La carne, el diablo y el confesionario
Por Guy Bechtel, ed. Anaya&Mario Muchnik,
1997 ISBN 84-7979-402-X, 299 págs.
Últimas incomprensionesHay todavía otros ámbitos que recientemente han dado lugar a mal entendidos o enfrentamientos entre la Iglesia y los ciudadanos, católicos o no. Muy rápidamente evoquemos dos: el problema del sida y la prohibición del preservativo, por una parte, y por otra la cuestión de la procreática.
El sida es una plaga grave que, a la larga, puede amenazar no sólo ciertos grupos de riesgo, sino a una parte de la humanidad. Hasta el de mayo de 1993 en Francia se habían declarado 25.555 casos que empezara la epidemia (con un 60% de decesos). Entre 1991 1992 el número de casos se había incrementado en un 31% entre mujeres y un 28% entre los hombres. Se cree que hoy los seropositivos franceses -no enfermos, pero capaces de transmitir la enfermedad serían ya más de 100.000. Las perspectivas mundiales son dramáticas sobre todo en Africa. Según la Organización Mundial de la Salud, hasta el año 2000 la cifra de seropositivos se triplicaría y pasaría de alrededor de 12 millones a casi 35 millones en todo el mundo. El secretario general de las Naciones Unidas, Butros Gali, ha dicho que la lucha contra el sida debe unir a todos los hombres "en una inmensa batalla con mil frentes" 332 Pero en la batalla faltará un combatiente: la Iglesia católica.
De momento la única prevención eficaz contra el sida sigue siendo el uso del preservativo. Sin embargo la Iglesia no lo acepta; siempre ha considerado el condón "una violencia". Lo han condenado la encíclica Casti connubii en 1930 y Pío XII en 1951 y 1956 333. Hoy en día, debido a cierta ola de declaraciones contradictorias, ya no se sabe si emplearlo contra el sida es legítimo o no. Roma sigue prefiriendo la abstinencia. Si hay sida no hagáis el amon ¿Pero dar a elegir entre la abstinencia y la muerte es una actitud responsable?
Distingamos dos casos: el riesgo de contaminación en uniones libres y el riesgo en una pareja casada. Primer caso: ¿qué hacer cuando se entablan relaciones con un nuevo compañero o compañera? Respuesta de la Iglesia: no hay respuesta; en expresión del cardenal Decourtray; estamos ante un "vagabundeo sexual". Segundo caso: ¿qué hace una pareja cuando uno de los dos cónyuges está afectado? Siendo lícito el acto sexual, ¿no conviene proteger al sano con el único método conocido? En 1988 L'Osservatore romano , diario de la Santa Sede, atacó violentamente a la Radiodifusión Italiana (RAI) porque había emitido anuncios sobre el sida que aconsejaban usar preservativos. Tanto de esta reacción como de las primeras declaraciones de Juan Pablo II parece desprenderse que el uso de esta protección continúa prohibido incluso entre cónyuges.
En Francia, el 4 de noviembre de I 988 el cardenal Decourtray declaraba a Radio-France de Lyon: "Es muy triste pensar que el preservativo es el remedio". El 1 de octubre de 1992, en Radio Montecarlo, el padre Jean-Míchel Di Falco, portavoz del episcopado francés, corroboraba la hostilidad de la Iglesia contra el uso del preservativo porque ésta "no es favorable a la anticoncepción". Ante la conmoción pública que causaron estas declaraciones, de otra parte poco claras, hubo un intento de reformular la posición. La Iglesia anunció que no aceptaría las campañas de salud basadas "sólo en el preservativo". Pero, concedió, "jamás se debe correr el riesgo de dar la muerte; en nombre del mal menor, y si no consigue abstenerse, el seropositivo tiene necesaria-mente que emplear preservativo" 334.
Parecía que el problema había propiciado cierta flexibilización, si no de la doctrina al menos de la forma de aplicarla. Cuatro meses después, sin embargo, el Papa hizo una intervención más en favor de la castidad como único remedio contra el mal. El 7 de febrero de 1993, en Kampala, Uganda -país de 17 millones de habitantes y un millón de seropositivos-, declaró: "No os dejéis aprovechar por los que ridiculizan la castidad. Fuera del matrimonio rodo es mentira. Los únicos medios virtuosos y seguros para poner fin a la plaga del sida son la castidad y el dominio de sí" 335. Sin nombrarlo, el sumo pontífice condenaba una vez más el uso del preservativo, al menos para los no casados. A fines de 1993 la encíclica Verítatis splendor confirmará esta postura.
