
Sumario
Tres Exponentes:
El cuento criollo en el Uruguay parecía haberse quedado cristalizado en Javier de Viana, no sólo su cultor más fecundo y popular, sino también su consagrador.
(...) se pensaba que el cuento campero había terminado en el popular y fecundo cuentista, le apareció un sucesor indicado como tal por el mismo Javier de Viana; un sucesor de su obra que traía a la literatura un campo más actual, sucesor a su vez este campo del que trabajo intelectualmente el maestro. Tal fue el aporte de Montiel Ballesteros con sus libros " Cuentos uruguayos" y " Alma nuestra". Y cada cosa en su salsa y cada hombre en su tiempo. De Viana corresponde al naturalismo y como tal es crudo, áspero y semifotográfico. Como buen gaucho, parecía escribir a lonjazos. Y así arreó por los caminos aburridos de nuestra criolla literatura (Acevedo Díaz no era bastante para matar ese aburrimiento) su gran tropa entreverada, y al barrer, de hombres y bichos de la tierra, con su carga de pilchas, estados psicológicos y episodios, en la cancha movida y despareja de los campos orientales, y a veces entrerrianos o correntinos.
(...) Montiel, en su naturalismo de otra laya, de cuando en cuando con un pujo anarquista, muy de la época, y de siempre en siempre con un modo artista y hasta fino si se quiere, cualidades que en él son como virolas y las bombas de plata y oro, en el "preparo" de cuero crudo que había aprendido a labrar a la sombra de su inicial modernismo, tal cual el padre gaucho labraba sus arreadores, a la sombra de las carreteras y las diligencias en el tiempo antañón.
Montiel Ballesteros se abrió luego - agrandándose- hacia la novela y la fábula, dándonos, en aquel género libros hermosos y fuertes como " La raza" y " Castigo e Dios"; y en éste, sus dos tomos de " Fábulas" americanas, tal vez lo más perdurable de su obra por la maestría y originalidad con que se mueve entre la poesía y el mito criollo, creado por él, creación que le asigna categoría de poeta épico.
Luego apareció en la senda Yamandú Rodríguez con sus cuentos deslumbrados de imágenes, poeta en la narración que por ello suele llegar al poema; más imaginativo, a veces, que real; entrando con mayor eficacia en el público lector de revistas que en la consideración de la crítica, que lo suele olvidar. Y pisándole los talones al autor de " Bichito de luz" y " Cansancio", García Saiz con sus libros, de menos vigor en la pintura del paisaje y en la trama interna de sus personajes, pero de evidente justeza en el enfocamiento de su lente observador de la vida paisana, cualidad que le asigna categoría para no quedar al margen de estas menciones.
Dejo sin incluir en este panorama de nuestro cuento a Enrique M. Amorín autor de "Tangarupá", y a Julio Estavillo, autor de "Gualicho", porque dichos libros de cuentos criollos no son fundamentales en la obra de ambos, ya que el primero ha abordado con más éxito la novela y el segundo se mueve mejor en el poema nativo.
Pasan unos años, pocos nomás cuando en eso, de San José de Mayo se nos viene sin ruidos ni antecedentes, como en caballo desherrado, Francisco Espínola, con su primer libro " Raza Ciega", largo de los troperos, es decir, sin apresuramiento, sereno y rendidor, como seguro de que ha de llegar a las tabladas del triunfo.
Pero éste viene sin salsa y sin época. Es de cualquier tiempo, con sus hombres gauchos presentados vivientes en sus neblinas de tragedia. Arma sus cuentos con episodios dramáticos, con una técnica primaria y simple - diría con una técnica dórica-, y nos deja unas breves historias ásperas y vigorosas como templetes de piedra, calientes de vida, rojos y negros de tragedia, cual si sus cuentos fueran la piedra donde los gauchos de primitivismo hermoso se inclinaran a oficiar el sacrificio de la sangre ante el dios bárbaro de la raza y la fatalidad.
