La Obra de Juan Rulfo


Junio-julio, 2001. Nº 9

"Lo que hago es una transposición literaria de los hechos de mi conciencia"

Sumario:



Juan Rulfo: A manera de presentación
Juan Rulfo: Autobiografía Armada (fragmento de biografía de Rulfo por Reina Roffé).

Cuentos:
  • Es que somos muy pobres
  • Un pedazo de noche (Fragmentos)
  • Paso del Norte

Pedro Páramo (Fragmentos)
Juan Carlos Onetti a Juan Rulfo

Entrevistas:
  • Sylvia Lago. Acerca de su nueva novela "Saltos Mortales"
  • María Fasce, autora de "La felicidad de las mujeres"
  • Liliana Escilar (Premio Plantea 2000)
  • Silvia Larrañaga a propósito de su último libro "El gran Café"

Reseñas:
  • La Dama de Cristal. Zelmar Acevedo Días
  • El mirlo y la misa. Washington Benavides
  • Eureka Street. Robert Mehiam Wilson
  • El revés de la trama. Alvaro Alfonso
  • Rainer y Minou. Osvaldo Bayer
  • San Guebrel. Katia Engler
  • La piel del otro: la novela de Héctor Amadio Pérez. Hugo Fontana
  • Río Escondido. Sergio Altesor
  • La soledad y la creación literaria. Ensayo y teatro inédito. Juan José Morosoli

    Autobiografía Armada

    "La gran novela de acá no podría hablar de otra cosa que no sean la miseria y la ignorancia."

    Yo viví en un pueblo que se llamaba San Gabriel. Por lo sombrío que soy, creo que nací a la medianoche. Me llamo Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno. Me apilaron todos los nombres de mis antepasados paternos y maternos, como si fuera el vástago de un racimo de plátanos, y aunque sienta preferencia por el verbo arracimar, me hubiera gustado un nombre más sencillo. Mi padre se llamó Juan Nepomuceno, mi abuelo paterno era Carlos Vizcaíno, lo de Rulfo lo tengo por Juan Rulfo, un aventurero "caribe", o sea de los que estuvieron al servicio de José María Calleja, alias "El Caribe", que tuvo una hija llamada María Rulfo Navarro que se casó con mi abuelo paterno: José María Jiménez. Este Juan del Rulfo llegó a México a fines del siglo XVIII, y parte de su vida la dedicó a combatir a Giordano Guzmán en los rumbos de Tamazula de Guzmán y Zapotlán el Grande, hoy ciudad Guzmán. Más tarde, junto con el general Brizuela, combatió a los franceses.
    En la familia Pérez Rulfo -los Rulfo, una familia muy numerosa, sobre todo por el lado de las mujeres- nunca hubo mucha paz; todos morían temprano... y todos eran asesinados por la espalda. Sólo a David, el último, víctima de su afición, lo mató un caballo. A mi padre no lo mató un peón, no tenía peones, y eso lo ha afirmado erróneamente Seymour Menton en su libro La cuentística iberoamericana... Lo mataron una vez cuando huía... y a mi tío lo asesinaron, y a otros y a otros... todos morían temprano a la edad de 33 años. Fue, es una zona, hasta hace poco tiempo, una zona violenta.
    En realidad, casi toda la tierra caliente del país es violenta. Ahora, nada más se ha quedado un poco concentrada en el Estado de Guerrero. Pero antes, Michoacán, Jalisco, otros estados, los sitios por donde cruza la tierra caliente, eran zonas de mucho conflicto. Hay explicaciones. En primer lugar, son zonas muy aisladas. La tierra caliente le da una característica a la persona muy especial, en donde importa muy poco la vida. Por lo general, las gentes que viven en ese suelo tienen "el mal pinto" -allá le llaman Chiriua-, tienen las manos pintas. Entonces, eso mismo les crea un complejo de que..., pues, son tipos que no les importa que los maten en cualquier momento. Y al mismo tiempo el clima, siempre caliente, porque es una zona que está entre el altiplano y la sierra. Es tierra baja, sin brisa. Y el calor, el bochorno, la misma miseria que sufre esa gente, pues creo que causan el carácter violento. A menos, no hay otra explicación. La otra razón es que ésa es zona despoblada, la gente o se ha ido hacia la costa o se ha ido hacia el altiplano. O ha emigrado a los Estados Unidos. Así son esos pueblos de la tierra caliente, los de Jalisco. Y así los hombres, pues, así, son.
