Nota
introductoria
La desilusión provocada por la guerra
Envueltos en
el torbellino de este tiempo de guerra, condenados a una
información unilateral, sin la suficiente distancia respecto de
las grandes trasformaciones que ya se han consumado o empiezan a
consumarse y sin vislumbrar el futuro que va plasmándose, caemos
en desorientación sobre el significado de las impresiones que
nos asedian y sobre el valor de los juicios que formamos.
Creemos poder decir que nunca antes un acontecimiento había
destruido tanto del costoso patrimonio de la humanidad, ni había
arrojado en la confusión a tantas de las más claras
inteligencias, ni echado tan por tierra los valores superiores.
Hasta la ciencia ha perdido su imparcialidad exenta de pasiones.
Sus servidores, enconados hasta sus últimas fibras, buscan
arrancarle armas para contribuir a la derrota del enemigo. El
antropólogo tiene que declarar inferior y degenerado al
oponente, y el psiquiatra, proclamar el diagnóstico de su
enfermedad mental o anímica. Pero es probable que resintamos
con. desmedida fuerza la maldad de esta época, y no tenemos
derecho a compararla con la de otras épocas que no hemos
vivenciado.
El individuo
que no se ha convertido en combatiente -y por tanto en una
partícula de la gigantesca maquinaria de guerra- se siente
confundido en su orientación e inhibido en su productividad.
Creo que dará la bienvenida a cualquier pequeño consejo que le
facilite reencontrarse al menos en su propio interior. Entre los
factores que han sido los causantes de la miseria anímica de
quienes se quedaron en casa, y cuyo control les plantea unas
tareas tan difíciles, dos querría destacar y tratar aquí: la
desilusión que esta guerra ha provocado y el cambio que nos ha
impuesto -como lo hacen todas las guerras- en nuestra actitud
hacia la muerte.
Cuando hablo
de desilusión, todo el mundo comprende enseguida lo que quiero
significar. No hace falta ser un visionario compasivo; es
posible reconocer la objetiva necesidad biológica y psicológica
del sufrimiento en la economía de la vida humana y, no obstante
eso, condenar las guerras en cuanto a sus medios y a sus
objetivos, y anhelar su terminación. Por cierto, se ha dicho que
las guerras no podrán cesar mientras los pueblos vivan en
condiciones de existencia tan diversas, mientras difiera tanto
el valor que cada uno de ellos atribuye a la vida del individuo
y mientras los odios que los dividen sigan siendo unas fuerzas
con tanto imperio en lo anímico. También se esperaba que la
humanidad seguiría recurriendo durante largo tiempo a guerras
entre los pueblos primitivos y los civilizados, entre las razas
separadas por el color de la piel, y que aun en Europa las
habría entre las naciones poco desarrolladas o caídas en el
salvajismo, o en contra de ellas. Pero se osaba esperar algo
más. De las grandes naciones de raza blanca, dominadoras del
mundo y en las que ha recaído la conducción del género humano;
de esas naciones a las que se sabía empeñadas en el cuidado de
intereses que se extendían por el universo entero, creadoras de
los progresos técnicos en el sojuzgamiento de la naturaleza así
como de los valores de cultura, artísticos y científicos, de
esos pueblos se había esperado que sabrían ingeniárselas para
zanjar por otras vías las desinteligencias y los conflictos de
intereses. Dentro de cada una de esas naciones se habían
establecido elevadas normas éticas para el individuo, quien
debía acomodarse a ellas si quería participar en la comunidad de
cultura. Estos preceptos, a menudo extremados, le exigían mucho,
le imponían una extensa restricción de sí mismo, una vasta
renuncia a su satisfacción pulsional. Sobre todo, le estaba
vedado valerse de la extraordinaria ventaja que en la lucha
competitiva procura el uso de la mentira y el fraude. El Estado
civilizado tenía estas normas éticas por base de su
subsistencia; adoptaba serias medidas si alguien osaba
infringirlas y aun declaraba ¡lícito que el entendimiento
crítico las sometiera a examen. Cabía suponer, pues, que él
mismo las respetaría y no intentaría nada que contradijera ese
basamento de su propia existencia. Por último, podía percibirse
que dentro de estas naciones cultas había diseminados ciertos
restos de pueblos que eran objeto de general malquerencia y a
los que sólo a disgusto, y no en todos los ámbitos, se les
dejaría participar en el trabajo en común, en el trabajo de la
cultura para el cual habían demostrado ser suficientemente
aptos. Pero podía suponerse que los grandes pueblos, como tales,
habían alcanzado un entendimiento suficiente acerca de su
patrimonio común y una tolerancia tal hacia sus diferencias que
«extranjero» y «enemigo» ya no podrían confundirse en un solo
concepto, como aún ocurría en la Antigüedad clásica.
Confiados en
este avenimiento entre los pueblos cultos, innumerables hombres
trocaron su morada en la patria por otra, en el extranjero, y
dedicaron su existencia a las relaciones comerciales entre los
pueblos amigados. Y además, aquel a quien el apremio, de la vida
no confinaba de manera permanente en un mismo lugar podía
crearse, con todas las ventajas y los atractivos de los países
cultos, una nueva patria, una patria mayor, dentro de la cual se
paseaba libre de inhibición y de sospecha. Así gozaba del mar
azul y del mar gris, de la belleza de los montes nevados y de
las verdes praderas, del encanto de los bosques nórdicos y de la
magnificencia de la vegetación meridional, de la armonía de los
paisajes en que perduran grandiosos recuerdos históricos y de la
paz de la naturaleza inhollada. Esta nueva patria era para él
también un museo rebosante de todos los tesoros que los artistas
de la humanidad culta habían creado y legado desde hace siglos.
Y mientras recorría este museo de una sala a otra, podía
reconocer con imparcialidad los tipos de perfección que la
mezcla de estirpes, la historia y los dones de la Madre Tierra
habían plasmado en sus compatriotas, entendidos en este sentido
amplio. Aquí se había desarrollado al máximo la energía indómita
y atrevida, allí el gracioso arte de embellecer la vida, y en
otras partes el sentido del orden y de la ley u otras de las
cualidades que han hecho del hombre el amo de la Tierra.
No olvidemos
tampoco que cada uno de los ciudadanos del mundo culto se había
creado un Parnaso particular y una Escuela de Atenas. Entre los
grandes pensadores, creadores literarios, artistas de todas las
naciones, había escogido a quienes creía deber lo mejor que le
era deparado en goce y comprensión de la vida, y los sumó en su
veneración a los inmortales de la Antigüedad así como a los
maestros familiares que hablaban su misma lengua. Ninguno de
esos grandes le parecía extranjero porque hubiera hablado en
otra lengua: ni el insuperable explorador de las pasiones
humanas, ni el visionario ebrio de belleza, ni el profeta de
tremendas admoniciones, ni el fino satírico; y ello nunca lo
llevó a reprocharse infidelidad hacia su propia nación ni hacia
su amada lengua materna.
El disfrute
de la comunidad de cultura fue turbado en ocasiones por algunas
voces; ellas advertían que, a causa de diferencias heredadas de
antiguo, serían inevitables todavía las guerras entre las
naciones que la integraban. No se les quiso dar crédito, pero,
¿cómo se imaginaba una guerra así, sí es que había de
sobrevenir? Como una oportunidad para exhibir los progresos del
sentimiento comunitario de los hombres desde aquel tiempo en que
las anfictionías griegas tenían prohibido destruir a una ciudad
perteneciente a la Liga, arrasar sus olivares y cortarle el
agua. Como una justa caballeresca que se limitaría a establecer
la superioridad de una de las partes, con la máxima evitación de
crueles sufrimientos que en nada podrían contribuir a esa
decisión, con total piedad por el herido, que debía ser apartado
de la lucha, y por los médicos y enfermeros consagrados a su
tarea. Y además, desde luego, con toda clase de miramientos por
la parte de la población no combatiente, por las mujeres, que
permanecen alejadas de las acciones bélicas, y por los niños,
que, cuando crezcan, se brindarán -supuestamente- amistad y
ayuda por encima de los bandos. También con la preservación de
todas las empresas e instituciones internacionales en que ha
cobrado cuerpo la comunidad de cultura de tiempos de paz.
