Las Ruinas

Capítulo XX  

Problema de las contradicciones religiosas

Entretanto que me hacía el genio estas reflexiones, se colocaron los diversos grupos en sus lugares respectivos, y siguiéndose al bullicio de la multitud un silencio general, habló el legislador de esta manera:
-Jefes y doctores de los pueblos, ya veis que caminos tan distintos han seguido hasta ahora las naciones, porque han vivido separadas entre sí, porque cada una de ellas ha creído y cree seguir el de la verdad; pero, siendo cierto que la verdad no puede hallarse al fin de todos ellos, y que sólo ha de estar en uno, es preciso se equivoque la mayor parte de los que siguen rutas y opiniones tan diversas. Luego, si tantos hombres se engañan, ¿quién se atreverá a sostener que es infalible en el sistema que sigue? Empezad, pues, por ser indulgentes en vuestras disensiones y discordancias. Busquemos todos la verdad como si nadie la conociese. Las opiniones que han gobernado hasta el día la tierra, producidas por la casualidad, acreditadas por la ignorancia crédula de la multitud, propagadas por el amor de la novedad y de la imitación, han usurpado en cierto modo clandestinamente el imperio que han ejercido. Ya es tiempo, si son fundadas, de dar a su verdad un carácter de solemnidad y legitimar su existencia. Llamémoslas, pues, hoy mismo a un examen general y común; exponga cada cual su creencia; y siendo todos jueces de cada una de por sí, reconózcase sólo por verdadero aquello que lo sea para todo el género humano.
Entonces se concedió la palabra, según el orden de su situación, al primer estandarte de la izquierda, y dijeron sus jefes:
-No puede dudarse que nuestra doctrina es la sola verdadera e infalible. En primer lugar Dios mismo nos la reveló...
-Y la nuestra también, sin que sea permitido dudarlo, gritaron todos los demás estandartes.
-Pero a lo menos es preciso exponerlo, dijo el legislador, porque no puede creerse lo que no se conoce.
-Nuestra doctrina está acreditada, dijo el primer estandarte, por hechos innumerables, por una multitud de milagros, por resurrecciones de muertos, por torrentes que se han secado, por montañas transportadas a otros puntos, y por otros prodigios semejantes.
-Y nosotros también, gritaron todos los demás grupos, tenemos una multitud de milagros.
Y empezaron a probarlo contando cada uno las cosas más absurdas e increíbles.
-Sus milagros, dijo el primer estandarte, son prodigios supuestos, o prestigios del espíritu maligno, que los ha engañado.
-Los supuestos son los vuestros, replicaron ellos.
Y hablando cada cual de los suyos, dijo:
-Sólo los nuestros son verdaderos; todos los demás son falsos.
El legislador preguntó entonces si tenían testigos vivos.
-No, respondieron todos; los hechos son antiguos, y los testigos se han muerto; pero han dejado escritos.
-En buena hora,reprodujo el legislador; pero ¿quién podrá conciliarlos, contradiciéndose tanto entre sí?
-¡Árbitros justos! exclamó uno de los grupos; la prueba de que nuestros testigos han visto la verdad está en que han muerto por acreditarla, y nuestra creencia está sellada con la sangre de los mártires.
-Y la nuestra también, dijeron los otros; tenemos millares de mártires que han muerto en medio de los tormentos más horrorosos, sin desmentirse nunca.
Entonces los cristianos de todas las sectas, los musulmanes, los indios y los japoneses, citaron historias interminables de confesores, penitentes y mártires.
Uno de estos partidos negó los mártires de los otros, y entonces dijeron:
-Pues bien, ahora mismo vamos a morir para probar que nuestra creencia es la verdadera.
Y al punto se presentó una multitud de hombres de todas religiones y sectas, para sufrir los tormentos y la muerte. Muchos de ellos empezaron desde luego a despedazarse los brazos, y a darse golpes en la cabeza y en el pecho, sin manifestar dolor alguno. Pero conteniéndolos el legislador, les dijo:
-¡Hombres, hombres! escuchad a la sangre fría mis palabras: si murieseis para probar que dos y dos son cuatro, ¿podría este sacrificio acreditar más que son cuatro?
-No, respondieron todos.
-Y si murieseis para probar que son cinco, ¿serían por ello cinco?
-No, volvieron a decir.
-¡Y bien! ¿Qué es lo que prueba vuestra persuasión, si nada cambia la existencia de las cosas? La verdad es una, vuestras opiniones varias; luego muchos de vosotros os engañáis. Y si, como es evidente, estáis infinitos persuadidos de la certeza del error, ¿qué prueba entonces la persuasión del hombre? Si el error tiene sus mártires, ¿dónde está el distintivo de la verdad? Si el espíritu maligno puede hacer milagros, ¿dónde está el carácter positivo de la divinidad? Además de esto, ¿por qué apelar siempre a unos milagros insuficientes e incompletos? ¿Por qué, en lugar de estos trastornos que se suponen en la naturaleza, no se cambian más bien las opiniones? ¿Por qué espantar a los hombres o matarlos, en vez de instruirlos y corregirlos?
¡Oh mortales, tan crédulos como obstinados! Ninguno de nosotros está seguro de lo que pasó ayer, ni de lo que sucede hoy mismo a nuestra vista, ¡y juramos por lo que ha pasado hace dos mil años!