    Los altos en una zona superpoblada, muy erosionada, en donde vive gente que se ha desplazado yo creo que desde principios del siglo hacia el sur. Cómo fueron a dar mis padres al sur, no lo sé. El alteño, además de ser de la tierra alta, es alto. Le dicen lomilargos, porque tiene el lomo largo.
    Nunca hubo gran propiedad en esa zona. Siempre hubo pequeñas propiedades. No existían las haciendas ni las grandes estancias. Los campesinos siempre han sido pobres. Cuando entran en los pueblos donde van, se ponen los zapatos. Las costumbres de esos pueblos son matriarcales todavía. Allí la mujer es la que manda. Justamente, una de las cosas en que se notó el poder del matriarcado fue durante la revolución cristera, en donde fue la mujer la que hizo la revolución. Una guerra estúpida. Guerra de matriarcado. Las mujeres incitaban a los hombres a matarse. La revolución cristera fue una guerra intestina que se desarrolló en los estados de Colima, Jalisco, Michoacán, Nayarit, Zacatecas y Guanajuato contra el gobierno federal. Es que hubo un decreto en donde se aplicaba un artículo de la Revolución, en donde los curas no podían hacer política en las administraciones públicas, en donde las iglesias eran propiedad del Estado, como son actualmente. Daban un número determinado de curas para cada pueblo, para cada número de habitantes. Claro, protestaron los habitantes. Empezaron a agitar y a causar conflictos.
    Son pueblos muy reaccionarios, pueblos con ideas muy conservadoras, fanáticos. La guerra duró tres años, de 1926 a 1929. Nació en la zona de Los Altos en el Estado de Guanajuato. Allí fue el brote... hubo una especie de reconcentración. El ejército concentraba a la gente en las rancherías, en los pueblos. Cuando la revolución se hacía más fuerte, se concentraba a la gente de esos pueblos en las poblaciones más grandes. Había un abandono que se producía a base de reconcentraciones. La gente buscaba trabajo en otra parte. Después de unos años, ya no regresaba.
    La tierra, más que entre los campesinos, se distribuyó entre los obrajeros, entre los carpinteros, albañiles, zapateros, peluqueros. Eran los únicos que formaban comunidad. Para formar una comunidad se necesitaban veinticinco personas. Se reunían veinticinco personas y solicitaban tierras. Los campesinos no las pedían. La prueba está en que hasta la fecha los campesinos no tienen tierras. Es que el campesino estaba muy allegado al hacendado, al patrón. Había el sistema del mediero, es decir, se sembrado la tierra, el patrón entregaba al campesino y el campesino entregaba la mitad de la cosecha al patrón. En la actualidad los pequeños agricultores de Jalisco ya no tienen medios de vida. Viven en una forma muy raquítica. Se van a la costa o se van de braceros. Regresan en la época de lluvias a sembrar algún terrenito allí. Pero los hijos, en cuanto pueden, se van. Esa zona tiende a desaparecer. Los antepasados son algo que los ligan al lugar, al pueblo. Ellos no quieren abandonar a sus muertos. Llevan sus muertos a cuestas.
    La guerra de los cristeros me tocó a mí, parte en mi pueblo y parte en Guadalajara, entre el 26 y el 28. Las primeras guerrillas me tocaron en el pueblo. Tendría yo como 8 años cuando el cura de San Gabriel dejó su biblioteca a guardar en la casa de mi abuela, antes de que expropiaran el curato y lo convirtieran en cuartel. Leí todos los libros que tenía... Los curas de la costa siempre traen pistola, son curas "bragados". El cura Sedano de Zapotlán el Grande (ciudad Guzmán) raptaba muchachas y se aprovechó de la cristiana para alzarse en armas, lo mismo que el de San Gabriel y el de Jiquilpan. A Sedano lo colgaron en un poste del telégrafo.
    Yo nací en lo que ahora es un pequeño pueblo, una congregación que pertenece al distrito de Sayula. Sayula fue un centro comercial muy grande hace unos años, antes y aún después de la Revolución. Pero yo nunca he vivido allí en Sayula. No conozco Sayula. No podría decir cómo es. Mis padres me registraron allí. Porque yo nací en la época de la Revolución, es decir, en las épocas de las revoluciones, porque hubo una serie de revoluciones. Nací en un pueblo del Estado de Jalisco nombrado San Gabriel, más o menos al sur de Guadalajara, la capital del Estado. En realidad yo me considero de ese lugar. Allí pasé los años de la infancia.... Había un río. Actualmente ese río no trae agua... San Gabriel era un certero también comercial. Antiguamente era un pueblo próspero; por allí pasaba el camino real de Colima. San Gabriel y Zapotlán fueron los pueblos más importantes de la revolución desde el siglo XVII hasta la Revolución.
