Nazarenos.

1987-88

 

Madrugada de primavera en mi pueblo. Como en tantos de España. Tambores, cornetas, músicos, penitentes. En el centro, con paso cansino (no me gustan las imágenes con ruedas), avanza lentamente, perfilándose ya sobre la alborada, Nuestro Padre Jesús.

EL NAZARENO.

El que, siendo siempre el mismo, tiene más nombres: es el Gran Poder, es el Abuelo, el Rico, el del Perdón...

Es NUESTRO Padre Jesús NAZARENO.

Alguna mañana, mirando el paso de Nazareno deslizarse por nuestras calles, desde cualquier esquina (hace ya mucho tiempo que, muy a pesar mío, no visto la túnica) y reparando en el tremendo gesto de dolor y resignación de su rostro, en su figura encorvada bajo el peso de la Cruz, en los pies sangrantes, en los ojos y los labios que, a pesar de todo, perdonan, he pensado:

¿Es esto todo? ¿Acaba mi fe en esta Imagen?

¿No me enseñaron de pequeño a ver a Jesús en mi prójimo, en mis hermanos?

Me atrevo a pensar si hay a mi alrededor, en mi vida, algunas personas que sufran como Jesús. Algunos Nazarenos.

Y sí, los hay. ¡Vaya  si los hay!

Sólo tenemos que fijarnos un poquito:

Nazarenos en las garras de la droga, de la que no pueden escapar, si es que lo intentan,  porque los sayones y fariseos que se enriquecen a costa de su lenta muerte, les hacen caer de nuevo.

Nazarenos adictos a la muerte...

Nazarenos que yo he visto rebuscando alimento entre la basura de bares, restaurantes y supermercados, o tratando de reunir, de entre la misma basura, cuatro pringosos cartones que luego malvenderán para "ir tirando" de la vida como Jesús lo hacía con la Cruz: como podía...

Nazarenos de la pobreza...

Nazarenos, pequeños nazarenos, explotados por sus mayores, drogados y llagados, que te extienden su sucia manecita a la vuelta de cualquier esquina, mientras sostienen e intentan calentar entre sus piernas el cuerpo mal abrigado, aterido de frío y dormido de pastillas de cualquier otro pequeño nazareno, más pequeño aún...

Pequeños nazarenos...

Nazarenos del miedo, que andan por la calle con el temor de caer muertos por la ráfaga traidora o la bomba ciega y asesina de aquellos fariseos, "sepulcros blanqueados llenos de serpientes", que los llamó Jesús, y a los que todos llamamos criminales, aunque ellos se empeñen en decirse luchadores de no sé qué libertad...

Nazarenos tintos en sangre...

Viejos nazarenos, que arrastran los últimos años de su vida entre el abandono, la pobreza, el desprecio y la incomprensión de los demás y que esperan la muerte como una liberación a su Calvario particular y último...

Viejos y tristes nazarenos...

Nazarenos de cama de hospital, que sufren el desgarro de la enfermedad en sus entrañas, quizá por última vez y desde hace mucho tiempo, viendo a su alrededor los rostros híbridos e indiferentes de quienes, en muchos casos, aprendieron a cuidar y a sanar y se olvidaron de amar y confortar...

Nazarenos del dolor...

Nazarenos de todos sexos y edades, caídos bajo la opresión política e intelectual de gobernantes egoístas, fanáticos e irresponsables, contagiados de los mismos y que han hecho del patrioterismo, religión y odio a quien no sea ellos, justificación de una vida y motivo de una muerte que sólo hace felices a los traficantes de armas...

Nazarenos de la guerra...

Nazarenos que dedican su vida a luchar contra el hambre, el dolor y la ignorancia de sus hermanos, no desde cómodas oficinas ni al amparo de grandes organizaciones, sino en el frente: cara a cara con el analfabetismo, la pobreza, la sequía, el cólera, la lepra, el hambre...

Nazarenos del amor en la lejanía: religiosos, médicos, maestros, tantos y tantos...

Nazarenos del paro real, que consumen vida y energías en ver pasar día tras día sin encontrar un trabajo al que tienen derecho y que fariseos economistas, políticos gobernantes o no, empresas, organizaciones, etc. han creído oportuno negarles...

Nazarenos del paro de la desesperación...

Nazarenos que no han visto ni verán jamás el color de una flor ni el azul del cielo. Que no oyen, que no hablan. Que les falta un poquito de esa capacidad física o psíquica que el buen Dios nos da a casi todos...

Nazarenos ciegos, mudos, sordos, disminuidos físicos y psíquicos...

Nazarenos también quienes les cuidan con mucho amor y poca esperanza...

Esta es la triste procesión que todos vemos desfilar desde el acomodo de la esquina. O de la cama. Nazarenos sin túnica, sin alamares, sin luces, sin música. Nazarenos tristes de miseria, de dolor, de muerte, de desesperación.

Y lo peor es que, al paso de esta siniestra procesión que vemos ante nosotros todos los días, siempre cerramos los ojos para poder decir: no existen...

Pero sí. Existen. Y existen, en muchos casos, porque no tenemos valor para ponernos un hábito y meternos en las filas de esta terrible procesión, para arrebatarle la cruz y librar de su peso a alguno de estos hermanos.

Porque no somos capaces, siquiera, de intentar convertirnos en el Cirineo de alguno de estos Nazarenos...

 

Baldomero Patón Galdón