¡Hombres débiles, y sin embargo orgullosos! Las leyes de la naturaleza son inmutables y profundas; nuestro espíritu está lleno de ilusiones y de frivolidades, ¡y queremos comprenderlo y demostrarlo todo! Pero en verdad es más fácil que se engañe todo el género humano, que hacer variar la naturaleza en un átomo siquiera.
-Pues bien, dijo un doctor, abandonemos las pruebas históricas, puesto que pueden ser equívocas, y tratemos de las de la razón, las que son inherentes a la misma doctrina.
Entonces un imán de la ley de Mahoma se adelantó lleno de confianza en medio del circo; y después de haber vuelto su cara hacia la Meca, y de haber pronunciado enfáticamente su profesión de fe, dijo con voz grave e imponente:
-¡Loado sea Dios!... La luz brilla con evidencia, y la verdad no necesita examen.
Y manifestando el Corán, añadió:
-He aquí la luz y la verdad en su propia esencia. No hay duda en la verdad de este libro, el cual guía rectamente al que marcha con los ojos cerrados y recibe sin examen la palabra divina enviada al Profeta para salvar al creyente sencillo y confundir al sabio. Dios ha establecido a Mahoma como su ministro sobre la tierra; le ha entregado el mundo para someter, con el alfanje al que se resista a creer su ley; los infieles disputan y no quieren creer; su endurecimiento viene de Dios, que ha marcado su corazón para entregarlo a los más espantosos castigos(13).
Al oír estas palabras, se suscitó en todas partes un violento rumor que interrumpió al que hablaba:
-¿Qué hombre es ése, gritaron todos los grupos, que nos ultraja tan audazmente? ¿Con qué derecho pretende imponernos su creencia como un vencedor, o cual un tirano? ¿No nos ha dado Dios, como a él, unos ojos, un alma y una inteligencia? ¿Y no tenemos el derecho de emplearlos igualmente para saber lo que debemos negar y lo que debemos creer? Si se atribuye el derecho de atacarnos ¿no tendremos nosotros el de defendernos? Si se le ha antojado creer sin examen, ¿no somos dueños de creer con discernimiento?
¿Y qué especie de doctrina luminosa es ésa que teme, sin embargo, la luz? ¿Quién es ese apóstol de un Dios clemente, que sólo predica carnecería y mortandad? ¿Quién es ese Dios de justicia que castiga una ceguedad que promueve él mismo? ¿Si la violencia y la persecución son los argumentos de la verdad, podrán la dulzura y la caridad ser los indicios de la mentira?
Entonces se adelantó un hombre de un grupo inmediato hacia el imán, y le dirigió las palabras siguientes:
-Concedamos que Mahoma sea el apóstol de la mejor doctrina y el profeta de la verdadera religión; mas decidme a lo menos, ¿a quién debemos seguir para practicarla? ¿A su yerno Alí, o a sus vicarios Omar y Abubeker?(14) (2)
Apenas hubo pronunciado estos nombres, cuando en el seno mismo de los musulmanes se manifestó un cisma terrible: los partidarios de Omar y de Alí se trataron mutuamente de herejes, de impíos, de sacrílegos, y se llenaron de maldiciones: tan violenta se hizo la disputa, que fue preciso mediasen los grupos inmediatos para impedir que viniesen a las manos.
Al fin, apaciguado un poco este alboroto, dijo el legislador a los imanes:
-¡Veis las consecuencias que resultan de vuestros principios? Si los hombres los practicasen, vosotros mismos os destruiríais hasta no quedar ninguno, en fuerza de vuestra oposición; y la primera ley de Dios ¿no es que el hombre viva?
Después se dirigió a los otros grupos, y les dijo:
-Este espíritu de intolerancia y de exclusión excluye necesariamente toda idea de justicia, y destruye toda base moral y de sociabilidad; pero antes de desechar enteramente este código de doctrina, ¿no sería conveniente oír algunos de sus dogmas, a fin de no fallar por las formas sobre el fondo de ella?
Y habiendo consentido los grupos, empezó el imán a exponer de que manera, después de haber enviado Dios veinte y cuatro mil profetas a las naciones que se perdían en la idolatría, envió al fin el postrero, que era el prototipo de la perfección de todos, Mahoma, con quien sea la salud de paz. Refirió después de qué manera había trazado por sí misma la Suprema Clemencia las hojas del Corán, para que los infieles no alterasen más la divina palabra; y entrando en los pormenores de los dogmas del islamismo, explicó el imán porqué era el Corán increado y eterno, a causa de ser la palabra de Dios, como lo era el origen de donde había salido; de qué modo había sido enviado hoja por hoja en veinte y cuatro mil apariciones nocturnas del ángel Gabriel; de qué manera se anunciaba el ángel por un pequeño ruido que sobrecogía al Profeta y le ocasionaba un sudor frío; cómo había recorrido noventa cielos en el éxtasis de una sola noche, montado sobre el animal Borak, medio caballo y medio mujer; de qué suerte, por hallarse dotado del don de los milagros, caminaba al sol sin producir sombra, hacía reverdecer los árboles con una sola palabra, llenaba de agua los pozos y las cisternas, y había cortado en dos partes el disco de la luna; en qué términos había Mahoma cumplido las órdenes del cielo, propagando, con sable en mano, la religión más digna de Dios por su sublimidad, y la más adecuada a los hombres por la sencillez de sus prácticas, pues que estaba reducida a ocho o diez puntos: Profesar la unidad de Dios; reconocer a Mahoma por su único profeta; rogar cinco veces al día; ayunar un mes del año; ir a la Meca una vez en la vida; dar el diezmo de sus bienes; no beber vino, no comer puerco y hacer la guerra a los infieles; que por este medio, siendo todo musulmán apóstol y mártir al mismo tiempo, disfrutaba en este mundo una multitud de bienes, y a su muerte, pesada su alma en la balanza de las acciones, y absuelta por los dos ángeles negros, atravesaba por encima del infierno el puente estrecho como un cabello y cortante como un sable, y era al fin recibida en el lugar de delicias, bañado por ríos de leche y miel, embalsamado de todos los perfumes de la Arabia y la India, y donde unas vírgenes siempre castas, las celestiales huríes, colmaban de favores incesantes a los escogidos, que gozaban de una juventud perpetua.
