MATEMÁTICAS:
El análisis matemático surge, como rama diferenciada de la matemática, por el desarrollo de los problemas y métodos del cálculo infinitesimal. La matemática elaborada hasta el s. XVI se limitaba a una parte de la aritmética, el álgebra y la geometría, habiéndose resuelto de forma aislada y no sistemática algunos problemas que implican cuestiones de cálculo infinitesimal. En el s. XVII el cálculo diferencial y el cálculo integral consiguen importantísimos resultados, que se continúan en el s. XVIII con el estudio de determinadas ecuaciones diferenciales y con el cálculo de variaciones. En el s. XIX no sólo se sigue ampliando el campo de resultados del cálculo infinitesimal, sino que se procede a un reexamen crítico de las nociones básicas; los conceptos de límite, continuidad y convergencia se definen, por fin, correctamente. Es a partir de esta época cuando aparece explícitamente la terminología del análisis matemático, como prolongación natural del antiguo cálculo infinitesimal. El s. XX, especialmente a partir de los años 30, se caracteriza por el replanteo de todas las cuestiones de análisis a partir de los métodos del análisis funcional.
Cálculo infinitesimal:
El cálculo infinitesimal fue llamado el “cálculo por excelencia” (su denominación actual en lengua inglesa continúa siendo calculus). Este instrumento de análisis se forjó en menos de un siglo; mientras que en 1600 era totalmente inexistente, en 1700 se tratan, ya con una notación muy parecida a la que se emplea actualmente, los problemas más variados del cálculo diferencial e integral y del cálculo de variaciones.
Precedentes:
Los precedentes del cálculo infinitesimal se encuentran en Eudoxo y Arquímedes. Eudoxo, con el método llamado de exhaustación, había conseguido dar una demostración rigurosa de las fórmulas del volumen de la pirámide y del cono. Arquímedes, haciendo más operativo el método anterior, resuelve el problema de calcular el área de un segmento de parábola, el centro de gravedad de un triángulo y el área de la espiral que lleva su nombre.
Otro precedente, ya mucho más reciente, de los métodos característicos del cálculo infinitesimal es el procedimiento introducido por Fermat para determinar la tangente de una curva en un punto. El método general propuesto por Fermat, anticipando las posteriores técnicas de derivación, consiste en hallar la ecuación de la recta secante que pasa por dos puntos cualesquiera de una curva y después “hacer tender” uno de ellos hacia la posición de otro, que se mantiene fijo. Algunos comentaristas consideran este desarrollo de Fermat como el que inaugura el cálculo infinitesimal.
Cálculo diferencial e integral:
El impulso decisivo para el nacimiento del cálculo
infinitesimal lo proporcionan los problemas de cinemática (cálculo del espacio
recorrido, la velocidad y la aceleración), que promueven la aparición del cálculo
diferencial; por otra parte, el cálculo de áreas, volúmenes y centros de
gravedad da lugar a la creación del cálculo integral. Un punto esencial en el
progreso de estos cálculos, causa de su fusión para constituir el cálculo
infinitesimal, es el descubrimiento de la reciprocidad existente entre los
mismos, Barrow, maestro de Newton, había ya descubierto que la operación
inversa a la derivación es la integración (indefinida), y recíprocamente (regla de Barrow). Newton publica su primer Calculus en 1655-66 y sus Philosophiae Naturalis Principia Mathematica en
1687: su terminología esta basada en el concepto de fluxión, que denota por
, y que en terminología actual corresponde al concepto
de derivada de una función x=x(t) de
un cierto parámetro t. Introduce también la fluxión de la fluxión,
que corresponde a la derivada segunda. Pero es principalmente Leibniz quien
destaca el concepto de diferencial, empleando la anotación x+dx,
actualmente utilizada en los libros de matemática aplicada. Con esta notación
le es fácil obtener la fórmula de la diferencial de un producto x·y: a partir del desarrollo de (y + dx) (y + dy) establece la expresión d(x ∙ y) = ydx, despreciando el termino dx dy.
Leibniz se preocupó especialmente de obtener una notación adecuada al cálculo;
el actual signo integral, ∫ , fue introducido por el como deformación de
la S, inicial de suma. Entre Newton y Leibniz se estableció una dura polémica,
por considerar aquél que éste copiaba sus resultados. La crítica moderna se
inclina a creer que no existió tal copia, sino que ambos inventaron,
independientemente y con notaciones distintas, el cálculo infinitesimal, que de
esta manera, antes del 1700, aparece ya construido con notaciones parecidas a
las actuales.