(...) Una de las características de Espínola es la consecución del ensamble de lo típico regional con lo universal de sus cuentos, ya que las pasiones que se empinan en sus episodios, en mérito a dicha cualidad principal, tienen sus raíces en cualquier ambiente. Sus gauchos son hombres. En toda obra de arte - se debe considerar la cantidad de cosa humana que ella contiene. Empinando lo humano, se sube al símbolo; agachándolo, se baja al muñeco. El semidiós y el semihombre. Los gauchos de Espínola no se evaden del hombre ni hacia arriba ni hacia abajo. Ni semidioses, ni semihombres; hambres cabales.
(...) Casi paralelo a Espínola surgió Victor M. Dotti, el de " Los alambradores", saludado al punto por la crítica como el valor real que es; y nos arrea un libro breve y vigoroso, más bien meneado en hombres que en trama de cuento. Tipos tomados directamente de la vida real del campo, crudos y sin adornos poéticos. Hombres de trabajo tallados como a golpes de hacha, resolviendo sus asuntos en diálogo parco y filoso, que nos muestra sus vidas de tipos característicos del campo actual, sin leyenda, sin gauchos y sin romanticismo.
Casi apareado al criollo de " Los alambradores", Juan Mario Magallanes, que no era nuevo en nuestras letras, a las que había intentado entrar años ha con un discreto libro de versos, se apea en las enramadas criollas y nos ofrece los episodios de " La mariscala".
(...) Son narraciones justas, de vigor sin violencia, que trasladan y fijan el vivir de la gente de campo en un establecimiento sin miserias y sin lujos, que conserva muchas costumbres de antaño, sabrosas de poesía y de leyenda.
Y por último - último cronológicamente-, cerramos la serie con el libro de otro mozo de tierra adentro, Juan José Morosoli, autor de " Hombres". Este también se destapa - como Dotti- húmedo aún en el barro del campo que le tocó vivir u observar, que es vivir intelectualmente. Ya el suyo no es sólo el ambiente gaucho o paisano, sino también el híbrido de arrabal de pueblo, sin lazos, ni potros; sin canciones en las guitarras, que no saben pulsar los agringados paisanitos de hoy; campo de parvas chacreras y melgas canarias de arados bueyeros; con su miseria fea, producto económico de la época, y hasta con su gesto agrio de dolor soviético. ¡ Y con qué vigor el escritor de " Minas" planta ante nuestros ojos sus estampas negras de vidas sordas y rudas!.
Los hombres de Morosoli nos recuerdan algo que solemos olvidar: aquello de que se vive para morir. Estos, sus hombres, son así. Nacen a la literatura con la muerte o la desgracia como una marca en la frente, como todos llevamos el surco de la muerte en la palma de la mano. Como los de Espínola y los de Dotti, sus hombres se mueven en el dolor de un modo impresionante. Siempre fue así desde el alba del mundo: el dolor es flaco, pero en él hay más carne donde prenderse el artista. La alegría es barro zonzo para trabajar.
Diario La prensa, 1934.
Comenzaré estas páginas copiando frases que escribí en otra ocasión: cuando alguien ha dicho algo del mejor modo a su alcance es tarea de zonzo la de ensayar nuevas fórmulas por el escrúpulo de no repetirse.
Asevera don Ramón Menéndez Pidal que el cuento nace como un género esencialmente oral y es la producción artística que surge antes que ninguna otra producción literaria. La autoridad de don Ramón no admite dudas y debemos creerle. La narración en voz viva de hechos reales y hechos imaginarios es, pues, la primera de las formas de la literatura. Aun antes de cantar, el hombre contó. Y contó seguramente cosas parecidas a las que hoy llamamos cuentos, ya que el cuento aparece como el más permanente, el menos permeable a mutaciones sustanciales, de los géneros literarios.
El cuento es viejo como el mundo, como el deseo de los hombres de saber de sí mismos. Se diría que hay en el espíritu humano una eterna, originaria tendencia a narrar cuentos y una congénita disposición para escucharlos.
El cuento parece ser hijo del fuego y de la noche. Miles de cuentistas (cuenteros, dicen otros países de América) fundaron la cuentística: miles de hombres perdidos en la muerte como la lluvia en el mar y que hoy nos es lícito imaginar o soñar como uno solo: un hombre un poco misterioso y de largas barbas blancas que llega sin ser llamado al atardecer... que llega y se sienta junto al fuego y narra.