    Hay hoy es esa zona aproximadamente al rededor de cinco o seis pueblos. Son pueblos de tierra caliente; entre 800 y 900 metros de altura... Jalisco es un Estado muy pobre. Pero la gente trabaja mucho. Produce mucho. No sé de donde producirá tanto. Produce demasiado. Es el Estado que produce más maíz de la república. No es un Estado muy grande. Yo creo que es el octavo Estado en tamaño de México. Produce maíz para alimentar a toda la República mexicana. Tiene más ganado que cualquier otro Estado del país. Pero usted va fuera de la capital, y hay mucha miseria. El maíz es un gran destructor de la tierra. Entonces, la tierra está destruida. A grado tal que en ciertas regiones ya no hay tierra. Es una erosión completa. La gente es hermética. Tal vez por desconfianza no sólo con el que va, con el que llega, sino entre ellos. No quieren hablar de sus cosas, de lo que hacen. Uno no sabe a qué se dedican. Hay pueblos que se dedican exclusivamente al agio. La gente allí no habla de nada. Arregla sus asuntos en forma personal, muy particular, secreta casi.
    Jalisco se llamaba Nueva Galicia. Fue conquistada por Núñez de Guzmán en 1530. Pero la zona donde yo soy se llamaba Provincia de Avalos. Porque fue conquistada por Alonso de Avalos, que fue el que redujo a la paz a Colima y el sur del Estado de Jalisco. Avalos pertenecía a la Nueva España, es decir, México, a la capital, a la capital del virreinato. Aunque estaba cerca de Guadalajara, que era la capital de Nueva Galicia, no tenía nexos políticos ni religiosos con Guadalajara. Durante muchos años se perdió la documentación de la provincia de Avalos, porque la mayor parte de esos pueblos fueron diezmados por fiebres, enfermedades, a veces por los mismos conquistadores. Un antepasado materno se apellidaba Arias... Hay una cosa muy curiosa. La mayor parte de los conquistadores de España, los españoles que vinieron a esta conquista de México, eran aventureros, excarcelados, monjes que no eran monjes, curas que no eran curas, personas con antecedentes criminales. Hay apellidos que no existen. Por ejemplo, Vizcaíno. Yo no me apellido Vizcaíno por el lado materno. Pero el apellido Vizcaíno no existe en España. Existe la provincia de Vizcaya. Aquí han convertido ese nombre en apellido. Quiere decir que todos los Vizcaínos eran delincuentes.
    Era muy común entre esos señores cambiarse el nombre. En lugar de patronímico, ponían el nombre geográfico. Aquí precisamente la genealogía falla. Por eso las dinastías de las familias de "abolengo" en México son falsas, formadas en base de riquezas... Resulta difícil marcar los límites. Es esta zona de Avalos la documentación es inexistente. En la provincia de Avalos los pueblos fueron arrasados, primero por la Revolución; los archivos fueron incendiados; y como las copias existían nada más que en México o en la Nueva España, era difícil conseguir datos. Ahora, muchos de esos datos -porque de allí partió la expedición de Coronado para California- aparecen en bancos americanos que tienen interés en reunirlos. Porque allí está la historia de California, de Texas, de Nueva México, de Arizona...., tengo, digamos cierta curiosidad histórica.
    La primaria la hice en San Gabriel, ése es mi mundo. Y viví allí hasta diez años. Es uno de esos pueblos que han perdido hasta el nombre. Ahora se llama ciudad Venustiano Carranza. Ahí viví con una abuela mía; de unos Arias que habían venido aquí en el siglo XVI, posiblemente andaluces, y mis hermanos, hasta que mataron a mi padre. De ahí pasamos a un orfanatorio. Eso es muy común. Actualmente todavía muchas personas de los pueblos de allá que quieren educar a sus hijos y no tienen una persona que cuide de ellos los mandan internos en colegios, y allá estuve hasta la edad, más o menos, de los 16 años. Es decir, hasta que estalló la huelga de la universidad. Quiero decir: hasta los 14 en el orfanatorio, hasta los 16 en Guadalajara. La huelga estalló casi el mismo día que entré yo, junto con un primo mío, un Vizcaíno, y duró como año y medio. Debido a eso me fui a la ciudad de México, a proseguir los estudios.
