
"Alguno de estos días
se acabarán las bromas
y todo es esa farsa
esa juguetería
las marionetas sucias
los payasos
habrán sido la vida"
Sumario:
Agosto-setiembre 2000 - Nº 6
Con sus ocho libros de poemas (LA SUPLICANTE, 1945; CIELO CIELO, 1947; PARAÍSO PERDIDO, 1949; POR AIRE SUCIO, 1951; NOCTURNOS, 1955; POEMAS DE AMOR, 1958; POBRE MUNDO, 1967; POESÍA, 1970), Idea Vilariño es sin duda un caso muy curioso de comunicación no buscada; por lo menos si nos atenemos a alguna de las respuestas que aquí formula.
--- Escribe poesía como "el acto más privado" de su vida, "realizado siempre en el colmo de la soledad y del ensimismamiento, realizado para nadie, para nada". Y, sin embargo, sus poemas LLEGAN por lo general al lector con más intensidad y carga existencial que los de muchos otros que buscan desesperadamente comunicarse. De algunos de sus libros, especialmente POEMAS DE AMOR, hay varias ediciones agotadas; y ni qué hablar de sus canciones, que, en boca de los mejores cantantes populares, y del pueblo mismo, tienen hoy una extraordinaria difusión.
--- El secreto de la indudable transmisión de los poemas, quizá resida (además de la calidad literaria y el evidente atractivo rítmico) en el indudable ejercicio de una peculiar sinceridad, a veces desgarradora, pero siempre expresada sin vanos agregados, sin espectacularidad, y sobre todo sin autojustificaciones. Me parece digno de señalarse que ese estilo naturalmente despojado, donde ninguna palabra sobra y ningún alerta falta, crea una sensación extraña y sobrecogedora: pese a tratarse sin ninguna duda del "acto más privado", Idea consigue (sin proponérselo, claro) un efecto de distanciamiento, en el más brechtiano de los sentidos, que es imposible hallar en otros poetas. Yo diría que ese DISTANCIAMIENTO DE LA INTIMIDAD es quizá el rasgo más original de Idea; es, como en otro sentido ella misma lo señala, algo así como mirarse al espejo. Pero tomando distancia (" tampoco yo tengo que ver con nada"), dudando incluso sobre la propia identidad.
--- Esa extraña operación franqueza tiene, indudablemente, un atractivo muy particular para el lector, y no creo que aquí pesen los tan comunes ingredientes de una enfermiza, escudriñante curiosidad: no, simplemente se trata del interés que despierta toda experiencia humana auténtica, incanjeable. Aunque a Idea le provoque violencia y rechazo (y es lógico que así sea) cuando la crítica invade sus fueros más privados, la verdad es que es imposible desligar su obra, sus imágenes, del ser esencial que es su común denominador, su razón de coherencia y de existencia; sobre todo porque Idea generalmente no habla de paisajes, de horizontes lejanos, de presencias meramente exteriores, sino de su mundo, de sí misma.
--- En definitiva, no importa demasiado la explicación: la única verdad es que la poesía de Idea existe no sólo en ella, sino también en su lector. Aunque ella escriba "para nadie, para nada", hay un lector que de algún modo se inscribe como testigo, casi como destinatario, como interlocutor. Y eso no desmiente sino confirma que esta poesía - como la de todos los creadores en profundidad- lleva en sí misma interrogantes y respuestas que de alguna manera nos conciernen y comprometen, que a todos nos aluden.
--- ¿Le interesa comunicarse con el lector? Si la respuesta es negativa, ¿por qué? Si la respuesta es positiva, también, ¿por qué, pero además: ¿siempre fue así?, ¿con qué lector le interesa comunicarse? ¿Está dispuesta a sacrificar algo en beneficio de esa comunicación?
- No. No. Ya le dije que escribir poesía es el acto más privado de mi vida, realizado siempre en el colmo de la soledad y del ensimismamiento, realizado para nadie, para nada. A menudo, a la mañana siguiente lo olvidé y pueden pasar meses antes que encuentre esas líneas, el poema, escrito de una vez, aunque a veces escrito ocho o diez veces seguidas. Y, por supuesto, salvo raras excepciones, no lo muestro; en algún caso, por años.