Si en el principio y en todos lados fue el cuento, el nuestro (el considerado más nuestro, por lo menos) nació en los fogones gauchos, en las hogueras nunca muy grandes - hechas con alguna leña de monte, troncos de chilcas y bostas de vaca- que ardieron en las laderas de las cuchillas y en las márgenes de ríos y arroyos de la Banda Oriental. ¿ Qué temas manejaron aquellos cuentistas o cuenteros que vestían chiripá y calzaban, cuando algo, bota de potro? No es mucho lo que sabemos, porque quienes han averiguado al gaucho han entendido más a lo que él cantó que a lo que él contó. Pero podemos colegir sin mayores riesgos que los temas fueron, por un lado, de testimonio, de decir "pasó así", y por otro lado de exageraciones desaforadas, de fantasías tal vez creídas o semi-creídas, de lúdicas mentiras... Estos que de un modo u otro no respetan la realidad son, al fin de cuentas, los que importan.
Se ha dicho y repetido que España nos colonizó con hombres medievales. El mundo del hombre medieval estaba acribillado y aun desfondado por la posibilidad de lo sobrenatural, y era mucho más rico - mucho más hondo y nocturno, sobre todo- que este mundo de hoy sin sirenas ni endriagos, con un Diablo desmonetizado hasta la abolición, donde los muertos no vuelven ni hablan, donde hombres como usted y yo pisan la Luna, que ya no es una princesa, un dios, un ojo, un remordimiento, una mirilla de otro ojo... sino una especie de triste ladrillo sideral. Hechos mágicos y episodios maravillosos, aparecidos, lobizones, monstruos procreados por íncubos, sueños digitados por Mandinga, furtivas intervenciones de alguna Fata Morgana de trenzas crinudas etc., deben haber sido, entonces, los temas más memorables de lo primero que en esta tierra se contó. Y también - no cabe dudarlo- aparecía siempre la muerte: una Muerte menos mecánica o causada que ahora, más emparentada con la fatalidad, más hija de extrañas culpas, más delegada o mandadera de dictámenes sin rostro, de clandestinos designios.
Vida, pasión, juego y quizá cierta tahurería de esos temas, concluyamos, supo ser la conversada literatura fogonera, que poco o nada tiene que ver con la literatura gauchesca y el criollismo literario, fenómenos posteriores.
(...) Si explicamos al centauro como la expresión del asombro de los pueblos peatones ante los pueblos jinetes, debemos ver a la literatura gauchesca como la expresión del asombro de literatos cajetillas ante aquel curioso ser humano. Este asombro y esa literatura tuvieron en el tiempo diversas entonaciones, pero aquí sólo tomaremos en cuenta una o dos de ellas. En nuestro país hubo alguien que se llamó Domingo Ordoñana y otro alguien que se llamó Lorenzo Latorre y ejerció de mandamás durante cuatro años y tres días. El primero, hombre de visión y talento, fue por encima de toda cosa un vasco tacaño y propietarista; el segundo, hombre con grandes dotes de estadista-ordenador, fue un gallego franquista anterior en más de medio siglo al terrorífico Paco Franco, un falanguista avant la lettre. Con Ordoñana como ideólogo y Latorre como ejecutor, los estancieros barrieron lo que quedaba del populismo artiguista y emprendieron a fagocitar al "vago y mal entretenido" de los documentos virreynales; mejor dicho, retomaron con drasticidad y coronaron la empresa de sojuzgamiento del campesino libertario, aquella añosa empresa iniciada por los portugos de la Cisplatina y los colaboracionistas del patriciado montevideano. Entonces el gaucho con el espinazo quebrado dejó de ser manantial de zozobras para los dueños de la tierra (éstos, según oí contar a un viejo muy viejo, decían con satisfacción: "Ya no hay gente compadre" y se convirtió en una percha para colgar la siempre fácil nostalgia. En este caso la tal nostalgia tiene muchísimo que ver con el conservatismo latifundista y aun la reacción, con lo que alguien llamó clase novillera y Sarmiento llamó oligarquía de la bosta. Como flores de macachines después de las lluvias de otoño, fueron surgiendo en la larga sobrevida de la paz latorreana poetas y prosistas, muchos de ellos hijos de estancieros o estancieros ellos mismos, que se dieron a llenar de viento el velamen de la gauchofilia y su literatura. Obviamente no puede hablarse de gauchofilia nostálgica y derechistas con respecto a la poesía gauchesca anterior, fundada cuando el siglo era nuevito por el tan querible Bartolomé Hidalgo y toda ella de intención política de signo antiespañol, revolucionario.
