Catedral y Palacio de Gaudí

 

La Catedral de santa María

Miguel Ángel González García

Esta que ahora señorea el paisaje urbano asturicense con sus gemelas torres y el emblemático Pedro Mato no es la primera catedral que tuvo Astorga, que es desde el siglo III capital de una diócesis antigua. La historia certifica otras catedrales que se fueron sucediendo en busca de mayor grandeza hasta llegar a la actual cuya primera piedra se coloca el 16 de agosto de 1471, comenzándose la obra por los  ábsides y lentamente continuada hasta su culminación en el siglo XVIII.
No dejar de haber obras en el siglo XIX y XX con la urbanización del entorno en el siglo XIX y la conclusión de la torre izquierda en el XX.

Historia constructiva

No es fácil dejar definitivamente aclarada la historia constructiva por la falta de documentos pero el propio edificio declara aspectos de interés al estudioso. Los comienzos nos remiten a un arquitecto que parte del conocimiento de la arquitectura germánica coetánea.
Sea quien sea, se manifiesta como un inteligente maestro que sabe incorporar creativamente una serie de elementos provenientes de aquel territorio, más concretamente de Sajonia, en tres niveles, como ha señalado con todo acierto Pablo de la Riestra: tipológico de la planta, tipo y estructura de la alzada y por último motivos individuales.
Pero el proyecto inicial fue pronto alterado, para hispanizarlo, con la adopción de un plan basilical, con crucero y sustituyendo los contrafuertes utilizados en la primera etapa, la absidal, por arbotantes.
Destacable es la intervención en la obra de la catedral de Rodrigo Gil cuya presencia hay que fijar en Astorga antes de 1542.

Cuatro etapas constructivas

Como decíamos la propia arquitectura permite señalar unas etapas constructivas con diferentes soluciones en la decoración de las bóvedas, la sección de los pilares o la propia calidad de la piedra proveniente de canteras diversas. Las razones que imponen las detenciones en la obra son principalmente de carácter económico que obligan además a una lenta marcha de la edificación. Resumiendo, estableceríamos cuatro etapas o campañas constructivas. La primera de 1471 a 1525. Siendo el obispo don Sancho Pérez Rodríguez de Acebes, el impulsor de las mismas. Hasta el segundo tramo de la nave izquierda llegaría este primer momento uniéndose entonces la nueva obra con la precedente catedral románica.

La actuación de Rodrigo Gil

Tras unos años de detención es hacia 1540 cuando se decide recomenzar las obras. Es entonces cuando el plan inicial se decide reorientar. La presencia en Astorga por esas fechas del maestro de la catedral de Burgos, Francisco de Colonia, tiene que ver con esta voluntad de un cambio planimétrico, fruto de ellos es la actuación señalada de Rodrigo Gil de Hontañón, a él se debe la puerta sur con medallones con san Pedro y san Pablo, hornacina para la imagen de la Asunción y frontón con el Padre Eterno, el anagrama de Cristo y un friso con inscripción de afirmación asuncionista, solución que recuerda otras obras del santanderino. De este momento son también las capillas de san Juan y de la Inmaculada, que se abren para formar el falso crucero y que declaran los usos constructivos hontañonescos. Las obras del coro y principalmente el gran retablo mayor obra de Gaspar Becerra que ahora se realizan, reciben la mayor parte de los ingresos de la fábrica, siempre escasos y que ralentizan, sino paralizan totalmente la marcha de la obra. Hacia 1630 se puede fechar un cuadro-exvoto de la Virgen de la Majestad, de Juan de Peñalosa, que nos certifica que la obra de la catedral alcanzaba la actual capilla de san Lorenzo y el claro término de un momento constructivo, marcado por la impronta clara del maestro Rodrigo Gil.

Obras de los siglos XVII y XVIII

La tercera etapa la fijamos entre 1645 y 1750. Est al frente de las obras Francisco de la Lastra Alvear, que ser enterrado en el Claustro en 1683, clara señal de su importante responsabilidad en la obra catedralicia.
Le sucederá su hijo Manuel y en el siglo XVIII Pablo Ruiz y Domingo Martínez. Abarca esta etapa los dos tramos últimos, las torres y la monumental fachada. A lo largo del siglo XVIII se trabajar en la fachada principal, con aprovechamiento en su fábrica de algún muro de la precedente de estilo románico, dentro de un fogoso estilo barroco.

