La versión no autorizada Magnifica obra del profesor de Historia antigua de la Universidad de Oxford, Robin Lane Fox, editada por Planeta, colección Documento, isbn 84-08-00080-2, 1992, 487 págs.
(Copiamos integro el segundo capítulo)
2. LA PALABRA INFALIBLE
La verdad sobre los dos comienzos de la Biblia no es un descubrimiento nuevo. Ya en épocas antiguas hubo quienes notaron muchas de esas contradicciones y trataron de explicarlas. Durante el siglo XIX, Darwin y Schuerer demostraron que los relatos de la creación y el nacimiento no respondían a los hechos. Sin embargo, esos reparos no son todavía del dominio público. La mayoría de nosotros hemos oído hablar de la evolución o de los problemas del parto virginal, pero la formación del libro del Génesis no es algo conocido, y mucho menos los problemas del censo romano de Lucas y sus fechas. Quiero ahora mostrar por qué estas cuestiones siguen siendo importantes. Afectan al concepto de la escritura, lo que a su vez afecta al status de la Biblia, que perdería su puesto excepcional si resulta no ser tan singular. Es algo que necesita ser aclarado, porque su corrección abre amplios horizontes en los que poder después movernos con mayor libertad.
A lo largo de los siglos, muchas personas han creído que la escritura es la palabra infalible de Dios. Como la mayoría de los judíos de su tiempo, Josefo creía que las escrituras hebreas eran la verdad divinamente inspirada; incluso se convenció de que se trataba de un conjunto armonioso. Es una simple coincidencia, y no algo hecho a propósito, el que nos diese ciertos detalles que ponen de relieve los errores del tercer Evangelio de los cristianos. Estos estaban también muy convencidos. En los años 90, un cristiano desconocido, autor de una epístola enviada de Roma a Corinto, afirmaba que «las escrituras son la palabra verdadera del Espíritu Santo», mientras que el gran autor y obispo cristiano Irineo de Lyon era incluso más tajante: «Las escrituras son perfectas -escribía hacia el año 170-, porque fueron obra de la Palabra de Dios y de su Espíritu.» La creencia en que, como palabra de Dios, la escritura nunca yerra ha sido preeminente en el cristianismo evangélico desde el siglo XIX con importantes consecuencias para la utilización de la escritura en sus misiones cristianas por todo el mundo.
Como subtítulo de la escritura, «la palabra infalible de Dios» resulta muy impresionante, pero se vuelve inadecuado tan pronto como tratamos de examinarlo más a fondo. La idea de que Dios utiliza nuestro lenguaje, de que dicta como un ser humano y la transcripción de sus palabras sigue estando a nuestra disposición en un texto fiel no es precisamente algo obvio. «Palabra de Dios» puede parecer una denominación algo menos extraña tratándose de textos como los de los profetas, o los Evangelios. Al fin y al cabo, los profetas afirman estar hablando en nombre del Señor en ciertos versículos, en tanto que los Evangelios aseguran estar transmitiéndonos lo que dijo Jesús, a quien nos presentan como hijo de Dios. Sin embargo, lo de «palabra de Dios» parece una descripción mucho menos apropiada en el caso de libros como Jueces, Rut o el Cantar de los Cantares. La idea de que toda la escritura es no sólo palabra de Dios sino su palabra infalible exige una relación muy íntima entre Dios y el texto que hoy poseemos. Como la escritura es un texto, no una emisión, sólo hay una relación lo suficientemente estrecha: que haya sido realmente dictada por Dios. Durante la Reforma, en el siglo XVI, hubo cristianos que llegaron al extremo de defender esa idea extrema. Todavía la encontramos en el arte cristiano de ese período, en el que los autores de los Evangelios son representados no meramente como testigos de la Ascensión, sino provistos de cuadernos, plumas y tinta. Están copiando exactamente lo que les dice el Espíritu Santo, y hasta hay un ángel que guía su mano por la página.