-Al proferir estas palabras, una risa involuntaria se marcó en todos los semblantes, y raciocinando los demás grupos sobre estos artículos de creencia, dijeron:
-¿Cómo es posible que admitan estos despropósitos hombres razonables? Al oírlos, ¿quién no creerá estar escuchando un artículo de las Mil y una Noches?
Un samoyedo se adelantó entonces y dijo:
-El paraíso de Mahoma me parece muy bueno; pero uno de los medios de alcanzarlo me confunde algo, porque, si no se debe comer ni beber entre dos soles, según lo ordena, ¿cómo podrá practicarse semejante ayuno en nuestro país, donde el sol permanece cuatro meses enteros en el horizonte sin ponerse?
-Eso es imposible, dijeron los doctores musulmanes por sostener la honra del Profeta; pero, habiendo afirmado el hecho cien pueblos diversos, se vio terriblemente comprometida la infalibilidad de Mahoma.
-Es muy singular, añadió un europeo, que haya revelado siempre Dios todo lo que pasa en los cielos, y que nunca nos haya instruido de lo que se pasa en la tierra.
-En cuanto a mí, dijo un americano, encuentro también una grande dificultad en el punto de la peregrinación; porque supongamos a veinte y cinco años por generación, y cien millones de varones sobre el globo: estando cada uno de ellos obligado a ir a la Meca una vez en su vida, se hallarían por consiguiente, todos los años cuatro millones de hombres caminando; y como no será posible regresar en el año mismo, se duplicará el número, que compondrá entonces ocho millones. Ahora bien, ¿dónde podrían hallarse los víveres, el agua, los buques y demás objetos necesarios para esta procesión universal? Sería necesario en este caso apelar a infinitos milagros.
-La prueba de que la religión de Mahoma no es la revelada, dijo un teólogo católico, está en que la mayor parte de las ideas que forman su base existían mucho tiempo antes que ella, y por lo tanto no es más que una mezcla confusa de verdades adulteradas de nuestra santa religión y la de los judíos, que un hombre ambicioso hizo servir a sus proyectos de dominación y sus miras profanas. Recorred su libro, y sólo veréis historias de la Biblia y del Evangelio disfrazadas en cuentos absurdos, y lo restante un tejido de declamaciones contradictorias y vagas, y de preceptos ridículos o peligrosos. Analizad el espíritu de estos preceptos y la conducta del apóstol; no se descubrirá más que un carácter astuto y atrevido, que, para lograr su fin, excita con bastante destreza por cierto las pasiones del pueblo que quiere gobernar. Habla con hombres simples y crédulos, y les inventa prodigios: son ignorantes y envidiosos, y lisonjea su vanidad despreciando las ciencias: son pobres y avarientos, y excita su codicia con la esperanza del pillaje: no tiene por el pronto nada que dar sobre la tierra, y crea tesoros en el cielo, haciendo desear la muerte como un bien supremo: amenaza con el infierno a los cobardes; promete el paraíso a los valientes; fortalece a los débiles con el dogma del fatalismo; en una palabra, promueve el entusiasmo que necesita, por medio de todos los deleites sensuales, y los móviles de todas las pasiones.
Pero ¡que carácter tan diferente el de nuestra santa doctrina! ¡Y con qué evidencia se prueba su origen celestial, al ver asegurar su imperio sobre la contradicción de todos los instintos y la ruina de todas las pasiones! ¡Cómo atestiguan su emanación de la Divinidad su moral dulce y benéfica y sus espirituales afectos! Es verdad que muchos de sus dogmas son superiores a la comprensión del entendimiento humano, e imponen a la razón un respetuoso silencio; pero, por esto mismo, está mejor probada su revelación, pues nunca hubieran podido inventar los hombres tan grandes misterios.
Y teniendo en una mano la Biblia, y en la otra los cuatro Evangelios, empezó a referir el doctor: Que, habiendo pasado Dios al principio una eternidad sin hacer nada, determinó al fin, no se sabe porqué, crear el universo entero en seis días, y descansar el séptimo, porque se hallaba fatigado; que, habiendo colocado la primera pareja de los seres humanos en un lugar de delicias, para que fuesen allí completamente dichosos, les prohibió, sin embargo probar de un fruto que dejó a su alcance; que cediendo estos primeros padres a la tentación de comerlo, toda su descendencia (aunque no había nacido) fue condenada a sufrir la pena de una falta que no había cometido; que, después de haber dejado al género humano condenarse por espacio de cuatro o cinco años, mandó este Dios de misericordia a su muy amado Hijo, que había engendrado sin madre, y tenía la misma edad que él, que fuese a hacerse matar en la tierra, con el fin de salvar los hombres, de los cuales la mayor parte continuaba condenándose, aún después de aquella expiación; que para remediar tal inconveniente, este mismo Dios, nacido de una mujer que quedó virgen después de parir, resucitó después de morir, y todos los días resucitaba o renacía bajo la forma de un poco de pan sin levadura, y se multiplicaba a millaradas a la sola vez del último de los hombres. Y pasando de aquí a la doctrina de los sacramentos, iba a tratar a fondo del poder de negar o dar la absolución de los pecados, y de los medios de purgar de todo crimen con un poco de agua y algunas palabras; pero así que profirió las frases de indulgencia, poder del Papa, gracia suficiente y eficaz, le interrumpieron millares de gritos.