Resultado
natural del cálculo diferencial es la aparición de las ecuaciones
diferenciales como problema inverso al del trazado de tangentes a una curva:
mientras que, dada una curva, la determinación de la tangente en uno de sus
puntos es un problema que se resuelve por derivación, el problema recíproco de
hallar una función conociendo la pendiente que presenta la tangente
en cada uno de sus puntos
exige la resolución de una ecuación diferencial. Este problema equivale, en
cinemática, al de hallar la ecuación del movimiento de un cuerpo, conociendo
su velocidad en cada instante. El primer problema de este tipo fue resuelto por
Galileo en 1604, al establecer, aunque con un razonamiento completamente
inaceptable, que, en un movimiento rectilíneo en el la velocidad sea
proporcional al camino recorrido, la ley del movimiento debe ser
x = kt2. Puede decirse que la primera resolución de una
ecuación diferencial la llevó a cabo Leibniz en 1690; a partir de ese momento,
esta teoría progresa rápidamente, merced a los resultados de los hermanos
Bernoulli, el marqués de L’Hopital, Ricatti, Claireaut, etc.
Rigorización del cálculo infinitesimal:
El
desarrollo del cálculo infinitesimal durante el s. XVIII se caracteriza por su
relación inmediata con los problemas de matemática aplicada: se continúa el
estudio, iniciado en el s. XVII, de la geometría diferencial de las curvas
planas, de las series de potencias y del cálculo de variaciones, a los que se añade
ahora el estudio de la geometría diferencial de curvas alabeadas, de las
ecuaciones en derivadas parciales, de las series trigonométricas, etc. Pero en
todo este período no hay prácticamente trabajos relativos a los fundamentos de
cálculo infinitesimal, el rigor matemático es sustituido por la intuición, y
el cálculo, expresado en el antiguo lenguaje de indivisibles, fluxiones, infinitamente pequeños, etc., está cargado de connotaciones metafísicas y
aparece cada vez menos riguroso. Excepcionalmente, d’Alambert había definido
con gran precisión y claridad los conceptos de límite y derivada, afirmando
que eran básicos en cálculo y que solamente ellos permitían prescindir de
toda metafísica. Sin embargo, estos trabajos no fueron tenidos en cuenta por
los restantes matemáticos de su época, que, ocupados en cuestiones de física
y astronomía, proponían y resolvían los que, de hecho, eran importantes
problemas de cálculo infinitesimal.
La situación cambia radicalmente en el s. XIX:
algunas paradojas consecuencia del manejo incorrecto e intuitivo de la teoría
obligaron a una revisión crítica de los conceptos. Por fin se define, ya de
una vez para siempre, el concepto de límite y,
a partir de el, los de continuidad,
derivada, integral, convergencia,
etc. Los problemas de existencia de límites, quedan perfectamente delimitados a
partir de las definiciones (o construcciones) de los números reales. Todas esas
definiciones y conceptos, expuestos por Cauchy en sus obras, han constituido la
base de todo el análisis posterior; se explican aún en todos los libros
elementales de cálculo y sólo han sido superados por los actuales desarrollos
de la topología.
Un punto
fundamental en que se basa la rigorización moderna del cálculo infinitesimal
es la construcción del cuerpo de los números reales a partir del de los
racionales. Dedekind construyó el conjunto de los reales por el método de cortaduras, que utiliza fundamentalmente la relación de orden
existente entre los números y que es generalizable a conjuntos ordenados
cualesquiera. Cantor emplea el método de pares de sucesiones monótonas contiguas, que puede ser expresado en lenguaje geométrico por
medio de encajes o segmentos cerrados. Cauchy introduce el número real por
medio de las sucesiones que han sido llamadas sucesiones de Cauchy, método que se ha generalizado en la topología moderna para
completar espacios uniformes. Construido explícitamente el cuerpo de los números
reales, se obtuvieron inmediatamente dos resultados importantes que permiten
fundamentar fácilmente muchas cuestiones de cálculo infinitesimal: a) Una condición necesaria y suficiente para que una
sucesión de números reales tenga límite es que sea una sucesión de Cauchy
(el conjunto de números reales es un espacio completo). b)Todo
conjunto acotado superiormente tiene extremo superior; si está acotado
inferiormente, posee un extremo inferior.
