Jesús: biografía revolucionaria
John Crossan, Editorial Grijalbo-Mondadori, 1996, 224 pág. ISBN-84-253-2932-9
pag.158 a 161
BARRABÁS -NO- ERA UN LADRÓN
Según la versión de los evangelios del Nuevo Testamento, Pilato es un personaje totalmente justo e imparcial. Su deseo habría sido el de absolver a Jesús, pero se habría visto obligado, a regañadientes y contra su voluntad, a crucificarlo ante la insistencia de las autoridades judías y de las turbas de Jerusalén. Habría mantenido asimismo largas conversaciones con Jesús, en el transcurso de las cuales habría proclamado repetidamente su inocencia y habría afirmado que no era merecedor de la muerte. He aquí, por ejemplo, la versión de Mc 15,6-15:
Por la fiesta solía soltárseles un preso, el que pedían. Había uno llamado Barrabás, encarcelado con sediciosos que en una revuelta habían cometido un homicidio; y subiendo la muchedumbre, comenzó a pedir lo que solía otorgárseles. Pilato les preguntó diciendo: ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos? Pues conocía que por envidia se lo habían entregado los príncipes de los sacerdotes. Pero los príncipes de los sacerdotes excitaban a la turba para que les soltase a Barrabás. Pilato de nuevo preguntó, y dijo: ¿Qué queréis, pues, que haga de este que llamáis rey de los judíos? Ellos otra vez gritaron: ¡Crucificale! Pero Pilato les dijo:
¿Pues qué mal ha hecho? Y ellos gritaron más fuerte: ¡Crucificale! Pilato, queriendo dar satisfacción a la plebe, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberle azotado, le entregó para que le crucificasen.
A mi juicio, todo este episodio es absolutamente antihistórico, y lo más probable es que se trate de una invención de Marcos. Dos son los motivos en los que me baso. Uno es que la imagen que ofrece de Pilato, en exceso condescendiente con el griterío de las turbas, es justamente la contraria de la que conocemos por los relatos de Josefo. Su especialidad era precisamente el control brutal de las multitudes. El segundo es que esa costumbre de la amnistía sin restricciones , de liberar a cualquier preso que solicitara el pueblo, con motivo de la festividad de la Pascua, iría contra los dictados de la más elemental prudencia administrativa. Filón, por ejemplo, explica diez años más tarde cuál es la deferencia que tenían los buenos gobernadores con los delincuentes condenados a la cruz con motivo de alguna festividad. Podían retrasar la ejecución de la pena hasta que acabara la fiesta, o podían conceder un permiso para que el crucificado fuera enterrado por su familia. De lo que no se habla en ningún momento es de la posibilidad de revocar la pena por petición popular. En su invectiva contra Flaco, gobernador de Egipto, al que atribuye los pogroms antijudios llevados a cabo el 31 de agosto de 38 e. v., día del cumpleaños de Gayo Calígula (cf. Contra Flaco 81-84), dice Filón:
Las autoridades que ejercen su gobierno como es debido, y que no pretenden honrar, sino que en efecto honran a sus benefactores, tienen por costumbre no ejecutar a ningún condenado hasta que hayan pasado los actos celebrados en honor de los cumpleaños de los miembros de la ilustre familia de Augusto... Conozco casos en los que la víspera de una de esas festividades, los cuerpos de los crucificados han sido descolgados de la cruz y entregados a sus familiares, por considerarse apropiado darles sepultura y concederles los ritos habituales. Pues se pensó que también los muertos deberían beneficiarse del cumpleatios del emperador, Flaco, en cambio, no permitió nunca bajar de la cruz a los cadáveres. Antes bien, ordenó la crucifixión de los reos, a quienes la ocasión ofrecía un breve respiro, que en modo alguno sería permanente, pues sólo comportaba un retraso del castigo, y no un perdón absoluto.
Pero si el incidente de Barrabás no es verídico, ¿por qué se lo inventó Marcos? No parece que fuera creado, como el episodio de la Entrada Triunfal en Jerusalén, para demostrar el cumplimento de una profecía. ¿Qué finalidad tenía entonces?