(...) Latorre declaró que los orientales eran ingobernables (olvidó decir que ya no más por él) y tomó sus valijas en 1880; en el 94, o sea catorce años después del mutis por el foro del coronel
ordenador y alambrador , entra en erupción un médico de muy corta estatura como poeta y muy difícil de no tomar pa la chacota como opinador sociológico y teorizador de una estética: Elías Regules. De él escribe Angel Rama que " si bien no es el inventor del gaucho, lo es de la tradición, como por antonomasia se llama entre nosotros la gauchesca" . La tradición funge ahora, con categoría emblemática, como sinónimo no-vergonzante de rémora, aquel odiado pescadito que iba refrenando los antiguos barcos. La primitiva gauchesca había sido política; ésta cuyo estandarte levanta con aparatosidad un mucho demagógico el Dr. Regules se pretende apolítica, inadvertiendo (o tal vez sabiéndolo bien) que el apoliticismo es una clara actitud política de conformismo ante la estructuración social vigente. En su linda nota sobre Regules el siempre bien informado Angel Rama nos cuenta que la recién fundada "Sociedad Criolla" celebraba almuerzos criollazos - con mate amargo, banderas, juramentos solemnes, pericón, asado con cuero, etc.- en una quinta montevideana en cuyos árboles colgaban cartelitos en donde se leía " Está prohibido hablar de política y de religión" - es decir, con un texto idéntico al de aquellos que tanto indignaban a Unamuno cuando los encontraba en los casinos y los ateneos de las ciudades españolas.
Esta gauchesca un tanto decorativa, vista con simpatía levísimamente burlona por los bien-pensantes urbanos y aplaudida por los estancieril (entendiendo por tal no sólo el pensar y el sentir propios de los estancieros sino también la impronta de éstos, como clase dominante, sobre los sentires de otras capas sociales), no pudo tener su lado carnavalesco. En ella, además, era evidente el escamoteo: cantos al gaucho de antes y elegías a taperas concurrían a sustituir la cruda realidad de los rancheríos marginales que se llaman pueblos ratas -porque ya por entonces, como consecuencia del cercamiento de los campos, " ha comenzado para una parte de la población del país esa era de pobreza cuyas referencias conocían los hombres ilustrados por el trato de los publicistas europeos", como dice Bauzá en una memoria presentada en 1892, o sea dos años antes de la fundación de la " Sociedad Criolla".
Posteriormente la poesía gauchesca se continuó o se culminó en el nativismo, que viene a ser algo así como la bota de potro con relumbrones de zapatos charolados. Hoy por hoy toda esa poesía está muerta. Pero puede dormir en paz el sueño eterno: en su hora más alta produjo nada menos que el Martín Fierro.
Lo que no ha muerto es la narrativa criollista, que también posee su continuación nativista. Hay un puñado de narradores que insisten en apresar lo nuestro, eso que no se sabe bien qué es pero que siempre se imbrica, a juzgar por los frutos, con lo rural y lo pueblerino, con un español semidialectal... Son, en general, montevideanos por adopción que se masturban una nostalgia casi lírica de sus años pre-montevideanos. Trabajan recurrentemente un corto número de temas, llegan poco menos que a venerar ciertos rostros del sub-desarrollo y, casi siempre, pueblan sus narraciones de seres humildes -almas simples o almitas- a los que miran con ojos paternalistas y como si de algún modo planearan sobre ellos. A veces fingen ser más incultos de lo que en realidad son, y suelen creer que pobreza material, pobreza de espíritu y bondad en profundidad son las tres hojas hermanadas de una planta de trébol que rara vez tiene cuatro... Este regionalismo departamental (departamental en más de un sentido) los limita irremediablemente.
Extractos del libro "Ramos Generales", de Mario Arregui.