Una guerra
tal, es cierto, aún habría acarreado una considerable cuota de
horror y de sufrimiento, pero no había interrumpido el
desarrollo de relaciones éticas entre esos individuos rectores {Grossindividuen}
de la humanidad que son los pueblos y los Estados.
La guerra,
en la que no quisimos creer, ha estallado ahora y trajo consigo
... la desilusión. No sólo es más sangrienta y devastadora que
cualquiera de las guerras anteriores, y ello a causa de las
poderosas y perfeccionadas armas ofensivas y defensivas, sino
que es por lo menos tan cruel, tan encarnizada y tan
inmisericorde como ellas. Trasgrede todas las restricciones a
que nos obligamos en tiempos de paz y que habían recibido el
nombre de derecho internacional; no reconoce las prerrogativas
del herido ni las del médico, ignora el distingo entre la
población combatiente y la pacífica, así como los reclamos de la
propiedad privada. Arrasa todo cuanto se interpone a su paso,
con furia ciega, como si tras ella no hubiera un porvenir ni paz
alguna entre los hombres. Destroza los lazos comunitarios entre
los pueblos empeñados en el combate y amenaza dejar como secuela
un encono que por largo tiempo impedirá restablecerlos.
Trajo a la
luz también un fenómeno casi inconcebible: los pueblos cultos se
conocen y se comprenden tan poco entre sí que pueden mirarse con
odio y con horror. Y hasta una de las grandes naciones cultas es
objeto de una malquerencia tan universal que se intentó
excluirla por «bárbara» de la comunidad de cultura, aunque desde
hace tiempo ha demostrado su aptitud mediante las más grandiosas
contribuciones. Alentamos la esperanza de que una
historiografía imparcial habrá de demostrar que precisamente
esta nación, esa en cuya lengua escribimos y por cuya victoria
combaten nuestros seres queridos, ha sido la que menos infringió
las leyes de la convivencia humana. Pero, ¿quién, en tales
tiempos, tiene derecho a erigirse en juez de su propia causa?
Los pueblos
están más o menos representados por los Estados que ellos
forman; y estos Estados, por los gobiernos que los rigen. El
ciudadano particular puede comprobar con horror en esta guerra
algo que en ocasiones ya había creído entrever en las épocas de
paz: que el Estado prohibe al individuo recurrir a la
injusticia, no porque quiera eliminarla, sino porque pretende
monopolizarla como a la sal y al tabaco. El Estado beligerante
se entrega a todas las injusticias y violencias que infamarían a
los individuos. No sólo se vale de la astucia permitida, sino de
la mentira conciente y del fraude deliberado contra el enemigo,
y por cierto en una medida que parece exceder de todo cuanto fue
usual en guerras anteriores. El Estado exige de sus ciudadanos
la obediencia y el sacrificio más extremos, pero los «priva de
su mayoridad mediante un secreto desmesurado y una censura de
las comunicaciones y de la expresión de opiniones que los dejan
inermes, sofocados intelectualmente frente a cualquier situación
desfavorable y a cualquier rumor antojadizo. Denuncia los
tratados y compromisos con que se había obligado frente a los
otros Estados, y confiesa paladinamente su codicia y su afán de
poderío, que después los individuos deben aplaudir por
patriotismo.
Y no se
objete que el Estado no puede renunciar al uso de la injusticia
porque de esa manera se pondría en desventaja. También para el
individuo es, por regla general, harto desventajosa la
observancia de las normas éticas, la renuncia al ejercicio
brutal de la violencia; y el Estado rara vez se muestra capaz de
resarcir al individuo por el sacrificio que le ha exigido.
Tampoco puede asombrar que el aflojamiento de las relaciones
éticas entre los individuos rectores de la humanidad haya
repercutido en la eticidad de los individuos, pues nuestra
conciencia moral no es ese juez insobornable que dicen los
maestros de la ética: en su origen, no es otra cosa que
«angustia social» (ver nota). Toda vez que la comunidad suprime
el reproche, cesa también la sofocación de los malos apetitos, y
los hombres cometen actos de crueldad, de perfidia, de traición
y de rudeza que se habían creído incompatibles con su nivel
cultural.
Así, ese
ciudadano del mundo culto que presentamos antes puede quedar
desorientado y perplejo en un mundo que se le ha hecho ajeno,
despedazada su patria grande, devastado el patrimonio común,
desavenidos y envilecidos sus ciudadanos.
Habría que
apuntar algo como crítica a su desilusión. En sentido estricto
no está justificada, pues consiste en la destrucción de una
ilusión. Las ilusiones se nos recomiendan porque ahorran
sentimientos de displacer y, en lugar de estos, nos permiten
gozar de satisfacciones. Entonces, tenemos que aceptar sin queja
que alguna vez choquen con un fragmento de la realidad y se
hagan pedazos.
Dos cosas en
esta guerra han provocado nuestra desilusión: la ínfima eticidad
demostrada hacia el exterior por los Estados que hacia el
interior se habían presentado como los guardianes de las normas
éticas, y la brutalidad en la conducta de individuos a quienes,
por su condición de partícipes en la más elevada cultura humana,
no se los había creído capaces de algo semejante.
Empecemos
por el segundo punto y procuremos sintetizar en una sola frase
la opinión que queremos criticar. ¿Cómo es imaginado, en verdad,
el proceso por el cual un individuo humano alcanza un nivel
superior de eticidad? La primera respuesta dirá, sin duda: «El
es bueno y noble desde su nacimiento, desde el comienzo mismo».
A esta no hemos de considerarla más aquí. Una segunda respuesta
conjeturará que ha de estar en juego un proceso de desarrollo, y
sin duda supondrá que este consiste en lo siguiente: las malas
inclinaciones del hombre le son desarraigadas y, bajo la
influencia de la educación y del medio cultural, son sustituidas
por inclinaciones a hacer el bien. Siendo ese el caso, puede uno
en verdad maravillarse de que en los así educados la maldad
pueda volver a añorar con tanta violencia.
Pero esta
respuesta contiene justamente el enunciado que queremos refutar.
En realidad, no hay «desarraigo» alguno de la maldad. La
investigación psicológica -en sentido más estricto, la
psicoanalítica- muestra más bien que la esencia más profunda del
hombre consiste en mociones pulsionales; de naturaleza
elemental, ellas son del mismo tipo en todos los hombres y
tienen por meta la satisfacción de ciertas necesidades
originarias. En sí, estas mociones pulsionales no son ni buenas
ni malas. Las clasificamos así, a ellas y a sus
exteriorizaciones, de acuerdo con la relación que mantengan con
las necesidades y las exigencias de la comunidad humana. Ha de
concederse que todas las mociones que la sociedad proscribe por
malas -escojamos como representativas las mociones egoístas y
las crueles- se cuentan entre estas primitivas.
Estas
mociones primitivas tienen que andar un largo camino de
desarrollo antes que se les permita ponerse en práctica en el
adulto. Son inhibidas' guiadas hacia otras metas y otros
ámbitos, se fusionan unas con otras, cambian sus objetos, se
vuelven en parte sobre la persona propia. Formaciones reactivas
respecto de ciertas pulsiones simulan la mudanza del contenido
de estas, como si el egoísmo se hubiera convertido en altruismo,
y la crueldad, en compasión (ver nota). Favorece a estas
formaciones reactivas el hecho de que muchas mociones
pulsionales se presentan desde el comienzo en pares de opuestos,
una circunstancia bien asombrosa y ajena al conocimiento
popular, que ha recibido el nombre de «ambivalencia de
sentimientos». Facilísimo de observar y de comprender es el
hecho de que, con gran frecuencia, un amor y un odio intensos
aparecen juntos en la misma persona. El psicoanálisis agrega que
no raras veces las dos mociones de sentimientos contrapuestos
toman también por objeto a una misma persona.