    Entonces, casi no tenía ningún valor la literatura mexicana. Se consideraba, por ejemplo, a la novela de la Revolución como el reportaje de ciertos hechos. Se editaba mucho -eso en proporción, ¿no?- pero no se leía. La tendencia era leer literatura de otros países. En las escuelas, la literatura española. Pereda, la generación del 98... Sabía que ése era el retraso de la literatura latinoamericana: que estábamos absorbiendo una literatura que era ajena a nuestro carácter, a nuestro modo de ser. Una de las razones de que no haya literatura en Hispanoamérica es porque aquí el escritor no tiene resueltos sus problemas elementales. La gran novela de acá no podría hablar de otra cosa que no sean la miseria y la ignorancia.
    Libremente se leía la literatura rusa, literatura que venía de España, se traducía, se editaba en España, pero no española. AL mismo tiempo que se editaba la literatura rusa se editaba la literatura norteamericana. Se conocía a Doa Passos, a Sinclair Lewis, a Elmer Rice y a Hemingway. España tuvo un auge muy fuerte antes de la Revolución en cuestión de traducciones, sobre todo obras de carácter social. Lo que a mí mu duele, por ejemplo, de España, es que no tenía ninguna cultura que dar a América. Por eso tuve alguna vez la teoría de que la literatura nacía en Escandinavia, en la parte de Europa, y luego bajaba al centro, de donde se desplazaba hacia otros sitios. Se suponía que iba a estudiar la carrera de abogado, que mi abuelo era bogado y alguno tenía que usar biblioteca. Pero había pasado mucho tiempo, y algunas materias las había olvidado. No pude pasar el examen extraordinario a que nos sometían. Así, tuve que trabajar. Dejé los estudios porque a mí no me jalaban las leyes. Empecé a trabajar como agente de inmigración, en la secretaría de gobernación. Sí, pescaba extranjeros. Perniciosos. Primero aquí, en la ciudad de México. Después tuve que salir: estuve en Tampico, en casi todo el país. Llegué a Guadalajara, otra vez. Los agentes de inmigración revisaban el documento de los extranjeros. Los que estaban ilegalmente en México, los que habían cometido algún delito. Entonces se los buscaba y se los deportaba. Total: una tarea policíaca. Era molesto, pero la gente, agradable. Además había mucha libertad, porque usted estaba comisionado en un sitio, pero de allí podía movilizarse fácilmente porque, como había columnas volantes que abarcaban todo el país, uno se iba de una parte a otra. Fue un largo viaje de unos dos, tres años. En realidad, por aquella época, cuando vinimos de Guadalajara a México, no había trabajo. Todo era burocracia. Entonces Rulfo debió acomodarse a la burocracia.
    Entré a los 18 años en Inmigración; después, recién a los 32, entré en una compañía fabricante de llantas de hule. Cuando estaba en D.F, en el archivo de Migración, en Gobernación, encontré el mejor modo de que a uno le dejen tranquilos; en un archivo, cambian los ministros y cambian los empleados importantes, pero de nosotros los archiveros se olvidan; cada ministro, si era de Yucatán, traía yucateros; si era de Veracruz, traía veracruzanos; entró un jalisciense y así entré yo. Recuerdo con cariño esa etapa burocrática; la burocracia mexicana eso tien de bueno, fomenta la amistad; no como en las compañías particulares; son transatlánticos fríos e impersonales. También he trabajado en ellas.
