarenos penitentes detrás del Cristo sólo ha habido uno: Tú. La sorpresa y la incredulidad debieron dibujarse tan claramente en su cara, que otro hermano volvió a repetirle: -Sólo tú, Alberto, de verdad. Yo venía muy cerca de ti durante el camino. Nuestro hombre se volvió hacia su mujer. María, que venía detrás de él, sí que tenía que haberlo visto. Pero no necesitó preguntar: en sus ojos estaba escrita, con toda nitidez, la misma respuesta. Alberto se sintió preocupado. ¿Le iban a tomar por loco? Era mejor dejar la conversación. Él estaba muy seguro de lo que había visto y oído, pero todos empezaban a mirarle de una forma rara. La llegada de los jóvenes le salvó: -Bueno, papá, ¿nos vamos? El camino de regreso fue extraño. Contrastaban la satisfacción de María y los jóvenes con la seriedad de Alberto, que seguía dando vueltas a la cabeza. Los nervios no le dejaron abrir la puerta a la primera. Al entrar al portal, oyó una radio. Él -esta vez, como la anterior- estaba seguro de no haber dejado nada encendido. Se oyó un ruido de cacharros en la cocina. Era imposible. Dudando, llamó: -¿Miguel...? -¡Sí, papá...! La voz había sonado, extrañamente vigorosa, desde la cocina. Y alguien pareció intuir antes que nadie lo que pasaba: Con un indefinible grito en los labios, Raquel corrió escaleras arriba y entró en la cocina. Se hizo un silencio sobrecogedor, mientras todas las miradas se cruzaban. No podía ser... En el extremo superior de la escalera aparecieron dos figuras enlazadas por la cintura: Raquel y Miguel. Sonriendo y caminando. Los dos. Miguel, sin ayuda, aunque con algo de torpeza aún. Pero solo. Tuvieron que agarrarse bien a la baranda para poder llegar hasta arriba y fundirse en un abrazo en el que el mayor y único sonido eran los sollozos incontenidos. Al fin, fue Miguel, su hijo, el que rompió el silencio: -Como sabía que vendríais buscándolo -bromeaba de nuevo, al cabo del tiempo- he preparado algo para desayunar. Anda, pasad y sentaos, que os cuento... Alrededor de la mesa, se inició el relato: -Esta mañana, cuando llegó la procesión, oí hablar y correr a papá y después, con la lluvia, me figuré lo que pasaba. Me resultó emocionante la idea de que nuestro Nazareno entrase en casa. Las miradas de Alberto y María se cruzaron. Él bajó los ojos. -De pronto, se abrió la puerta y entró alguien. Encendió la pequeña luz de la lamparilla. Parecía conocer muy bien la habitación. Era un nazareno, pero no se desprendió del caperuz... -Yo no he visto subir más que a tu padre... -interrumpió María. -Sigue. -Alberto sonó tajante. Miguel retomó el relato. -No
me dijo quién era. Empezamos a hablar. Me preguntó que cómo lo llevaba
y le contesté que regular nada más. Estuvimos mucho rato hablando de mi
problema y de las miserias de tantos y tantos hombres. Y de algunos que,
teniendo fe, la habían metido debajo del celemín. "Hay
uno -dijo- que me trae por la
calle de la amargura, y nunca mejor dicho..." -A pesar de todo, a esos les queda la esperanza. En cambio, a mí... -Nunca
la pierdas. Será tu salvación. Cuando la procesión haya vuelto a salir
de tu casa, intenta levantarte. Ten fe. -Pero... -Ya
tenemos aquí otro incrédulo como Tomás. Tú intenta levantarte. Y dale
un abrazo al cabezón de tu padre, aunque procura que no te ocurra lo que
a él. -Ese te conoce bien, papá. -la observación de Ángeles no debió agradar mucho a su padre. -¿Quién sería? El Hermano Mayor, no, porque he estado con él todo el tiempo. -intervino Rafael- Además, no te hubiera dicho que te levantaras... -Ahora recuerdo otra frase que me llamó mucho la atención. -la vitalidad de Miguel asombraba- Cuando mayor era mi duda, le dije que no podría levantarme, que los médicos lo habían dicho muy claro. Y que Dios no iba a hacer un milagro para un ser tan insignificante como yo... -Y ¿qué te contestó? ¿Qué frase fue esa? -Dijo: Miguel, ¿tú eres Dios? No, ¿verdad? Entonces, ¿tú qué sabes? y... ¿cómo lo sabes? A Alberto se le heló la sangre en las venas. Recordó aquella frase y empezó a comprender. No fue sólo su Imagen. Verdaderamente, Aquel cuyo Reino no es de este mundo, había estado en su casa aquella madrugá. Y había visitado a su hijo. Gloria a Nuestro Padre Jesús Nazareno. Baldomero Patón Galdón
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