Sólo después
de superados tales «destinos de pulsión» se perfila lo que se
llama el carácter de un hombre, que, según es notorio,
únicamente de manera harto defectuosa puede clasificarse como
«bueno» o «malo». El hombre rara vez es íntegramente bueno o
malo; casi siempre es «bueno» en esta relación, «malo» en
aquella otra, o «bueno» bajo ciertas condiciones exteriores, y
bajo otras, decididamente «malo». Interesante es la experiencia
de que la preexistencia de fuertes mociones «malas» en la
infancia deviene a menudo la condición directa para que se
produzca un vuelco muy nítido del adulto hacia el «bien».
Aquellos que fueron en su infancia los más crasos egoístas
pueden convertirse en los ciudadanos más proclives a ayudar a
los demás y a sacrificarse a sí mismos; la mayoría de los
:sentimentales, de los filántropos, de los protectores de
animales, han sido, de pequeños, sádicos y torturadores de
animales.
La reforma
de las pulsiones «malas» es obra de dos factores, uno interno y
el otro externo, que operan en el mismo sentido. El factor
interno consiste en la influencia ejercida sobre las pulsiones
malas -digamos: egoístas- por el erotismo, la necesidad humana
de amar en el sentido más lato. Por la injerencia de los
componentes eróticos, las pulsiones egoístas se trasmudan en
pulsiones sociales. Se aprende a apreciar el seramado como una
ventaja a cambio de la cual se puede renunciar a otras. El
factor externo es la compulsión ejercida por la educación,
portadora de las exigencias del medio cultural, y prosigue
después con la intervención directa de este. La cultura se
adquiere por renuncia a la satisfacción pulsional, y a cada
recién venido le exige esa misma renuncia. A lo largo de la vida
individual se produce una trasposición continua de compulsión
externa a compulsión interna. Mediante unos aditamentos
eróticos, las influencias culturales hacen que, en proporción
cada vez mayor, las aspiraciones egoístas se muden en
altruistas, sociales. En definitiva, es lícito suponer que todas
las compulsiones internas que adquirieron vigencia en el
desarrollo del hombre fueron en el origen, vale decir, en la
historia de la humanidad, sólo compulsiones externas. Los seres
humanos que hoy nacen traen consigo en calidad de organización
heredada cierto grado de inclinación (disposición) a trasmudar
pulsiones egoístas en pulsiones sociales, y unos débiles
enviones bastan para que ello se consume. Otra parte de esa
trasmudación de pulsiones tiene que realizarse en la vida misma.
De tal modo, el individuo no recibe sólo la influencia de su
medio cultural del presente; está sometido también a las
influencias de la historia cultural de sus antepasados.
Sí llamamos
aptitud para la cultura a la capacidad de un ser humano para
reformar las pulsiones egoístas bajo la influencia del erotismo,
podemos enunciar que consta de dos partes, una innata y la otra
adquirida en el curso de la vida, y que es muy variable la
proporción de ambas entre sí y con respecto a la parte de la
vida pulsional que permanece inmutada.
En general
nos inclinamos a exagerar la importancia de la parte innata;
además, corremos el riesgo de sobrestimar la aptitud total para
la cultura en su comparación con la vida pulsional que ha
conservado su estado primitivo. En suma, erramos juzgando a los
hombres «mejores» de lo que en realidad son. En efecto, resta
todavía otro factor que enturbia nuestro juicio y falsea el
resultado en un sentido favorable.
Las mociones
pulsionales de otro hombre escapan desde luego a nuestra
percepción Las inferimos por sus acciones y su conducta, que
reconducimos a motivos procedentes de su vida pulsional. Una
inferencia de esa índole es por fuerza errónea en cierto número
de casos. Idénticas acciones culturalmente «buenas» pueden
provenir de motivos «nobles» en un caso, y en otro no. Los
teóricos de la ética llaman «buenas» sólo a las acciones que son
expresión de mociones pulsionales buenas, y deniegan a las otras
su reconocimiento. Pero la sociedad, guiada por propósitos
prácticos, hace caso omiso de ese distingo; se conforma con que
un hombre oriente su conducta y sus acciones de acuerdo con los
preceptos culturales, y pregunta poco por sus motivos.
Como ya
sabemos, la compulsión externa (la que ejercen la educación y el
medio) provoca en el hombre una reforma de su vida pulsional
hacia el bien, una vuelta del egoísmo en altruismo. Pero este no
es su efecto necesario ni regular. La educación y el medio no
sólo tienen premios de amor por ofrecer; trabajan también con
otra clase de premios de conveniencia: recompensas y castigos.
Por tanto, su efecto puede ser que el sometido a su influencia
se decida por la acción culturalmente buena sin haber consumado
dentro de sí un ennoblecimiento pulsional, una trasposición de
inclinaciones egoístas a inclinaciones sociales. El resultado
será, en líneas generales, el mismo; sólo bajo particulares
condiciones se revelará que un individuo actúa siempre bien
porque sus inclinaciones pulsionales lo fuerzan a ello, mientras
que otro sólo es bueno en la medida en que esta conducta
cultural le trae ventajas para sus propósitos egoístas, y
únicamente durante el tiempo en que ello ¿curte. Pero un
conocimiento superficial del individuo no nos proporciona medio
alguno de discernir entre esos dos casos, y sin duda nuestro
optimismo nos llevará a sobrestimar en mucho el número de los
hombres que se han trasformado en el sentido de la cultura.
La sociedad
de cultura, que promueve la acción buena y no hace caso de su
fundamento pulsional, ha conseguido así obediencia para la
cultura en un gran número de hombres que en eso no obedecen a su
naturaleza. Alentada por este éxito, se vio llevada a imprimir
la máxima tensión posible a los requerimientos éticos, y forzó
en sus miembros un distanciamiento todavía mayor respecto de su
disposición pulsional. Esta es sometida entonces a una continua
sofocación, cuya tensión se da a conocer en los más
extraordinarios fenómenos de reacción y de compensación. En el
ámbito de la sexualidad, donde esa sofocación encuentra la
máxima dificultad para realizarse, ello provoca los fenómenos
reactivos de los diversos modos de contracción de neurosis. En
lo demás, la presión de la cultura no hace madurar consecuencias
patológicas, pero se exterioriza en las deformaciones del
carácter y en la propensión de las pulsiones inhibidas a
irrumpir hasta la satisfacción cuando se presenta la oportunidad
adecuada. Quien se ve precisado a reaccionar constantemente en
el sentido de preceptos que no son la expresión de sus
inclinaciones pulsionales, vive -entendido esto en su aplicación
psicológica- por encima de sus recursos, y objetivamente merece
el calificativo de hipócrita, sin que importe que haya alcanzado
conciencia clara de ese déficit. Es indiscutible que nuestra
cultura presente favorece en extraordinaria medida la
conformación de ese tipo de hipocresía. Podría aventurarse esta
aseveración: está «edificada sobre esa hipocresía, y tendría que
admitir profundas modificaciones en caso de que los hombres se
propusieran vivir de acuerdo con la verdad psicológica. Existen,
por tanto, muchísimos más hipócritas de la cultura que hombres
realmente cultos. Y aun podría examinarse este punto de vista:
Es posible que la aptitud para la cultura ya organizada en los
hombres de hoy sea insuficiente para conservar esta, y por eso
siga siendo indispensable cierto grado de hipocresía. Por otra
parte, la conservación de la cultura, aun sobre una base tan
precaria, ofrece la perspectiva de propender en cada generación
nueva, en cuanto portadora de una cultura mejor, a una reforma
más vasta de las pulsiones.