    Pero parecía que tenía que ser escritor. Aquella novela que escribí muy joven recién llegado a la ciudad de México, que trataba de la soledad y esas cosas, estaba escrita en tercera persona, después fueron hechos biográficos sucedidos y tomados de la realidad y aplicados a otro individuo. Bueno, y ahora quiero volver a utilizar esa tercera persona en cuentos que tienen algo que ver con el ambiente de la ciudad. Pero la novela no me gustó, no creo haber rescatado nada de eso. Parece que una revista, hace muchos años, publicó un fragmento, como un cuentecito, de todo eso. pero lo demás lo tiré. Era una novela un poco convencional, un tanto hipersensible, pero que mas bien trataba de expresar cierta soledad. Quizá por eso tenía esa cosa de hipersensibilidad. No convencía. Pero el hecho de que escribiera se debía precisamente a eso: parece que quería desahogar la soledad en que había vivido, no en la ciudad de México, pero desde hace muchos años, desde que estuve en el orfanatorio. En realidad yo estaba solo, en la ciudad, que era una ciudad pequeña, miserable. Una ciudad burócrata. Yo no conocía a nadie, así que después de las horas de trabajo me quedaba a escribir. Precisamente como una especie de diálogo que hacía yo conmigo mismo. Algo así como querer platicar un poco. En mi soledad en que yo... con quien vivía. Se puede decir: yo vivía con la soledad. Yo platicaba, charlaba con la soledad. El hombre está solo. Y si quiere comunicarse lo hace por medios que están a su alcance. El escritor no desea comunicarse, sino que quiere explicarse a sí mismo. De eso trataba la novela que yo destruí, porque estaba llena de retórica, de ínfulas académicas sin ningún atractivo más que el esteticado y lo declamatorio; en un lenguaje, del cual me daba exactamente cuenta. Creo que no me estaba llenando de retórica por andar en la burocracia. Me estaba empapando de ese modo de tratar todas las cosas. No era como yo quería decir las cosas. Entonces, ejercitándome, para liberarme de ese lenguaje retórico, un poco ampuloso, hasta garrafal se puede decir, escribí en forma más simple, con personajes más sencillos. Claro que fui a dar al otro lado, hasta la simpleza total. Pero es que usé personajes como el campesino de Jalisco, que habla un lenguaje castellano del siglo XVI. Su vocabulario es muy escueto. Casi no habla, más bien.
    Lo que yo no quería era hablar como un libro escrito. Quería no hablar como se escribe, sino escribir como si habla. Buscar personajes a los que pudiera darles tratamiento más simple. Ése... ése de Nos han dado la tierra. Llegar al tratamiento que me he asignado. No es una cuestión de palabras. Siempre sobran, en realidad. Sobran un qué o un cuándo. está un de o un más de más, o algo así. Pero los cuentos son casi espontáneos o naturales. Si no están desarrollados como están imaginados -cosa difícil, siempre- más o menos se puede decir, de la versión final, que eso era lo que yo quería decir. No hay ambiguedad en ninguna de las historias. A excepción de una que otra que tal vez no tenga importancia. A pesar de que ninguna debe tener importancia, en realidad.
    En Luvina el monólogo esta hecho de otra forma; allí el monólogo se enfrenta ante un oyente, el hombre está hablando. Claro que el que escucha no interviene para nada; el que habla relata al que oye sus propios movimientos.
    Yo lo primero que publiqué fueron cuentos, en una revista que hacíamos con Arreola, donde pagábamos cada cual su colaboración. El grupo es necesario para impulsarse. Ahí publiqué: Nos han dado la tierra; y luego Es que somos muy pobres. Esos pasaron a El llano en llamas. La vida no es muy seria en sus cosas. Macario fue más o menos de la primera época. Fue al principio como podría haber ido al final; en realidad lo organizaron los editores, creo. No oyes ladrar los perros, ese cuento nació porque siempre me llamó la atención la luna, la salida de la luna en las tierras bajas del trópico. Una luna grande, roja. Permanece allí, en las planicies. Y crece siempre, ésa es la verdad. Siempre imaginé que algo... yo caminé mucho por esas regiones, cuando estaba la luna no se borra. Y la luna es como si fuera una especie de horizonte. Y pensé luego que este hombre recogía a su hijo herido, para llevarlo a otro pueblo, y se topaba de pronto con la luna de frente. Y allí, pues, el hombre zarandeaba al muchacho, lo sopesaba, lo golpeaba. Y se le murió en el camino. Porque además está la cosa de que como lo llevaba cubriéndose los oídos el padre no oía los perros estos. En los pueblos, anteriormente, apagaban la luz a las once de la noche. Eso se llamaba el apagón. Era gente a más pobre, entonces siempre no se veía luz desde el oscurecer y menos después de las once. Entonces la única forma en que se localizaban era por los perros. Todo se ve gris, porque el paisaje es gris, el paisaje de la tierra caliente es color de tierra. Entonces la única ubicación que tienen es que ladren los perros. Los perros ladran toda la noche.