Con el tratamiento decimal (o m-esimal) de los números reales, justificado por las
construcciones anteriores, se consiguió gran flexibilidad en el cálculo numérico
y algebraico y pudo resolverse satisfactoriamente la relación entre el cálculo
exacto y el aproximado. La teoría del número real hizo posible la aritmetización
de importantes problemas matemáticos que habían sido tratados por los griegos
en forma geométrica.
La teoría
de funciones, iniciada a raíz de algunos trabajos de geometría y mecánica,
estuvo inicialmente más ligada a intuiciones que a definiciones lógicas. Antes
del s. XIX no se contaba con una definición de continuidad y se aceptaba a priori (por intuición geométrica y mecánica) que toda
función continua era derivable en todos sus puntos (toda curva continua tenía
tangente en cada punto). Dentro de esta línea de pensamiento, Descartes, p. ej.,
pretendía que las matemáticas se ocuparan sólo en las funciones que -expresada su idea en lenguaje actual- tuvieran derivada
racional,
funciones que el llamaba algebraicas, aplicando a las restantes el calificativo
peyorativo de mecánicas. Esta distinción quedó olvidada cuando, al ser
introducidos los conceptos de pendiente, curvatura, etc., se estableció que las
curvas mecánicas presentaban las mismas propiedades locales que las
algebraicas.
La superación del nivel meramente intuitivo sólo se
consiguió en el s. XIX, al definirse explícitamente los conceptos de continuidad y derivabilidad, a partir de la definición
de límite y de la utilización de los números reales; entonces, se demostró
rigurosamente el teorema de Bolzano y se estableció la existencia de un máximo
y un mínimo para toda función continua en un intervalo cerrado, así como la
continuidad de las funciones derivables. El abandono de los criterios intuitivos
se produjo definitivamente cuando Derichlet dio ejemplo de una función sin ningún
punto de continuidad y al descubrirse una función continua en un intervalo que
no es derivable en ningún punto.
Durante
los s. XVII y XVIII se había estudiado en desarrollo de funciones en serie de
Taylor, pero sin que existiera una real preocupación por los conceptos de
convergencia. Cauchy estudia las condiciones de convergencia de una serie de
potencias y obtiene el concepto de radio de convergencia: la originalidad de sus
estudios es plantearse el problema con variables complejas. Para las funciones complejas de variable compleja introduce el
concepto de integral a lo largo de un camino o de un circuito y obtiene el
teorema fundamental de los residuos. Con estos resultados se funda la teoría de
las funciones de variable compleja y, especialmente, la de las funciones analíticas, que se ha convertido, desde los estudios de Cauchy,
en un instrumento fundamentalmente del análisis matemático, no solo porque
establece condiciones precisas para la validez del desarrollo en serie de
potencias de una función, sino sobre todo, por englobar un campo de funciones
muy regulares y suficientemente amplio para ser tratado en forma general. En el
campo de las funciones analíticas pueden tratarse problemas que, con las
funciones tradicionales –potencias, fracciones, exponenciales, logaritmos y
funciones trigonométricas- no tenían solución.
Mientras
en los s. XVII y XVIII progresan
enormemente los métodos de resolución de ecuaciones diferenciales y se funda
el cálculo
de variaciones
(que se resuelve a través de ecuaciones diferenciales), no existe, en
cambio, ningún adelanto sustancial en el conocimiento teórico de dichas
ecuaciones. Cauchy, por vez primera, presenta un teorema de existencia y
unicidad de las soluciones de una ecuación diferencial; impone a la ecuación
diferencial condiciones de analiticidad –condiciones que, posteriormente, se
han cambiado por otras menos restrictivas, más generales-, desarrolla en serie
las funciones analíticas y demuestra así la existencia y la unidad. Con ello
se abre una nueva etapa. En la misma línea aparecen los teoremas de Liouville
(1836) en las ecuaciones del tipo llamado de Sturm-Liouville, que dependen de un
parámetro y en las que se presentan soluciones que cumplen ciertas propiedades
solamente para un conjunto de valores del parámetro (espectro de la ecuación). Estos teoremas son fundamentales en la física actual: la mecánica
cuántica postula precisamente que, en ciertos fenómenos, los únicos valores
observables son los valores propios o
valores del espectro de una ecuación diferencial del tipo Sturm-Liouville.
La evolución posterior de la teoría de ecuaciones
diferenciales ha residido sobre todo en la algebrización de su tratamiento a
través de la idea de operador. La genial introducción de Lie, a finales del s.
