Avelino Gómez
Guzmán
Historia del amigo y el
silencio
Raymond Carver
escribe un poema de amor
Cae la tarde en New Port
y yo pienso en Fraguas,
la ciudad sitiada por ciclones
que llevan mis sandalias puestas.
Pienso en Fraguas, la nombrada,
y delante de mí se levanta el horizonte
en los amigos que no tengo.
Y en aquellos que están
recostados sobre una tabla rasa.
Y pienso, también, en los que de un salto
pretender alcanzar gaviotas,
aunque en la palabra gaviota no estén las alas
ni en las letras de alas se agite el vuelo.
Ayer alguien vino desde Fraguas
y habló de todos ellos:
Trajo el rumor de que un elevador
quedó
atascado con diez poetas y un becerro dentro.
Fue un cuervo lo que aleteó sobre mi cabeza.
Apenas había caído la tarde y a lo lejos sólo el mar.
Venía la lluvia. Venía la tristeza y un ventarrón de alas oscuras.
Yo no sé decirte la razón de todo
pero mi corazón
de pronto
se hizo más grande. Mi corazón quería tirarse de un acantilado.
Mi corazón fue una piedra de río puesta al fuego.
Mi
corazón fue una pileta de agua derramándose.
Mi corazón
no se
lo digan a nadie
me habló.
Mas qué podía hacer con esa voz tristísima.
Apenas tenía la infancia puesta sobre la espalda.
TRÍPTICO
PARA AMARRAR UN RÍO
1. Un día cualquiera vendrá mi amigo.
Habrá en el camino dos
caballos en carrera.
Y mi amigo, como yo, pasará
desapercibido.
Y amarrará en la calle de su casa
un río.
Será un día cualquiera, un buen día.
Tendré un amigo para discutir
con él de nada
y él, Padre, dirá a sus hijos
y yo a los míos:
ea!, vengan a ver todos
cómo nos reímos.
Un amigo, al que golpearé con
esmero la espalda,
cuando venga a casa a decirnos
que allá afuera
dos caballos vienen a galope
por el camino.
2. Pero claro está que soy un hombre que tiene mujer.
Y voy con ella al cine y me
desvelo y la nombro.
Y unas veces la amo y otras
veces la odio,
como todo el que se ama y odia a sí mismo
Y también soy alguien que
tiene hermanos.
Tipos altos como yo, que
contarán a otros
las peleas y el grito en los
juegos del domingo.
Tengo padres y tíos y primos
que ven en mí
un hombre distinto, que lo
ven lejano y no entienden
y que a veces, al verme sin
amigos, me dicen:
ea!, a la puerta de la
casa sigue amarrado un río.
3. Nadie tiene dos veces la amistad en el estribo.
Hay días en que la frente se
nubla y el alba
que sostiene la mirada se
desploma.
Y uno vaga por ahí, incierto y sombrío
y entonces uno está solo dos veces.
No hay nadie cerca para
preguntarle
a dónde va ese amor que no se
detiene.
Uno solo no sabe sumar amor
más el vino
más la canción más el nombre
de la mujer.
Uno solo no entiende, no
sabe, que el corazón
es un cristal que se ha
caído.
Y encontré a mi amigo en el
reflejo atroz del vino.
En ese entonces yo venía de lejos.
Venía de una calma casi mineral
donde a la mudez se le nombra lápida.
Pero mi amigo tenía una desgracia más alta que la ceiba de Sivacá.
Lo supe porque eran sus ojos dos heridas en el muslo del venado.
Eran dos piedras lanzadas al agua por la mano de un niño.
Dos espejos rotos puestos a la
luz.
Y la tristeza sonaba como hachazos en el tronco verde.
Así que nuevamente tuve necesidad de hablar.
Había que decir algo. Quitar los abrojos de la espalda
y usar armadura y escudo.
Que de algo sirva mi voz dije
y el espíritu de los almendros cantó entre el follaje y la oscuridad.
Una
y otra y otra vez las palabras cintilaban. Corrían veloces en la llanura del eco.
Pero mi amigo ya era un arbusto
castigado por la sequía
y la madrugada llegó afilando los
vidrios del desconsuelo.
De
nueva cuenta la vida asestaba el golpe
en nuestra garganta.
entró el silencio a
presumirnos su corona de hierro.
Porque la amistad no tiene
cama,
por eso contigo me desvelo.
Para que el amanecer acicale
sus patas de gato moribundo,
y los tragos de cerveza sean
como de trementina.
Pero nos odiamos.
Sobre todo cuando el sol
nos llega hasta los hombros y le escuchamos
cantar batallas de
cementerio.
Sobre todo cuando el día
no quiere ser el rumor tibio
en los mercados.
Poco antes de la marejada
a las cuatro en punto de la
mañana,
antes de pensar en el motín
de los barcos en que crecimos.
Antes también de sentir el
miedo,
no el nuestro, sino de todo
el vecindario.
Antes del tú y del yo
pronunciados
desde el risco más alto.
Antes, poco antes,
unimos amistad y odio con un anillo.
Y salimos de casa,
sonrientes,
junto a la anciana harapienta
que pasea su canasto de
limones.
Fue
necesario caminar entre rocas hasta herir los pies.
Fue necesario
el terror ante el agua que no cesa.
Y el asombro
ante el reventar de olas en los riscos
y con él
venían todas mis voces.
Las palabras (lo recuerdo)
levantan el vuelo como parvada de gaviotas.