Las
elucidaciones anteriores nos ofrecen hoy lo menos un consuelo:
la afrenta y la dolorosa desilusión que experimentamos por la
conducta inculta de nuestros conciudadanos del mundo en la
presente guerra no estaban justificadas. Descansaban en una
ilusión de la que éramos prisioneros. En realidad, no cayeron
tan bajo como temíamos, porque nunca se habían elevado tanto
como creímos. Para ellos, el hecho de que los individuos
rectores de la humanidad, los pueblos y los Estados, abandonaran
las restricciones éticas en sus relaciones recíprocas fue una
natural incitación a sustraerse de la presión continua de la
cultura y a permitirse transitoriamente la satisfacción de sus
pulsiones refrenadas. Es probable que no se produjera quiebra
alguna en la eticidad relativa de los individuos en el interior
de su propio pueblo.
Pero podemos
profundizar todavía más en la comprensión del cambio que la
guerra ha revelado en nuestros ex compatriotas, y ello nos
aleccionará para no hacerles injusticia. Los desarrollos del
alma poseen una peculiaridad que no se encuentra en ningún otro
proceso de desarrollo. Cuando una aldea crece hasta convertirse
en ciudad o un niño se vuelve hombre, aldea y niño desaparecen
en la ciudad o en el hombre. Sólo el recuerdo puede refigurar
los antiguos rasgos en la imagen nueva; en realidad, los
materiales o las formas antiguas se dejaron de lado y se
sustituyeron por otras nuevas. En un desarrollo anímico las
cosas ocurren diversamente. Aquí la situación no es comparable
con aquellas, y no puede describirse sino aseverando que todo
estadio evolutivo anterior se conserva junto a los más tardíos,
devenidos a partir de él; la sucesión envuelve a la vez una
coexistencia, y ello a pesar de que los materiales en que
trascurre toda la serie de trasformaciones son los mismos. Por
más que el estado anímico anterior no se haya exteriorizado
durante años, tan cierto es que subsiste, que un día puede
convertirse de nuevo en la forma de manifestación de las fuerzas
del alma, y aun en la única forma, como si todos los desarrollos
más tardíos hubieran sido anulados, hubieran involucionado. Esta
plasticidad extraordinaria de los desarrollos del alma no es
irrestricta en cuanto a su dirección; puede designársela como
una capacidad particular para la involución -para la regresión-,
pues suele ocurrir que si se abandona un estadio de desarrollo
más tardío y elevado no pueda alcanzárselo de nuevo. Ahora bien,
los estados primitivos pueden restablecerse siempre; lo anímico
primitivo es imperecedero en el sentido más pleno.
Las llamadas
enfermedades mentales tienen que despertar en el lego la
impresión de que la vida mental y anímica ha sufrido una
destrucción. En realidad, tal destrucción sólo alcanza a las
adquisiciones y desarrollos más tardíos. La esencia de la
enfermedad mental consiste en el regreso a estados anteriores de
la vida afectiva y de la función. Un destacado ejemplo de la
plasticidad de la vida anímica nos lo da el estado del dormir,
al que todas las noches nos disponemos. Desde que nos hemos
ingeniado para traducir también sueños locos y confusos, sabemos
que cada vez que nos dormimos arrojamos de nosotros, como a una
vestidura, esa eticidad nuestra que hemos adquirido con tanto
trabajo ...para volvérnosla a poner cada mañana. Este
desnudamiento no es, desde luego, peligroso, pues mientras dura
el estado del dormir estamos paralizados y condenados a la
inactividad.
Sólo el
sueño puede dar testimonio de la regresión de nuestra vida
afectiva a una de las etapas de desarrollo más tempranas. Digno
de notarse es, por ejemplo, que todos nuestros sueños están
gobernados por motivos puramente egoístas (ver nota). Uno de mis
amigos ingleses sostuvo esto en una reunión científica realizada
en Estados Unidos; una de las damas presentes le replicó con
esta observación: muy bien podía ser válido para Austria, pero
de sí misma y de sus amigos se juzgaba autorizada a aseverar que
incluso en sueños tenían sentimientos altruistas. Mi amigo, no
obstante pertenecer también a la raza inglesa, debió
contradecirla de la manera más enérgica, basado en sus propias
experiencias de análisis de sueños: La noble norteamericana era
en sueños tan egoísta como la austríaca.
Y siendo
así, también la reforma pulsional en que descansa nuestra
aptitud para la cultura puede ser deshecha de manera permanente
o temporaria por las influencias de la vida. Sin duda, los
efectos de la guerra se cuentan entre los poderes capaces de
producir semejante involución; por eso, no necesariamente hemos
de negar aptitud para la cultura a todos los que en el presente
se comportan de manera inculta, y nos es lícito esperar que su
ennoblecimiento pulsional habrá de restablecerse en épocas más
pacíficas.
Ahora bien,
otro, síntoma exhibido por nuestros conciudadanos del mundo no
nos ha sorprendido ni espantado menos, quizá, que el
hundimiento, que tan dolorosamente sentimos, de su elevación
ética. Aludo a la falta de penetración que se advierte en las
mejores cabezas, a su tozudez, su inaccesibilidad para los
argumentos más evidentes y su credulidad acrítica hacia las
aseveraciones más discutibles. Esto nos ofrece un cuadro bien
triste, y quiero destacar expresamente que en modo alguno, como
un secuaz enceguecido, veo todos los defectos intelectuales en
uno solo de los bandos. No obstante, este fenómeno es todavía
más fácil de explicar y menos dudoso que el considerado antes.
Conocedores del hombre y filósofos nos han enseñado desde hace
mucho que caeremos en un error si concebimos nuestra
inteligencia como un poder autónomo y descuidamos su dependencia
de la vida afectiva. Nuestro intelecto, nos han dicho, sólo
puede trabajar de manera confiable apartado de las influencias
de poderosas mociones afectivas; en caso contrario, se comporta
simplemente como un instrumento al servicio de una voluntad, y
ofrece el resultado que esta quiera arrancarle. Los argumentos
lógicos son entonces impotentes frente a los intereses
afectivos, y por eso el disputar con argumentos, que, según el
dicho de Falstaff, abundan como la zarzamora, es tan infructuoso
en el mundo de los intereses.
La
experiencia psicoanalítica no ha hecho sino realzar, si cabe,
este aserto. Puede mostrar todos los días que los hombres más
perspicaces caen repentinamente en una conducta sin acumen, como
de idiotas, tan pronto como la intelección requerida tropieza en
ellos con una resistencia afectiva, pero también recuperan toda
su inteligencia cuando esta es vencida. Por tanto, la ceguera
para lo lógico que esta guerra, como por arte de magia, ha
producido justamente en los mejores de nuestros conciudadanos es
un fenómeno secundario, una consecuencia de la excitación
afectiva, y está destinada, así podemos esperarlo, a desaparecer
con ella.
