BREVE HISTORIA

La palabra “Médulas” deriva del latín “Metalla” y significa “mina”. Otro origen para esta palabra es la formación que tienen los montones de paja y que se denomina en Galicia, y norte de Zamora “medas”.
La extracción del oro se llevó a cabo durante su estancia y hasta la llegada de los bárbaros; a veces es inexplicable el abandono de tales yacimientos, en muchas ocasiones dejándolo todo a la mitad.
Las Médulas es un legado histórico declarado en 1931 Monumento Histórico Artístico que nos ha permitido ser conocedores del desarrollo de la ingeniería romana.

 

Se trata de una explotación minera a cielo abierto de los tiempos de la Hispania Romana. Situadas en la comarca leonesa del Bierzo, a unos 20 kilómetros de Ponferrada por la ctra. de Orense hasta Carrucedo, donde nos desviamos unos 4 km.
El agua era traída por un sistema de canales desde los ríos Eria y Cabrera, a mas de 100 km. de las Medulas.
Hoy se trata de un paraje de escarpadas paredes de arcilla, cuevas que provienen de los túneles excavados, rodeado de verdes castaños.Consistía en meter grandes canales con agua, traída de los cercanos Montes Aquilanos. La presión del agua rompía la montaña. La tierra y el oro iban a parar a los lavaderos y ahí se lavaba el metal. El resto se depositaba formando montes que dieron lugar al paisaje rojizo que vemos.
Se encuentran al noroeste de los montes Aquilanos, en la provincia de León, a 20 km de Ponferrada, muy cerca del hermoso lago de Carrucedo. Ocupa una extensión de 1.115 ha. Es la mina de oro más grande excavada por los romanos durante 300 años. Se extraían 7.000 kg de oro al año.
 
EL ORO

Para la extracción del preciado metal, es necesario excavar, lavar y tamizar las tierras; para ello los romanos tomaron una herramienta más antigua que la propia vida: el agua.El método que usaron era, según lo llama Plinio, el "Ruina Montium" o derrumbe de montes por la presión y erosión del agua que, al soltarla desde los embalses de retención, horadaba las montañas y que conseguían construyendo una serie de acueductos que hacían serpentear por las montañas, como laberintos, para obtener el estancamiento del agua, que captaban desde las máximas altitudes de los Montes Aquilanos, sin duda, el más laborioso y arduo trabajo. La importancia del agua como fuerza esencial en las diversas fases del laboreo hizo que la red hidráulica de las minas de oro romanas alcanzase una envergadura sin paralelos en el Mundo Antiguo. Concretamente en Las Médulas, los canales llegan a superar los 100 Km. de distancia e incluso trasvasan agua de la cuenca hidrográfica del Duero a la del Sil.
Una vez determinada la altura a que debía llegar el agua, se procedía a determinar el recorrido del canal. La captación se hacía esencialmente mediante presas de derivación: diques de pequeña envergadura que desviaban el agua hacia el canal (corrugus). La pendiente de estos canales suele oscilar en torno al 0,5 % y su anchura varía entre 3 y 5 pies romanos (90-150 cm). Su trazado se realizaba mediante el empleo de niveles de píndulas (dioptrae) y sobre todo con la regla nivelada (chorobates)
.De aquí excavaban galerías del yacimiento y por compuertas soltaban el agua que arrastraba grandes volúmenes de tierra hacia el llano, donde los esclavos separaban los cantos rodados; el resto iba a desembocar hacia el río. Se lavaba el oro por medio de las "ágogas", o fosas cavadas, donde llegaba el agua junto con la tierra del monte. Agogas como el Lago Sumido o el Lago Redondo, se pueden admirar actualmente.Hoy día, donde la sensibilidad hacia la conservación de la Naturaleza es un despliegue diario, surge la paradoja de considerar una obra destructiva de tremendo impacto ambiental como un Monumento Nacional. Los muchos años transcurridos entre la causa y el efecto modifican la interpretación del paisaje y cambian la escala temporal de valores.
Aquí se puede ver la mano del hombre, transformador continuo del paisaje, quien desde la época de los romanos ha excavado con afán la tierra en busca del oro; también el hombre ha introducido el castaño que cuida y mantiene con extremado mimo para su explotación, si bien ahora va siendo paulatinamente abandonado al ritmo de envejecimiento de la población rural. Encontramos aquí y allá, chopos, fresnos, majuelos y endrinos que, junto con el rosal silvestre, acompañan a los castaños, omnipresentes a lo largo de todo el itinerario. También los cantos rodados dan paso a las genistas, retamas y jaras que conforman la cubierta herbácea y sirven de descanso a carboneros y tarabillas. Mirando desde las alturas están el roble, abedul y, como no, el tejo, que siempre es buen refugio para la perdiz parda.
Es un paisaje de "Cuento de hadas", donde surgen las historias y leyendas de los buscadores de oro. Observando a nuestro alrededor, en las cumbres de los montes que configuran efectos caprichosos, se puede imaginar innumerables siluetas que liberan la fantasía y la imaginación, tan reales que pueden fotografiarse, aunque cada uno lo vea a su manera.
A medida que transcurre el camino y se hace más empinado, se llega a la Cuevona, bocamina con unos treinta metros de altura, donde se termina el recorrido por esta parte.
 