-Es un abuso horrible, dijeron los luteranos, el pretender perdonar los pecados por medio de dinero.
-Es una cosa contraria al texto del Evangelio, dijeron los calvinistas, el suponer una presencia verdadera.
-El Papa no tiene derecho de decidir nada por sí mismo, dijeron los jansenistas.
Y acusándose a un mismo tiempo treinta sectas diferentes de error y herejía no fue posible entenderse. Pasado algún tiempo y restablecido el silencio, dijeron los musulmanes al legislador:
-Cuando rechazáis nuestra doctrina, porque propone cosas increíbles, ¿podréis admitir la de los cristianos? ¿No es más opuesta todavía al sentido natural y la justicia? ¡Un Dios inmaterial e infinito hacerse hombre! ¡Tener un hijo de su misma edad! ¡Convertirse este hombre-Dios en pan que se come y digiere! ¿Tenemos acaso nosotros nada que se parezca a eso? ¿Poseen los cristianos el derecho exclusivo de exigir una fe ciega? ¿Y les concederéis privilegios de creencia en perjuicio nuestro?
Entonces se adelantaron varios salvajes, y dijeron:
-¡Cómo! Porque un hombre y una mujer comieron una manzana seis mil años hace, ¿ha de ser condenado todo el género humano? ¿Y llamáis justo a ese Dios? ¿Qué tirano hizo nunca responsables a los hijos de las faltas de sus padres? ¿Cuál es el hombre que puede responder de las acciones del otro? ¿No es eso trastornar toda idea de justicia y de razón?
-¿Y en dónde están, dijeron otros, los testigos y las pruebas de todos esos hechos supuestos que se han alegado? ¿Pueden admitirse de ese modo sin ningún examen de pruebas? Para la menor acción judicial son necesarios dos testigos, ¿y querrán hacernos creer todas esas cosas por simples tradiciones, y de oídas solamente?
Después de este discurso, habló un rabino así:
-En cuánto al fondo de los hechos, nosotros salimos garantes; mas en punto a la forma y al uso que han hecho de ellos, es muy diferente el caso, y los cristianos se condenan por sus propios argumentos; porque no pueden negar que somos nosotros la raíz original de que derivan, y el tronco primitivo sobre que se han enjertado; y de aquí se sigue un argumento indestructible: o nuestra ley es de Dios, y la suya es una herejía, puesto que difiere de ella; o nuestra ley no es de Dios, y la suya cae al mismo tiempo.
-Distingo, respondió el cristiano; vuestra ley es de Dios como simbólica y preparatoria, pero no como final y absoluta; vosotros sólo sois el simulacro, y nosotros somos la realidad.
-Sabemos, replicó el rabino, que tales son vuestras pretensiones;. pero son absolutamente caprichosas y falsas. Vuestro sistema está cimentado enteramente sobre las bases del sentido místico y de interpretaciones quiméricas y alegóricas: este sistema violenta el texto de nuestros libros, sustituye sin cesar las ideas más extravagantes al sentido recto, y ve cuanto se le antoja, como una imaginación que desvaría e imagina figuras en las nubes. Así es como habéis hecho un Mesías espiritual de lo que, según la intención de nuestros profetas, no era sino un rey político. Vosotros habéis hecho una redención del género humano de lo que no era sino el restablecimiento de nuestra nación. Vosotros habéis establecido una supuesta concepción virginal sobre una frase mal entendida. De este modo suponéis cuanto os conviene, según vuestra voluntad, y veis en nuestros propios libros esa trinidad, de que no se hace la menor mención, y cuya idea viene de las naciones profanas, habiéndola vosotros admitido, así como otra multitud de opiniones de todos los cultos y de todas las sectas, con las cuales compusisteis vuestro sistema en el caos y la anarquía de los tres primeros siglos.
Al oír estas palabras, se llenaron de furor los doctores cristianos, gritaron sacrilegio, blasfemia, y quisieron atacar al judío. Varios frailes con vestimentas negras y blancas se adelantaron llevando un estandarte donde estaban pintadas tenazas, parrillas y una hoguera, y las palabras justicia, caridad, y misericordia.(15)
-Es menester, dijeron, hacer un auto de fe con estos impíos, y quemarlos en honra y gloria de Dios.
No bien acabaron de anunciar esta idea cuando se dispusieron a realizarla, trazando el plano de una hoguera; pero los musulmanes les dijeron con un tono irónico:
¡He aquí esa religión de paz, esa moral humilde y benéfica que nos habéis ponderado tanto! ¡He aquí esa caridad evangélica, que no combate la incredulidad sino por medio de la dulzura, y que no opone a las injurias sino la paciencia! ¡Hipócritas! ¡Así es como engañáis a las naciones! ¡Así es como habéis propagado vuestros funestos errores! Cuando erais débiles, predicabais la libertad, la tolerancia y la paz; siendo fuertes, habéis practicado la persecución y la violencia.