¿Era posible que un lenguaje así fuera escuchado, sobre todo Africa, donde las relaciones extramatrimoniales son tan frecuentes y cuando se trataba de usar el preservativo no para la anticoncepción sino para la salud? ¿Cómo se podía rechazar el preservativo en una circunstancia, alegando que trabajaba por la muerte, pero también otra en que protegía la vida? ¿Era una actitud responsable no proponner contra la terrible epidemia más que fidelidad y continencia?
En los días siguientes al discurso de Uganda, el profesor León Schwartzenberg -que, como se sabe, no siempre mide sus palabras- propuso incriminar al Papa bajo el cargo de "no asistencia a un individuo en peligro". Aunque exagerada, la propuesta traslucía la justa indignación que recorría el mundo, y sobre todo una comunidad homosexual -violentamente castigada por el sida- cuya fe suele ser más intensa de lo que se cree. Los homosexuales empezaban a sentir que, en el malque los asolaba -bien que no de modo exclusivo-, sus advversarios veían una suerte de castigo divino.
Pero mucha gente de diversos ambientes tuvo la impresión de que la Iglesia se refugiaba en la teoría, negándose a afrontar la realidad; para el mundo médico las relaciones prematrimoniales, la sexualidad múltiple, la homosexualidad y hasta la droga son datos ciertos y cerrar los ojos no sirve de nada. El sida exige posiciones, no virtuosas sino útiles para la humanidad. Rechazar el preservativo tiene algo de provocación. Es clamar por un vértigo de muerte: que perezca la humanidad antes que los principios. Se dirá que la Iglesia tiene la misión de enunciar lo ideal. Sin duda, pero también tiene otros deberes, y hoy debería estar en condiciones de medir los resultados de un alejamiento excesivo de las realidades humanas: como no se sienten escuchados por ella los cristianos se apartan.
La Iglesia contra los biólogos
También ante 105 avances de la fecundación artificial y la llamada procreática la Iglesia se atrincheró en discursos abstractos. En este temano obstante, su mensaje era ampliamente esperado. Actualmente es posible hacer muchas cosas en laboratorio manipulando embriones,
y todo el mundo presiente que algunas son muy peligrosas. ¿Elegirán los padres del futuro el sexo de los bebés el color de los ojos? ¿Adónde llegaremos? ¿Tiene un individuo derecho moral a utilizar, para la fecundación in vitro, óvulos o espermatozoides ajenos? ¿Puede servirse de otro vientre como portador? ¿O todo debe pertenecer a la pareja en cuestión?
Multiplicadas las técnicas, las cuestiones se han vuelto complejas. Los propios investigadores -entre los cuales habla en la década de los ochenta numerosos y notables biólogos católicos- empezaron a requerir luz, consejos, puntos de referencia ética. Pero las respuestas de Roma han sido casi negativas sobre todo. En principio no a la fecundación artificial, que ya en 1949 Pío XII había calificado de "inmoral". No al diagnóstico prenatal seguido de acción médica, aun en caso de malformación grave. No a la elección del sexo. No a la manipulación de los embriones. No al simple hecho de recoger esperma en laboratorio -fuera del acto amoroso, por tanto- para examinarlo. No a todo. En cuanto al embrión de la pareja, no ha de tocarlo nadie. Desde el momento de la concepción es "una persona" y como tal debe ser objeto de respeto incondicional 336
Si nadie habría disentido con que ciertas intervenciones en el embrión eran escandalosas, muchos se asombraron del rechazo a la fecundación médica, de una mujer casada, con el esperma de un donante anónimo. Aunque lo santificara un alegre deseo de maternidad, aunque pudiera consolidar un matrimonio, aunque lejos de segar la vida la multiplicara para felicidad de dos buenos esposos, la Iglesia asimiló el gesto a un adulterio. ¿No exhibía así una noción extrañamente biológica de la persona? Más vivas fueron las reacciones cuando Roma vetó la fecundación de una esposa por el esperma de su marido, en caso de ser imposible la conjunción directa. ¿Cómo una religión que elogia la vida podía prohibir a un matrimonio engendrar con óvulos y espermatozoides propios?
