La balada del valle verde 2003 - Huerga y Fierro Editorial Premio Elvira Castañón Poesía |
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NO BUSQUES EL NORTE ARRIBA NI EL SUR ABAJO * no busques el norte arriba ni el sur abajo, |
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Propuesta para el Premio Nacional de la Crítica 2005 ...Un texto panteísta, pletórico de aliento natural, con un verso limpio, desnudo y emocionante que perfuma el aire a nuestro paso y nos hace inspirar el aroma de una planta silvestre... Juan Bolea
...Su calidad, que destacó entre más de ochenta participantes, le hizo merecedor del prestigioso premio Elvira Castañón de Asturias en su XII edición. Las composiciones son buena muestra de que el jurado no anduvo equivocado... La Nueva España
...Una mirada bucólica y musical, a veces con aires de jazz, sobre las pequeñas historias rurales... Joaquín Carbonell
...Un libro hermosísimo. Lo dije y lo repito: Hermosísimo desde la contraportada... Beatriz Gómez
...Un conjunto de poesías con las que el autor rinde homenaje a la tierra... Pilar Longares
...Me he asomado a un librito de poesía amable cuyo título, La balada del valle verde, me atrajo: en poesía me dejo llevar por cosas así, y a veces descubro pequeños tesoros... Un libro fresco, agradable, próximo, que se lee con agrado y del que uno quiere retener algún verso en la memoria... Sol Otto
...Versos sencillos, llenos de vida y de esa poesía que brota de la sinceridad y que nos refresca como una brisa lejana nacida en la memoria... José Verón
...Un conjunto de versos realmente precioso... Musicaestrés
...Lleno de sensaciones, perfumes, aromas, recuerdos... José María Maza
...Un libro bellísimo, sin duda alguna... Víctor Pardo
...El verano pasado fui caminando desde Biescas a Oliván pasando por Orós Alto y Orós Bajo, y llegué hasta casa Chuan, solemne, silenciosa, viva, llena de historia. Por ahí vaga el alma de Gracia Mosteo... Joaquín Callabed
...El libro más raro y a la vez sencillo que he leído en mucho tiempo. Tan físico como una manzana... Beatriz G.
...Una treintena larga de estampas en las que el poeta elabora cuidadosas descripciones del campo –los árboles, las luces, la tierra– por lo general rematadas con reflexiones inquietantes o aceradas... Un poemario extraño... Antonio Losantos Salvador
...Una elegía de la vida natural escrita allá en la Corte. En sus églogas vibra el ritornelo del locus amoenus virgiliano, si bien dentro de una atmósfera umbría y nemorosa... Román Ledo
...Una elegíaca balada que exclama su amor al pequeño edén campestre en el que el autor se reconoce un verdadero ser terrenal, con un verso sencillo y luminoso como cualquiera de los pasajes que recrea... En suma, un poemario a la vez singular y plural donde, al modo machadiano, lo esencial no es la confesión del yo lírico sino el testimonio de un paisaje y las personas que lo habitan y le dan pleno sentido... Julio Asencio
...La balada del valle verde es un hermoso poemario que encuentra su fuente de inspiración en la naturaleza y el paisaje, y en el que late una cierta pulsión panteísta, un deseo de fundirse y disolverse con las fuerzas telúricas de las que venimos y a las que inexorablemente hemos de regresar... El resultado es un espléndido conjunto de poemas con una sorprendente calidad literaria y un alto nivel lírico... Carlos Bravo Suárez
...Mi poeta favorito... Jorge Casamayor (escritor)
BALADA DEL VALLE VERDE Nadie diría, realmente, que José Luis Gracia Mosteo, hallándose en su plenitud narrativa, acabe de debutar, en su mayoría de edad, en el género poético. Porque La balada del valle verde, que ha merecido el premio Elvira Castañón, nos ofrece la voz de un poeta hecho, de raíces profundas que se alimentan en el nutriente de la naturaleza, y que tiran de nosotros hacia los estratos donde nacen las plantas y de donde brotó el ser. Ya Javier Aguirre, en un espléndido prólogo a los versos de Gracia Mosteo, nos recuerda que algunas de las líneas maestras de su narrativa (La saga de los Pirineos, La dama cautiva de Jaca, El asesino de Zaragoza) obedecen al permanente pálpito del campo: la naturaleza brillante del Pirineo o la hondura sensorial del Valle del Jalón: el valle verde. Y, en ese temblor, cita el propio Gracia Mosteo a Dylan Thomas: “La fuerza que por el verde tallo impulsa la flor, / impulsa mis verdes años, la que agosta la raíz del árbol / es la que me destruye.” Así, por los verdes valles de la naturaleza y la poesía, al calor de los clásicos, transido de inspiración, discurre el verso limpio, desnudo, emocionante, de Gracia Mosteo. Él debe de ser el hombre de tierra y paja que mira a las nubes que pasan y oscurecen el ganado, cuando “es tarde, muy tarde, para el buey y la luna. Él debe de ser el hombre amasado por la sed de las alas de la siesta; el hombre de tierra y paja, lejos del cielo de tierra. Y es así porque el poeta tiene una granja encalada en su corazón. De allí, en dirección al campo, sale el hombre de tierra, del color de la tierra, que diría el subcomandante Marcos, o el hombre de maíz, que diría Miguel Ángel Asturias. Ese hombre, que no busca el norte arriba ni el sur abajo, el tiempo en la arena ni la quietud en la piedra, el cielo en lo alto ni el infierno en lo hondo, la causa en el agua ni el absurdo en las estrellas... ¿Qué busca entonces? Nada, pues él, el hombre del color de la tierra, el hombre de maíz, hecho de poesía y sueños, es el norte y el sur, el año y el instante, el cielo y el infierno, el principio y el fin. Es el sol, el mundo, la tierra y el valle. El valle verde. Casi sin darme cuenta, estoy interlineando a Gracia Mosteo sin entrecomillar su prosa poética, su poesía, porque esas palabras ancestrales, dibujadas en el barro, parecen surgir no de una pluma, de una mente, sino de un sustrato natural, al alcance de la mano, que simplemente perfuma el aire a nuestro paso y nos hace inspirar el aroma de una planta silvestre. Y nos obliga a respirar un clima nuevo, más cordial y próximo, algo así como un paraíso perdido en los verdes valles de la inocencia. Casi sin darme cuenta estoy memorizando estos versos primigenios y rotundos como los pasos de Whitman, pero también tiernos y rústicos, elaborados al calor de las nubes o de unos viejos que charlan a la puerta de sus casas, en la calle de un pueblo. Versos de ayer que oxigenan los humos de nuestro mundo y abren una ventana en el paisaje, que sigue ahí, tan cerca y tan lejos. Versos para aprender a mirar la tierra y el hombre de paja que camina entre los árboles. Juan Bolea, 2004 |
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