La creencia en el dictado no hace justicia a los autores, los orígenes y el contenido de los libros bíblicos. Además, implica que Dios dice mentiras: como ya hemos visto, la Biblia no es siempre verídica. Sin esa creencia, la «palabra de Dios» se convierte en una vaga metáfora para referirse al texto que leemos. Si la tomamos muy al pie de la letra, se vuelve absurda, y en caso contrario sólo significa lo que ese «regalo de Dios» con que se refieren algunas personas a un parto con gemelos, una buena cosecha o un año excepcional para sus negocios. Sin lo de «palabra de Dios», lo de «infalible» tiene que valerse por sí mismo. Puede parecer también una simple etiqueta en la que no vale la pena insistir, pero no hay más remedio que dejarlo resuelto antes de seguir adelante porque tiene todavía ardientes defensores. Actualmente se les denomina fundamentalistas, y podrían entorpecer nuestras exploraciones.
Con los fundamentalistas hay, en este sentido estricto, un malentendido. No sostienen que en la Biblia sea todo literalmente verdad, como si Adán hubiese vivido doscientos años o el mundo hubiera sido creado en tan sólo seis días. Lo que afirman es más bien que, cuando se la entiende adecuadamente, la Biblia nunca incurre en error. Esta creencia va unida a la de que la Biblia ha sido inspirada por Dios, creencia que basan también en algunos de sus textos. Citan ciertos versículos que hablan de una «escritura inspirada», los interpretan según conviene a sus ideas y los amplían para referirse a la Biblia entera, como si se demostrase que ha sido inspirada porque un fragmento (discutible) de ella así lo dice. Los fundamentalistas cristianos citan también como autoridad a Jesús, como silos Evangelios nos lo mostrasen aceptando que toda nuestra escritura está inspirada y nunca yerra. Ninguno de los textos que alegan tiene ese alcance, pero los fundamentalistas estrictos los refuerzan mediante otra táctica. Si la Biblia parece increíble, es que debe significar otra cosa; los cientos de años de vida de Adán deben incluir los transcurridos entre Adán y el siguiente acontecimiento del relato del Génesis; los seis días de la creación son seis fases o seis largos eones, a pesar de su mención explícita de mañanas y noches.
Ante estas pretensiones, muchos tratan de explicar también a los propios fundamentalistas como otra cosa. Al parecer se trata de reaccionarios contra el liberalismo, contra el cambio moderno o contra la cultura occidental, o de conformistas con las verdades sociales o psicológicas que los retratan. Pero lo que afirman de la escritura, cualesquiera que sean sus motivos o razones para sostenerlo, tiene un pedigrí mucho más antiguo. Una escritura infalible exige aceptar la alegoría, la creencia de que un texto puede parecer decir una cosa cuando en realidad significa otra. Esta creencia se remonta a hace dos mil años, cuando iba unida a la más fundamental de que la escritura ha sido inspirada. En el siglo III d.C. le fue bellamente explicada al gran sabio cristiano Orígenes por un judío que estudiaba con él. «Toda la escritura divinamente inspirada es, a causa de su oscuridad, como una casa en la que hay muchas habitaciones cerradas. Junto a cada una de ellas hay una llave que no encaja... La tarea más importante consiste en buscar las llaves y poner cada una en la habitación que puedan abrir.» El propio Orígenes fue un muy asiduo portero, que metió a la fuerza muchas llaves alegóricas en cerraduras que se resistían. Con ayuda de esas llaves encontró significados totalmente nuevos bajo el sentido literal del lenguaje bíblico.
Hoy vemos esa búsqueda de significados ocultos como una manera de salvar la credibilidad de un texto incómodo. Sin embargo, las alegorías están presentes también en nuestra Biblia. Pablo las usó a veces (Gál. 4, 24 ss.); y a Jesús se le atribuye una excelente en la parábola de los viñadores homicidas, que matan al amado hijo único del propietario (Mc. 12, 1-12), en la que seguramente la referencia profunda es a sí mismo. La escritura no significa siempre lo que a primera vista parece. Tiene un rico venero de metáforas, parábolas e imágenes que espolea nuestra inventiva. A veces no hay un significado único para su lenguaje abierto. Es, por tanto, una falta de sensibilidad oponerse por principio a toda alegoría y a todos los usos que de ella se hagan para la comprensión de la escritura, aunque Lutero y los cristianos de la Reforma se opusieron a ella de ese modo. La objeción es más bien a las explicaciones alegóri-cas donde no hay alegoría alguna. Como Orígenes y muchos de sus herederos, los fundamentalistas estrictos buscan significados ocultos donde el texto no los necesita. Creen, como Orígenes, que el texto entero está inspirado, pero lo manejan con mucha menor delicadeza. Orígenes no negaba que a menudo la escritura significa lo que parece. Puede, sin embargo, haber algo más, un alma oculta en su cuerpo que necesita para ser discernida la gracia de Dios y un corazón puro y fiel. Los significados más profundos, como Dios mismo, no se aparecen a todo el mundo; su hallazgo exige una seria búsqueda religiosa, que pone a prueba a los que en ella participan y fue también cuestionada por los contemporáneos.