Si de esta
manera volvemos a comprender a nuestros conciudadanos, alienados
de nosotros, con facilidad mucho mayor sobrellevaremos la
desilusión que nos han deparado los individuos rectores de la
humanidad, los pueblos, pues las exigencias que a ellos podemos
plantearles son mucho más modestas. Quizá repitan el desarrollo
de los individuos y todavía hoy estemos frente a etapas muy
primitivas de la organización, de la formación de unidades
superiores. En armonía con ello, el factor pedagógico de la
compulsión externa a la eticidad, que hallamos tan eficaz en el
individuo, en aquellos es apenas rastreable. Habíamos esperado,
es cierto, que la grandiosa comunidad de intereses establecida
por el comercio y la producción constituiría el comienzo de una
compulsión así; no obstante, parece que en esta época los
pueblos obedecen más a sus pasiones que a sus intereses. Se
sirven a lo sumo de los intereses para racionalizar las
pasiones; ponen en el primer plano sus intereses para poder
fundar la satisfacción de sus pasiones. ¿Por qué los
individuos-pueblos en rigor se menosprecian, se odian, se
aborrecen, y aun en épocas de paz, y cada nación a todas las
otras? Es bastante enigmático. Yo no sé decirlo. Es como si, al
reunirse una multitud, por no decir unos millones de hombres,
todas las adquisiciones éticas de los individuos se esfumasen y
no restasen sino las actitudes anímicas más primitivas, arcaicas
y brutales. Esta situación lamentable quizá sólo pueda ser
modificada en algo por desarrollos que sobrevendrán después.
Pero un poco más de veracidad y de sinceridad en todas las
partes, en las relaciones recíprocas de los hombres, y entre
ellos y quienes los gobiernan, allanarían el camino a esa
trasmudación.
Nuestra actitud hacia la muerte
El segundo
factor por el cual, según yo infiero, nos sentimos así de ajenos
en este mundo otrora tan hermoso y familiar es la perturbación
en la actitud que hasta ahora habíamos adoptado hacia la muerte.
Esa actitud
no era sincera. De creérsenos, estábamos desde luego dispuestos
a sostener que la muerte es el desenlace necesario de toda vida,
que cada uno de nosotros debía a la naturaleza una muerte y
tenía que estar preparado para saldar esa deuda; en suma, que la
muerte era algo natural, incontrastable e inevitable. Pero en
realidad solíamos comportarnos como si las cosas fueran
diversas. Hemos manifestado la inequívoca tendencia a hacer a un
lado la muerte, a eliminarla de la vida. Hemos intentado matarla
con el silencio; y aun tenemos [en alemán] el dicho: «Creo en
eso tan poco como en la muerte». En la muerte propia, desde
luego. La muerte propia no se puede concebir; tan pronto
intentamos hacerlo podemos notar que en verdad sobrevivimos como
observadores. Así pudo aventurarse en la escuela psicoanalítica
esta tesis: En el fondo, nadie cree en su propia muerte, o, lo
que viene a ser lo mismo, en el inconciente cada uno de nosotros
está convencido de su inmortalidad.
Por lo que
toca a la muerte de otro, el hombre culto evitará cuidadosamente
hablar de esta posibilidad si el sentenciado puede oírlo. Sólo
los niños trasgreden esta restricción; se amenazan
despreocupadamente unos a otros con la posibilidad de morir, y
aun llegan a decírselo en la cara a una persona amada, por
ejemplo: «Mamá querida, cuando por desgracia mueras, haré esto o
aquello». El adulto cultivado no imaginará la muerte de otro ni
siquiera en el pensamiento sin considerarse a sí mismo desalmado
o malo; a menos que, en calidad de médico, de abogado, etc.,
tenga que ocuparse profesionalmente de ella. Y menos todavía se
permitirá pensar en la muerte del otro si con este
acontecimiento se asocia una ganancia en materia de libertad, de
propiedad o deposición social. Desde luego, este sentimiento
tierno nuestro no impide que sobrevengan los casos de muerte;
cuando ocurren, nos conmueven en lo profundo y es como si nos
sacudieran en nuestras expectativas. Por lo general, destacamos
el ocasionamiento contingente de la muerte, el accidente, la
contracción de una enfermedad, la infección, la edad avanzada, y
así dejamos traslucir nuestro afán de rebajar la muerte de
necesidad a contingencia. Una acumulación de muertes nos parece
algo terrible en extremo. Frente al muerto mismo mantenemos una
conducta particular, casi de admiración, como si hubiera llevado
a cabo algo muy difícil. Suspendemos toda crítica hacia él, le
disculpamos cualquier desaguisado, ordenamos «De mortuis nil
nisi bene», y hallamos justificado que en el discurso fúnebre o
en su epitafio se lo honre con lo más favorable. Ponemos el
respeto por el muerto, que a este ya no le sirve de nada, por
encima de la verdad, y la mayoría de nosotros lo valora más
incluso que al respeto por los vivos.
Esta actitud
cultural-convencional hacia la muerte se complementa con nuestro
total descalabro cuando fenece una de las personas que nos son
próximas, cuando la muerte alcanza a nuestro padre, a nuestro
consorte, a un hermano, un hijo o un caro amigo. Sepultamos con
él nuestras esperanzas, nuestras demandas, nuestros goces; no
nos dejamos consolar y nos negamos a sustituir al que perdimos.
Nos portamos entonces como una suerte de Asta, de esos que
mueren cuando mueren aquellos a quienes aman.
Ahora bien,
esta actitud nuestra hacia la muerte tiene un fuerte efecto
sobre nuestra vida. La vida se empobrece, pierde interés, cuando
la máxima apuesta en el juego de la vida, que es la vida misma,
no puede arriesgarse. Se vuelve tan insípida e insustancial como
un flirt norteamericano, en que de antemano se ha establecido
que nada puede suceder, a diferencia de un vínculo de amor en el
Continente, donde ambas partes deben tener en cuenta
permanentemente las más serias consecuencias. Nuestros vínculos
afectivos, la insoportable intensidad de nuestro duelo, hacen
que nos abstengamos de buscar peligros para nosotros y para los
nuestros. No osamos considerar cierto número de empresas que son
peligrosas pero en verdad indispensables, como los ensayos de
vuelo, las expediciones a países lejanos, los experimentos con
sustancias explosivas. Nos paraliza para ello este reparo:
¿Quién ha de sustituirle a la madre su hijo, a la mujer su
esposo, a los hijos su padre, si es que acaece una desgracia? La
inclinación a no computar la muerte en el cálculo de la vida
trae por consecuencia muchas otras renuncias y exclusiones. Y no
obstante, la divisa de la Hansa decía «Navigare necesse est,
vivere non necesse!»: Navegar es necesario, vivir no lo es.
Por eso, no
puede ocurrir de otro modo: es en el mundo de la ficción, en la
literatura, en el teatro, donde tenemos que buscar el sustituto
de lo que falta a la vida. Ahí todavía hallamos hombres que
saben morir, y aun que perpetran la muerte de otro. Y solamente
ahí se cumple la condición bajo la cual podríamos reconciliarnos
con la muerte: que tras todas las vicisitudes de la vida nos
reste una vida intocable. Es por cierto demasiado triste que en
la vida haya de suceder lo que en el ajedrez, donde una movida
en falso puede forzarnos a dar por perdida la partida; y encima
con esta diferencia: no podemos iniciar una segunda partida, una
revancha. En el ámbito de la ficción hallamos esa multitud de
vidas de que necesitamos. Morimos identificados con un héroe,
pero le sobrevivimos y estamos prontos a morir una segunda vez
con otro, igualmente incólumes.
Es evidente
que la guerra ha de barrer con este tratamiento convencional de
la muerte. Esta ya no se deja desmentir {verleugnen}; es preciso
creer en ella. Los hombres mueren realmente; y ya no individuo
por individuo, sino multitudes de ellos, a menudo decenas de
miles un solo día. Ya no es una contingencia. Por cierto todavía
parece contingente que un determinado proyectil alcance a uno o
a otro; pero al que se salvó quizá lo alcance un segundo
proyectil, y la acumulación pone fin a la impresión de lo
contingente. La vida de nuevo se ha vuelto interesante, ha
recuperado su contenido pleno.