Pero ahora me parece que el Océano y yo siempre fuimos amigos
del mismo oficio.
Porque el mar pone sus manos sobre la herida y la hace arder.
(Coloca aquí sus manos y la carne se torna coral rojo.)
Ah
todo el mar se ha quedado en mí y quema. Y ahora lo sé (lo sabemos):
Agua que no
muere es el mar y es también la infancia.
La primera nunca supo mi
nombre.
La veía pasar calle abajo,
vestida para
las eternas fiestas que yo
apenas presentía.
Era la amiga de las
fragancias ocultas en su recámara.
Era la mucha que llevaba
canciones de abejas
atrapadas entre las telas de
su blusa y su falda.
Mujer de las Miradas, Señora
de los Borrachos,
Bendita entre la jauría de
pescadores.
Ella era una canción en mis
once años. El tañido
de celos cuando volvía en la
madrugada a su casa.
Fue la celebración que
escondía tras la puerta de mi cuarto.
Nunca ella me miró, y no me
recuerda, ni me recordaría.
Yo la amé, como un regalo que nunca me fue dado.
Luego vino la otra. La niña
que lloraba triste
en medio de la clase. También
la amé, con la dedicación
de un diez puesto en el
cuaderno de ortografía. Y no.
Nunca
esperé un relámpago salir de su uniforme.
Era dueña de las liras
puestas al sol de la tarde.
Y sé que al soñarla, el mar
subía por todos los ríos.
Su nombre todavía está aquí,
escrito en la pared
de las aulas y en dos o tres
libros que ya no leo.
Que nunca más leería. Ella
hizo con mi amor su mejor vestido.
De la tercera mujer aprendí
que el deseo es como el pan
y el café, así de bueno y
simple y sencillo. Es posible
que ella sea una reina,
porque la miró con tanta lealtad
cuando ella camina por el
malecón del aire.
Mujer que va conmigo,
descalza y cuidando las heridas
que aguardan en los vidrios.
Confieso que a veces
no la reconozco entre
tantas, por eso a su corazón digo cosas
para mitigar el calor o el
frío. Por ella escribo cosas que no olvido,
que nunca, jamás y nunca, y
otra vez nunca, olvidaría.
RAYMOND CARVER ESCRIBE UN POEMA DE AMOR
En la cámara del insomnio
escucho la sangre de una
confusa golondrina.
Soy un necio,
pienso en el arco de tu
cuerpo
y nunca llega a mi casa el
sueño.
Si tuviera que pagar por
no tener el desvelo
te daría un dólar por
tender mi cama.
Un dólar porque bebieras
frente a mí
un tarro de leche.
Un dólar por acercarme al
buró
el vaso de agua.
Un dólar por recoger de la
mesa
mi tinta, los escritos.
Un dólar.
Pero soy otra vez un necio:
Ayer te quedaste con mi último billete
cuando en la barra me
serviste un whisky
con esa misma serenidad
que tienes para repartir besos.
Por lo demás, ya está
amaneciendo.
Salvador conoció a Clara
aquel agosto. Ambos eran solos.
Ella vivía bajo cielos de
burdeles, y él sobre techos de ladrillo.
Cuando Salvador trabajaba en
las azoteas solía detenerse,
miraba el mar y los barcos en
los que otros hombres,
destinados a domar sus
erecciones, se alejaban.
En tanto, Clara, hundida en
el camastro de su cuarto,
preguntaba a los clientes por
el mar, y luego se tiraba
bajo los hombres, desnuda,
pensando en la brisa y la sal.
Salvador y Clara se decía a
sí mismos que eran torpes.
Olvidaban el saludo y, de
tanto en tanto, también la sombra.
Ambos extrañaban los buques
que cargan semillas y minerales.
Y nada tenían, excepto el
nombre, que no estuviera en el mar.
Pero cuando Clara y Salvador
se conocieron, a la salida del burdel,
se hablaron de los restos de
sus naufragios. “Esta vida no es la mía”,
confesó Salvador. “Si tuviera
un hijo que viniera del océano...”,
respondió Clara.
Luego todo fue sencillo. Ella
lo llevó al camastro y tras el oleaje
llegó el sueño en borrascal.
Entonces amaneció rápido. Salvador se sorprendió en la madrugada, emprendiendo la huida. Y en el cuarto, Clara se
ahogaba en el agua fría de las sábanas.
Ella es hermosa bajo la luz
del alba.
Sentada en la banqueta
desayuna un durazno
y es bella como la angustia
en el sueño.
Mírala caminar en busca de un
precipicio.
Mírala llevar a la espalda
delirio y guardarropa.
Ella no sabe en qué esquina
se guarece la demencia
ni en que momento saldrá a su
paso,
pintarrajeada de carmín, y
dispuesta al beso.
Mírala peinar una peluca con
su peine desdentado.
Mira cómo contempla en el
espejo sus ojeras.
Hay
días en que es Ella la felicidad andando
y hay otros en que habla del
dolor con dioses imaginarios.
Pero es hermosa con su
durazno en la mano,
sentada en la banqueta,
desayunando la mañana.
Yo no sé decirte muchas cosas de esa loquita.
No sé si la su locura le
viene por vía materna,
o si la sombra del manicomio
creció como un árbol.
Yo no sé repetir, como la
lengua del morbo,
la historia de sus delirios.
Sólo puedo decirte
que bajo la luz del alba, la
demencia siempre es bella.