El Neoclasicismo y el siglo XX

Finalmente, aunque ya con actuaciones en  ámbitos arquitectónicos o espaciales distintos de la catedral propiamente dicha, hay que señalar una cuarta etapa que comprendería principalmente tres obras: el Claustro, se sustituirá un obra de estilo románico por otra de estilo neoclásico.
La sacristía se realiza en los años finales del siglo XVIII y la urbanización del atrio con pavimento de mármol y cierre con verjas férreas, se lleva a cabo hacia la mitad del siglo XIX. Por fin la torre izquierda que el terremoto de Lisboa de 1755 había desmochado, se reconstruye por el arquitecto Menéndez Pidal, concluyéndose en 1965.

Una iglesia de tres naves

El edificio tal como ha llegado a nosotros tras una tan compleja y larga historia constructiva se nos ofrece como un cuerpo de tres naves con capillas adosadas, bajas del tipo capilla hornacina las del lado de la epístola, de la misma altura que la nave y de mayor anchura las de la nave del evangelio o de la Majestad. La nave principal tiene mayor anchura que las laterales. Exteriormente la catedral muestra dentro de la homogeneidad de estilo las mismas diferencias que interiormente señalan las diversas etapas constructivas y el cambio de los estilos.

La fachada

La fachada se organiza a modo de retablo pétreo, armónico y perfectamente equilibrado. La portada principal de tipo abocinado se decora con abundante escultura en relieve componiendo un programa de interés.
La puerta lleva arco trilobulado, la enmarcan columnas ajarronadas.
Un gran cascarón tripartito acoge relieves inspirados en textos evangélicos, en el central el Descendimiento de Cristo. El hastial presenta sucesivamente un conjunto a modo de retablo con la imagen de la Asunción en una hornacina y la de Santiago peregrino en el frontón; un gran rosetón decorado con temas vegetales y sobre él, el escudo de la monarquía, en los estribos laterales relieves con las figuras de san Pedro y san Pablo. Remata la fachada tras una balaustrada de sirenas y grutescos un cuerpo a modo de peineta con un rosetón calado y a los lados templetes exagonales, unidos al cuerpo central mediante sencillos arbotantes.
 
Palacio
Situada en la Plaza de Eduardo de Castro. 24.700 Astorga (León)
El Palacio de Gaudí se puede ver desde el exterior, y en su interior alberga el Museo de los Caminos, cuya visita permite concer tambien el Palacio por dentro.
Horario de verano: De 11 a 14 y de 15:30 a 18:30. Cerrado domingos tarde (excepto agosto en que abren también por la tarde).
Precios: Individual: 250 Pta, Grupos a 200 Pta. Combinada Catedral y Palacio: Individual 400 Pta, Grupos a 300 Pta.

por María Jesús Alonso Gavela

 

