LA ANELYTROIDE

Del libro "Erotika Biblion) de Mirabeau,  Editorial Mateu,  (Barcelona)1970,


La Biblia es, sin duda alguna, uno de los Iibros más antiguos y más curiosos que existen sobre la Tierra. 
La mayoría de las objeciones que le hacen las personas que no pueden creer que Moisés haya sido un intérprete divino me parecen muy insuficientes. Por ejemplo, no hay nada que haya sido puesto más en ridículo que la física de los Iibros santos, la cual, en efecto, parece muy defectuosa; pero no piensen estas gentes en el estado de la ciencia en las primeras edades. La física era entonces lo que todavía sería si el hombre no hubiera estudiado nunca la naturaleza; ve el cielo como una bóveda azul en la que el sol y la luna parecen ser los astros más considerables; el primero produce la luz del día y el segundo la de la noche. 
Los ve salir por una parte y ponerse por otra después de haber acabado su carrera y dado su luz durante un cierto espacio de tiempo. El mar parece del mismo color que la bóveda azulada, y se diría que, cuando se mira de lejos, toca el cielo en la distancia. Todas las ideas del pueblo no alcanzaban y no podían alcanzar más que estás tres o cuatro nociones, y, por falsas que fueran, habría de conformarse con ellas para poder concebirlas. 
Puesto que el mar parece reunirse a lo lejos con el cielo, era lógico imaginar que existiesen aguas superiores y aguas inferiores que llenasen las unas el cielo y las otras el mar, y que para sostener las aguas superiores hubiese un firmamento, es decir, un apoyo, una bóveda sólida y transparente a través de la cual se viese el azul de las aguas superiores. 
Veamos ahora lo que dice el texto del Génesis, capitulo 1, versículos 6, 7 y 8: 
<Que se haga el firmamento en medio de las aguas y que se separen unas aguas de las otras; y Dios hizo el firmamento y separó las aguas que estaban debajo del firmamento de aquellas que estaban sobre el firmamento, y Dios dio al firmamento el nombre de cielo... y a todas las aguas reunidas debajo del firmamento el nombre de mar.> Es evidente que a estas ideas hay que referir: 
1º Las cataratas del cielo,. las puertas, las ventanas que se abrieron cuando fue preciso dejar caer las aguas superiores para que inundaran la tierra; 
2º El origen común de peces y pájaros, producidos los primeros por las aguas inferiores y por las superiores los pájaros, porque se aproximaban en su vuelo a la bóveda azulada, que el pueblo cree que está poco más arriba de las nubes. 
Además, el pueblo cree que las estrellas están empotradas en la bóveda celeste como clavos, más pequeños que la luna e infinitamente más pequeños que el sol. Sólo distingue los planetas de las estrellas fijas por el nombre de errantes; sin duda por esta razón no hace mención alguna de los planetas en todo el relato de la creación. Todo está allí. representado con relación al hombre vulgar, al cual no se trataba de demostrar el verdadero sistema de la naturaleza, bastando con instruirle acerca de lo que debía al Ser Supremo, mostrándole sus producciones como otros tantos beneficios. Todas las verdades sublimes de la organización del mundo no deberían aparecer sino andando el tiempo,  y tal vez se las reservaba el Ser Supremo como el medio más seguro de llamar al hombre a sí cuando su fe, declinando de siglo en siglo, fuera tímida, vacilante, casi nula; cuando, alejado de su origen, acabara por olvidarse; cuando, acostumbrado al gran espectáculo del universo, cesara de sorprenderle y osara desconocer a su autor. Los grandes descubrimientos sucesivos reafirman, agrandan la idea de ese Ser Supremo en el espíritu del hombre. Cada paso que se da en la naturaleza produce este efecto, acercándose al Creador. Una verdad nueva se convierte en un gran milagro, más milagro y más glorioso para el Ser Supremo que los que nos cuentan, porque éstos no son más que efectos maravillosos con los que Dios sorprende rara e inmediatamente, mientras que con los otros se sirve del hombre mismo para descubrir y manifestar esas maravillas incomprensibles de la naturaleza que, operadas a cada instante, expuestas en todo tiempo y en todos los tiempos a su contemplación, deben recordar incesantemente al hombre su Creador, no sólo por el espectáculo actual, sino también por ese desarrollo sucesivo. 
He aquí lo que debieran enseñarnos nuestros vanos e ignorantes teólogos. El verdadero arte está en hermanar siempre la ciencia de la naturaleza con la teología, y no hacer que choquen sin cesar las cosas santas y la razón, los creyentes fieles y los filósofos. 