Iban a referir en seguida la historia de las guerras y de las matanzas del cristianismo, cuando el legislador, recomendando el silencio, refrenó este movimiento de discordia.
-No es nuestra causa, respondieron los frailes negri-blancos, con un tono de voz humilde y meliflua, lo que queremos vengar; es la causa de Dios; es su gloria lo que defendemos.
-¿Y con qué derecho, replicaron los imanes, os constituís sus representantes con preferencia a nosotros? ¿Tenéis privilegios que nosotros no tengamos? ¿Sois hombres de otra especie que la nuestra?
-Defender a Dios y pretender vengarle, dijo otro grupo, ¿no es insultar su sabiduría y su poder? ¿No sabe mejor que los hombres lo que conviene a su propio decoro?
-Sí; pero sus vías son ocultas, respondieron los frailes.
-Mas siempre tendréis que probar, contestaron los rabinos, que tenéis el privilegio exclusivo de entenderlas.
Entonces los judíos, orgullosos de hallar quienes sostuviesen su causa, creyeron que iban a triunfar los libros de Moisés, cuando el Mobed o pontífice de los Parsis, habiendo pedido permiso para hablar, dijo al legislador lo siguiente:
-Hemos escuchado con atención lo que han dicho los judíos y los cristianos sobre el origen del mundo; y aunque, alterado todo, reconocemos, sin embargo, muchos hechos que admitimos, si bien reclamamos contra la primacía que se atribuye en ellos al legislador hebreo Moisés. Desde luego no podrá probar que los libros escritos con el nombre de Moisés sean realmente obra suya; al contrario, demostraremos con veinte ejemplares positivos que su redacción es posterior en más de seis siglos, y que proviene de la connivencia declarada de un gran sacerdote y de un rey conocidos. Además de esto, si recorremos con atención el pormenor de las leyes, de los ritos y de los preceptos que se creen venir directamente de Moisés, no hallaréis en ningún artículo la menor indicación de lo que hoy día compone la doctrina teológica; en ningún paraje veréis rasgo alguno, ni de la inmortalidad del alma, ni de otra vida, ni del infierno y el paraíso, ni de la rebelión del ángel, principal autor de los males del género humano, etc.
Moisés no ha conocido estas ideas, y la razón es concluyente, puesto que Zoroastro las evangelizó en el Asia dos siglos después de él. Así es que (añadió el Mobed, dirigiéndose a los rabinos) sólo desde dicha época, es decir, después del siglo 1º de vuestros primeros reyes, han aparecido esas ideas en vuestros escritores; y no se manifiestan sino por grados, al principio furtivamente, según las relaciones políticas que tuvieron vuestros padres con nuestros abuelos. Pero cuando aquellos fueron vencidos y dispersados por los reyes de Nínive y de Babilonia, y transportados a las riberas del Eúfrates y el Tigris, habiendo sido criados en nuestro país por espacio de tres generaciones sucesivas, participaron con más especialidad de las costumbres y opiniones que habían refutado hasta entonces vuestros padres como contrarias a su ley. Y así que nuestro rey Ciro los libertó de la esclavitud, se inclinó su corazón a favor nuestro por el lazo de la gratitud, y fueron nuestros discípulos e imitadores; las familias más distinguidas de Babilonia se habían instruido en las ciencias caldeas, y llevaron a Jerusalén nuevas ideas y dogmas extranjeros.
Desde luego la mayor parte del pueblo, que no había emigrado hizo presente el texto de la ley y el silencio absoluto del profeta; pero prevaleció nuestra doctrina, y modificada según vuestro genio y las ideas propias que teníais, produjo una nueva secta. Vosotros esperabais un rey restaurador de vuestro poder, y nosotros anunciábamos un Dios reparador y salvador: de la combinación de estas ideas, hicieron vuestros esenianos la base del cristianismo; y aunque os queráis dar aires de originalidad, y tengáis esas pretensiones a la primacía, todos vosotros, tanto judíos como cristianos y musulmanes, no sois en vuestro sistema de los seres espirituales, sino hijos descarriados de Zoroastro.
Y pasando en seguida el Mobed, a desenvolver los principios de su religión, apoyado en su Sand-der y su Zend-Avesta, refirió, en el mismo orden que el Génesis, la creación del mundo en seis gahans o tiempos; la formación del primer hombre y la primera mujer en un sitio celestial, bajo el reinado del bien; la introducción del mal en el mundo por la gran serpiente, símbolo de Ahrimanes; la rebelión y el combate de este genio del mal y de las tinieblas contra Ormuzd, Dios del bien y de la luz; la división de los ángeles en blancos y negros, buenos y malos; su orden jerárquico en querubines, serafines, tronos, dominaciones, etc.; el fin del mundo al cabo de seis mil años; la venida del cordero restaurador de la naturaleza; el mundo reparado; la vida futura en unos lugares de delicias o de penas; el paso de las almas por el puente del abismo; las ceremonias de los misterios de Mythras; el pan ácimo que en ellos comían los iniciados; el bautismo de los recién nacidos; las unciones de los muertos, y las confesiones de sus pecados; en una palabra, expuso tantas cosas análogas a las tres religiones precedentes, que todo ello parecía un comentario o continuación del Corán y del Apocalipsis.