¿Por que he publicado? La poesía puede ser como acto creador algo muy íntimo, pero una vez realizada podría darse la necesidad de comunicación. Bueno, tal vez algo falla, porque tampoco la siento. No tengo en ese campo los reflejos propios de un escritor y que funcionan cuando escribo ensayos, por ejemplo. Pero viviendo entre escritores, siendo yo misma un crítico, vi en algún momento que este o aquel conjunto de poemas - siempre poemas de cierto tiempo, como para poder considerarlos objetivamente, como si fueran de otro, casi- vi que tenían coherencia, que eran un libro. Y entré en el juego. No estoy segura de que ésta sea la explicación correcta u honesta. Hay una evidente dicotomía. Sé que desearía no haber publicado nunca. No me importa ya cuando se trata de reediciones. Pero, dado el carácter de dolorosa intimidad de la mayor parte de mis poemas, sentí, después, cada libro como un acto de impudicia, de exhibicionismo. Hay poemas que nuca publiqué ni mostré a nadie.Eso debería haber hecho con todos. O casi. A esta altura ya todo eso importa poco.
Otra cosa pasa con los poemas de respuesta, con los de carácter político, con las canciones, que buscan naturalmente un público. No creo que se trate de sacrificar sino de escribir en otra tesitura, dando voz a otros, diciendo lo que debe decirse, lo que la gente quiere o necesita oír.
--- Su militancia política, antimperialista y anti-oligárquica, viene de muy atrás; sin embargo, sólo esporádicamente se ha reflejado en su obra. ¿Por qué?
- Cuando la lucha contra el Tratado Militar con los Estados Unidos (¿1950?, ¿1951?), publiqué algunos poemas políticos - uno, que nunca más vi, en Marcha; otro, a Guatemala - que no gustaron a nadie. Pero, se acuerda, el Uruguay era otro. Con un poco de distracción todavía eran posibles el individualismo, el retraimiento, el trabajo intelectual reposado. Hubo la tarea bastante absorbente de hacer Número, hubo una buena dosis de enfermedad, dificultades, amor. Por el 60 andaba comenzando mi casa en Las Toscas para retirarme, salirme de todo. Y entonces empezó la lucha por Cuba, y después siguió la nuestra. Entonces la revolución, como toda experiencia auténtica, fue dando sus poemas.
--- En estos últimos tiempos, usted, como tantas otros poetas uruguayos, ha trabajado en letras de canciones políticas. Personalmente, ¿qué la llevó a ese nuevo género?
- El factor determinante fue, sin duda, la pléyade de excelentes cantores populares militantes y valientes que tenemos. Si no, me hubiera quedado en los poemas políticos. Pero había allí un vehículo inmejorable - llegan a donde nuestros libros no llegaron nunca, a todos- y, además, ellos necesitaban, necesitan, letras. Y la gente necesita oírlos.
Por eso - y seguramente usted ha sentido lo mismo con sus Cielitos- me ha dado mucha más alegría oír cantar por ahí, más o menos anónimamente, Los orientales, que la edición de mis poesías completas que ni a mí ni a nadie importó nada.
--- Ya sé que a todos nos importan el amor y la muerte. Pero en su obra aparecen a veces como obsesiones ante una inclemente perspectiva, como condena a cumplir. ¿Es realmente así?
- No, no es así. No son obsesiones sino certezas. Y ¿no será la actitud más lúcida, más sana, saber, tener presente que la vida, que el amor se acaban? Ver a los otros y a uno mismo caminando a la muerte, vivir el amor a término, tal vez hagan el amor y la vida más terribles y amargos pero, tal vez, también más intensos, más hondos. Digo.
--- Aunque compartimos la experiencia. - por lo menos en su primera etapa- y entre nosotros lo hayamos hablado tantas veces, ¿no cree que al lector le interesaría saber qué piensa de la época de la revista Número, y de lo que ella significó en su momento para todos nosotros y en particular para usted misma?
- Número. ¿A quién puede importarle hoy? Éramos "escritores", gente distinta que irrumpía en una especie de vacío literario, y contruímos nuestro vehículo. En un país que vegetaba, o se pudría opacamente, y en un medio literario que seguía el mismo camino teníamos una tarea cultural convencional y alienada, pero necesaria y creadora, entre las manos. Ayudamos a hacer, supongo, esa actitud crítica y rigurosa que saneó el ambiente, a crear un público, a ponerlo un poco al día. En la segunda época no quise colaborar, entre otras cosas, porque entonces ya no tenía sentido, me parecía, una tarea puramente literaria, apolítica.
Para mí, en aquel entonces, significó bastante: el trabajo en equipo, la obligación de escribir, conocerlo a usted. Ahora me parece cosa de otro mundo.
--- En 1967 y 1968 visitó Cuba. ¿Qué significó esa experiencia para usted? ¿Se reflejó de alguna manera en su visión política de nuestro país?