XIX, de las propiedades de los grupos uniparamétricos, para estudiar las
ecuaciones diferenciales, debe considerarse como una innovación importantísima,
que ha conducido modernamente al estudio de los grupos de Lie.
Rigorización de la teoría de la integral:
De los matemáticos modernos es Cauchy el primero que intenta la
rigorización del concepto de integral definida. A partir de su definición de
integral, Cauchy intentó demostrar que toda función continua en un intervalo
cerrado es integrable; evidentemente, pretendió así superar la idea de
integral como intuición geométrica del área y establecer sus propiedades por
deducción lógica. Sin embargo, la demostración de Cauchy es falsa, por
confundir la continuidad simple con la continuidad uniforme; sólo después de demostrarse que, en un intervalo cerrado, toda
función continua es uniformemente continua, puede aceptarse como válida
dicha demostración. Definida la integral de una función real, Cauchy pasó a
definir la integral de una función compleja de variable compleja a lo largo de
una ecuación (y obtuvo el teorema de los residuos, ya mencionado). Un punto
criticable del método de Cauchy es la arbitrariedad con que se divide el
intervalo de integración en partes, para después elegir también
arbitrariamente un punto en cada parte. Para eliminar esta arbitrariedad,
Riemann definió la integral a través de las sumas superiores e inferiores,
definición que resultó muy manejable, especialmente porque el criterio de
integrabilidad según Riemann es de fácil aplicación; gracias a este criterio
pudo darse una demostración correcta de la integrabilidad de toda función
continua en un intervalo cerrado. Y se demostró algo más: que si la función
admite en dicho intervalo un número finito de discontinuidades, sigue siendo
integrable. Estos resultados pusieron de relieve un problema fundamental: ¿puede
caracterizarse la integrabilidad de una función en un intervalo cerrado por el
conjunto de puntos de discontinuidad que la función presenta de dicho
intervalo?. La solución del problema la dio Lebesgue, al establecer que la
condición necesaria y suficiente de integrabilidad era que el conjunto de
discontinuidad fuese de medida nula. El valor de los trabajos de Lebesgue, además
de la brillante resolución del problema propuesto, radica en que obligaron a
estudiar los conceptos de conjunto de medida nula y, en general, de conjunto medible y
medida de un conjunto
medible; este estudio hizo posible una importante extensión
del concepto de integral de Riemann para pasar a la integral de Lebesgue. Borel
había estudiado la insuficiencia de la familia de segmentos
de un intervalo cerrado desde el punto de vista conjuntista: la unión de
dos segmentos no es, en general, un segmento, y el complementario de un segmento
tampoco es siempre otro segmento. Para resolver estas dificultades, Borel definió
unas familias de conjuntos que son cerradas respecto de la unión e intersección
numerable y del paso al complementario, familias que luego han recibido el
nombre de álgebras o tribus.
La integral introducida por Lebesgue supone una
notable ampliación del concepto de integral de Riemann: la idea central está
en descomponer el intervalo de integración en conjuntos de Borel en lugar de
segmentos y considerar su medida. La integrabilidad según Lebesgue comprende,
como caso particular, la integrabilidad según Riemann; pero muchas funciones
que no podían integrarse de acuerdo con los criterios de Riemann, son
integrables según Lebesgue. Las ventajas de este último método no estriban sólo
en que permite integrar mayor número de funciones; lo importante es que el
conjunto de funciones integrables según Lebesgue presenta propiedades más
interesantes (el conjunto de funciones medibles y acotadas es un conjunto de
funciones integrables según Lebesgue). A partir de su introducción en 1907, la
integral de Lebesgue pasó a ser la base de todos los desarrollos posteriores:
particularmente interesante es la generalización de la integral de Lebesgue en
el sentido de Stieltjes. Este autor, en 1894, definió la integral que lleva su
nombre por métodos parecidos a los de Riemann; pero, en lugar de realizar la
integración respecto a la longitud de los segmentos en que se divide el
intervalo de integración, lo hizo respecto a una masa o medida M
de dichos segmentos. En el caso particular de que M sea longitud, la integral de
Stieltjes coincide con la integral de Riemann. Al combinar simultáneamente las
ideas de Stieltjes (integral respecto a una medida) con los procedimientos de
Lebesgue (medida de conjuntos de Borel en general) surge la integral de
Stieltjes-Lebesgue.