Y sin embargo así fue: un no definitivo. Por mucho que comprendiera "las aspiraciones de las parejas estériles", Roma desaprobó cualquier fecundación fuera del medio natural. Argumento: una procreación tal estaría disociada del acto amoroso. Con lo que se consumaba una inversión lógica completa. En la Edad Media la generación debía llevarse a cabo sin placer, o con el menor placer posible. Ahora se prohibía al amor conyugal realizarse en un hijo si la concepción se verificaba sin placer. La Iglesia se opuso a los famosos bebés probeta en tér-minos insólitos: "La fecundación in vitro dentro de una pareja es una técnica moralmente ilícita porque priva a la procreación humana de la dignidad que le es propia y connatural" 337. Dicho de otro modo, con-tinuaba vigente el antiguo precepto: el coito debe practicarse siempre en los recipientes idóneos y con los instrumentos propios (in vasis debítis et cum instrumentis suis). Por lo demás, acaso todo esto carezca de importancia. En todas partes el Estado toma el relevo de la Iglesia -balbuciente. Como sucedió con la anticoncepción y el aborto, una cantidad de leyes -a menudo elaboradas por "comisiones de sabios- definen en muchos países qué es legítimo y qué es ilegítimo en el terrenode la bioética.
En 1968, con la encílica Humanae vitae, Roma se había opuuesto sexo sin bebé; en 1987, con la Instrucción sobre el respeto a la vida humana naciente prohibió los bebés sin sexo. Y sin embargo -cosa harto grave para la Iglesia- la protesta contra las últimas decisiones, asombrrosas desde el punto de vista meramente lógico, fue menor que en 1968. Parece que los fieles van dejando de prestar atención al pensamiento de Roma. Es lo que señalaba un especialista cuando se dió a conocer la Instrucción: "No obstante cabe el riesgo de que la ola de indignación no sea tan grande. Desde hace veinte años todos los sondeos muestran qué poco e ecto ráctico -incluso entre los matrimonios cristianos- tiene cualquier palabra jerárquica que toque la moral privada de las personas y las parejas"388.
Desde 1968, cuando a encíclica de Pablo VI desató la gran conmoción, las relaciones entre los fieles y la Iglesia han cambiado mucho y entrado en un período nuevo. La Iglesia habla; los fieles escuchan, quizá, pero ya no responden. Ya casi no acuden a confesarse. ¿Cómo se explicará esto? Sin duda exhortaciones como la encíclica Humanae vitae o la Instrucción han parecido en exceso alejadas del evangelio, mensaje-simple, claro, inmenso y bueno- que los fieles aún autorizan a la Iglesia a un didifundir y que parecen dispuestos a escuchan
En 1993 Eugen Drewermann, un cura rebelde de la Iglesia que con cierta precipitación se ha descrito como "nuevo Lutero", publicó un libro 339, -después de otros cuarenta- en el que respondía punto por punto a la mayoría de los "errores" católicos: el celibato de los curas, el aparato represivo de la Iglesia, "cuyo fin es obtener la sumnisión" el sistema clerical en general, la opresión de la libido, la denostación los divorciados, la virginidad de Maria, el dogma de la Resurrección y algunos más. Más allá de su falta de originalidad en ciertos aspectos y la facilidad de sus razonamientos en otros, y de la ausencia de cualquuier remedio para la crisis de la fe, el lector no puede dejar de inquietarse con Drewermann al ver el papel de la Iglesia católica -durante siglos columna vertebral de Occidente- reducido, en tiempos de inmensas transformaciones, a la representación rígida de las verdades la fe y de una moral autoritaria.
La Iglesia no se ha adaptado. Al menos las tres cuartas partes de católicos han vuelto la espalda a sus curas; ya ni siquiera van a misa. Llega un momento en que un lenguaje a la vez pueril y autoritario pierde predicamento. Una interpretación demasiado literal de textos antiguos deja de tener credibilidad. Parece como si la Iglesia tuviera frío. Podrá todavía reconciliar al hombre moderno con la fe? En una conferencia, Drewermann ha declarado: "Hace quinientos años la Iglesia rechazó la Reforma; hace doscientos, la Ilustración; hace cien, las ciencias naturales; hace cincuenta, el psicoanálisis. Con tantas negaciones, ¿cómo se puede vivir en el siglo XX?" 340
Este teólogo, alcanzado ahora por los rayos de Roma (fue suspendido a divínis, es decir que ya no puede administrar los sacramentos), ha comprendido al menos que la Iglesia ya no podía ocuparse de todo. La voluntad de universalismo (¿de inoculación misionera y hegemonía moral?), tan manifiesta en su historia en general y en la de la confesión en particular, la ha conducido al desastroso estado en que se encuentra; centenares de millones de cristianos en los cinco continentes y cada vez menos gente en las iglesias. En la desesperación de Drewermann (¿por qué no sincera?) nos ha conmovido una frase: "Los mejores teólogos son aquellos que se sientan en silencio al lado de los que sufren". Tal era exactamente el papel de los confesores. Sin embargo, un día, bajo instrucciones de Roma, eligieron enseñar más que escuchar. Desde entonces han hablado mucho y oído muy poco. Por eso ya no quedan prácticamente confesores ni confesados.