 VEGETACIÓN

Podemos encontrar una gran abundancia de vegetación autóctona: robles, encinas y castaños centenarios. Estos castaños, de gruesos troncos rugosos y retorcidos, han poblado durante siglos estas comarcas, dotadas de un cierto encanto y misterio. A su lado, hay pequeños arbustos de distintas especies. La flora es escasa y puebla pequeñas zonas.

 ANIMALES

Destacan más de cien especies de aves que conviven con una abundante fauna de vida salvaje como: jabalíes, corzos, lobos, gato montés y zorros. Además, podemos encontrar un colonia de garzas reales que cruza los centenarios bosques de castaños durante el invierno. También encontramos una gran cantidad de insectos
 
 
 
 

 VISITAS
 
EL MIRADOR DE ORELLÁN

Discurre la excursión entre castaños y brezos hacia el Mirador, donde la carretera va ascendiendo a través de un monte cubierto totalmente de matorrales. Más adelante, entre prados de siega, el paisaje se abre para dar paso a un monte, cubierto por encinas, viñas y praderas, en cuya ladera se asienta el pueblo de Orellán, con casas de piedra y tejado de pizarra, rodeado de chopos, fresnos y frutales. Atravesando el pueblo, a la derecha, en presencia del cernícalo que nos vigila, se sube por un camino hacia el mirador donde se ubica un monumento dedicado al montañero Helvio Nieto. Al llegar, la perspectiva se pierde entre el verdor de los castaños y el contraste rojizo de este peculiar y sinuoso paisaje de formas que contemplamos: Las Médulas. Es el reencuentro con un pasado de intensa y febril actividad en busca del oro, donde los romanos rompieron en minúsculos fragmentos las entrañas del monte para sacar a la luz los reflejos dorados de este valioso metal.
Este esplendoroso paisaje que se ofrece, hace que el visitante se sienta pájaro en vuelo y es difícil de poderolvidar. También puede visitarse la Galería de Orellán, donde se abandonó la explotación de Las Médulas. Detrás del mirador baja un pequeño sendero que lleva a la boca de dicha galería y que conduce a través de la montaña naranja hasta un mirador. Conviene ir con linterna ya que aunque existe un tránsito abundante de viandantes podemos perdernos en algún punto e ir hacia otras galerías ciegas. En el exterior, también a la espalda del mirador, se pueden observar unas hendiduras sobre el terreno que llegan desde lejanas tierras (La Cabrera) y que constituyen los canales de traída de agua para inyectar a presión en la montaña.
Es momento ideal para que el aficionado fotógrafo guarde estas bellas imágenes para la posteridad. Los contrastes de color y las luces y sombras crean formas únicas que dejan perplejo al observador como si pasara por él un momento de dulces sueños donde puede imaginar ángeles, trasgos y duendes.
Aconsejamos ascender al Mirador de Orellán para obtener una amplia visión del conjunto de las explotaciones. Se recomienda ir a pie.
El Aula Arqueológica de las Médulas nos introduce en la historia del lugar y nos presenta el mágico paisaje. Se abre los sábados y los domingos. Para más información llamar al 987 422 848.
   "La tierra parecía profundamente atormentada: crecían los castaños silvestres en aquellas laderas inaccesibles… La última vez que visitamos estos lugares fue en el otoño de 1840… entramos en las galerías que aún se conservan y las examinamos atentamente…
Cansados por fin de vagar por aquellos oscuros callejones, dirigímonos a una claridad que se advertía en el fondo de uno. Era una abertura de forma irregular con una mata de roble en su orilla por donde entraba el sol del otoño. El que iba delante se asomó a la rústica ventana, pero retrocedió sin color y turbado, no sin razón a la verdad, porque había visto a sus plantas el abismo. Era un despeñadero de más de doscientos pies perpendicularmente cortado, y los castaños del valle parecían albahacas, cabras los bueyes y muchachos los hombres que se ocupaban en recoger la castaña… En el marco de aquel extraordinario mirador estaban grabados varios nombres, de sujetos conocidos del país y algún otro extranjero…". (GIL Y CARRASCO, E. Bosquejo de un Viaje a una provincia del Interior - 1840).
 
LOS CASTROS


Las comunidades anteriores a la presencia romana en la Zona Arqueológica de Las Médulas eran poblaciones castreñas, y por lo tanto, su núcleo de población era el castro, es decir, un poblado fortificado asentado en una posición topográfica dominante. Eligieron cerros o espolones aislados desde cuya parte alta se puede dominar visualmente todo su entorno más inmediato.
Nunca son castros muy grandes (su superficie oscila entre una y dos hectáreas) y albergan grupos poco extensos, en torno al centenar de personas y a sus animales domésticos.
Las viviendas están formadas por varias construcciones. La primera habitación se levanta aislada y se le van añadiendo las demás, cada una de las cuales tiene una función distinta.
En la Zona Arqueológica de Las Médulas, se pueden visitar dos castros prerromanos: El Castro de Borrenes y el Castrelín de S. Juan de Paluezas.