Aquí debería
trazarse una separación en dos grupos: los que arriesgan su vida
en la batalla, y los que quedaron en casa y no tienen otra cosa
sino esperar que la muerte les arrebate uno de sus seres
queridos por herida, enfermedad o infección. Sería muy
interesante, sin lugar a dudas, estudiar las alteraciones
producidas en la psicología de los combatientes, pero yo sé
demasiado poco sobre eso. Tenemos que atenernos al segundo
grupo, al que nosotros mismos pertenecemos. Ya dije que a mi
juicio el desconcierto y la parálisis de nuestra productividad,
que ahora sufrimos, están comandados esencialmente por la
circunstancia de que no podemos conservar la relación que hasta
ahora mantuvimos con la muerte, y todavía no hemos hallado una
nueva. Quizá nos auxilie en esto dirigir nuestra indagación
psicológica a otras dos relaciones con la muerte: la que podemos
atribuir al hombre primordial, al hombre prehistórico, y la que
todavía se conserva en cada uno de nosotros pero permanece
oculta en estratos más profundos, invisible para nuestra
conciencia.
La conducta
que el hombre de la prehistoria pudo haber tenido hacia la
muerte la conocemos, desde luego, sólo por inferencias
retrospectivas y reconstrucciones, pero opino que estos recursos
nos han proporcionado unas noticias bastante dignas de
confianza.
El hombre
primordial adoptaba una actitud muy extraña hacia la muerte. No
era unitaria, sino, más bien, directamente contradictoria. Por
una parte, la tomó en serio, la reconoció como supresión de la
vida y se valió de ella en este sentido; por otra parte, empero,
dio el mentís a la muerte, la redujo a nada. Esta contradicción
fue posibilitada por el hecho de que frente a la muerte del
otro, del extraño, del enemigo, adoptó una actitud radicalmente
diversa que frente a la suya propia. La muerte del otro era para
él justa, la entendía como aniquilamiento del que odiaba, y no
conoció reparos para provocarla. El hombre primordial era sin
duda un ser en extremo apasionado, más cruel y maligno que otros
animales. Asesinaba de buena gana y como un hecho natural. No
hemos de atribuirle el instinto {Instinkt} que lleva a otros
animales a abstenerse de matar y devorar seres de su misma
especie.
La historia
primordial de la humanidad está, pues, llena de asesinatos.
Todavía hoy lo que nuestros niños aprenden en la escuela como
historia universal es, en lo esencial, una seguidilla de
matanzas de pueblos. El oscuro sentimiento de culpa que asedia a
la humanidad desde tiempos primordiales, y que en muchas
religiones se ha condensado en la aceptación de una culpa
primordial, un pecado original, es probablemente la expresión de
una culpa de sangre que la humanidad primordial ha echado sobre
sus espaldas. En mi libro Tótem y tabú (1912-13), siguiendo las
indicaciones de W. Robertson Smith, Atkinson y Charles Darwin,
me he empeñado en desentrañar la naturaleza de esta antigua
culpa, y opino que la doctrina cristiana de nuestros días nos
permite inferirla retrospectivamente. Si el Hijo de Dios debía
ofrendar su vida para limpiar a la humanidad del pecado
original, entonces, según la ley del talión (la venganza con lo
mismo), ese pecado ha sido una muerte, un asesinato. Sólo esto
pudo exigir como expiación el sacrificio de una vida. Y si el
pecado original fue un agravio contra Dios Padre, el crimen más
antiguo de la humanidad tiene que haber sido un parricidio, la
muerte del padre primordial de la horda primitiva, cuya imagen
en el recuerdo fue después trasfigurada en divinidad.
La muerte
propia fue para el hombre primordial sin duda tan inimaginable e
irreal como lo es hoy para cada uno de nosotros. Pero a él se le
presentaba un caso en que esas dos actitudes contrapuestas hacia
la muerte chocaban y entraban en conflicto recíproco, y este
caso devino muy importante y muy rico en consecuencias de vasto
alcance. Ocurría cuando el hombre primordial veía morir a uno de
sus deudos, su mujer, su hijo, su amigo, a quienes ciertamente
él amaba como nosotros a los nuestros, pues el amor no puede ser
mucho más reciente que el gusto de matar {MordIust}. Entonces
debía hacer en su dolor la experiencia de que también uno mismo
puede fenecer, y todo su ser se sublevaba contra la admisión de
ello; es que cada uno de esos seres queridos era un fragmento de
su propio yo, de su amado yo. Pero por otra parte a esa muerte
la consideraba merecida, pues cada una de las personas amadas
llevaba adherido también un fragmento de ajenidad. La ley del
sentimiento de ambivalencia, que todavía hoy preside nuestros
vínculos afectivos con las personas a quienes más amamos,
reinaba por cierto aún más incontrovertible en épocas
primordiales. Así, esos difuntos queridos habían sido también
unos extraños y unos enemigos que despertaron en él una porción
de sentimientos hostiles.
Los
filósofos han aseverado que el enigma intelectual que le
planteaba al hombre primordial el cuadro de la muerte lo obligó
a reflexionar y devino el comienzo de toda especulación. Yo creo
que los filósofos piensan en esto demasiado ... filosóficamente;
descuidan los motivos eficaces primarios. Por eso, querría
restringir y corregir aquella aseveración: Frente al cadáver del
enemigo aniquilado, el hombre primordial habrá triunfado, sin
hallar motivo alguno para devanarse los sesos con el enigma de
la vida y de la muerte. No fue el enigma intelectual ni
cualquier caso de muerte, sino el conflicto afectivo a raíz de
la muerte de personas amadas, pero al mismo tiempo también
ajenas y odiadas, lo que puso en marcha la investigación de los
seres humanos. De este conflicto de sentimientos nació ante todo
la psicología. El hombre ya no pudo mantener lejos de sí a la
muerte, pues la había probado en el dolor por el difunto. Pero
no quiso admitirla, pues no podía representarse a sí mismo
muerto. Así entró en compromisos, admitió la muerte también para
sí, pero le impugnó el significado del aniquilamiento de la
vida, para lo cual no había tenido motivo alguno cuando se
trataba de la muerte del enemigo. Frente al cadáver de la
persona amada, inventó los espíritus, y su conciencia de culpa
por la satisfacción entreverada con el duelo hizo que estos
espíritus recién creados se convirtieran en demonios malignos
que había que temer. Las alteraciones [físicas] del muerto le
sugirieron la descomposición del individuo en un cuerpo y un
alma (originariamente fueron varias); de esa manera, su ilación
de pensamientos iba paralela al proceso de disgregación que la
muerte introducía. El perdurable recuerdo del difunto fue la
base para que se supusieran otras formas de existencia; le dio
la idea de una pervivencia después de la muerte aparente.
Estas
existencias posteriores fueron al comienzo sólo apéndices de
aquella que tronchó la muerte; eran como la de una sombra,
vacías, y hasta épocas muy avanzadas se las menospreció; tenían
todavía el carácter de unas reproducciones lamentables.
Recordemos lo que el alma de Aquiles respondió a Odiseo:
« " ...
antes, cuando vivías {le dice Odiseo al alma de Aquiles}, los
argivos te honrábamos como a una deidad, y ahora, estando
aquí, imperas poderosamente sobre los difuntos. Por lo cual,
oh Aquiles, no debe entristecerte que estés muerto".
» Así le
dije, y me contestó enseguida: "No intentes consolarme de la
muerte, esclarecido Odiseo: preferiría vivir aquí en la tierra
y servir como labrador a otro, a algún hombre indigente de
pocos recursos, antes que reinar sobre todos los muertos"»
O en la
potente versión de H. Heine, amargamente paródica:
«El más ínfimo filisteo vivo
de Stuckert junto al Neckar
es mucho más feliz que yo,
el pelida, el héroe muerto,
príncipe de las sombras
en el mundo subterráneo».