Además de las manifestaciones masivas, los profetas apocalípticos y los pretendientes de corte mesiánico, se dio durante el siglo I un último tipo de resistencia campesina en los territorios judíos. Josefo habla en repetidas ocasiones de bandidos rebeldes [ladrones], esto es, campesinos que, tras verse obligados a abandonar sus campos, preferían retirarse a las montanas y dedicarse al bandidaje que ir pidiendo limosna por los caminos. En su obra ya clásica dedicada a estudiar este asunto, Eric J. Hobsbawm los llama bandidossociales, para diferenciarlos de los bandidos a secas.
Se trata de delincuentes campesinos considerados criminales por el señor y por el estado, que, sin embargo, siguen formando parte de la sociedad campesina y son considerados por su pueblo verdaderos heroes, defensores, vengadores, justicieros, fautores incluso de su liberación y, en cualquier caso, hombres dignos de admiración, merecedores de su ayuda y su apoyo... [El bandidaje social] puede presentarse en una u otra de las tres modalidades siguientes: ... el bandido generoso o a lo Robin ....... el partisano primitivo o guerrillero ... y posiblemente el vengador terrorista.
Los bandidos rebeldes o proscritos de los que habla Josefo probable-mente no fueran tan maravillosos como el bendito Robin Hood (quien, dicho sea de paso, no era Príncipe de los Ladrones, sino de los Proscritos ). No hace falta convertirlos en figuras románticas ni canonizarlos, sino sencillamente entender que cualquier incremento de su presencia suele ser un indicio de que las clases oprimidas empiezan a encontrarse por debajo del nivel de la pura subsistencia y se ven obligadas a emprender una resistencia armada, aunque sea de manera esporádica, ineficaz, o incluso a la desesperada. En griego el término técnico para designar al bandido rebelde de ese estilo es lestés, y ése es precisamente el epíteto que aplica Marcos a Barrabás. Barrabás era un bandido, un rebelde, un insurgente, un combatiente de la libertad, según el punto de vista de cada uno, por supuesto. Ahora bien, el evangelio de Marcos fue escrito poco después de la terrible conclusión de la Primera Guerra de los Judíos en el año 70 e. v., que supuso la destrucción de Jerusalén y del Templo. Ya hemos visto, por otra parte, cómo en el año 68 e. v. los zelotas -coalición no muy bien definida compuesta por grupos de bandidos y rebeldes campesinos-, lograron entrar por la fuerza en Jerusalén estrechando el asedio de los romanos, y desencadenaron una encarnizada lucha dentro de los muros de la ciudad con el fin de obtener el control absoluto de la rebelión. Pues bien, ése fue, según Marcos, el partido que tomó Jerusalén: prefirió a Barrabás antes que a Jesús, prefirió a un rebelde armado antes que a un salvador sin armas. En otras palabras, la historia de Barrabás que cuenta Marcos constituye una dramatización simbólica del futuro destino de Jerusalén, tal como él lo vivió . Por último, si pensamos que todos estos episodios son un invento del autor, no olvidemos que rara vez suelen tener por objeto el mero embellecimiento literario de la obra. Por lo general se trata de una dramatización simbólica , como en el caso que nos ocupa (el proceso se convierte en hecho, por utilizar la terminología empleada anteriormente), o del cumplimiento de una profecía , como ocurre en el caso de la Entrada Triunfal en Jerusalén; o de arnbas cosas a la vez, como en el caso de las historias de la infancia analizadas en el capítulo 1.
La conclusión a la que nos conduce el análisis del episodio de Barrabás suscita, en cualquier caso, un problema más profundo. ¿Cómo es que los primeros seguidores de Jesús sabían tanto acerca de su muerte y sepultura? ¿Cómo es que nos proporcionan una relación tan detallada y minuciosa de todo lo sucedido? ¿Qué significa además la concordancia tan estrecha y notable que existe entre los cuatro evangelios neotestamentarios y el Evangelio de Pedro, obra no integrada en el Nuevo Testamento?