Una de las fuentes del descrédito en que han caído las Sagradas Escrituras son las interpretaciones forzadas que nuestro amor propio, tan orgulloso, tan absurdo, tan afín de nuestra miseria, ha querido dar a todos los pasajes que nosotros no podemos explicar. De ahí han nacido los sentimientos figurados, las ideas indecentes, las prácticas supersticiosas, las costumbres extravagantes, las decisiones ridículas o estrambóticas de que estamos inundados. Todas las locuras humanas se han revelado alternativamente con los pasajes rebeldes a los intérpretes, que se afanan, se obstinan y de nada dudan, como si el Ser Supremo no hubiera podido dar al hombre verdades que sólo debería saber, conocer, profundizar en los siglos venideros. 
Desde el momento en que admitimos que la Biblia está hecha para el universo, hay que pensar en que hoy sabemos muchas cosas que se ignoraban hace cuarenta siglos, y que dentro de cuatro mil afios se sabrán otras muchas que hoy ignoramos. ¿Porqué, pues, querer juzgar con anticipación? Los conocimientos son graduales, y no se desarrollan sino mediante una marcha insensible que las revoluciones de los imperios y la naturaleza retardan o amortiguan. Así, pues, la inteligencia de la Biblia, que existe hace tantos siglos que pocas cosas podrán citarse más antiguas, exige un largo período de esfuerzos e investigaciones. 
Uno de los, artículos del Génesis que ha excitado singularmente el espíritu humano es el versículo veintisiete del capitulo primero: 
<Dios creó al hombre a su imagen; lo creó macho y hembra.» 
Es evidente que Dios ha creado al hombre andrógino, pues en el versículo siguiente, o sea, en el veintiocho, dice a Adán: «Creced y multiplicaos; llenad la tierra.» 
Todo esto ocurrió en el sexto día. Sólo en el séptimo creó Dios a la mujer. Lo que Dios hizo entre el sexto y el séptimo día, es decir, entre la creación del hombre y de la mujer, es inmenso. Hizo conocer a Adán todo lo que había creado: animales, plantas, etc. Todos los animales comparecieron ante Adán. 
«Adán los nombró a todos; y el nombre que Adán dio a cada uno de los animales es su verdadero nombre.» (Cap. fl, v. 19.)  «Adán llamó, pues, a todos los animales con el nombre que les era propio, tanto los.pájaros como las bestias, etc.» (Cap. II, v. 20.) 
Hasta ahorá no aparece la mujer, está increada; Adán es hermafrodita. Ha podido crecer y multiplicarse solo. 
Y para concebir el tiempo durante el cual pudo Adán reunir en sí ambos sexos, basta con reflexionar acerca de lo que pueden ser esos días de que nos hablan las Escrituras, esos seis días de la Creación, ese séptimo día del reposo, etc. 
Es de lamentar que todos nuestros teólogos, todos nuestros comedores de imágenes abusen de ese grande, de ese santo nombre de Dios; apena que el hombre lo profane y que prostituya la idea de ese primer Ser sustituyéndola con la del fantasma de sus opiniones. Cuanto más se penetra en el seno de la naturaleza, más profundamente se respeta a su Autor, pero mientras que un respeto ciego es supersticioso, un respeto claro es el único que conviene a la verdadera religión. Y para comprender claramente los primeros hechos que el intérprete divino nos ha transmitido es preciso, como observa elocuentemente Buffon, recoger con cuidado esos rayos escapados de la luz celestial. Lejos de ofuscar la verdad, no pueden menos que añadirle un nuevo grado de esplendor. 
Esto sentado, ¿qué puede entenderse por los seis días de la creación que Moisés descifra con tanta precisión, sino seis espacios de tiempo, seis intervalos de duración? Estos espacios de tiempo indicados con el nombre de días, a falta de otras expresiones, no pueden tener ninguna relación con nuestros días actuales, pues habían pasado tres de estos días antes de que el sol fuese creado. Esos días no eran, pues, parecidos a los nuestros, y Moisés lo indica claramente contándolos desde la noche hasta la manana, al revés de los días solares, que se cuentan y deben contar de la mañana a la noche. Los seis días no eran, por tanto, ni parecidos a los nuestros ni iguales entre sí; estaban proporcionados a la obra. No son otra cosa que seis espacios de tiempo. Luego Adán fue creado hermafrodita el sexto día, y, no habiendo sido producida la mujer hasta el fin del séptimo, Adán pudo procrear en sí mismo y por sí mismo en el intervalo comprendido entre aquellas dos épocas. 