    Pero Pedro Páramo venía desde antes. Estaba ya, casi se puede decir, planeando. Pues, como unos diez años antes. No había escrito una sola página, pero me estaba dando vueltas en la cabeza. Y hubo una cosa que me dio la clave para sacarlo, es decir para desenhebrar ese hilo aún enlanado. Fue cuando regresé al pueblo donde vivía, 30 años después, y lo encontré deshabitado. Es un pueblo que he conocido yo, de unos siete mil, ocho mil habitantes. Tenía 150 habitantes, cuando llegué. Las casas aquellas inmensas -es uno de esos pueblos muy grandes, las tiendas de ocho puertas, de diez puertas- y cuando llegué las casas tenían candado. La gente se había ido, así. Pero a alguien se le ocurrió sembrar de casuarinas las calles del pueblo. Y a mí me tocó estar allí una noche, y es un pueblo donde sopla mucho el viento, está al pie de la sierra madre. Y en las noches las casuarinas mugen, aúllan. Y el viento. Entonces comprendí yo esa soledad de Comala, del lugar ése. El nombre no existe, no. El pueblo de Comala es un pueblo progresista, fértil. Pero la derivación de comal -comal es un recipiente de barro, que se pone sobre las brasas, donde se calientan las tortillas-, y el calor que hay en ese pueblo, es lo que me dio la idea del nombre. Comala: lugar sobre las Brasas.
    En realidad es la historia de un pueblo que va muriendo por sí mismo. No lo mata nada. No le mata nadie. Es el pueblo. El pueblo que nunca tuvo conciencia de lo que podía darle la situación en que estaba. En primer lugar, un pueblo fértil, lleno de agua, de árboles, clima maravilloso. Cómo aquella gente dejó morir el pueblo. Cómo se justificaba el querer abandonar aquellas cosas. Su casa, todo. Por qué han dejado, como quien dice, arruinar todas aquellas tierras. Por qué otra sino por cierto delito del pasado, ciertas actitudes del pasado. Ese pueblo fue reaccionario siempre. Cristero, partidario de Calleja durante la independencia, partidario de los franceses durante la reforma, antirrevolucionario cuando la revolución. Y durante la cristiada, cristeros. Entonces fue como pagar la culpa.
    Lo que pasa es que entre el coro de todas las voces universales y gloriosas yo volví a oír la voz profunda y oscura. Tal vez la de un pobre viejo que está a la orilla del fuego volteando las tortillas: "Te acuerdas de cuando mataron a la Perra". Y aunque usted no le cree, esa voz predomina en el coro, y es la del verdadero, la del único solista en que creo, porque me habla desde lo más hondo de mi ser y de mi memoria: "Ya mataron a la Perra, pero quedaron los perritos." Imaginé el personaje, lo vi. Después, al imaginar el tratamiento, lógicamente me encontré con un pueblo muerto. Y claro, los muertos no viven en el espacio ni el tiempo. Me dio libertad eso para manejar a los personajes indistintamente. Es decir, dejarlos entrar, y depués que se esfumaran, que desaparecieran.
    Pedro Páramo es el caso representativo del hacendado mediano que existía en Jalisco, un hacendado que está sobre sus tierras y las trabaja. Es capaz de tomar el arado y sembrar. Yo conozco mucho la República mexicana y conozco cacicazgos tremendos en el Estado de Guerrero y en otras partes del país. Que yo haya situado Pedro Páramo en Jalisco fue sencillamente debido a que los conozco. Yo tengo la desgraciada tendencia de situar geográficamente al personaje. En el ambiente de la zona. Pedro Páramo no estaba situado en una época, estaba ubicado en una región. Es difícil saber en qué época sucede. Pero, sí, hay ciertos hechos, ahí, que más o menos... En realidad no era tratar de involucrar ninguna época, ni revolución, ni nada. Ninguno de esos materiales. Simplemente involucrar los hechos que habían pasado ahí. Y nunca se menciona una fecha.
    El personaje Pedro Páramo no sé donde salió; yo nunca conocí una persona así. Yo no lo considero de fácil clasificación. Creo que es el cacique. Abundan, abundaron los caciques en México. Pero las actitudes que él tomó, sus actos, son milagritos que uno les cuelga. Digo; yo no sé si hubo un cacique que hizo su propia revolución para defenderse de la revolución. Pero se lo puede clasificar en otros aspectos: no es generoso, por ejemplo. Es más bien malvado. Forma, con los otros, parte de una conciencia, de un modo de pensar, de una mentalidad que tal vez existe. Pero no la logro localizar bien.