Para Orígenes, en la escritura había un significado más profundo incluso cuando tenía sentido literalmente. En cambio, para un fundamentalista estricto sólo tiene un significado diferente cuando literalmente no parece tener sentido alguno. Ambos tipos de lectura van descaminados, porque introducen a viva fuerza en la escritura un significado que nunca tuvo. No obstante, la de Orígenes formaba parte de un misticismo consecuente cuya búsqueda no era meramen-te una defensa contra el sentido común: creía que a través de ella Dios acercaba más a los hombres a si. Dios se revela-ba en la escritura como un día se reveló al mundo en Cristo.
A los fundamentalistas no les preocupa este misticismo sino la cuestión de la verdad y el error. Es aquí donde esos descubrimientos ya antiguos, los problemas del Génesis y de Belén, siguen teniendo una gran importancia. Puede parecer que son superfluos porque la verdad literal del conjunto de la escritura ha sido invalidada de una vez por todas por la ciencia. La infalibilidad de la escritura se ha derrumbado ante la verdad de la evolución y de tantos descubrimientos posteriores, hasta el punto de que el fundamentalismo debería haber ido a reunirse con los fósiles como una anticuada reliquia del pasado. Lo notable es que ha sobrevivido y renacido. El desafío que supuso la evolución se ha hecho tan familiar que ha sido sencillamente esquivado o ignorado. Frente a él, el fundamentalismo se ha aferrado a sus principios y, lejos de ser barrido, ha sacado provecho de una tendencia nacida del propio éxito de la ciencia.
La ciencia tiene filósofos y practicantes muy despiertos, pero también ha fomentado la creencia de que toda información de fuente autorizada es conocimiento verdadero y cierto. Los libros de texto lo explican, los experimentos lo demuestran, y sí en algún caso entran en conflicto con otro experimento ya aprobado, deben ser revisados, repetidos o resituados a fin de que no choquen con la verdad aceptada. En la historia, un ejemplo en contra hace perder fuerza a una generalización, pero en la ciencia muchas generalizaciones son demasiado seguras para que les afecte un único resultado imprevisto: si el agua no hierve cuando utilizamos el hervidor eléctrico, suponemos que algo debe ocurrirle al cacharro o al enchufe, no a las leyes del calor. Los fundamentalistas parten de una generalización: que las escrituras, por ser inspiradas, nunca yerran, y parecen de lo más científico cuando reinterpretan los ejemplos que patentemente no se acomodan a su ley.
En nuestra moderna casa de la ciencia hay muchas moradas, y quienes están fuera del edificio, o encerrados en uno de sus pequeños cuartos, pueden fácilmente trabajar pensando que todo aquello de lo que nos ha informado un -texto respetable es sencillamente verdad. Entre las filosofías de la ciencia, La duda sigue floreciendo maravillosamente, mientras que las relaciones entre texto, verdad y lector nunca han sido tan disputadas entre los críticos literarios. No obstante, nuestra cultura general no tiene que ver con esos campos sino con la ciencia práctica, en la que la tecnología es verdadera simplemente porque funciona. La duda, pues, no ha corrido parejas con el desarrollo de la información a finales del siglo XX
Como resultado, el fundamentalismo puede todavía atraer a quienes han sido educados en una cultura científica. No es algo primitivo, medieval o tercermundista; florece también en el Occidente tecnológico. Quienes identifican ciencia con certeza, aceptan sin reparos la idea fundamental de que tampoco la escritura cae nunca en el error. Si, por el contrario, se oponen a las pretensiones de la ciencia, ya sea por nacionalismo, por conservadurismo moral o por pereza mental, les encanta defender las escrituras como fuente alternativa de esa certeza que la ciencia, según se cree popularmente, pretende. Este modo de pensar confiere una especial responsabilidad a la llave más antigua de la interpretación bíblica: la crítica histórica, no la científica.