El estado andrógino no fue desconocido para los filósofos del paganismo, para sus mitólogos ni para los rabinos. Estos últimos han pretendido que Adán fue creado hombre de una parte y mujer de otra, compuesto de dos cuerpos que Dios no hizo más que separar. Aquéllos, cual Platón, lo han visto de figura redonda, dotado de una fuerza extraordinaria; por eso la raza a que dio lugar quiso declarar la guerra a los dioses. Júpiter, irritado, los quiso destruir, pero se contentó con debilitar al hombre desdoblándolo, y Apoló extendió la piel que ató al ombligo... De aquí la inclinación que arrastra a un sexo hacia otro, a causa 
del ardor que sienten ambas mitades por volverse a unir, y la inconstancia humana, debido a la dificultad que tiene cada mitad de hallar de nuevo a su correspondiente. ¿Nos parece una mujer amable? La tomamos por esa mitad con la que hubiéramos hecho un todo; el corazón nos dice; «¡Hela aquí, es ella!», pero, ¡ay!, después de probarla casi nunca lo es.  Sin duda alguna, según esto, los basilianos y los carpocracios pretendieron que nosotros nacemos en el estado de naturaleza inocente, tal como Adán en el momento de su creación, y debemos, por consiguiente, imitar su desnudez. Detestaban el matrimonio, pues sostenían que la unión conyugal nunca habría tenido lugar sobre la tierra -si no hubiera sido por el pecado-, veían el goce de las mujeres en comun como un establecimiento en la justicia original y practicaban sus dogmas en un soberbio templo subterráneo calentado mediante estufas, en el que entraban completamente desnudos tanto los hombres como las mujeres. Allí todo les estaba permitido, hasta el adulterio y el incesto, desde el momento en que el anciano o jefe  de la sociedad había pronunciado las palabras del Génesis: Creced y multiplicaos.  Trachelin renovó esta secta en el siglo XII; predicaba abiertamente que la fornicación y el adulterio eran meritorios, y los más famosos de sus sectarios fueron los llamados Turlupines, en Saboya.  Varios eruditos hacen remontar el origen de estas sectas a Muacha, madre de Asa, rey de Judá, gran sacerdotisa de Priapo. 
Esta doble condición de Adán parece haber sido indicada también en la fábula de Nárciso, quien, embriagado por su propio amor, quiere gozar de su imagen y acaba por calmarse fracasando en su empresa. 
Todas esas dudas, todas esas investigaciones en torno a los goces entre nuestra naturaleza actual han dado lugar a una gran pregunta, a saber: 
-«¿Puede concebir una mujer joven imperforada?»  Como es sabido, los PP. Cucufe y Tournemine, sabios jesuitas,  han profundizado en esta cuestión y se han decidido por su cara afirmativa; la obra de Dios, dicen, no puede en caso alguno existir de manera contraria a los fines de la naturaleza. Una joven privada de la vulva debe, pues, hallar en el ano recursos para cumplir los designios de la reproducción> la primera y la más inseparable de las cuestiones de nuestra existencia. 
Cucufe y Tournemine han sido atacados. Era lógico. Pero Sánchez, el sabio español que ha pasado treinta años de su vida estudiando estas cuestiones sentaoa en un sitial de mármol, que no comía jamás ni pimienta, ni sal, ni vinagre, y que, cuando se sentaba a la mesa para comer, mantenía los pies en el aire*, ha defendido a sus colegas con una elocuencia de la que no se creería susceptible semejante materia. Sin embargo, los celos contra los jesuitas han sido tan poderosos que los Papas han hecho una excepción para las muchachas que escogieran ese camino a falta de otro, hasta que Benedicto XIV, iluminado por los descubrimientos de la Facultad de Cirugía de París, suprimió la excepción y permitió el uso de la otra parte en el sentido de los PP. Cucufe y Tournemine. 
En efecto, M. Louis, secretario perpetuo de la Academia de Cirugía, ha sostenido en 1755 una tesis en los bancos académicos demostrando que las anelitroides podían concebir, como lo demuestran los hechos consignados en su tesis impresa con privilegio. A pesar de esta autenticidad, el Parlamento no dejó de denunciar la tesis de M. Louis como contraria a las buenas costumbres. Fue preciso que ese grande y no menos ingenioso y magnífico quirúrgico recurriera a los casuistas de la Sorbona; entonces demostró fácilmente que el Parlamento se pronunciaba en una cuestión que no es de mayor competencia suya que el 
emético. Y el Parlamento no dio curso alguno a la denuncia. 
De todo ello ha resultado una verdad muy importante para la especie humana y no menos singular para lá masa de lectores, esto es, que muchas jóvenes estériles están autorizadas, y hasta deben en conciencia, intentar las dos vías, hasta que se hayan asegurado del verdadero camino que el Creador ha puesto en ellas. 
 

 *«Salem, piper, acorem repuebat. Mensae vero accumbebat alternis seinper pédibus   sublatis.»  De Matrimonio, 


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