Sólo más
tarde lograron las religiones presentar esta existencia postrera
como la más valiosa, como la existencia plena, y rebajar la vida
tronchada por la muerte a un mero prolegómeno. Y era consecuente
con ello que después se prolongara la vida hacia el pasado, se
imaginaran las existencias anteriores, la trasmigración del alma
y la reencarnación, todo con el propósito de arrebatar a la
muerte su significado de canceladora de la vida. Esa desmentida
de la muerte que hemos llamado cultural-convencional comenzó en
tales épocas tempranas.
Frente al
cadáver de la persona amada no sólo nacieron la doctrina del
alma, la creencia en la inmortalidad y una potente raíz de la
humana conciencia de culpa, sino los primeros preceptos éticos.
El primer mandamiento, y el más importante, de esa incipiente
conciencia moral decía «No matarás». Se lo adquirió frente al
muerto amado, como reacción frente a la satisfacción del odio
que se escondía tras el duelo, y poco a poco se lo extendió al
extraño a quien no se amaba y, por fin, también al enemigo.
En este
último caso el hombre civilizado ya no siente esa reacción.
Cuando la pugna salvaje de esta guerra se haya decidido, los
combatientes victoriosos regresarán a su hogar, junto a su mujer
y a sus hijos, y lo harán impertérritos y sin que los turbe
pensar en los enemigos a quienes dieron muerte en la lucha
cuerpo a cuerpo o mediante las armas de largo alcance. Es digno
de nota que los pueblos primitivos que todavía viven sobre la
Tierra y están por cierto más próximos que nosotros al hombre
primordial se conducen en este punto de otro modo (o se
conducían así cuando aún no habían sufrido la influencia de
nuestra cultura). El salvaje -australiano, bosquimano, o de la
Tierra del Fuego- en modo alguno es un matador sin
remordimiento; cuando vuelve a casa triunfante de la empresa
bélica, no osa pisar su aldea ni tocar a su mujer antes de
limpiarse de sus hechos de muerte por medio de una expiación a
menudo prolongada y trabajosa. Fácil es, desde luego, explicarlo
por su creencia supersticiosa; el salvaje teme todavía la
venganza del espíritu del enemigo aniquilado. Pero este espíritu
no es sino la expresión de su mala conciencia por causa de su
culpa de sangre; tras esta superstición se oculta un filón de
fina sensibilidad ética que nosotros, los hombres civilizados,
hemos perdido.
Almas
piadosas que a toda costa querrían saber a nuestra naturaleza
alejada del contacto con lo malo y lo bajo no dejarán sin duda
de extraer, de la temprana aparición y del carácter imperativo
de la prohibición de matar, confortantes inferencias acerca de
la fuerza de unas mociones éticas que tienen que habernos sido
implantadas. Por desdicha, este argumento prueba todavía más lo
contrario. Una prohibición tan fuerte sólo puede haber ido
dirigida contra un impulso igualmente fuerte. Lo que no anhela
en su alma hombre alguno, no hace falta prohibirlo (ver nota),
se excluye por sí solo. Precisamente lo imperativo del
mandamiento «No matarás» nos da la certeza de que somos del
linaje de una serie interminable de generaciones de asesinos que
llevaban en la sangre el gusto de matar, como quizá lo llevemos
todavía nosotros. Las aspiraciones éticas de la humanidad, cuya
fuerza e importancia no hace falta andar criticando, son una
conquista de 'la historia humana; y han devenido después, en
medida por desdicha muy variable, el patrimonio heredado de la
humanidad que hoy vive.
Dejemos
ahora a los hombres primordiales y dirijámonos a lo inconciente
dentro de nuestra propia vida anímica. Aquí nos apoyamos
exclusivamente en el método de indagación del psicoanálisis, el
único que alcanza a tales profundidades. Preguntamos: ¿Cómo se
comporta nuestro inconciente frente al problema de la muerte? La
respuesta tiene que ser: Casi de igual modo que el hombre
primordial. En este aspecto, como en muchos otros, el hombre de
la prehistoria sobrevive inmutable en nuestro inconciente. Por
tanto, nuestro inconciente no cree en la muerte propia, se
conduce como si fuera inmortal. Lo que llamamos nuestro «inconciente»
(los estratos más profundos de nuestra alma, compuestos por
mociones pulsionales) no conoce absolutamente nada negativo {Negativ},
ninguna negación {Verneinung} -los opuestos coinciden en su
interior-, y por consiguiente tampoco conoce la muerte propia, a
la que sólo podemos darle un contenido negativo. Entonces, nada
pulsional en nosotros solicita a la creencia en la muerte. Y
quizá sea este, incluso, el secreto del heroísmo. La
fundamentación del heroísmo según la ratío descansa en el juicio
de que la vida propia no puede ser tan valiosa como ciertos
bienes abstractos y universales. Pero opino que más frecuente ha
de ser el heroísmo instintivo e impulsivo que prescinde de
cualquier motivación de esa índole y sencillamente arrostra el
peligro, tras asegurarse, como Juancito Picapiedra, el personaje
de Anzengruber: «Eso nunca puede sucederte a ti». O bien aquella
motivación sirve sólo para desechar los reparos que podrían
detener esa reacción heroica que corresponde a lo inconciente.
La angustia de muerte, que nos domina más a menudo de lo que
pensamos, es en cambio algo secundario, y la mayoría de las
veces proviene de una conciencia de culpa.
Por otra
parte, admitimos la muerte de extraños y enemigos, y la
fulminamos sobre ellos tan pronta y despreocupadamente como el
hombre primordial. Es verdad que aquí aparece una diferencia que
en la realidad habrá de manifestarse decisiva. Nuestro
inconciente no ejecuta el asesinato, meramente lo piensa y lo
desea. Pero sería equivocado restar a esta realidad psíquica
todo valor por comparación con la fáctica. Es lo bastante
significativa, y está grávida de consecuencias. En nuestras
mociones inconcientes eliminamos día tras día y hora tras hora a
todos cuantos nos estorban el camino, a todos los que nos han
ultrajado o perjudicado. El «¡Que el diablo se lo lleve!», que
un despecho sarcástico tantas veces hace añorar a nuestros
labios, y que en verdad quiere decir «¡Que la muerte se lo
lleve!», es en el interior de nuestro inconciente un serio y
poderoso deseo de muerte. Y más: nuestro inconciente mata
incluso por pequeñeces; como la vieja legislación ateniense de
Dracón, no conoce para los crímenes otro castigo que la muerte;
y hay en eso una cierta congruencia, pues todo perjuicio
inferido a nuestro yo omnipotente y despótico es, en el fondo,
un crimen laesae majestatis {de lesa majestad}.
Así, también
nosotros, si se nos juzga por nuestras mociones inconcientes de
deseo, somos, como los hombres primordiales, una gavilla de
asesinos. Es una suerte que todos estos deseos no posean la
fuerza que los hombres eran todavía capaces de darles en épocas
primordiales (ver nota); bajo el fuego cruzado de las
maldiciones recíprocas, hace tiempo que la humanidad se habría
ido a pique, incluso los mejores y más sabios entre los hombres,
y las mujeres más hermosas y encantadoras.
Por tesis
como esta, el psicoanálisis no suele ser creído por los legos.
Las desaprueban tildándolas de calumnias indignas de tenerse en
cuenta frente a las aseveraciones de la conciencia, y hábilmente
se omiten los mínimos indicios por los cuales lo inconciente
suele también delatarse a esta última. Por eso es oportuno
señalar que muchos pensadores que no pudieron estar influidos
por el psicoanálisis han condenado con claridad suficiente la
predisposición de nuestros pensamientos secretos a eliminar lo
que se nos interpone en el camino, con prescindencia de la
prohibición de matar. En remplazo de otros muchos, escojo un
único ejemplo que se ha hecho famoso.
