BIOGRAFIA  SACRA
 (del libro del mismo título de Luis Franco, editado en 1957
por Editorial Reconstruir, Buenos Aires)


Por cierto que el cristianismo tiene raíces tan variadas como múltiples: Moisés, los profetas, la Tora y otros aportes judíos; las sectas nazarena y ebionita, y las de los esenios y terapeutas; la probable influencia de los astrólogos caldeos; las religiones de Mithra, de Adonis, de Atis y de Osiris; el idealismo platónico; las escuelas filosófico-místicas de Plotino y Porfirio con su ya alevoso y asiático volver la espalda al racionalismo griego, todo ello para no contar las más cavernarias supersticiones, las milagrerías más ñoñamente ingenuas.
Los Evangelios no son, fundamentalmente hablando, el producto de un espíritu o de varios espíritus individuales sino una creación colectiva y anónima, operada a lo largo de muchas décadas, enteramente emanada de los factores económicos, políticos y espirituales de la época y las circunstancias.

La primera evidencia surgida de la lectura desprejuiciada de los Evangelios, es que ninguno de los presuntos cuatro evangelistas, conoció al biografiado. Como se desprende de la alusión hecha a personajes o sucesos muy posteriores a la supuesta fecha de la muerte de Jesús, los Evangelios han sido redactados entre fines del siglo I y mediados del II por personas que no pudieron haber conocido a los discípulos ni menos al maestro. Todo indica que se trata de la versión escrita de una larguisima tradición oral y anónima o de alguna otra fuente que se desconoce. No hay, pues, un solo testimonio escrito de alguien que haya conocido a Jesús.

Los distintos Evangelios descoinciden fervorosamente entre sí por la simplísima razón de ser la expresión de sentimientos, visiones y sectas distintas. De ahí no sólo el desparecido, sino las contradicciones, tajantes a veces; en el Sermón del Monte se declara lisa y sencillamente que Jesús no ha venido a anular la Ley y los Profetas ni a menoscabarlos: "No a destruir sino a cumplir he venido". "Quien observa la Ley y enseña a observarla, será grande en el reino de los cielos" (Mateo V, 17,19). Se trata pues, de un restaurador de la pureza mosaica. Mas he aquí que vuelta a vuelta, abiertamente, Jesús se coloca por encima de la Ley y los Profetas, con grande escándalo de los escribas (Mateo IX, 2; Lucas VII, 47). Otra contradicción contundente: consultado sobre la obligación de pagar tríbuto al romano, Jesús la aprueba con la sentencia famosa "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios' (Marcos XII, 17; Lucas XX, 25). Ese mismo Rabí aparece más tarde como antitributario, al declararse rey de los judíos, y los saduceos y ancianos del pueblo lo acusan ante Pilato: "A éste hemos hallado que... veda dar tributo a César" (Lucas XXIII, 2).
Si la caridad lo pide, Jesús viola tranquilamente el sacro reposo del sábado (Marcos XI, 22). Va contra el tabú de los alimentos impuros, pues "lo que contamina al hombre es lo que sale de su boca no lo que entra" rechaza el divorcio mosaico, come con pecadores y publicanos, y si algo falta, un día anuncia la destrucción del templo... todo lo cual está jacobinamente en contra de la Ley que él dice venir a cumplir

Rechazar hasta el deseo de lo impuro; oponer la dulzura y la mansedumbre a la violencia; ofrecer la mejilla izquierda si nos golpean la derecha; no sólo no odiar sino amar a nuestros enemigos; proceder con el prójimo como quisiéramos que él procediese con nosotros; amar sin distinción a todos los hombres, que son nuestros hermanos ¿No es tenido todo eso por la originalidad esencial del cristianismo? Bien, pero ese mismo varón de amor es el que dice: "yo no he venido para meter paz, sino espada» (Mateo X, 34); el que llama "sepulcros blanqueados" a los fariseos, discípulos del dulce Hillel con cuya doctrina concuerda sustancialmente la suya; el que un día arroja del templo a latigazo limpio a cambistas y chalanes; el rebelde que se apresta a oponer la violencia a la violencia; "Ahora el que tiene bolsa tómela y también la alforja   y el que no tiene venda su capa y compre espada" (Lucas, XXII, 36, 38).