Pero los doctores judíos, cristianos y musulmanes reclamaron fuertemente contra esta exposición, y trataron a los parsis de idólatras y de adoradores del fuego; les trataron de mentirosos por suponer y alterar los hechos: y se suscitó una violenta disputa sobre la época de los sucesos, sobre su serie y encadenamiento, sobre la fuente primitiva de las creencias, sobre su trasmisión de pueblo a pueblo, sobre la autenticidad de los libros en que se fundan, sobre la época en que se escribieron, el carácter de sus redactores y el valor de sus testimonios. Todos los partidos que formaban estas diferencias de dictamen, se reprocharon recíprocamente sus contradicciones, sus inverosimilitudes, sus asertos apócrifos, y se acusaron mutuamente de haber establecido su creencia sobre rumores populares, sobre tradiciones vagas, sobre fábulas absurdas, inventadas sin discernimiento, admitidas sin crítica por escritores desconocidos; parciales o ignorantes, y en épocas inciertas o supuestas.
En otro punto se suscitó un gran rumor bajo los estandartes de las sectas indianas; y los brahmas, protestando contra las pretensiones de los judíos y de los parsis, dijeron:
-¿Qué pueblos novísimos y casi desconocidos son esos que pretenden establecerse así, de propia autoridad, como autores de las naciones y depositarios de sus archivos? Al escuchar sus cálculos de cinco y seis mil años, no parecía sino que el mundo nació ayer, siendo así que nuestros monumentos acreditan una duración dé múchóá, millares de siglos. ¿Con qué derecho deberán ser preferidos sus libros a los nuestros? Los vedas, los chastras, los puranes son acaso inferiores a la Biblia, al Zend-Avesta y al Sand-der? El testimonio de nuestros padres y de nuestros dioses no valdrá tanto como el de los dioses y los padres de los occidentales? ¡Ah! ¡Si nos fuese lícito revelar nuestros misterios a los profanos! ¡Si un velo sagrado no debiese cubrir nuestra doctrina a los ojos de todos!...
Al terminar estas palabras, callaron los brahmas, y el legislador le dijo:
-Mas ¿cómo admitiremos vuestra doctrina si no la manifestáis? ¿Y cómo han podido propagarla sus primeros autores, cuando por ser ellos los únicos que la poseían, su mismo pueblo era profano? ¿O se la reveló el cielo para ocultarla?
Pero los brahmas persistieron en no quererse explicar, y entonces dijo un europeo:
-Podemos dejarles el honor del secreto, pues su doctrina está ya conocida: poseemos sus libros, y yo puedo deciros la sustancia.
En efecto analizó el europeo los tres o cuatro vedas, los diez y ocho puranes y los cinco o seis chastras, y expuso de que manera un ser inmaterial, infinito, eterno y REDONDO, después de haber pasado un tiempo sin límites en contemplarse, queriendo al fin manifestarse, separó las facultades de varón y hembra que en él había, y ejecutó un acto de generación, cuyo emblema es el lingam. Explicó igualmente cómo nacieron de este primer acto tres potencias divinas, llamadas Bermah, Bichen o Vichenu, y Chib o Chiven, encargadas, la primera de crear, la segunda de conservar, y la tercera de destruir o cambiar las formas del universo: y detallando la historia de sus hechos y de sus aventuras, refirió de qué modo Bermah, orgulloso de haber criado el mundo y los ocho bobunes, o esferas de pruebas, y creyéndose más que su igual Chiven, ocasionó con su orgullo un combate que estrelló los globos u órbitas celestes, como una cesta de huevos. Después contó que Bermah, vencido en este combatc, se vio reducido a servir de pedestal a Chiven, convertido en lingam, y que Vichenu, Dios mediador, tomó en diferentes épocas nueve formas animales y mortales para conservar el mundo: primero la de pescado, con la cual salvó del diluvio universal una familia que repobló la Tierra; después bajo la forma de tortuga, sacó de la mar de leche la montaña Mandreguir (el polo); luego, bajo la forma de un jabalí, despedazó el vientre del gigante Ereunniaquessen, que estaba sumergiendo la Tierra en el abismo del Diole, de donde la sacó en sus colmillos. En seguida, expuso el europeo de que manera, habiéndose aquel Dios encarnado bajo la forma de un pastor negro, y bajo el nombre de Chrisen, libertó el mundo de la serpiente venenosa Calengan, y logró aplastarle la cabeza después de haber sido mordido en el pie.
Pasando sucesivamente a la historia de los genios secundarios, refirió cómo había criado el Eterno, para hacer brillar su gloria, diversos órdenes de ángeles encargados de cantar sus alabanzas y dirigir el universo; cómo se rebeló una parte de estos ángeles, bajo el mando de un jefe ambicioso, que quiso usurpar el poder de Dios y gobernarlo todo; cómo le precipitó Dios en el mundo de las tinieblas para que sufriese el castigo de su malignidad; cómo, movido al fin de compasión, consintió en sacarlos de aquel abismo y volverlos a su gracia, después de haberles hecho sufrir pruebas muy largas; cómo, habiendo criado con este intento quince órbitas o regiones de planetas y cuerpos para habitarlas, sometió estos ángeles rebeldes a experimentar en ellos ochenta y siete transmigraciones: expuso también de qué modo las almas, así purificadas, volvían a la fuente primitiva, al océano de vida y de animación de que habían dimanado; y porqué, conteniendo todos los seres vivientes una porción de esta alma universal, era un delito el privarles de ella. En fin, iba a referir todos los ritos y las ceremonias de aquella religión, cuando, al hablar de ofrendas y libaciones de leche y manteca hechas a dioses de madera o de cobre, y de purificaciones ejecutadas con la orina o el excremento de la vaca, se manifestó en todas partes un murmullo mezclado de carcajadas, que interrumpió al orador.