    Susana San Juan fue siempre el personaje central. Susana San Juan era una cosa ideal, una mujer idealizada a tal grado, que lo que no encontraba yo era quién la idealizaba. Entonces supuse, o supe, que en ese pueblo estaba enterrada Susana San Juan. Porque además tengo la mala costumbre de que siempre, al llegar a un pueblo, voy a visitar los panteones. (Yo cuando hablo invento, y como la mujer de Orfilia Reynal abría muchos los ojos, pues le di a la historia. Pero yo sólo fui a ese panteón por necesidad.) Y siempre voy, no sé por qué será así, me fijo la fecha, me fijo cuándo murieron aquellos señores. EL panteón del pueblo es un panteón en ruinas. Y los muertos están afuera de la tierra. Yo fui; nunca dejo de ir a los panteones. Es lo único interesante que hay en los pueblos. Susana San Juan, tampoco sé de dónde salió. Tal vez sea una novia que me imaginé alguna vez. Y construí Pedro Páramo alrededor de ella y alrededor del pueblo. Más bien alrededor del pueblo. Pedro Páramo es un lenguaje hablado. Tuve que echar fuera más de 150 páginas antes de dejarla como quedó. No sé si ese ajuste fue necesario. A veces pienso que nos e debe creer que el lector igual que uno y que se le ponen muchas trabas para su compresión. Ahí ya fue, simplemente el lenguaje que hablaba la gente... no es un lenguaje captado, no es que uno vaya allá con una grabadora a captar lo que se dice esa gente, es decir, a observar: "A ver cómo hablan. Voy a aprehender su forma de hablar". Aquí no hay eso. Así oí hablar desde que nací en mi casa, y así hablan las gentes de esos lugares. Entonces quien escriba así no está influenciando por Pedro Páramo, sino simplemente ha visto que él habla ese idioma, ese lenguaje, pero que nunca lo había aprovechado.
    Es cierto, trato de defenderme del barroquismo. Y lo haré por todos los medios que tenga a mi alcance. Pues me lo han dicho. Dicen que soy escritor rural. Pero eso no me interesa que lo digan; eso de que soy escritor regional. Porque yo no sé lo que quieren decir con eso. en primer lugar, todos los escritores son regionales. Cada uno expresa su región. Tampoco cuadra eso de rural porque yo utilice personajes del pueblo o campesinos. Eso no implica exactamente que vivan en el campo. Pueden vivir en una población grande pero estar en contacto con el campo. Pero esto tal vez pueda explicarlo mejor hablando de Días de Floresta, el libro que estoy escribiendo. Es una serie de cuentos. Debido a la dificultad que tuve al encontrarme que no iba a terminar eso que era mi proyecto: La Cordillera -se alargaba demasiado, se me iba de las manos esa Cordillera- entonces pensé volver al cuento, a la pequeña historia, para narrar hechos más..., digamos más pequeños. Ya no con la actitud que requería un trabajo más extenso. Ahora también, esto va un poco implicado con la cuestión de mi trabajo, que es bastante, en el Instituto Indigenista, donde tengo que hacer publicaciones, tengo que estar corrigiendo textos, haciéndolos, escribiendo introducciones y todo eso. Pues todo eso me cansa mucho , y es que todo el tiempo estoy sobre papeles. Por eso pensé volver al cuento, a ver si así tomaba al toro por los cuernos. Se me ocurrió escribir estas historias, que llevan el nombre de uno de los cuentos. Casi todas las historias son difíciles de explicar de qué tratan, no es fácil decir cuál es el argumento de esas historias. Porque no hay una anécdota central; son una serie de puntos de vista, a veces narrados en diálogo, a veces en tercera persona.
    No soy un escritor profesional, soy un simple aficionado. Escribo cuando me viene la afición, si no, no... a esto se debe que no termine La cordillera... pura afición, y no al éxito, al miedo, a todas esas cosas que se dicen. Pero estoy medio trabajando en ella. Es un poco difícil de explicarla. Intento mostrar una realidad que conozco y que quisiera que otros conocieran. Decir: "Esto es lo que sucede y lo que está sucediendo", y "No nos hagamos ilusiones. Vamos a ponerle el remedio si acaso es una cosa fatal". Pero en realidad yo no tiendo al fatalismo. No creo ser fatalista. Simplemente conozco una realidad que quiero que otros conozcan. Mi obra no es de periodista ni de etnógrafo, ni de sociólogo. Lo que hago es una trasposición literaria de los hechos de mi conciencia. La trasposición no es una deformación sino el descubrimiento de formas especiales de sensibilidad.
