TARDE DE VERANO EN MAZAGÓN (Por Jose Ramón).

 

Una tarde de verano. El viento había estado soplando del SE todo el día y había rolado finalmente al SW.

Con ese viento las dunas y acantilados que recorren las playas entre Matalascañas y Mazagón se convierten en un parque de atracciones para el vuelo en parapente.

Había estado currando por la sierra y volvía a Huelva. Viendo que había posibilidades de darse un vuelo en Mazagón ni me paré a comer: Llego a la oficina, mando unos correos, preparo cuatro papeles y poco antes de las seis hago mutis por la puerta sin que se me vea mucho…

Salgo pitando a casa, me cambio, agarro la vela y en un minuto estaba de camino hacia el despegue: "En quince minutos estaré volando… ¡aah, que cañaaa!"

Mientras conducía iba imaginando el vuelo que haría: -"es un poco tarde para hacer una ida y vuelta hasta Matalascañas, así que me quedaré por allí dando un poco de distracción a los bañistas de la playa"- Pensaba, mientras Tom Jones me ponía la banda sonora en la radio del coche.

Cuando llego al despegue el viento estaba enfrentado, aunque un poco flojo… en realidad muy flojo.

Los que conocéis este sitio de vuelo sabéis que hace falta viento y que esté bien perpendicular al acantilado para poder hacer ladera.

Las ganas de volar o quizá el hecho de que estaba en ayunas debieron cegarme porque mientras preparaba la vela me decía a mi mismo que estaba bien para volar: "esta ladera aguanta mucho"…

Un primer intento de inflado acabó con la vela caida a mis piés, hecha un churro, llena de arena y con un montón de palos enredados en los cordinos (Aprovecho para destacar el curioso fenómeno de los palitos de Mazagón: el despegue es una zona de la duna cubierta de limpia, lisa y blanca arena. Entonces, ¿de dónde coño salen todos esos palos enormes que siempre se enredan endiabladamente en los cordinos?).

Sin hacer caso a todos las señales que me indicaban claramente que el viento era demasiado flojo y, además, cruzado preparé de nuevo la vela, con bastante esfuerzo y calor, por cierto.

Inflo, carrerita y despego… el fantástico placer de sentirme ingrávido, con la suave brisa marina acariciando mi rostro mientras surcaba el aire duró apenas 15 segundos, que fue el tiemplo empleado en perder los treinta metros de altura y aterrizar en la playa.

Cabreado y para aparentar cierta normalidad ante los bañistas que me miraban, decido mantener la compostura: dejo todo el equipo y decido darme un baño.

Como no tenía bañador y no era plan de bañarse en bolas porque había familias y señoras mayores por allí me fuí hasta la orilla. Allí me quité el pantalón corto, lo dejé en la orilla y me bañé en gallumbos.

Cuando al rato salí del agua los pantalones no estaban: una ola los había arrastrado. Tras un rato de búsqueda, disimulando que paseaba, Los recuperé empapados, una decena de metros más allá…

Con los pantalones chorreando volví para plegar y recoger el equipo. Decidí no obstante hacer unos inflados previos para que pareciese que todo aquello, el planeo guarro y el baño, estaban dentro de lo normal…

No sólo llené aún más de arena los cajones del parapente, sino que además mojé la silla y me pringué yo también por todos lados. Por supuesto, y para rematar la faena, justo cuando estaba plegando la vela el viento sopló con más intensidad, haciendo la tarea más laboriosa y mi cabreo más agudo.

Para darle más emoción a la tarde el coche lo tenía arriba y para llegar a él tenía dos opciones: una larga caminata de 15 minutos por un sendero arenoso y cuesta arriba o trepar directamente por los acantilados arenosos. Opté por esta última y estúpida opción, claro.

Observando con detenimiento el acantilado busqué la zona que parecía más accesible y, una vez localizada, me encaminé hacia ella con mi fardo de 20 kilos a la espalda.

Sin duda alguna la zona elegida era la más fácil y accesible, pues en el primer recodo del acantilado encontré numerosas compresas y tampones usados que tuve que sortear con cuidado y manteniendo la respiración, pues las señoritas bañistas también usaban el sitio para aliviar sus necesidades y cantaba tela…

Tras escalar con esfuerzo a un segundo escalón me dí de narices con la zona de cagar: mierdas y papeles usados por todas partes. A estas alturas era más fácil y rápido continuar que darse la vuelta, aunque ya empezaba a faltarme el aire, la verdad…

Empujando la vela por delante de mí, con dificultad y riesgo logré, al fin, llegar al último escalón del médano. Feliz por haber superado todos aquellos obstáculos se me ocurrió que estaría divertido sacarme una foto para ilustrar el que, sin duda, sería otro capítulo más de "El viento y su puta madre", pues al fin y al cabo él era el responsable de que me encontrara en esa penosa situación y no volando tan ricamente.

Tras tres intentos fallidos finalmente conseguí colocar la cámara y situarme en pose de escalada. Justo cuando disparó el automático el trozo de médano al que me sujetaba se desprendió: en la foto puede verse el cacho de piedra que agarro con la derecha, y la cara de gilipollas que se me pone mientras me resbalo hacia atrás…

Tras el desprendimiento, el piedrolo rodó y me cayó sobre la pierna y luego rebotó al pié, calzado sólo con unas chanclas, erosionándome toda la piel (En la otra foto detalle de la misma).

Por fin, cansado, con los pantalones empapados, cabreado y con arena hasta el culo (literalmente…), conseguí llegar hasta el coche y largarme a casa, a tomar una necesaria ducha.