Primero fue el fuego, luego un Obispo...; en definitiva, Antonio Gaudí y Cornet (1852-1926). Efectivamente, el antiguo Palacio Arzobispal se quemó allá por el año 1886 (el 23 de Octubre); el Obispo, por entonces, Dr. Grau y Vallespinós (1832-1893) quiso levantar uno nuevo y, para ello, se dirige, a principios de 1887, a un polémico arquitecto, paisano suyo (de Reus), al que había conocido en su etapa de Tarragona, antes de ser nombrado prelado de Astorga.
Gaudí traía algo impensado para la idiosincrasia del entorno, para la personalidad arquitectónica de la ciudad, para el enclave de una villa romana-militar, medieval-religiosa, moderna-castellana. Las aspiraciones de un renovado catolicismo militante y corpóreo, volitivo y actuante, la nueva Fe -tan renovada en Cataluña-, motivaron a los artistas creyentes -Gaudí lo era mucho- a entronizar lo nuevo, lo audaz, lo espléndido con lo antiguo, lo controlado, lo comedido, en una índole, que dio como resultado lo neogótico, las neo-catedrales, lo apuntado, la atrevida línea de lo esbelto, el nominalismo de los planos que buscaban lo imposible para el academicismo "realista" de la época; el quehacer de domesticar lo anguloso y piramidal; la brillantez del Modernismo transido de emoción, del hedonismo del cristal, del sensualismo de los esmaltes, del preciosismo vitral de las jícaras de Jamuz, del retorcido y vegetal hierro, del geo-metrismo atrevido de la madera, del adelgazamiento de columnas, de la filigrana etérea de capiteles, fustes, pilares, contrahormas, entrantes y remates, cornisas y chimeneas..., ansias de los nuevos tiempos impulsados desde el noucentismo catalán.
Es, pues, este Palacio una de las singularidades de Astorga. Ante él, les propongo una ruta repartida en tres espacios: el exterior, el sótano y la planta noble o piso principal.
Acerquémonos y veamos su alrededor desde distintos  ángulos con la muralla próxima y la Catedral al fondo. Fijémonos en los sillares de granito, en la pizarra de las cubiertas, en los escudos, en las chimeneas, en las balaustradas, en los remates, en los balconcillos, en el muro del foso, en el pórtico ojival de atrevida solución...
Bajemos al sótano, estancia amplia y grandiosa, sombría y severa, soporte de toda la belleza que se alza en los pisos superiores. Es lo más gaudiniano y donde es más evidente su inspiración neomudéjar: austero en sus pilares de piedra, sencillo en su decoración de ladrillo y creativo en las bóvedas que se abren y cierran como si los materiales obedecieran a su potente voluntad. No hay mejor marco para un Museo Arqueológico, Epigráfico y Numismático.
Ya en la planta principal, con forma de perfecta cruz griega, en la que el arquitecto pensó más y mejor en la funcionalidad que le pedía el obispo, advertiremos las salas más hermosas para vivienda, trabajo, recogimiento y expansión. Pasemos de una a otra. Es el salón del trono la pieza de más empaque, alta, esbelta, bien proporcionada; más parece un salón de embajadores con su bello sillón adoselado que un lugar de súplicas, reuniones y consultas de un Obispo con sus feligreses y sacerdotes. Enfrente, el despacho, grave y silencioso con la calidez de sus tonos rojizos en las vidrieras que acompañarían el trabajo arduo de quien tantas horas habría de leer, meditar, pensar y decidir los mil y un problemas que la Diócesis exigía.
La modernidad de la disposición del plano nos lleva, sin interrupción, al comedor, abierto, luminoso, acogedor, "de gala"; las vidrieras grandes y diáfanas presentan alegorías con frutas y flores y se acompañan de inscripciones. Es indispensable estar en la Capilla: el espacio espiritual reservado para la oración y el silencio. Se trata de una pieza clave en la estructura neogótica del edificio, la cual forma, en el exterior, un triple  ábside con sus vidrieras, arbotantes, gárgolas, celosías superpuestas y estribos esbeltos y sólidos, y, en el interior, se vuelve todo misterio y recogimiento. El espacio muestra una luz tan tenue, una belleza tan explosiva que hay que estar atentos a todo lo que se nos ofrece: grandes frescos en las paredes laterales, azulejos modernistas en los alzados de los muros, vidrieras policromadas de la más variada inspiración pictórica y un magnífico altar dedicado a la Virgen.
Para terminar, sirvan estas indicaciones de invitación al viajero a que complete por su cuenta la visita a nuestro palacio y a los astorganos para que nos sintamos orgullosos de este edificio tan original y emblemático.
 
Museo de los Caminos

por Martín Martínez

El continente es de ensueño, como una de las obras más imaginativas de Gaudí; el contenido es todo un símbolo de la riqueza artística y cultural de una de las diócesis más antiguas y significativas de España. Continente y contenido conforman el punto más atractivo de Astorga; con la Catedral, el Ayuntamiento y la Ruta Romana (ésta ejemplarizada en la Ergástula) se cierra, y con broche de oro, el circuito turístico-cultural de la ciudad de Astorga.

Afortunadamente, aunque el Palacio se ideara para Residencia del Obispo, éste nunca lo ocupó; allá por los primeros años de la década de los sesenta el Emérito arzobispo-Cardenal de Toledo, don Marcelo, entonces obispo de Astorga le dio al edificio el destino que mejor le iba, ante el proyecto que le presentaba el recientemente desaparecido, historiador astorgano, monseñor Quintana Prieto; con la exposición de una idea y la aceptación entusiasta de la misma, así nació el Museo de los Caminos, hoy toda una espléndida realidad, prez y gloria de Astorga, buque insignia de nuestro turismo, por excelencia. Las vías romanas que de Astorga partían, el Camino Jacobeo y Vía de la Plata como vehículo de peregrinación, los caminos y veredas arrieros fueron los que dieron nombre al Museo.