    Yo quisiera precisamente en La cordillera, intento más que nada, dar la sencillez de la gente del campo, expresar la sencillez de alma que tienen. El hombre de la ciudad ve sus problemas como problemas del campo. Pero es el problema de todo el país. Es el problema mismo de la ciudad. Porque el hombre de allá viene aquí, emigra a la ciudad, y aquí se produce un cambio. Pero él no deja hasta cierto punto de ser lo que fue. Él trae el problema. México no es una ciudad que tenga características propias, es una ciudad mitificada totalmente, son muchas ciudades, en pocas palabras, entonces, cuando se dice la ciudad, bueno... ¿cuál ciudad? De cuál ciudad se habla, o de cuál barrio, o de cuál colonia. O de qué rumbo de la ciudad, digo. Así que yo uso la tercera persona, porque por otra parte yo me siento totalmente ajeno a estas gentes que viven en la ciudad de México. No a los aledaños de la ciudad, porque acá, como debe pasar en Buenos Aires, el setenta por ciento de los que vivimos en la ciudad hemos venido de la provincia. Entonces hay una población que no se adapta, el hombre que ha nacido y vivido en el barrio de vecindad.
    Esa es una realidad: gentes que viven en condiciones difíciles, barrios que están fuera del Distrito Federal pero que no están separados sino unidos por casas y más casas a la ciudad. y muchos de estos hombres, campesinos que llegan a la ciudad, viven en la periferia porque no quieren perder contacto con el campo, no quieren perder ese contacto con la tierra que les permite soportar la miseria de la ciudad. Las ciudades no tienen trabajo para los campesinos, la ciudad industrial opera ya con personas que han cursado la secundaria. Y estas gentes muchas son analfabetas. Pero todo eso venía al caso de que me interesa la ciudad de México en el aspecto más bien de inmigración. No el aspecto económico, sino, tal vez, el impacto psíquico, el shock que reciben al querer adaptarse a un medio hostil, que a veces los rechaza y a veces los absorbe. Siempre se sienten un poco angustiados. Tienen otro tipo de sensibilidad, esas gentes. Hay que mirar cómo destruyen con facilidad vidas humanas, por ejemplo. Pero al mismo tiempo en que tal vez les esté vedada cierta posibilidad del dolor, les está vedada la alegría.
    La alegría no la buscan, la crean. Por ejemplo aquí en México la música es triste. Y la música los alegra. Es gente muy triste, hay que verlos cuando se ponen a cantar. La canción mexicana es triste, no hablo del corrido, de los boleros, de lo que cantaba Pedro Infante o Jorge Negrete, esas gentes raras. Sino simplemente de la canción del pueblo. Yo los he estado oyendo, a veces, en las noches; y no he dormido por oírlos cantar en el requinto -que le llaman allá, en Jalisco-, una guitarra de cinco cuerdas. Son canciones que duran a veces dos y hasta tres horas, y entre una estrofa y otra se fuman un cigarro y se toman unos tragos de tequila, platican, y luego continúan con la canción. Y son muy tristes, a veces se pasan toda la noche cantando. Y son hombres que están tristes. Ahora yo digo que el dolor sí lo sienten; el dolor es doloroso para cualquiera. Y la tristeza debe ser más grande que en las personas cultivadas. Porque esas personas cultivadas tienen corazas para defenderse. Ellos no, carecen de escapes. A veces tienen uno solo: el alcohol. Y el alcohol los profundiza más en la angustia. Los lleva a honduras que desconocen pero no los saca de su realidad. (...)


    (Nota de la Autora): Esta Autobiografía Armada surgió por devoción y, a la vez, por azar. A principios de los 70, cuando todavía se conocía poco sobre Rulfo y su obra, y aún no se había publicado la mayor parte de los libros y trabajos críticos que hoy circulan, me encargaron realizar una compilación testimonial acerca de este autor, en su propia voz. De inmediato la primera persona se impuso y el protagonista Rulfo dio continente a cada párrafo. La imbricación de las distintas partes que componen el texto resultó ser una biografía apócrifa que, involuntariamente, cerró el círculo de todo lo escrito por Rulfo. ROFFÉ, Reina, "Juan Rulfo, Autobiografía Armada", Barcelona, Montesinos, 1992.

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    Montevideo - Uruguay
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