Los fundamentalistas tratan también de explotar el saber histórico. El punto de contacto más fácil es la arqueología, en la que la historia parece hacer mayor uso de la ciencia, y la prueba parece ser directa y, en consecuencia, nada ambigua. La arqueología se enfrenta a su público sin un lenguaje que suponga una barrera, y como ese público aumenta, los fundamentalistas encuentran cada vez un mayor campo de acción para invocar sus hallazgos como prueba de que lo que cuenta la Biblia es verdad. Utilizan ejemplos concretos para propagar la creencia de que la escritura entera podría ser confirmada sólo con que pudiésemos excavar sus restos. Las pruebas escritas son más obstinadas, pero también aquí los fundamentalistas hacen hincapié en aquellos textos ajenos a la Biblia que confirman nombres, lugares y sucesos que aparecen en ciertas partes de su narrativa. Después dan a entender que esos ejemplos valen para toda ella. Si no, ponen en duda el valor de las pruebas en contrario. No es ni mucho menos una creencia popular que los historiadores puedan, mejor que los científicos, alcanzar la verdad última. Naturalmente, no vuelven esta duda contra los propios autores bíblicos.
Los estudios históricos tienen, pues, un doble deber para con la escritura: tienen que evaluar el uso que hacen los fundamentalistas de sus pruebas y, en un frente más amplio y más estimulante, que tratar de apreciar la escritura Como lo que es. Ya hemos visto su valor potencial. Por sí mismos, los estudios históricos refutan el fundamentalismo y ponen fuera de combate a toda un ala del biblicismo moderno. La escritura no es la palabra de Dios en ningún sentido importante, ni es infalible, con la posible excepción de unos cuantos hechos triviales. Esas pretensiones fallan no en detalles insignificantes como la edad de Matusalén o el posible saqueo de Jericó, sino en algo tan capital como el relato del nacimiento de Jesús, en el que vemos que ni Mateo ni Lucas sabían la verdad. Por tanto, el fundamentalismo estricto es falso, y podemos seguir adelante sin ser estorbados por él.
Si la escritura no es palabra infalible, ¿qué es? Esta pre-gunta abre posibilidades seductoras que no deben ser sofocadas apelando a la historia de la Iglesia de los creyentes y zanjando la cuestión al decir que son ellos quienes han dotado a la escritura de una autoridad vinculante. Se trata de textos escritos antes de que existiesen la Iglesia o la Biblia, y que pueden ser leídos, comprendidos y valorados por quienes no pertenecen a ninguna Iglesia o nación determinada. Es en mi condición de historiador como voy a explorarlos aquí. Mi respuesta es no autorizada' no porque estudiosos judíos o cristianos hayan tratado de eliminarla (algunos de ellos la encontrarían francamente tradicional), sino porque no es la que da la propia Biblia, que, si algo hace, es ocultar sus orígenes dando pistas falsas.
De la historia de la escritura pasaré a la escritura como historia. La verdad de la Biblia, ¿está en los hechos a que se refiere? Tenemos pruebas externas encontradas por los arqueólogos o conservadas en escritos no bíblicos, que en muchos casos sugieren una relación mutua que está lejos de ser la que pretenden los fundamentalismos o de pertenecer a un tipo único y sencillo. Si no en los hechos, ¿estará esa verdad en los autores bíblicos y en el modo en que escribieron? De la escritura como historia y la escritura como simple relato pasaré a las cuestiones del arte literario y la verdad humana de la narrativa bíblica. Las versiones no autorizadas carecen de la nobleza de la Authorized versión inglesa, pero no son intentos de soslayar la autoridad de los textos, sino de estimarlos como lo fueron y son.
1 La Biblia comúnmente utilizada en los países protestantes anglosajones es la Aurliorized version, la «versión autorizada» u ortodoxa, traducción revisada publicada en Inglaterra en 1611 a instancias de Jacobo I, por lo que se la conoce también como la King James version. De ahí la contraposición que establece el autor. (N. del T.) portada