Cada grupo entonces raciocinó sobre esta religión, y los musulmanes dijeron:
-Estos son idólatras; es preciso exterminarlos.
Los sectarios de Confucio gritaron:
-Estos son locos, y es menester curarlos.
Otros decían:
-¡Qué Dioses tan graciosos! Unos mamarrachos tiznados y grasientos, que se lavan como los niños sucios, y de los cuales es preciso espantar las moscas golosas de miel, que vienen a emporcarlos con sus inmundicias!
Indignado un brahma de tales sarcasmos, prorrumpió diciendo:
-¡Estos son misterios profundos y emblemas de verdades que no sois dignos de escuchar!
-¿Con qué derecho, replicó un lama del Tibet, sois vosotros más dignos que nosotros? ¿Es acaso porque os suponéis salidos de la cabeza de Bermah, y atribuís a otras partes menos nobles la generación del resto de los hombres? Mas para sostener la vanidad de vuestras distinciones de origen y de casta, probadnos desde luego que sois otros hombres, diferentes de nosotros. Probadnos después, como hechos históricos, esas alegorías que nos contáis. Probadnos también que sois los autores de toda esa doctrina, porque en cuanto a nosotros, estamos prontos a probar que sólo sois unos plagiarios y corruptores; que sólo sois los imitadores del antiguo paganismo de los occidentales, al cual habéis agregado, por medio de una mezcla extravagante, la doctrina enteramente espiritual de nuestro Dios; doctrina completamente libre del dominio de los sentidos, e ignorada de la tierra antes que Budd la hubiese enseñado a las naciones.
Una multitud de grupos preguntaron a un tiempo qué Dios era aquél, cuyo nombre no conocían; y el lama volvió a hablar de esta suerte:
-Al principio, un Dios único, que existía por sí mismo, después de haber pasado una eternidad ocupado en la contemplación de sí mismo, quiso manifestar sus perfecciones fuera de sí propio, y creó la materia del mundo. Producidos los cuatro elementos, aunque todavía confusos, sopló sobre las aguas, que se hincharon como una bola inmensa de la forma de un huevo; la cual, desarrollándose, formó la bóveda y el orbe del cielo que rodea el mundo. Habiendo hecho también la Tierra y los cuerpos de los seres, les dio este Dios esencia del movimiento, para animarlos, una porción de su ser; de suerte que siendo el alma de todo lo que respira una fracción del alma universal, ninguna parece, sino que cambian de morada y de forma solamente, pasando por diversos cuerpos. De todas estas formas, la que más agrada al Ser divino, es la del hombre, por ser la que más se acerca a sus perfecciones. Cuando un hombre se absorbe en la contemplación de sí mismo por una abstracción absoluta de sus sentidos, consigue descubrir la divinidad, y aun se convierte en ella: de todas las encarnaciones de esta especie, de que Dios se ha revestido la más grande y la más solemne fue aquélla en que apareció, hace veinte y ocho siglos, en Cachemira, bajo el nombre de Budd, para enseñar la doctrina del anonadamiento y la abnegación de sí mismo. Y explicando enseguida la historia de Fot, dijo que había nacido del costado derecho de una virgen de sangre real, que no había dejado de ser virgen aunque fue madre; que el rey del país, inquieto por su nacimiento, quiso hacerle perecer, y que mandó degollar todos los varones que nacieron en aquella misma época; que, salvado por unos pastores, vivió Budd en el desierto hasta la edad de treinta años, donde empezó su misión de instruir a los hombres, y de libertarlos de los demonios; que hizo una multitud de milagros asombrosos; que vivió ayunando y haciendo ásperas penitencias, y que dejó al morir a sus discípulos un libro que contenía su doctrina.
Y el lama empezó a leer de esta manera:
-«Aquél que abandonare a su padre y a su madre por seguirme, dice Budd, será un perfecto samaneo (un hombre celestial).
Aquél que practicare mis preceptos hasta el cuarto grado de perfección, adquirirá la facultad de volar por los aires, para mover el cielo y la tierra, y prolongar o disminuir la vida (de resucitar).
El samaneo debe despreciar las riquezas, no hacer uso sino de lo más absolutamente necesario, mortificar su cuerpo, sujetar sus pasiones, no desear nada, ni aficionarse a nada, meditar incesantemente en mi doctrina, sufrir con resignación las injurias, y no tener odio al prójimo.
El cielo y la tierra perecerán, dice Fot; despreciad, pues, vuestro cuerpo, compuesto de cuatro elementos perecederos, y no penséis sino en vuestra alma inmortal.
No escuchéis a la carne; las pasiones producen el temor y los pesares: sofocad las pasiones, y así evitaréis el temor y los pesares.
El que muera sin haber abrazado mi religión, volverá a vivir entre los hombres hasta que la practique.»
El lama iba a continuar, cuando los cristianos, interrumpiendo el silencio que guardaban, dijeron.
-Que aquélla era su misma religión, pero adulterada; que Buda no era sino el propio Jesús desfigurado; y que los lamas eran unos nestorianos o maniqueos disfrazados y degenerados.