También es altamente contradictoria su actitud ante la mujer y la alegría de vivir. Mientras en Juan (II, 1, 10.) se muestra como un antiasceta que come sin remilgos con publicanos y pecadores, y no sólo no rehuye a la mu-jer sino que acepta complacido su fastuoso homenaje de ungüento de nardo (Lucas III, 37) y perdona sin titubéos las reincidencias galantes de Magdalena y aun a la mujer sorprendida en adulterio (Juan VIII, 3), se muestra en otros pasajes más ávidamente rigorista que Moisés mismo, condenando el divorcio (X, 9) permitido por toda la antigüedad, llegando hasta condenar implícitamente aun el amor de mujer y hombre (Mateo XIX, 12).

Tampoco se ve claro cuál es su verdadera concepción de "el reino de Dios". A veces parece ser el de las almas o conciencias limpias. A veces la realización de los sueños apocalípticos de Daniel y de Enoch. En ocasiones, el edén de los pobres y humillados: la visión de un demagogo socializante.
La verdad es que hay tantos Jesús como biógrafos, y aun más; pues no siempre hay congruencia consigo mis-mo en cada Evangelio. Por lo pronto el Jesús de Mateo es estrechamente antigentil; el de Marcos lo es menos; el de Lucas simpatiza con los paganos; el de Juan es antijudaico; el de Pablo es abiertamente antijudaico y universal No hay, pues, unidad, doctrinal ni psicológica en el protagonista de los Evangelios no es un personaje, sino varios personajes. Este es el argumento clave contra su extstencia personal.

Pese a lo que sostuvieron los cristianos ortodoxos, y no pocos heterodoxos, como Renán y Straus, no hay verdadera "buena nueva" en los Evangelios; ello es, en ningún momento se distancia de las más altas enseñanzas del Viejo Testamento y de la sabiduria oriental o helénica o las supera, y no inventa uno solo de sus mitos y ritos.
La vida y los hechos y palabras de Cristo tienen su fuente y justificación en el Viejo Testamento, o mejor, están casi totalmente cosidos con retazos del mismo. "El señor, tu Dios, hará de ti y del medio de ti, un profeta" (Deuteronómio XVII; 153). "Alégrate, oh hija de Jeruslén: he aquí que tu rey viene a ti: es justo y trae la salvación; viene a ti humilde montado en un asno" (Zacarías XX, 9). "Los malos me han cercado; agujerearon mis manos y mis pies" (Salmos XXIII, 16). "Se repartieron mis vestidos entre sí y sobre mi túnicá echaron dados" (Salmos XXII, 18). "También me dieron hiel por comida y en mi sed me dieron vinagre" (Salmos VI, 9, 21). "Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado" (Salmos XXII, 1 ). "Es un varón de dolores y está identificado con el agravio" (Isaías, LIII, 3). La misma traición de Judas está anunciada (Salmos XLI, 9). Es decir, como puede advertirse, se ha tomado el rábano por las hojas: la figura de Jesús fué fraguada para justificar los profecias...
En resumen, los Evangelios están eruditamente saturados de magia, astrología, taumaturgia, niñerias y absurdos más o menos sobrehumanos o infrahumanos. (Jesús camina sobre las aguas a pie enjuto, resucita un cadáver que tira a carroña, trueca el agua en vino con mucha más gracia que un tabernero, arroja como por un balcón los demonios del cuerpo del poseso, tiene "hermanos según la carne" (Mateo XIII, pese a ser hijo de una virgen, admite como discípulo a Judas sabiendo que lo ha de traicionar, y cien cosas de este jaez, aunque lo asombroso no son tantos absurdos, dados la época y el medio, sino el que dos mil años después, la humanidad que se supone mas moderna, finja tomarlos en serio por pura inercia de espíritu, por puro temor al porvenir o por conveniencias inconfesables.
El cristianismo engendra, pues, a Jesucristo, y no al revés. La doctrina y creencia nacieron de la esperanza mesiánica de Israel combinada con el anhelo de justicia social de todas las plebes y de salvación de la pureza humana en una época en que, con el triunfo imperial de Roma, la tierra parecía haber hallado un amo definitivo y la servidumbre humana su mayor de profundis.
 Descreídos de este mundo, los hombres pusieron toda su fe en el cielo. La figura de Jesús nació (cuando los elementos estaban maduros) de la necesidad de personalizar y dar forma heroica e idílica a aquel sueño imenso.
Como cada evangelista recogió el folklore sacro según su escuela y su gusto, la figura de Jesús resultó tan contradictoria como inasible. Al Jesús judaico-galileo do los Evangelios sinópticos se sobrepuso el Jesús del cuarto Evangelio y de las epístolas de Pablo, que es el fruto del judaísmo fecundado por lejanos vientos de Asia y Egipto y por las aguas greco-romanas. Hay, pues, varios Jesús creados por las númenes religiosos, pero ni uno solo por la realidad de la historia.

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