En Le Pére
Goriot, Balzac alude a un pasaje de las obras de J.J. Rousseau,
quien pregunta al lector qué haría si -sin abandonar París y,
desde luego, sin ser descubierto- pudiera dar muerte a un viejo
mandarín pequinés cuya desaparición hubiera de granjearle sumo
beneficio. Deja entrever que no juzga muy a salvo la vida de ese
dignatario. «Tuer son mandarin» se ha convertido desde entonces
en expresión proverbial para esta secreta predisposición, que es
también la de los hombres de hoy.
Hay, además,
toda una colección de chistes y de anécdotas cínicas que
testimonian en este mismo sentido, como aquella declaración
atribuida al cónyuge: «Si uno de nosotros muere, me mudo a
París». Tales chistes cínicos no serían posibles si no
comunicaran una verdad desmentida que no se podría confesar de
manera expresa, seriamente y sin disfraz. En broma, como es
sabido, puede decirse hasta la verdad.
Tal como le
sucedía al hombre primordial, también para nuestro inconciente
se presenta un caso en que las dos actitudes contrapuestas
frente a la muerte -una que la admite como aniquilación de la
vida, y la otra que la desmiente como irreal- chocan y entran en
conflicto. Y este caso es, como en las épocas primordiales, la
muerte o el peligro de muerte de uno de nuestros seres queridos,
un padre o cónyuge, un hermano, un hijo o un amigo entrañable.
Estos seres queridos son, por un lado, una propiedad interior,
componentes de nuestro yo propio, pero, por el otro, también son
en parte extraños y aun enemigos. El más tierno y más íntimo de
nuestros vínculos de amor, con excepción de poquísimas
situaciones, lleva adherida una partícula de hostilidad que
puede incitar el deseo inconciente de muerte. Pero de este
conflicto de ambivalencia no surgen, como en aquellos tiempos,
la doctrina del alma y la ética, sino la neurosis, que nos
permite penetrar hondamente incluso en la vida anímica normal.
Hartas veces los médicos que practican el tratamiento
psicoanalítico se han encontrado con el síntoma del cuidado
hipertierno por el bienestar de los familiares, o con
autorreproches totalmente infundados tras la muerte de una
persona amada. El estudio de estos hechos no les ha dejado duda
alguna sobre la difusión y la importancia de los deseos
inconcientes de muerte.
El lego
siente un extraordinario horror frente a la posibilidad de tales
sentimientos y toma esta repugnancia como fundamento legítimo de
su incredulidad hacia las aseveraciones del psicoanálisis. Creo
que se equivoca. No se intenta desvalorización alguna de nuestra
vida amorosa, ni va implícita en ello. Bien lejos está, sin
duda, de nuestra inteligencia y de nuestro sentimiento el
acoplar de esa manera amor y odio. Pero toda vez que la
naturaleza trabaja con este par de opuestos, logra conservar al
amor siempre despierto y siempre fresco, para reasegurarlo así
contra el odio que acecha tras él. Es lícito decir que los
despliegues más hermosos de nuestra vida afectiva los debemos a
la reacción contra el impulso hostil que registramos en nuestro
pecho.
Resumamos
ahora: Nuestro inconciente es tan inaccesible a la
representación de la muerte propia, tan ganoso de muerte contra
el extraño, tan dividido (ambivalente) hacia la persona amada
como el hombre de los tiempos primordiales. ¡Cuánto nos hemos
distanciado de ese estado originario con la actitud
cultural-convencional hacia la muerte!
Fácil es
señalar el modo en que la guerra se injerta en esta disarmonía.
Nos extirpa las capas más tardías de la cultura y hace que en el
interior de nosotros nuevamente salga a la luz el hombre
primordial. Nos fuerza a ser otra vez héroes que no pueden creer
en la muerte propia; nos señala a los extraños como enemigos
cuya muerte debe procurarse o desearse; nos aconseja pasar por
alto la muerte de personas amadas. Pero la guerra no puede
eliminarse; mientras las condiciones de existencia de los
pueblos sean tan diversas, y tan violentas las malquerencias
entre ellos, la guerra será inevitable. Esto plantea la
pregunta: ¿No hemos de ser nosotros los que cedamos y nos
adecuemos a ella? ¿No debemos admitir que con nuestra actitud
cultural hacia la muerte hemos vivido de nuevo en lo psicológico
por encima de nuestros recursos? ¿No daremos marcha atrás y
reconoceremos la fatal verdad? ¿No sería mejor dejar a la
muerte, en la realidad y en nuestros pensamientos, el lugar que
por derecho le corresponde, y sacar a relucir un poco más
nuestra actitud inconciente hacia ella, que hasta el presente
hemos sofocado con tanto cuidado? No parece esto una gran
conquista; más bien sería un retroceso en muchos aspectos, una
regresión, pero tiene la ventaja de dejar más espacio a la
veracidad y hacer que de nuevo la vida nos resulte más
soportable. Y soportar la vida sigue siendo el primer deber de
todo ser vivo. La ilusión pierde todo valor cuando nos estorba
hacerlo.
Recordamos
el viejo apotegma: «Si vis pacem, para bellum»: Si quieres
conservar la paz, ármate para la guerra. Sería tiempo de
modificarlo: «Si vis vitam, para mortem»: Si quieres soportar la
vida, prepárate para la muerte.
Carta al doctor Frederik van Eeden
[Esta carta
fue escrita por Freud a fines de 1914, pocos meses después del
estallido de la Primera Guerra Mundial y pocos meses antes de
redactar «De guerra y muerte». El destinatario de la misiva, Van
Eeden, era un psicopatólogo holandés a quien, sin embargo, se lo
conocía más como literato. Hizo larga amistad con Freud, aunque
nunca aceptó las ideas de este. La carta fue publicada por
primera vez en alemán por Van Eeden en un semanario de Amsterdam,
De Amsterdammer, 1 el 17 de enero de 1915 (nº 1960, pág. 3).
Aparentemente, nunca más volvió a imprimirse en alemán. Ernest
Jones la tradujo al inglés en el segundo volumen de su biografía
de Freud (1955, pág. 413).]
Viena, 28 de
diciembre de 1914
Distinguido
colega:
Esta guerra
hace que me atreva a recordarle dos tesis sustentadas por el
psicoanálisis que indudablemente han contribuido a su
impopularidad.
Partiendo
del estudio de los sueños y las acciones fallidas que se
observan en personas normales, así como de los síntomas de los
neuróticos, el psicoanálisis ha llegado a la conclusión de que
los impulsos primitivos, salvajes y malignos de la humanidad no
han desaparecido en ninguno de sus individuos sino que
persisten, aunque reprimidos, en el inconciente (para emplear el
término de nuestro lenguaje), y que esperan las ocasiones
propicias para desarrollar su actividad. Nos ha enseñado también
que nuestro intelecto es una cosa débil y dependiente, juguete e
instrumento de nuestras inclinaciones pulsionales y afectos, y
que todos nos vemos forzados a actuar inteligente o tontamente
según lo que nos ordenan nuestras actitudes [emocionales] y
resistencias internas.
Ahora bien,
si repara usted en lo que está ocurriendo en esta guerra -las
crueldades e injusticias causadas por las naciones más
civilizadas, el diferente criterio con que juzgan sus propias
mentiras e iniquidades y las de sus enemigos, la pérdida
generalizada de toda visión clara de las cosas-, tendrá que
confesar que el psicoanálisis ha acertado en esas dos tesis.
Es posible
que no haya sido totalmente original en ello; son muchos los
pensadores y los estudiosos de lo humano que han formulado
afirmaciones semejantes a estas; pero nuestra ciencia las ha
elaborado detalladamente, empleándolas a la vez para descifrar
muchos enigmas de la psicología.
Confío en
que volveremos a vernos en tiempos mejores. Suyo cordialísimo,
Sigmund
Freud