Pero el lama, sostenido por todos los chamanes, bonzos, gonis, y talapones de Siam, Ceilán, el Japón y la China, probó a los cristianos, por sus propios autores, que la doctrina de los samaneos estaba esparcida por todo el Oriente más de mil años antes que el cristianismo; que su nombre estaba citado desde antes de la época de Alejandro, y que Butta o Buda había sido citado también antes que Jesús. Y volviendo contra ellos sus mismos argumentos:
-Probadme ahora vosotros, dijo el lama, que no sois unos samaneos degenerados; que el hombre a quien hacéis autor de vuestra secta, no es el mismo Buda disfrazado. Demostradnos su existencia con monumentos históricos de la época que citáis; porque en cuanto a nosotros, fundados en la falta de todo testimonio auténtico, os la negamos decididamente, y sostenemos que vuestros evangelios mismos no son sino los libros de los mithracos de Persia, y de los esenianos de Siria; los cuales no eran sino samaneos reformados.
Al oír estas palabras gritaron los cristianos desaforadamente, y se iba a levantar una nueva disputa, cuando un grupo de chamanes, chinos y talapones de Siam dijo, adelantándose en el circo, que iban ellos a poner de acuerdo a todo el mundo. Uno de estos tomó al momento la palabra, y se produjo así:
-Ya es tiempo de que terminemos todas estas fútiles contiendas, levantando ante vosotros el velo de la doctrina interior, que e1 mismo Buda reveló a sus discípulos al tiempo de morir.
Todas esas opiniones teológicas, dijo, no son más que quimeras; todas esas relaciones de la naturaleza de los Dioses, de sus acciones y de su vida, no son sino alegorías y emblemas mitológicos, bajo las cuales están envueltas ideas ingeniosas de moral y el conocimiento de las operaciones de la naturaleza en la acción de los elementos y el movimiento de los astros.
La verdad es que todo se reduce a la nada; que todo es ilusión, apariencia y sueño; que la metempsícosis moral es el sentido figurado de la metempsícosis física, de este movimiento sucesivo, mediante el cual los elementos de un mismo cuerpo que no perecen, pasan, al disolverse, a otros y forman nuevas combinaciones. El alma no es sino el principio vital que resulta de las propiedades de la materia y de la acción de los elementos en los cuerpos, en que crean un movimiento espontáneo. Suponer que este producto de la acción de los órganos, nacido con ellos, desenvuelto con ellos, apagado con ellos, ha de subsistir cuando ya no existen, es un cuento, tal vez entretenido, pero realmente quimérico, parto de una imaginación ilusa. El mismo Dios no es otra cosa sino el principio motor, la fuerza oculta esparcida en los seres, la suma de sus leyes y de sus propiedades, el principio animante; en una palabra, el alma del universo, la cual, en razón de la infinita variedad de sus relaciones y operaciones, considerada unas veces simple y otras múltiple, ya activa y ya pasiva ha presentado siempre al espíritu humano un enigma indefinible. Lo más que puede comprenderse en todo esto es que la materia no perece; que posee esencialmente propiedades, mediante las cuales se rige el mundo como un ser viviente y organizado; que el conocimiento de estas leyes, con relación al hombre, es lo que constituye la sabiduría; que la virtud y el mérito consisten en su observancia, y el mal, el pecado y el vicio, en su ignorancia y su infracción; que la felicidad y la desgracia son su resultado, por la misma necesidad o precisión que hace que las cosas pesadas bajen, y las ligeras se eleven, y por una propiedad inevitable de las causas y los efectos, cuya cadena abraza desde el último átomo hasta los más elevados planetas.
No bien se hubieron pronunciado estas palabras, cuando una multitud de teólogos de todas las sectas gritaron:
-Que esta doctrina era un puro materialismo; que eran impíos los que la seguían, ateos, enemigos de Dios y de los hombres, y que era preciso exterminarlos.
-¡Pues bien, respondieron los chamanes, supongamos que nos equivoquemos, como puede ser, porque el primer atributo del espíritu humano es el estar sujeto a la ilusión; pero decidnos: ¿con qué derecho quitaréis la vida que el cielo ha dado a hombres como vosotros? ¿Si ese cielo nos considera culpables, y tiene horror de nosotros, ¿por qué nos hace participar de los mismos beneficios que a vosotros? Y siendo así, que nos trata con indulgencia, ¿qué derecho tenéis vosotros para ser menos tolerantes? Hombres piadosos, que habláis de Dios con tanta seguridad y confianza, ¿queréis decirnos lo lo que son esos seres abstractos y metafísicos que llamáis Dios y alma, sustancia inmaterial, esencia incorpórea, y vida sin órganos ni sensaciones? Si conocéis estos seres por medio de vuestros sentidos o de la reflexión, hacédnoslos igualmente perceptibles; pero, si no habláis sino por testimonio y tradición, mostradnos una relación uniforme, y dad a nuestra creencia bases idénticas y fijas.
Entonces se suscitó entre los teólogos una gran controversia sobre Dios y su naturaleza; sobre su modo de obrar y de manifestarse; sobre la naturaleza del alma y su unión con el cuerpo; sobre su existencia anterior a los órganos, o solamente después de su formación; y sobre la vida futura y el otro mundo. Todas las sectas, todas las escuelas y todos los individuos opinaban de distinto modo en todos estos puntos: fundando su disentimiento en razones especiosas, en autoridades respetables, pero opuestas, se vieron todos metidos en un enmarañado laberinto de contradicciones.

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