- En el 67, como jurado; en el 68, como delegada al Congreso Cultural de La Habana. Eso fue invalorable porque las dos veces recorrí la isla y vi el avance increíble - desde aquí no soñable- que puede hacer un país en un año, en ocho meses. Bueno, sacudió todos mis posibles escepticismos; se me hizo evidente la posibilidad de hacer una revolución con alegría, con articulaciones flexibles; la posibilidad de la recuperación de todo, de la tierra y sus bienes, de los seres humanos. Todo lo que uno sabía, creía, esperaba, recibía allá una hermosa confirmación, una cálida corriente de vida.
--- ¿Cuál debe ser, en su concepto, la situación del intelectual en un contexto revolucionario?
- Si me pregunta por el intelectual revolucionario, le contesto con el alfa y omega de las respuestas: el deber de todo revolucionario es hacer la revolución: hacerla antes, construirla después, intelectual o no intelectual. Por otra parte, cuando pensamos en el "hombre nuevo", lo pensamos también como ser intelectual, y entonces no podemos seguir pensando en los intelectuales como en una pequeña casta, en una elite. Tal vez usted me pregunta por los intelectuales de formación pre-revolucionaria en un contexto revolucionario. Por los que limpia y apasionadamente se integran al proceso no hay que preguntar. Pero, ¿qué hacer con el que está demasiado viejo o deformado, con el que no quiere o no puede cambiar en un mundo que ha cambiado? ¿O con el que aprueba que todo cambie con tal que no cambien él, su obra, su circunstancia, la situación del escritor en general? ¿Hacer con él lo que con cualquier otro contrarevolucionario? ¿Dejar que su disgusto existencial, su inadecuación, su nostalgia conservadora, su vanidad, sus deformaciones elevadas a la categoría de valores deformen a su vez a los jóvenes? En Cuba, una actitud amplia y comprensiva logró que al cabo de unos años ingresaron al proceso con felicidad y con fervor algunos escritores valiosos que en un principio se mostraron reticentes pero entretanto se estuvo volcando sobre un público nuevo, ávido, que a menudo agota una edición de 10.000 en uno o dos días, algunas piezas bastante reaccionarias. Parece difícil encontrar una salida políticamente e intelectualmente correcta. Sé que como en otros planos también en éste habrá que " borrar y empezar de nuevo, / y empezar pese a quien pese".
--- En su mundo poético, parece evidente una noción pesimista de la existencia, reflejada incluso en ese puntual título, POR AIRE SUCIO, que no le gusta a Juan de Ibarbourou a pesar de que la estima mucho como poeta. Sin embargo, también en su obra hay claras notas de optimismo, a veces de agresiva esperanza, y éstas casi siempre tienen que ver con perspectivas políticas, revolucionarias. ¿Es realmente así? Y si la respuesta es afirmativa, ¿cómo relaciona usted este optimismo revolucionario con aquel pesimismo existencial?
- ¿Qué haría yo con mi poesía, con mi visión nihilista y escéptica - más bien que pesimista y angustiada- en medio de una revolución? Tal vez mi actitud más profunda sea un "producto" del sistema, como explicó Enrique Amorin a Ariel Badano que criticaba los que llamó mis "Nocturnos para suicidas". Tal vez, pero sea como sea, ya no tiene remedio.
Sin embargo uno es más que su yo profundo, que su posición metafísica; hay otras cosas que cuentan: el dolor por la tremenda miseria del hombre, el imperativo moral de hacer lo posible por que se derrumbe la estructura clasista para dar paso a una sociedad justa. Aun cuando uno sea coherente con su actitud esencial- hay una sola coherencia posible- no puede evitar ver el dolor, no puede rehuir el deber moral. Y entonces se pone a compartir la lucha, a ayudar la esperanza. Por suerte nadie se acuerda del poema que dediqué a René Zavaleta.
--- En este Uruguay 1971, donde (como lo dice esa letra suya que cantan Los Olimareños y tanta gente más) "en cada esquina esperan los orientales", es mucho lo que ha cambiado. ¿Cuál de esos cambios es el que más le importa?
- El derrumbe del mito "arcádico", como diría Salzar Bondy; porque es tan estruendoso que por sí solo despierta a muchos, porque ya nadie puede ser, de buena fe, conservador. ¿De qué? Y los muchachos; los muchachos, que hasta hace unos seis o siete años se limitaban a bailar como locos, a enloquecerse con los Beattles, y a llevar BP-Color bajo el brazo porque era "in".
--- Ese cambio, ¿qué ha hecho cambiar en usted?
- ¿Quién se suicida, quién se retira del mundo, quién lleva un diario íntimo, quién, ahora?
Montevideo, octubre de 1971
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