Propongo a los lectores de La Luz una síntesis escueta y apresurada, algo así como un cebo, porque el espacio periodístico no da para más, pero suficiente para despertar el interés hacia las joyas que guarda el joyel, mientras en lo alto de la chimenea crotora la cigüeña, elemento indispensable de su paisaje, y más desde que don Luis, nuestro Cronista, lo dejara plasmado en ese delicioso y breve relato de La cigüeña del palacio.

Imaginativamente les invito a traspasar esa original portada y hacer un breve recorrido comenzando de abajo a arriba. Nos deja el sótano el regusto histórico de nuestras raíces romanas en ese manojo de lápidas que nos hablan de nuestros antepasados como libros abiertos; allí quedaron grabados los amores de Lida, la esclava, con su amigo Taumaso; allí están las memorias de procuradores augustales, sacerdotes, augures y soldados; las monedas, los lacrimarios, las fíbulas, punzones, molinos y lucernas nos retrotraen en el tiempo percibiendo la no mirada de la majestuosa matrona, que acéfala, preside el conjunto.

El Camino de Santiago, el primero para dar nombre al museo, ocupa la sala señera de la primera planta con simbologías peregrinas y santiaguistas presidiendo el Santiago de Turcia, el de la barba florida; documentos, fotografías, calabazas, conchas y escarcelas, planos y mapas sitúan al visitante en el Camino que cruza toda la diócesis. Pinturas de los siglos XV y XVI en la sala contigua para en la siguiente tener una muestra inimaginable de vírgenes sedentes con el fondo impresionante, ya gótico, del Crucificado de Lagunas de Somoza.

Vitrinas no muy adecuadas para la exhibición de objetos, pero sí muy idóneas al ser las ideadas por Gaudí, abren las puertas a la planta noble del palacio; en ellas incensarios y navetas, vinajeras y coronas, algún que otro crucifijo románico, orfebrería, en fin, que se podría catalogar de relleno (sin que falten las buenas piezas) y que da paso al festival que supone el vestíbulo y otros espacios adyacentes donde se exhibe la más amplia muestra de orfebrería religiosa que se pueda imaginar; espectaculares cruces procesionales, ricamente trabajadas, de los siglos XVI al XVIII se entremezclan con bellísimos incensarios, con ricos cálices, o custodias como la de Jiménez de Jamuz. Solitaria y exenta, la cruz de Castrotierra con el Cristo atribuido a Miguel Ángel, plata, bronce y esmaltes del orfebre Andrés de Campos que hace compañía a otros tan acreditados como Alonso del Portillo, Fuencalada, tal vez uno de los Arfe.

La pintura está representada por el retablo de Navianos, en el salón del trono, atribuido a Berruguete, o la de autor anónimo del XVI, en la sala lateral que nos relata la vida y milagros de San Román; piezas de un retablo rescatadas rocambolescamente del abandono y posible rapiña en el despoblado de Bécares.

El astorgano Gregorio Español, con Alonso Gutiérrez o Bartolomé Hernández son los más significados escultores que se pueden admirar en esta planta, junto a la obra de Enrique Marín, autor de la Virgen de la Capilla y la silla episcopal del salón del trono; este Marín fue el autor, también, del monumento que llamamos del León y el Águila que se alza en la plaza de Santocildes en memoria de Los Sitios de Astorga.

No habrá que abandonar esta planta sin dar un vistazo a los frescos de Villodas en la capilla, cuyas figuras son personajes de aquella época astorgana, admirar los azulejos de Zuloaga, y bañarse de luz y color en la sala-comedor con vidrieras de Maumejean, como las del resto del palacio.

La última planta sin el encanto arquitectónico ni el embrujo de Gaudí, aloja, con sobria dignidad, una amplia (muchos dicen que demasiado amplia) muestra de artistas leoneses contemporáneos; se abre la nómina de los pinceles con un espectacular Demetrio Monteserín al que siguen Petra Hernández, Argüelles, Viloria, Escarpizo, Sendo y Toño entre otros; la escultura la señorean Marino Amaya, Castorina o Pombo; técnicas y trabajos heterogéneos, despiden al visitante de este recinto singular que un día se construyera para residencia episcopal, y al que un obispo quiso darle el más noble destino.

Afuera, tal vez la bocanada de aire caliente, o el azote del cierzo del Teleno, según la estación, tal vez el señorial y reposado vuelo de la cigüeña, seguro inquilino del palacio, pero siempre el deslumbrante espectáculo del blanco granito que aquel genio (Gaudí) ideara como morada para su paisano y amigo el obispo Grau.