En su
forma actual la teoría de la integral está íntimamente relacionada con la
teoría de la dualidad en los espacios vectoriales topológicos. Mientras la
teoría de Stieltjes-Lebesgue permite calcular, a partir de una medida, la
integral de una función (o de todas las funciones de un espacio de funciones
integrables), la teoría moderna invierte el proceso: conocida la integral de
una familia de funciones del espacio de funciones integrables, se trata de
hallar la medida que definen estas integrales. Esta relación dual entre la
integral y la medida se ha desarrollado a partir del teorema de Riesz.
Análisis funcional:
El
objeto fundamental del análisis funcional consiste en plantear y resolver por métodos
vectoriales los problemas del análisis infinitesimal. El carácter lineal de la
derivada de una función permite considerarla como una transformación lineal
que aplica el espacio vectorial de la funciones derivables en el de las
funciones derivadas. A partir de este resultado es factible linealizar el
tratamiento de las ecuaciones diferenciales y reducir los problemas de resolución
de estas ecuaciones a problemas lineales. Otro aspecto característico del análisis
funcional es la definición de una métrica en
el espacio vectorial de las funciones continuas sobre un intervalo cerrado;
dadas dos de tales funciones, f y g,
la integral.
![]()
(donde a y b
son los extremos del intervalo) define entre ellas un producto escalar. Dos
funciones serán dos vectores ortogonales
cuando su producto escalar sea nulo, es decir, cuando
![]()
y una función será normal si su módulo es la unidad:
![]()
Una sucesión
fo(x), f1(x), f2(x),
..., fn(x) de
funciones se dice de funciones
ortonormales si cada función es
normal y dos funciones distintas son ortogonales; en particular, si fn(x) es un polinomio de grado n, se obtiene una sucesión de polinomios
ortonormales, sucesiones que resultan especialmente interesantes como base de un
espacio funcional. Nótese que, al cambiar los límites de integración, la
integral que define el producto escalar cambia; es decir, se obtienen tantos
productos escalares distintos como intervalos de integración pueden tomarse y,
para distintos productos escalares, resultan distintas sucesiones de polinomios
ortonormales. Entre los polinomios clásicamente estudiados cabe mencionar los
de Legendre, Laguerre, Hermite, etc.
Entre los problemas que aborda el análisis funcional
ocupa un lugar preponderante el de la resolución de ecuaciones integrales, y
particularmente, el estudio de la ecuación integral de Fredholm:
![]()
Esta ecuación plantea el problema de hallar la función
(o funciones)
g(s), conocidas f(t) y K(s,t),
esta última llamada núcleo de la ecuación integral. El tratamiento funcional
de la ecuación consiste en considerar la expresión.
![]()
como un operador lineal que, aplicado a la función
h(s), la
transforma en
![]()
Basándose en esta propiedad, Hilbert demostró que
la resolución de la ecuación de Fredholm –en el caso de que el núcleo sea
simétrico en las dos variables- es equivalente a resolver un sistema de
infinitas ecuaciones lineales con infinitas incógnitas. Este ejemplo es de suma
importancia histórica, porque abrió a los métodos del análisis funcional
grandes perspectivas de aplicación en la resolución de problemas de cálculo.
Hay que hacer notar que para el proceso de
linealización ya mencionado no representara una simple metáfora, fue necesario
precisar perfectamente la teoría, de los espacios funcionales y los operadores
lineales. Así aparecieron los espacios de Hilbert, los de Banach y,
actualmente, los espacios vectoriales topológicos, los operadores continuos,
los operadores compactos, el espectro de un operador y todo el análisis
espectral.
ANÁLISIS ARMÓNICO:
Esta
rama del análisis matemático se ocupa fundamentalmente de dos problemas:
1.
El desarrollo en serie de
una función periódica (desarrollo en serie de Fourier).
2.
La transformación de una
función en otra mediante una integral (transformación o integral de Fourier).
Desarrollo en serie de
Fourier. Como resultado de sus
trabajos, Fourier estableció que toda función periódica f(x),
de período 2
, continua en todo el período, admite un desarrollo en serie de la forma:
cos nx + bn sen nx+ ...
en el que los coeficientes están dados por las
expresiones:
![]()
![]()
![]()
Este resultado supuso, en la época, un cambio total
en la perspectiva con que se abordaba el estudio de las funciones continuas y en
la intuición inmediata que se tenía del problema. En efecto, hasta entonces se
clasificaban las funciones continuas en dos tipos: por una parte, aquellas que
eran susceptibles de definirse mediante una ecuación o una fórmula matemática,
y por otra parte, las obtenidas mediante un trazado empírico o arbitrario sobre
el papel y que no obedecían a ninguna formulación. Ahora bien, cualquier función
continua en un intervalo puede considerarse, por un adecuado cambio de
variables, como definida en un intervalo de amplitud 2 p y luego ser prolongada a una función periódica,
de período 2 p definida
para toda la recta real; de aquí que toda función continua es desarrollable en
serie de Fourier y, por tanto,
puede expresarse por medio de una fórmula.
Analizar
armónicamente una función periódica es hallar los términos del desarrollo de
Fourier que la componen. Los términos a1 cos x
y b1 sen x constituyen los primeros armónicos de f(x); en general los términos an cos nx, bn sen nx son los
armónicos n
de f(x). Nótese que mientras
los primeros armónicos presentan el mismo período T que f(x) los términos an cos nx y bn sen nx tienen el período T
por tanto, corresponden a ondas cuya frecuencia es n
veces superior a la de la función f(x). En términos de
frecuencia, el resultado de Fourier indica que si la función f(x) es
periódica puede considerarse engendrada por superposición (adición) de ondas
de frecuencia cada vez mayor.
Estos resultados tuvieron aplicación inmediata a los
fenómenos de acústica, caso en el cual el análisis de una función f(x) en serie de Fourier conducía a analizar los
distintos armónicos que componían un sonido; de ahí el nombre de análisis
armónico.
En la actualidad el análisis de Fourier se lleva a
cabo mecánicamente por medio de los analizadores armónicos,
aparatos que resuelven el análisis armónico de una función, dado el gráfico
de la misma; esencialmente consisten en un mecanismo de giro que produce las
funciones sen nx y cos
nx, las cuales son multiplicadas por f(x) para obtener éstos productos: sen nx·f(x) y cos nx·f(x), que
se integran gráficamente.
El problema teórico que derivó de los trabajos de
Fourier fue, por una parte, el de establecer, para una función periódica
general, condiciones más débiles que la continuidad para asegurar su
posibilidad de desarrollo en serie, y por otra parte, el de precisar la
convergencia de dicha serie. El problema inverso del análisis armónico ha sido
llamado síntesis
armónica; estriba fundamentalmente
en la determinación de las condiciones que deben cumplir las sucesiones de
coeficientes del desarrollo para obtener una serie convergente, y en hallar el
campo de convergencia de la misma función que representa ese desarrollo. Todas
estas cuestiones han sido resueltas satisfactoriamente planteando estos
problemas con las técnicas de los espacios de Hilbert.
Transformación de Fourier. La transformación de Fourier de una función f(x) es la función g(t),
definida por la expresión
![]()
Esta correspondencia entre funciones así definida es
una transformación lineal.
La aportación de Fourier estriba en modificar la
transformación de Laplace.
![]()
introduciendo el término imaginario i.
La transformación de Laplace es un operador que cambia la derivación por una
multiplicación, la integración por un producto y el producto de convolución
en un producto ordinario. Pero no es fácil encontrar condiciones necesarias y
suficientes para la existencia de la transformada de Laplace, ya que la integral
que la define puede ser divergente (nótese que para valores de t positivos, el crecimiento de etx
es rápido). Fourier resuelve esta dificultad, conservando las propiedades
fundamentales de la transformación de Laplace, al introducir la expresión eitx;
para cada valor de t
y x, eitx es
un complejo de módulo 1. La transformación de Fourier está asegurada para
todas las funciones f(x) simplemente integrables.
El tratamiento moderno de la transformación de
Fourier tiene como punto de partida el papel desempeñado por las propiedades de
grupo del conjunto de los números reales. La aplicación
x→z=eiαx (para un valor α fijo distinto de a) transforma el grupo aditivo de los números reales
en el grupo multiplicativo de los complejos de módulo 1, y esta aplicación es
un morfismo (de hecho es un elemento del grupo dual).
Estas observaciones han puesto e manifiesto que la
transformación de Fourier se basa fundamentalmente en la dualidad de grupos; de
aquí ha resultado una importante extensión de la teoría. Actualmente la
transformación de Fourier es conocida no sólo para funciones de variable real,
sino también en funciones definidas en grupos localmente compactos. Wiener ha
obtenido una serie de teoremas para la transformación de Fourier definida en el
toro.